¿Nosotros éramos una buena familia? Yo no lo sabía. 

Lucia Berlin

Del plato a la sopa se me cae la boca. O por ahí va, Mam. Sí, ya sé que no es así. Aunque éste también me gusta: del plato a la boca, se me caen los huevos, pero como no son huevos lo que hay en el plato mejor dejo de decir tonterías y voy al grano: el testamento.  ¿Te acuerdas? No, el Viejo no. Tampoco el Nuevo. Esto no es palabra de Dios ni alabamos a ningún… Perdón: ya no voy a burlarme de tus cosas. Me refiero al testamento que, dices, ahora sí tu marido y tú van a hacer pronto. ¿Ya te acordaste? ¡Aleluya! A ver, espérate porque si no te voy a echar encima esta chingadera. Te decía: hacíamos el recuento, hoy en la mañana, de esa breve historia familiar en lo que toca a las decisiones que hemos, que han, que hemos… no sé bien, tomado antes. Mira: compraste el vocho, etcétera; y cuando sacaste tu casa de Infonavit,  nos salimos del barrio y nos mudamos a provincia. ¿Quién decidió esas cosas? Tú, Mam. Y los demás hemos aceptado, de buena o de mala gana, estas decisiones tuyas. Pero sea como sea, aquí estamos. ¿Qué sería de nosotros si hubieras tomado otras decisiones? Sí, tienes razón: mejor no nos metemos por ahí. El hubiera es una calle ancha que conecta con todos lados pero no te lleva a ninguno. Perdón, perdón. Tienes razón: prometí no decir más tonterías. Bueno, pues como te decía en la mañana, tendrían que ponerse de acuerdo en cómo repartir las siete casas, el terreno y los coches que tienen; además de los perros, los gatos y los fantasmas que forman parte de todo patrimonio que se respete. No, no estoy de sangrón. Sí, ya sé que sólo es esta casa. Sí, es una broma. Obvio. ¡Qué carácter! Primero, entonces, ponerse de acuerdo cosa que, en esta familia, no es exactamente una tradición. No, Mam. Imponernos tu voluntad no es estar de acuerdo. O que la imponga tu marido como siempre quiso y nunca pudo, tampoco. Ok. Le paro a mi tren. Nomás, por favor, se ponen de acuerdo, se lanzan al notario y llegan hasta donde haya que llegar: se reparten los bienes y los males, y luego de vuelta para la casa. Sí, medio agarro la onda de que ha de ser raro eso de andar repartiendo tus cosas, ¿no? Y luego en vida. Aunque repartirlas en muerte debe ser todavía más raro, ¿no crees? Sí, los fantasmas. Sobre todo eso. Las otras cosas, bueno, se reparten, ¿pero los fantasmas qué? ¿Quién los quiere? Lo malo que son inevitables cuando se habla de testamentos y esas cosas. No importa. Tú, mientras, abre grande la boca. Di “A”. Muy bien. A ver, otra cucharada. Muy bien, Mam. Lo que sí sé es que para hablar de la muerte, la más seria de los fantasmas serios, ni falta que hacen los pretextos, y menos en este país. Pero si hicieran falta, para eso tenemos el testamento. Sí, de eso estamos hablando. Sí, pero tú te me vas, y feo. ¿Si o no? Reconoce que ya se te van la onda. Ok, ok, sí, a mí también se me va, pero no tanto. Todavía no. Ok, sí, así somos en esta familia. Tienes razón. Y tan somos como somos que si quisiéramos ser de otro modo, no podríamos. No, Mam. No lo digo por fastidiar. ¡Que no! Ya me estás confundiendo, otra vez, con tu hijo mayor. Por cierto, ¿dónde está ese godínez? Ah, ya sé. Dándose sus aires de subgerente de quién sabe qué empresa patito, ¿no? Sí, sí: tu hijo. Mejor olvídalo. Para qué perder el tiempo hablando de él si de lo que realmente quiero hablar es de que me dejen la casa. Sí, ya sé que crees que no hay ninguna buena razón para que me le dejen. Sí, ya sé que somos tres y que no es justo que sólo me la dejen a mí. Pero desear no empobrece: lo que sí empobrece es pagar renta. ¿Ves cómo, al final, sí hay una buena razón?  Te digo: soy el más listo de los tres. Los de en medio somos así. Siempre lo he sabido, siempre lo has sabido, pero siempre lo hemos callado para no molestar a tus otros hijitos. ¿Qué? ¿Que si yo fuera tan listo qué? Ah, sí, sí. Claro, yo debería tener mi propia casa y trabajar en forma y dejar esas tonterías de ser escritor; trabajar, trabajar y trabajar para tener donde caerme muerto cuando la muerte me mate de tanto trabajar. ¿Qué dije? Olvídalo. Lo que importa es que, otra vez, tienes razón. Siempre la tienes, Mam. ¿No duele tener razón siempre? ¿No? Bien por ti. De seguro son las drogas: sí, las que te tienen toda anestesiadota, y por eso nada te duele. Bien por ti. De hecho, voy a seguir tu ejemplo. ¿Vas a rolar las tachas? ¿No? ¡Ves! A ti porque te las da el Seguro, ¿pero yo? ¿No crees que tengo derecho a recibir mi dosis gratuita igual que tú? ¿No? No, ¿verdad? No, no me he ganado ese derecho. Razón de más para que me dejen la casa, ¿ves? Porque, imagínate: ¿qué va a ser de mí si sigo pagando renta, drogas y ve tú a saber qué otra cosa haya que pagar mientras siga vivo? Y ya mejor ni hablemos de las deudas empezando por los no sé ya cuantos meses de renta que debo. Sí, pronto tendré que huir del país. Pero si me dejan la casa, igual no huyo. Igual la vendo, partimos el pan para que no estén chingando porque verás que ahí sí que se aparecen tus hijitos, y luego yo me compro ese mini Cooper que siempre he querido. ¿Ves? Por si faltaran buenas razones, ahí tienes otra. Imagínate un mini convertible, acá, bien acá en color, no sé, ¿rojo? ¿cobre? ¿negro? Si le sigo puedo asegurarte que soy capaz de encontrar más y más buenas razones para que esta casa, al final, sea de Miguel. ¿Quién es Miguel? Un güey que está todo pendejo. Tú no te preocupes por él. Y, no, claro que no pienso comprarme un mini Cooper. ¡Que no! Oye, ya, en serio: ¿se van a poner de acuerdo si o no? ¿Van a hacer el testamento sin pelear? Digo, por mí se pueden pelear todo lo que quieran. Ya están grandecitos. Y ya no me da ansiedad. Ya no tanta. Antes, bueno, ¿te acuerdas? Ustedes pelee y pelee, y yo jálele y jálele el cuello al ganso. ¿Qué querías? De algún modo tenía que aliviar tanta tensión, ¿no? Sí, por tu culpa. Sí, por la culpa de tu marido también. ¿Mi padre? ¡No, qué! El tuyo. Sí, por eso tienen que compensarme. Estoy traumado. Agüevo que sí. Y qué mejor ahora que todavía no se te va la onda por completo. Ya luego ni te vas a acordar de quién soy yo ni de quién eres tú ni de ponerme en el testamento del que intento hablarte y nomás no me dejas. Sí, antes de que te madruguen y todo vaya a parar a las manos de la princesita; la favorita de tu marido que, por cierto, ¿dónde andan? ¿Ella sigue metida en su papel de mamá y de hija ejemplar? Uy tú. Y tu marido dejándose querer, ¿no? Vaya. Una familia ejemplar. Sí, mejor dejémoslo ahí. Somos como somos y ya. Va. A ver, otra cucharadita más. ¿Qué dices? No te entiendo, Mam. Cierra la boca mientras comes. Sí, sí, tienes razón. Lo que tú digas, sí. Mientras, préstame para la renta, ¿no? No, no te hagas. Ya te depositaron la pensión. Te lo pago: ya te la sabes. ¿Qué? No digas mentiras: ¿cuándo se me ha olvidado pagarte? ¿En serio? Según yo sí lo hice. Bueno, va, esta vez te prometo que no se me olvida. Que se muera mi jefecita si no te pago. Ah, tienes razón, que se muera tu marido, mejor. O la princesa o el godínez. Está bien, Mam. Ya no aguantas ni una broma. Ya, perdón. Lo siento. Te vamos a subir la dosis para que te relajes un buen. Sí, estás muy irritable. Entonces, ¿me prestas? ¿No? Por eso te digo que de la sopa a la boca se me cae el plato. Mira nomás cómo te pusiste, Mam. Mira nomás.

Imagen tomada de FotográficaMx

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “El testamento | Por Víctor M. Campos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s