¡Lo que ustedes olvidan, 

el hombre grita como un muerto! 

¡Y el mundo hiede! ¡Huele mal! 

¡Aquí, en este lugar, transitamos todos por un laberinto! 

Y yo digo, ¡mirar, observar, ver! 

Miren hacia arriba, ¿no ven? 

Porque yo no voy a poner la cabeza gacha. 

Ni ustedes tampoco. 

¡Por eso nunca debimos desplegar la banderita blanca! 

¡Y ahora, no queda más remedio que gritar! 

Porque la tierra se destruye. 

¡Fíjese allí!

¡La tierra grita!

¡La tierra grita como un condenado a muerte! 

¡La tierra está gritando! 

¡La tierra grita! 

Digo esto, porque tengo en mi hombro una mochila cargada de experiencias. 

¡Y necesito que me escuchen! 

¡Y tengo la sensación de que me van a escuchar! 

Mire allí… 

La vida se hace dura como las rocas, como las tumbas, como los acantilados. 

¡Qué pena! 

¿Verdad? 

¡Digo esto y sé que chapoteo sobre muchas caras! 

¡Por eso no me queda más remedio que gritar! 

¡Fíjese allí… 

Un hombre quedó tieso entre cuatro velas!

¿Acaso era muñeco estofado, relleno de algodón y alambre? 

¿O un muñequito de cuerda? 

¿O un patito de hule, amarillo, flotando sobre el agua de una bañera? 

¡Ya sé, ya sé, la vida es corta! 

Pero es que ya somos muchos los hombres que gritamos.

¡Igual que aquel hombre que quedó tieso, que gritó! 

¡Pero qué se puede decir, si en el principio, 

lo primero que hizo fue gritar y desplegar a las cuatro vientos 

la banderita blanca, pegando gritos, emitiendo alaridos! 

¡Socorro, socorro! 

Pero nadie quiso escucharlo. 

Miren allí… 

Fíjense allá. 

Estupideces… fanatismos… odios… 

¡Puedo decirlo sin miedo! 

Porque yo planto mis zapatos sobre la realidad. 

¡El hombre va a seguir gritando como un muerto! 

¿Y usted, qué dice? 

¿Que yo veo visiones? 

¡Usted es el que no quiere ver, ni escuchar! 

¿Cómo dice? 

¿Que digo estupideces? 

¿Por qué digo que el mundo hiede, que huele mal? 

¡Entonces, permíteme preguntarle! 

¿Es que Dios nos ha olvidado para siempre? 

¿Es que estamos condenados a estrellarnos contra una pared? 

Ya sé, ya sé que digo palabras amargas. 

En un país amargo. 

A-M-A-R-G-A-D-O 

(alza los ojos en actitud implorante) 

¡Ay, Padre mío, no nos abandones! 

¡No nos abandones! 

¡Que nos quedamos solos!

¡Solos! ¡solos! 

¡Auxilio! ¡auxilio! 

¡Qué pena! 

¡No he visto a nadie que haya estado a punto de llorar!

Pero no importa, lo mejor que hizo Dios de un día tras otro día. 

Y ya lo saben, no hay vuelta atrás. 

¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio!

Escrito por:paginasalmon

2 comentarios en “Lo que ustedes olvidan | Por Antonio Ramírez Córdova

  1. Dios no abandona, el hombre con su dejadez olvida lo importante.
    Por cierto, la soledad no existe. Cuando llena está el alma de pensamientos positivos, las palabras fluyen , surgen los sueños, se convierten en historia .

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