Estoy recargado de un morillo que sostiene el corredor nuevo. El patio parece una laguna oscura con pequeños islotes de pasto y de ondas que provocan las gotas, como si la tierra estuviera hirviendo. Dentro de la pieza está mi abuela desconectando los aparatos por miedo al trueno, mientras mi madre se encarga de cubrir todos los espejos. La casa es más patio que piezas y corredores, pero el corral es más grande que el patio. Hay una pieza dedicada para guardar la mazorca que ahora mismo se está mojando sobre los petates tendidos a medio patio, y que me encargaron meter apenas viera señales de nube, pero no cumplí con mi encargo por estar mirando la tele. Esta vez mi abuela no me salvará de los golpes.

Escucho a mi padre contar una historia sobre su infancia en Palmillas. Sus ojos se iluminan cada vez que habla de su pueblo, aunque casi no lo hace. Sus historias son siempre de la Ciudad de México, de Puerto Vallarta, Tijuana o de Canadá, pero en esta ocasión me está contando de un juego que tenía con mis tíos, sus hermanos, acerca de cómo cortar las tormentas. Me dice: “formas primero con tus dedos una tijera, miras después fijamente el cielo buscando al rayo. Y una vez que lo encuentras, así nomás lo cortas, y va a dejar de llover”. También me dice que, aunque yo no lo crea, es así, y que “un día de estos lo vamos a comprobar”.

Veo cómo el pino se mueve de lado a lado, como si quisiera aferrarse al suelo, pero el aire está a punto de arrancarlo de raíz. Escucho cómo las gotas caen sobre el corredor de lámina y suenan como si fuera granizo. Siento cómo las corrientes de aire traspasan el tabique, mientras que, dentro de la pieza de adobe y de teja, la gente más pequeña de esta casa ha entrado como en un sueño profundo, cálido y silencioso. La gente más grande ha metido a la otra pieza ya toda la mazorca, y se ha impregnado en sus cuerpos ese olor a humedad. Yo, que estoy en medio, que no tengo otro lugar aparte del silencio, finjo que no existo para evitar el regaño que llega en forma de reproche de una voz que no distingo: “Se va a picar ese maíz”.

Yo siempre digo en ocasiones como esta que se va a caer el cielo, pero ahora mismo no parece muy conveniente. Los ánimos en la casa han pasado del enojo a la incertidumbre, y se preguntan en qué momento la corriente del río se volverá una con las calles y entrará al patio y a los corredores, y luego a cada pieza de la casa, y tendremos que subirnos a las sillas de madera o a la mesa para no mojarnos. Si sigue lloviendo la arena del río descompondrá el terreno, y en vez de elotes el próximo año cosecharemos cadillos. La barda de adobe de la esquina terminará por perder el poco cimiento que le queda, y en su lugar levantaremos una cerca de carrizo, porque ya murió el abuelo que sabía coser los adobes.

Pienso seriamente en comprobar el juego que me contaba mi padre. Soy el único despierto. Toda mi familia ha cerrado los ojos, entregándose al sueño profundo en que te envuelve una pieza de adobe y teja. La lluvia no cesa; se me figura que este mundo inició lloviendo, y quizá así está por terminar. Entro a buscar el capote amarillo, las botas de hule de mi difunto abuelo y agarro una tijera del ropero de abuela, de esas grandes y brillosas con las que la tía me cortaba el cabello antes de que se fuera a vivir a la ciudad. Si la historia es cierta, con una tijera de verdad funcionará mejor este juego. Camino a medio patio, contemplo fijamente el cielo y extiendo mi mano con la tijera para cortar el rayo en cuanto aparezca.

Fotografía de Rodrigo Souza

Escrito por:paginasalmon

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