Abordas el metro en esta ciudad que no es la tuya. Esperas que el frío que te entumece el cuerpo no se interne más allá de tus extremidades, en las entrañas. Te habían dicho que el invierno en este sitio era extremo; jamás imaginaste cuánto. Algunos asientos están vacíos. Escoges el que puede resguardarte mejor del clima y te acurrucas buscando que el corazón no se te congele nada más de rememorar a tu pueblo. 

Recuerdas los días previos a la primavera con los duraznos despuntando en flor, el pasto de los campos verdeando en las orillas y los adolescentes en pos de las primeras hojas de los árboles para esconder el beso furtivo de un primer amor. La algarabía del piar de los pájaros anida en la memoria. El barullo de la vida que nace por el cambio de estación no habita en aquella parada, tan lejos de lo que te era propio, tuyo. 

Observas los rostros de tus compañeros de viaje. Los ojos azules destellan una luminosidad que te es extraña, inocua. El silencio obligado por la falta del murmullo, solo se interrumpe con el breve chirriar de este vagón impoluto. El metro hace alto en un amplísimo andén. Recuerdas aquella vez que el sonido peculiar de la plática de tus paisanos en el mercado despertó en ti ese palpitar gozoso en los oídos. El barullo creciente en tu lengua materna te erizó la piel y te robó una sonrisa. 

Si pudieras regresar. No, eso no. Si pudieras, más bien, retornar al lugar exacto de la nostalgia que con el frío de esta noche se te ancló en el espíritu. Quizás por eso reza la canción aquello de que “al sitio donde fuiste feliz nunca has de volver…” ¡Quién sabe!

La temperatura desciende. Puedes sentir un frío de muerte en el tuétano. Te arrebujas dentro de la chamarra de pluma de ganso que te llega hasta los pies. A través de la trama del tejido se asoman los plumones minúsculos que intentas tocar con los dedos fríos, con las yemas detrás de los guantes de estambre. Piensas: “alas de golondrina”. Recuerdas y se te aparece el vuelo en picada de aquellas aves con fuego en el pecho, como en las mañanas de primavera en el patio de la escuela, cuando las muchachas afirmaban ante tu mirada anonadada:

―Son golondrinas. Llegan en la primavera para armar los nidos y empollar a sus pajarillos. Cuando aparezcan los fríos se irán en busca de un clima más calientito.

Y aunque no quieres y tratas de apartar de la mente tan vívidos recuerdos, ahí está otra vez, lo que también dejaste con tu partida: un invierno más oscuro y frío como el que ahora te arrebola las mejillas.

Parece que escuchas, no el murmullo, sino el estruendo de los gritos. Sientes que la hora de su llegada, la misma de todos los días, se te incrusta como una angustia sangrante en el bajo vientre y va subiendo por tu garganta en un aullido ahogado que siempre está ahí, pero que nunca despunta. Les pides silencio a los niños para no hacer enojar a papá. La cascada de palabrotas se te aparece como una larga perorata en tu lengua que no quisieras entender y, sin embargo, se traduce en un eco sórdido, tantas veces, sin descanso alguno:

―¡Pendeja! ¡Estúpida! ¡Puta! 

Aunque sabes que se te van a helar las manos, te quitas los guantes y te tocas la cara. Quieres comprobar que el dolor que todavía se te congela en el pecho no se deshiela en los ojos. Tratas de mantener la calma y respiras. Respiras tanto como el aire glacial te lo permite. Cubres tus manos y acomodas la mochila que cargarás en la espalda apenas bajes. Piensas en las golondrinas que ahora mismo aletean en los campos de tu pueblo en busca de todo aquello que les permita construir un nido: ramas secas, retazos de tela, florecillas muertas.

Tú no tienes aquí más que una casa en renta y tantos recuerdos por rehacer. No necesitas formar otro nido. Solo sanar las memorias del que creíste tuyo. El tren se detiene. Debes bajar y cruzar el andén.

Fotografía tomada de Pinterest.

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Escrito por:paginasalmon

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