I will be chasing a starlight
Until the end of my life
I don’t know if it’s worth it anymore
Hold you in my arms
I just wanted to hold
You in my arms
“Starlight”, Muse
—¡No mames que te gusta Muse! —exclamó Diego.
— Jajaja, sí —respondió Raquel.
—¡Wooow! y ¿cuál es tu favorita?
— «Starlight».
—¡¿Queee?!
— ¡»Starlight»!
— Noo, o sea, sí te escuché, pero es que… ¡también es la mía!
—¿Neta?
—¡Siiii!
—A verr, cántala.
—Faaar away…
—This ship is taking me faar awaaayyy —cantaron ambos.
Raquel tenía 17 años, estaba en su viaje de graduación de prepa en Puerto Vallarta. Harta de sus «amigas», salió del antro a fumar y ver si alguien le invitaba una copa o a una fiesta. Adentro no había gastado ni un solo peso y ya estaba borracha, afuera no tenía por qué ser diferente, aunque su objetivo no era embriagarse por completo.
Diego, por su parte, tenía 24, casi 25, era su tercer primer año en una universidad. Como era sábado, solía ir con un amigo, no importaba quién, al malecón a «cazar morritas» como le llamaban, afuera de los antros. Sin embargo, en las últimas semanas algo pasaba que las cacerías no resultaban, así que más bien era un pretexto para poder beber en la calle sin que la policía molestara. Con un doce de Tecate light fue que conoció a Raquel.
Ella los vio sentados, de espaldas al mar y con su horrible caja de su asquerosa cerveza. Bastó un minuto para que Diego sintiera su mirada, le hizo señas de «salud» Raquel se dejó el cigarro en la boca y alzó los brazos como diciendo «notengoconquéidiota» Diego rio, y con la mano derecha, le dijo «ven» ella sonrió y se acercó despacio para no caerse, pues llevaba tacones negros de aguja de 12 cm, un leggin oscuro que emulaba la mezclilla y un blusón blanco.
—Hola.
—Qué onda.
—No, nada, ¿si me dan una chela? Para brindar, pues.
—Claro, toma.
—¿Tienes un cigarro? —preguntó el amigo de Diego a Raquel, quien no se inmutó ante su presencia
—Ajá.
—Siéntate —dijo Diego.
—No, gracias, así estoy bien.
La conversación que comenzaron a tener resultaba por demás banal a Raquel. «Todos dicen lo mismo», pensaba mientras veía a Diego sentado ponerse más y más rojo, «por lo menos este no está tan feo». Lo vio de arriba abajo. No quiso saber su edad, pero le calculaba unos veintitantos, «creo es el más grande con el que he estado».
Por su parte, Diego sinceramente no podía creer su suerte: no solo era guapa, también se estaba riendo de sus chistes, le seguía la conversación y tomaba chela tras chela sin temor alguno al igual que él. Lo único que se le hacía extraño era que no se sentara. Esto comenzó a desesperarlo después de tres cervezas, «que se me hace que esta putita nomás se va a mamar las Tecate», pensó y con resentimiento le dijo:
—Oye, pero dónde están tus amigas, digo pues si vienes de viaje de prepa… las preparatorianas tienen amigas, ¿no?
—Adentro, y no son tan amigas, no te las recomiendo. Pero si eso es lo que quieres, pues entra al antrillo este donde ya pusieron treeeess veeeeeces un remix pedorro de «When you were young» de los Killers. Que de por sí es una canción culera.
En cuanto le dijo esto le puso enfrente la lata de cerveza y, con su mejor cara de «mevalespito», le hizo el gesto de tómala.
—Pe… pe… pero no te enojes. Pues es que aquí mi compa se anda aburriendo, ¿sí o no?
—¿Eh?
Raquel mantuvo la mirada y la mano extendida. Recordó las interacciones que tenía con ellas, sus “amigas”, las primeras en señalar su falta de pechos desde los 13 años, y lo ridícula que se veía al ponerse brasier a los 15 cuando solo tenía “un par de limones”. También se burlaban de ella cuando les pedía una toalla: “Goey, o sea, para qué quieres una, tú ni sangras, nomás manchas, eso es un desperdicio, mejor déjala para alguien con mayor urgencia”. O cómo la descalificaban cuando se retorcía de dolor por los cólicos, porque “Goey, esas tres gotitas qué, no mames, eso no duele, no cómo la pobre de Marijo, goey, ella usa de que de a 10 toallas en un perro día, tú nomás quieres figurar”. Los ginecólogos que consultó, descalificaron su dolor incapacitante y lo bajaron a “normal”, porque “cuando se empieza a menstruar, el cuerpo de la mujer tarda en adaptarse, es común sufrir de cólicos a pesar del poco sangrado”, le dijo uno de ellos. Así, dejó de insistir, de quejarse en voz alta y fue cuando, poco a poco, el dolor se convirtió en hambre.
—¿Dijiste que «When you were young” es una canción culera? —preguntó Diego con el dedo índice rozándose los labios, como quien se saborea un apetitoso plato.
Raquel asintió. Diego sonrió. Pensó «ya chingué» y dijo orgulloso:
—A mí también se me hace culera.
Raquel le devolvió la sonrisa. «Ya chingué», pensó también. Y procedieron a quejarse de la canción. Diego usaba seguido ese truco y le funcionaba sobre todo con preparatorianas, pero usualmente era eso, un truco. Él en verdad no compartía las opiniones musicales de las susodichas, pero la experiencia le había enseñado que había algo excesivamente pasional en las chavas a esa edad que se le entregaban sin tanto embrollo en cuanto, ya borrachas, por supuesto, les juraba compartir sin tapujos y con total pasión sus gustos. Cuando le eran desconocidos, le preguntaba a su celular y lo veía en su reloj inteligente. Sin embargo, en esta ocasión su entusiasmo era real, tanto que se volvió desconcertante lo mucho que coincidían, ya no le importó que no se sentara; solo quería que no se fuera.
Mientras tanto, Raquel seguía sin sentarse, aunque ya le dolían los pies, temía que al hacerlo aquello se despertara y diera función pública. Si bien nunca le había sucedido algo semejante, en este día el retortijón era más pronunciado. Tenía como dos meses de retraso y, aunque no le agradaba la idea de menstruar en la playa, sabía que los viajes eran el mejor lugar para hacerlo, pues, de lo contrario, en su pueblo comenzarían a sospechar…
Crecer en un pueblo pequeño era de las peores cosas que le pudieron haber sucedido. No podía encontrar otras amigas, pues no había opciones, y alejarse de ellas tampoco lo era: no iba a ser la flaca rara que no habla con nadie y, aunque sabía que era guapa, le acomplejaba su delgadez, pues la percibía como extrema por no tener chichotas ni nalgotas. Por ello, cuando salió con un chico por primera vez, a los 16, quien intentó tener sexo con ella casi de inmediato, no se negó. Se moría de curiosidad por tener sexo y ya estaba harta de escuchar a sus “amigas” platicar sus experiencias para después compadecerse por retrasos. Era tajantemente excluida de ese ciclo y, por ende, una conversación más en donde no podía participar.
Cuando Raquel y Diego comenzaron a platicar sobre Muse, ambos estaban en su última cerveza, el amigo se había ido ya, pues supo entender la indirecta de Diego, de «esta morrita sí me late, caele». Así que Diego propuso ir a su departamento, donde dijo tener tequila y «ponemos las mejores de Muse». A Raquel le pareció excitante hacerlo en el departamento de un chico universitario. Accedió sin chistar. Tomaron su cerveza y fueron a la calle por un taxi. Diego mandó un mensaje a su roomie: «ya puso la marrana, lárgate». Ella no mandó ningún mensaje a nadie.
Llegaron al lugar, que más que departamento era un cuarto con dos camas. Diego tuvo que despertar y correr al roomie. Raquel entró y, por fin, se sentó. Dejó su bolso en el buró a un lado de la cama.
—Voy al baño —dijo Diego, ella asintió. Se asomó por la ventana y vio al roomie afuera en la banqueta, torció la boca y se preguntó si eso iba a ser un problema más tarde.
Volvió a la cama y vio los artículos del buró, una lámpara, monedas, desodorante y una fotografía puesta hacia abajo, era Diego sosteniendo a un bebé a un lado de una chica «bastante guapa para ser morena», pensó y dedujo que él era un padre ausente, «me pregunto si eso va a ser otro problema». Diego salió del baño y ella hizo como que buscaba algo en su bolso, cuando volteó, la recibió su pene, e inmediatamente la empujó para que se la mamara. Ella lo hizo por inercia, llena de disgusto. «Bueno, al mal paso darle prisa», y pasó su mano izquierda por debajo de las piernas de Diego, le apretó las nalgas y lo acercó a ella.
Era algo que desagradaba profundamente a Raquel del acto sexual, ese momento en el que debía ceder su placer para que el otro no sospechara. Lo aprendió por instinto la primera vez: dejar que su cuerpo pase a segundo plano, a pesar de ser el objetivo, pues los besos y las caricias se reducían y, entonces, solo quedaba el pene y la vagina.
En su primera vez, como consideraba que no podía embarazarse, le permitió al chico que lo hicieran sin condón. Cuando comenzó a penetrarla, fue tal su excitación que se vino al instante. A Raquel esto no la desanimó, pensó que era de esperarse de un virgen. Lo abrazó y dejó descansar en su pecho. Al minuto, el chico quiso levantarse, pero ella no lo soltó, “espera, quédate así un ratito”, él lo hizo. El vientre de Raquel comenzó a moverse, ella cerró los ojos y se soltó ante esa sensación, pues no era desagradable, sino placentera. Abrazó con las piernas a su acompañante, quien pensó que estaba lista para una segunda ronda y, emocionado, comenzó a mover su cintura y a pegarle su miembro. La excitación de ella ahora era real, recorrió su espalda con sus manos y pegó su vulva a la pelvis de él, ella comenzó a salivar: el hambre y el antojo eran reales. Cuando él quiso despegarla de su pelvis, ya era demasiado tarde…
Después de mamársela a Diego, lo acostó en la cama y se le sentó encima. Para su sorpresa él aún no eyaculaba, eso le gustó, “una lástima”, pensó. Puso su vulva en su pelvis y comenzó su vaivén. Cuando Diego estaba más que listo para penetrarla notó que no podía despegarse de ella, y lo vio: el vientre de Raquel se abrió en vertical, del ombligo hasta su monte de venus. Ante el horror, Diego comenzó a gritar, pero no más fuerte que Raquel, quien, con los ojos cerrados, continuaba su vaivén encima de él, resplandeciente. El vientre formó algo parecido a unos labios vaginales y reveló unos dientes que se abrieron de par en par; de golpe, Raquel se inclinó hacía Diego, clavándole los dientes de su vientre alrededor de la cintura, con tal profundidad, que Diego dejó de gritar, gemía cual animal herido, tan bajo e insignificante, mientras los alaridos de gozo de Raquel se elevaban más y más. No derramaba sangre, inmediatamente era absorbida por Raquel y, una vez drenado, el cuerpo era masticado sin dificultades.
Cuando se volvió a poner su ropa, Raquel se preguntó si sería gula seguir con el roomie, pero al salir del edificio este ya no estaba, probablemente lo ahuyentaron los gritos. “Mejor”, pensó. Con Diego ya tenía asegurada su menstruación de cuatro días sin cólicos, no ocupaba una de siete.
Imagen de Bottling Sunshine vía X.
