La Chuy se hizo famosa porque empezó a hacer sus propios brasieres. Antes tenía una peluquería a la que no le iba muy bien. Apenas y podía solventar los gastos del local y cada día había menos clientas. Nadie quería pagar los cuarenta pesos que costaba el corte de cabello porque la nueva escuela de estilistas cobraba el cambio de look a solo diez pesitos. Pero igual, nadie salía contento de ahí. Despelucados, con las greñas tusadas y quemadas por el peróxido, se iban desencajados a su casa. La Chuy nomás los miraba y se reía, pero también lloraba. ¡Ay, mana! ¡Pinche gente marra!
Todos los días, la Chuy abría el enrejado de su peluquería. Trapeaba con cuidado el desgajado piso de loseta blanca y vaciaba la cubeta en la banqueta para limpiar los orines que se acumulaban en la entrada del negocio. ¿Quién jijos sería el mendigo que se mea? Se preguntaba mientras el olor a pinol penetraba en sus narices. Poco le importaba limpiar antes de recibir a sus clientas, hasta el día en que una señora, acompañada de sus dos hijas, le dijo como que el local olía raro, a detergente y tufo de pedo viejo. Entonces la Chuy sintió que un balde de agua fría le caía en la cabeza. ¡Pues el que primero lo huele, debajo lo tiene! Y se armó la guerra.
La señora aventó a la Chuy hasta una esquina y comenzó a arrastrarla como un trapito viejo por todo el piso mojado. La Chuy trató de defenderse, pero las dos niñas, flaquitas y escuálidas, secundaban a su madre, y gritaban como desquiciadas. ¡A mí nadie me alza la voz! Gritaba la clienta, quien siguió arrastrando a la Chuy hasta la calle. ¿De qué te sirve la fuerza de hombre, cabrona? Le escupió de tajo, insultando un pasado que la Chuy no quería recordar nunca.
Todos por el mercado volteaban a ver. De pronto, se escuchó un grito más agudo que el de la llorona. ¡Aaay, mis chichis! Vociferó la señora ofendida, mientras sus abundantes pechos de jefecita santa se asomaban desparramados por su holgada blusa. ¡Ya me rompistes mi corpiño! Y desconsolada, comenzó a gimotear mientras intentaba cubrirse. La Chuy, tirada en el piso, trataba de recuperar la respiración.
¡Pérate manita, pérate! Te presto uno de los míos. Te lo regalo si quieres. ¡Pérate, que ya me tienes bien jodida! Mágicas las palabras de tregua, porque las dos mujeres se levantaron y se fueron al cuartito de servicio donde la Chuy guardaba sus mejunjes, sus tintes para el cabello y un huacalito con ropa limpia. ¿Son postizas las tuyas, Chuy? Pus sí, pero nadie se da cuenta.
Entonces la Chuy le regaló el brasier a la señora, quien se fue bien contenta por la repentina transformación. Los pechos se le veían turgentes como dos gladiolas llenas de vida. La espalda había corregido su curso y su mirada había rejuvenecido. Primero le contó a su vecina, luego a su suegra y por último a su comadre. Al otro día, una hilerita de mujeres esperaba afuera de la estética. ¿Manita, tú eres la que hace los bra?
La gente que pasaba por ahí se reía. Decían que cómo un mariposón iba a hacer bras para viejas. Y hasta complot hicieron para ahuyentar a la clientela. Se asomaban morbosos a la ventana de la peluquería, chiflaban como primates imprecaciones vulgares e indecentes. Se orinaban a la entrada y pegaban chicles en las ventanas. ¡No manita, no te dejes! ¡Viejos retrógrados y envidiosos! Ven triunfar a las mujeres y luego luego se acomplejan.
Así que las clientas iniciaron una protesta. Se organizaron al otro día para salir a la calle. ¡Aquí nuestros chicles truenan! Unas doce mujeres iban caminando por la fracturada avenida del mercado, luciendo sus sujetadores adornados con brillantina rosa, florecitas moradas y cabezas de muñecas viejas. Los chiflidos llegaron hasta el cielo. Primero empezó a caer una que otra cáscara de fruta, luego chin-chín por aquí y más chin-chín por allá. ¿Qué eran doce mujeres contra una multitud alebrestada? ¡Ya, viejas locas! ¡Vayan a lavar sus calzones!
Pero el espíritu de la hermandad se apoderó también de todas las demás que miraban. Desde octogenarias hasta quinceañeras, comenzaron a quitarse las blusas que volaron por los cielos como serpentinas de colores. Los hombres miraban despavoridos, algunos bajaban la mirada ante la visión de los secos pechos de sus madres, otros querían correr a casa y llevarse a su esposa para que otros no la miraran. ¡Suéltame, cabrón! ¡Yo también soy mujer! La marea se iba levantando, la Chuy iba hasta el frente. Unas lagrimitas le caían entre las mejillas. ¡No llores, manita! Nadie nos va a faltar al respeto. Y efectivamente, la horda de chiflidos se diluyó como un globo de feria que se va desinflando. El silencio se apoderó de la tarde y las mujeres siguieron caminando hasta el otro lado del sol. Su frente iba en alto y en sus puños la sangre de su corazón latía. Llegaron lejos, lejos muy lejos. Ahí donde la indignación se transforma en amor propio. Ahí, donde el miedo no existe, y las tetas son libres y soberanas.
Ilustración tomada de Pinterest
| Marshiari Medina (Ecatepec, Edo. Mex., 1983). Estudiante de Humanidades Digitales y Multimedia y madre a tiempo completo. Editora de Stay Curious Club, escritora y collagista. Actualmente estudia la licenciatura en Humanidades y Narrativas digitales en la UNRC. Es madre a tiempo completo y directora de la radio independiente Radio Tropósfera y la revista Fragmentos del Sur. Aficionada al chocolate, vive en una geometría cósmica hecha de mundos gobernados por lógicas pop no-euclidianas. Sus intereses son la memoria, identidad, ciencia ficción, literatura feminista. Ha publicado en Revista Este País, El Camaleón, StayCurious. |
