La muerte del Supremo Observador comenzó con un error que nadie debía cometer. Confiar. Durante incontables eras, aquel ser había observado el flujo de los universos desde su atalaya, una estructura suspendida fuera del tiempo donde las leyes físicas eran apenas sugerencias débiles. Allí, entre corredores de luz líquida y constelaciones cautivas dentro de esferas transparentes, el Observador había contemplado el nacimiento y la destrucción de civilizaciones enteras como un astrónomo que observa las estrellas distantes. Nadie conocía su verdadero nombre. Los mundos lo llamaban de distintas maneras: el Guarda, el Testigo, el Custodio del Equilibrio. Pero hacía siglos que incluso él había olvidado quién había sido antes de convertirse en aquello. Sabía algo que ninguna especie comprendía por completo:

El universo no era estable.
Nunca lo había sido.

Cada realidad existía suspendida sobre una inmensa e invisible fractura. Y más allá de esa grieta dormía algo antiguo, una conciencia nacida antes que las estrellas fuesen encendidas, un organismo imposible que percibía la existencia misma como un error que debía corregirse. El Observador llevaba milenios preparándose para ese momento. Porque sabía que algún día despertaría. Y ahora estaba despertando.

La primera señal apareció en la Tierra de Atheon 3. Los océanos comenzaron a evaporarse sin explicación alguna. Millones miraron cómo enormes columnas de agua ascendían hacia el cielo hasta desaparecer dentro de oscuras grietas suspendidas entre las nubes. Después llegaron los sueños. Los niños despertaron llorando. Los pilotos vieron figuras inmóviles caminando sobre el vacío espacial. Las personas aseguraron escuchar respiraciones detrás de las paredes de sus hogares. Y finalmente… las desapariciones. Ciudades completas borradas durante segundos de oscuridad absoluta.

El Observador vio cada evento desde su atalaya. No sentía miedo. Pero sentía algo peor.
Urgencia. Activó entonces el Protocolo de Convergencia.

Miles de señales atravesaron el multiverso como impulsos eléctricos buscando mentes específicas: guerreros, científicos, exploradores, protectores, criminales reformados. Seres capaces de resistir el derrumbe mental que se aproximaba. No buscaba héroes perfectos. Buscaba sobrevivientes. Como Noé buscando a los animales para el arca, solo que esta vez los elegidos harían algo más.

En una ciudad lluviosa, el detective enmascarado conocido como “Darius Vali” recibió la señal mientras investigaba una serie de asesinatos imposibles. Las víctimas aparecían sin sombra. Literalmente. La luz las atravesaba de manera incorrecta, como si parte de su existencia hubiese sido arrancada. Darius había visto cosas extrañas antes. Pero aquello era completamente distinto. Cuando el símbolo luminoso apareció sobre el espejo de su refugio, supo que algo enorme se estaba moviendo detrás del mundo.

En el sistema solar de Elysion, la guerrera Seraphine Kell dirigía una batalla orbital contra piratas espaciales cuando las estrellas comenzaron a apagarse una por una alrededor de su nave. El mensaje apareció segundos después dentro de todos los sistemas de navegación:

EL EQUILIBRIO HA TERMINADO.

Y en el planeta cubierto de hielo llamado “Morveth”, el científico Arlen Vess descubrió una anomalía enterrada bajo kilómetros de roca congelada. Una puerta. Negra. Perfectamente circular. Más antigua que cualquier civilización conocida. Cuando la tocó, escuchó una voz.

—“Él ya no puede detenernos”.

La Atalaya comenzó a llenarse durante las semanas siguientes. Seres provenientes de cientos de realidades distintas llegaron guiados por sueños, coordenadas imposibles o visiones compartidas. Darius observaba todo con desconfianza. No le agradaban los salvadores cósmicos. Siempre ocultaban algo. Y el Observador ocultaba demasiado. La sala central parecía un templo construido dentro de una galaxia muerta. Fragmentos de universos desaparecidos flotaban atrapados en cápsulas transparentes a lo largo de los corredores. Algunos parecían hermosos. Otros perturbadores. Darius vio uno donde el cielo estaba cubierto por ojos gigantescos observando ciudades abandonadas. Decidió no preguntar. El Observador apareció frente a ellos como una figura envuelta en luz. El espacio parecía desplazarse a su alrededor.

—“Las barreras dimensionales están colapsando” —dijo con una voz demasiado tranquila—. “Si no actuamos ahora, todas las realidades serán consumidas”.

—“¿Consumidas?” —preguntó Seraphine.

El Observador guardó silencio unos segundos.

—“Por aquello que existía antes de la creación”.

Nadie respondió. Porque todos comprendieron algo instintivamente: algunas respuestas eran peores que la ignorancia. Durante meses prepararon defensas. Arlen diseñó estabilizadores dimensionales capaces de sellar grietas temporales. Seraphine organizó flotas combinadas provenientes de distintos universos. Darius investigó registros antiguos ocultos dentro de la Atalaya. Y fue entonces cuando descubrió la verdad. El Observador no había reunido héroes solamente para combatir. Los había reunido porque sabía que iba a morir. Los registros eran fragmentarios, escritos en idiomas extintos y almacenados en zonas prohibidas de la Atalaya. Pero el mensaje era claro. La entidad que avanzaba hacia el multiverso no podía ser destruida mientras existiera un ancla consciente capaz de mantener unidas las realidades restantes. Esa ancla era el Observador. Y alguien debía ocupar su lugar.

Darius cerró el archivo lentamente. Sintió un peso helado recorriéndole la espalda. El Observador no estaba organizando una resistencia. Estaba preparando una sucesión. Antes de poder confrontarlo, las alarmas comenzaron. Miles de grietas dimensionales aparecieron simultáneamente alrededor del observador. Pero algo era distinto. Aquellas aperturas no venían del exterior. Venían desde dentro. Las luces fallaron. El suelo tembló violentamente. Y entonces apareció el traidor.

Su nombre era Maerk Korven.

Uno de los estrategas más cercanos al Vigilante. Un hombre respetado por casi todos los presentes. Había ayudado a coordinar defensas durante meses. Y ahora sostenía entre sus manos una esfera negra pulsante.

—“Lo siento” —dijo con auténtica tristeza—. “Pero él ya perdió”.

Seraphine reaccionó primero. Su espada luminosa atravesó el aire hacia Korven. Demasiado tarde. La esfera explotó en silencio. La oscuridad inundó la Atalaya. No era solo una ausencia de luz. Era algo peor. Materia viva. Las paredes comenzaron a deformarse como carne húmeda. Los corredores respiraban. Voces humanas surgían desde el metal líquido. Y desde las grietas emergieron las entidades. Criaturas hechas de sombra compacta y huesos imposibles. No caminaban correctamente. Sus movimientos parecían ocurrir en varios lugares al mismo tiempo. Cada una llevaba rostros atrapados dentro de sus cuerpos translúcidos. Rostros humanos. Alienígenas. Infantiles. Todos gritando. La batalla fue inmediata. Seraphine dirigió las defensas mientras explosiones gravitacionales sacudían la estructura. Arlen intentaba estabilizar los núcleos dimensionales. Darius perseguía a Korven entre corredores deformados por la invasión.

Y el Observador… simplemente observaba. Darius finalmente alcanzó al traidor cerca de la Cámara Central.

—“¿Por qué?” —preguntó apuntándole con su arma.

Korven parecía agotado. Envejecido de repente.

—“Porque vi lo que viene” —susurró—. “No podemos detenerlo”.

—“Entonces decidiste ayudarlos”. Korven levantó lentamente la mirada. Había lágrimas en sus ojos.

—“No. Decidí sobrevivir”.

Antes de que Darius disparara, algo atravesó el pecho de Korven desde atrás. Una extremidad negra, demasiado larga, surgió de la oscuridad. El cuerpo del traidor se desintegró en segundos. Y entonces apareció la entidad. Era gigantesca. Humanoide solo en el sentido más lejano imaginable. Su piel parecía hecha de espacio. Muerto. Millones de ojos diminutos se abrían y cerraban sobre su cuerpo. Y cuando habló, la voz llegó desde todas partes simultáneamente.

—“EL OBSERVADOR DEBE CAER”.

La Atalaya entera tembló. El Observador apareció detrás de Darius. Por primera vez parecía cansado. Realmente cansado.

—“Lleva a los demás al interior de la Atalaya” —dijo.

—“¿Qué vas a hacer?”

El Observador observó a la criatura.

—“Lo inevitable”.

La batalla entre ambos comenzó fuera de toda comprensión humana. No hubo golpes convencionales. El espacio se fracturó a su alrededor. Realidades enteras aparecían y desaparecían durante segundos. Darius vio versiones distintas de sí mismo muriendo en universos alternos mientras la Fortaleza colapsaba lentamente. Seraphine y Arlen lograron evacuar a la mayoría hacia el interior, una cámara capaz de sobrevivir temporalmente al derrumbe dimensional. Pero la invasión continuaba multiplicándose. Las entidades surgían desde paredes, techos y grietas vivientes. Cada vez que una moría, dejaba escapar voces humanas. Como si las criaturas estuvieran hechas de almas absorbidas.

Entonces ocurrió. La entidad principal atravesó el pecho del Observador con una lanza de antimateria oscura. El silencio fue absoluto. Incluso las criaturas se detuvieron. El Observador vio la herida sin sorpresa. Como alguien viendo cumplirse una profecía conocida. Después miró a Darius. Y sonrió.

—“Ahora comienza el verdadero plan”.

La explosión de energía sacudió el multiverso. La muerte del Observador liberó ondas dimensionales que atravesaron miles de realidades simultáneamente. Las entidades comenzaron a desintegrarse. Lo suficiente para detener el ataque. La Atalaya parcialmente colapsó. Millones de fragmentos dimensionales flotaron hacia el vacío entre universos. Y en medio de la destrucción, Darius encontró algo imposible. El cuerpo del Observador había desaparecido. Pero su voz seguía presente.

Dentro de los sistemas. Dentro de los corredores. Dentro de la propia estructura. Arlen comprendió primero.

—“Se integró a la estructura de la Atalaya.

Seraphine lo miró confundida.

—“¿Qué significa eso?”.

El científico tragó saliva lentamente.

—“La Atalaya era solo una extensión física. El verdadero Observador… ahora es parte del tejido dimensional”.

La muerte no había detenido su misión. La había expandido.

Durante las semanas siguientes comenzaron a descubrir mensajes ocultos y rutas secretas activadas automáticamente. Arsenales sellados abriéndose solos. Coordenadas apareciendo dentro de sistemas muertos. El Observador había previsto su propia caída hasta el último detalle.

Darius encontró finalmente el mensaje final dentro de una cámara olvidada. Una proyección luminosa apareció frente a él. El rostro del Observador parecía más humano allí. Más triste.

—“Si estás viendo esto” —dijo la grabación—, significa que fallé… exactamente como esperaba”.

Darius permaneció en silencio.

—“La entidad no puede ser destruida mediante la fuerza convencional. Solo puede ser contenida mientras exista voluntad suficiente para mantener unido el multiverso”.

La imagen observó directamente hacia él.

—“Por eso los reuní”.

Darius sintió un escalofrío.

—“No para salvar los mundos. Sino para enseñarles a sobrevivir después de mi muerte”.

La proyección comenzó a deteriorarse.

—“Escuchen bien. Las entidades no se alimentan de materia. Se alimentan del miedo. Mientras las realidades permanezcan divididas… perderán”.

—“¿Y qué debemos hacer?” —preguntó Darius, aunque sabía que la grabación no respondería.

Pero respondió.

—“Unirse”.

La imagen sonrió débilmente.

—“Incluso el universo necesita aliados”.

La grabación desapareció.

Meses después, la guerra continuaba. Mundos enteros seguían cayendo. Las grietas aumentaban. Las entidades regresaban constantemente. Pero algo había cambiado. Las Tierras comenzaron a cooperar. Civilizaciones que antes jamás se habrían hablado compartían tecnología y recursos. Flotas multiversales patrullaban zonas fracturadas. Científicos de realidades opuestas trabajaban juntos. Y los héroes sobrevivientes se convirtieron en símbolos de resistencia. Darius observó el cielo fracturado desde la cubierta de una estación dimensional reconstruida.

Seraphine se acercó lentamente.

—“¿Crees que realmente podamos ganar?”.

Darius tardó en responder. Pensó en el Observador. En la traición. En los mundos muertos. Y finalmente dijo:

—“Creo que él sabía algo que nosotros todavía estamos aprendiendo”.

—“¿Qué cosa?”.

Darius levantó la vista hacia las grietas brillando sobre el vacío.

—“Que incluso al final del universo… todavía podemos elegir luchar juntos”.

Muy lejos de allí, en regiones donde la realidad ya se había podrido completamente, algo inmenso abrió lentamente millones de ojos. Y observó. Porque la guerra apenas estaba comenzando.

Imagen tomada de Buddhabrot

Francisco Araya Pizarro (Santiago de Chile, Chile, 1977). Diseñador gráfico, community manager, escritor y empresario digital. Escribió seis libros publicados en Amazon, tiene más de treinta y cinco cuentos antologados. Sus diversos relatos han sido publicados por diferentes revistas literarias en español. Cuenta con varios reconocimientos por su excelencia, creatividad y calidad literaria, entre los cuales está el de «Conde de Araya» y Caballero de la Real Orden Literaria «Isla de San Borondón». Sus temas de interés son la ciencia ficción, la fantasíaa, la acción, las aventuras, los superhéroes y los libros de autoayuda.   

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Escrito por:paginasalmon

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