Franco Garza Benítez, nieto de aquel Benítez que escribió El rey viejo y La ruta de Hernán Cortés, terminó de servir el café de prensa francesa en la taza de su amigo Tomasito Segovia, justo en el momento en que iba a brindarle su pormenorizada explicación. Tomasito llevaba ya dos horas metido en el departamento de su camarada, enclavado en la colonia Cuauhtémoc. El relato que quería escuchar de Franco se aplazaba una y otra vez —que si compraban primero un cigarrito en el puesto de la otra cuadra, que si primero le mostraba el Instagram de la chica, que si preparaba un cafecito—, pero intuía el buen Tomasito que algo tenía que ver con dos piezas de opalina enmarcadas con resina negra y acristalamiento sencillo. 

“Me dijiste que te sentías liberado y que finalmente pudiste prescindir del manual que te presté”, preguntó Tomasito con la intención de invitar, conminar a Franco a ir directo al grano. “Así es, amigo, ya verás qué historia”, respondió el nieto. “¿Y qué pasó, pues? ¿Cómo superaste tu crisis con el certificado?”. A Franco le tomó unos veinticinco minutos contar la historia y luego invitó a su amigo Tomasito a inspeccionar de cerca las opalinas enmarcadas que corroboran la veracidad de lo narrado. Sin embargo, reportar sin más la conversación a partir de este punto, sería una irresponsabilidad como narrador, pues la historia es mucho más profunda de lo que podría escucharse en una charla casera de café; así que vayamos a un punto diferente en el tiempo, con el buen Franco Garza Benítez dando vueltas en la cama, sudando, apretando la quijada y estrujando el cobertor cada vez que se despertaba. 

Claramente, el pobre chico no podía más con la ansiedad y el clonazepam lo relajaba demasiado como para preparar bien el dichoso certificado: tenía que sufrir a pelo. La primera dosis de contexto que debo proporcionar es que, desde hace un par de años, los escritores fantasmas y no tan fantasmas del mundo han cargado con el deber de demostrar que su escritura es “humana”, es decir, portar un papelito, el certificado, que asegure a cualquier cliente —una consultora, un aspirante a narrador publicado, un periodista perezoso, un estudiante universitario con recursos, etcétera— que el contratado escribe por él mismo y es capaz de elaborar textos complejos, claros, contundentes o estéticos sin depender de modelos de inteligencia artificial. Podría contar cómo el hartazgo creciente contra textos publicitarios, discursos, novelas y hasta sentencias de tribunales hechos con inteligencia artificial llevaron a esta forma de control, pero sería desviarnos demasiado. 

Franco deseaba con todas sus fuerzas llevar la misma vida que tuvo su abuelo: comer de escribir; ya sea del reportaje, la novela, el ensayo, incluso de escribir papeles ajenos. Sabía que algo del talento del ancestro aún corría por sus venas, pero comenzó a sentir esa ansiedad cuando, tras haber entregado una investigación de 120 cuartillas sobre los partidos políticos locales en México y España —por encargo de un centro local de investigación en Toluca—, cayeron sobre él sospechas fortísimas de que partes enteras del trabajo se habían hecho con ayuda de esos endiablados chips de silicio, fabricados en Taiwán. Era falso, Franco compartía sus ideas con Chat GPT o Gemini, pero nunca trasplantaba las palabras. Por ello, decidió certificarse. 

Una vez pagados en el banco los derechos de certificación, Franco envió una nota de voz a Tomasito Segovia para pedirle consejo y auxilio en esta etapa de su carrera. Su camarada le dijo que no se preocupara, que le prestaría un manual buenísimo para prepararse, tal como él había hecho un par de meses antes. Fue en una cervecería artesanal de la calle Lucerna donde Franco descargó el PDF que Tomasito le compartió por WhatsApp, y fue en una papelería de la calle Milán donde lo imprimió para leerlo mejor. 

Era un manual con mucho diseño y poca prosa, con palabras repetitivas e inocuas que daban consejos para “humanizar” la escritura. La página legal señalaba que los derechos intelectuales de esa obra pertenecían a una consultora de medio pelo afincada en Polanco. En realidad, el propósito de ese breviario era condicionar a las personas para engañar a la inteligencia artificial revisora, al escribir de un modo diferente de como redactaría la inteligencia artificial revisora. Eso era todo, solo había que practicar lo suficiente hasta reconfigurar la manera en que se piensan las frases. 

Así, el manual decía cosas como: “evite usar los guiones largos para aclaraciones o puntualizaciones, pues es un rasgo muy común en los textos generados con IA, mejor use comas”; “evite a toda costa utilizar negritas para resaltar conceptos o ideas”; “no utilice conectores como ‘en suma’ o ‘en resumen’ al principio de sus párrafos”; “si se trata de textos científicos, se recomienda fuertemente escribir la palabra ‘hipótesis’ en lugar de ‘H1’ o similares”; “trate de no emplear frases genéricas, poco humanas, como ‘llevar algo al siguiente nivel’ o ‘brindar soluciones innovadoras’; y el más importante de acuerdo con la consultora: “por el amor de Dios, por lo que más quiera en el mundo, evite utilizar las oraciones adversativas y redacte siempre en positivo, es decir, absténgase de oraciones como: ‘no se trata de tal o cual cosa/no hablamos de esto o de lo otro/ no es simplemente ello o aquello, sino tal o pascual’. Escriba mejor: ‘cualquiera podría pensar que tal o cual se reduce a esto, pero en realidad se trata más de ello o aquello —en la página 35 hay un anexo con ejercicios para escribir en positivo una serie de frases adversativas—”. 

Franco estaba anonadado. Pensaba que si la inteligencia artificial escribe así es porque los humanos escribimos así: el límite de nuestro lenguaje es el límite de la IA, no al revés. Escribir para engañar a la IA era reducir nuestro propio mundo, especulaba. Y creía que había motivos genuinos para usar guiones largos, conectores, frases adversativas. Entendía la poca sabiduría detrás de usar lugares comunes (como lo de las “soluciones innovadoras”), pero de ninguna manera podía decirse que no eran humanos. 

Debía pasar la certificación a como diera lugar, se decía, y reaprender a escribir era ya imperativo, se gritaba a sí mismo. No funcionaba: le costaba demasiado trabajo teclear cada nueva palabra, lo sofocaba la sensación amarga de no poder engañar al modelo. Se preguntaba constantemente si podría lograrlo, y así llegamos al punto que les conté sobre dar vueltas en la cama y negarse a consumir clonazepam.

No progresaba con los ejercicios: sentía angustia cada vez que debía cambiar un conector o una frase adversativa, porque pensaba que debían estar ahí. Primero, creyó que no lograba concentrarse lo suficiente en su departamento, así que comenzó a practicar en un café retro en la calle de Barcelona; luego, creyó que el café era demasiado retro, demasiado retrospectivo como para habituarse a las coyunturas algorítmicas actuales, y se llevó sus hojas de papel a un merendero ubicado en Hamburgo, cerca del Metrobús. Era su segunda semana ahí cuando escuchó una voz grave y femenina; firme, pero agradable: “tu café y tu dona glaseada, y no pierdas tu tiempo con esa porquería”. La mesera señalaba, por supuesto, la portada del manual, impresa en tonos grises.

Yo, narrador, decidí brindar al pequeño Franco un poco de cariño, de acompañamiento, incluso de erotismo y sapiosexualidad a su pedregosa etapa. Con la frecuencia cardiaca in crescendo, el nieto angustiado le preguntó a la linda mesera de cejas pobladas, piel apiñonada y con un pequeño lunar posado cerca de sus ojos verdes, por qué llamaba porquería a su manual. 

“Mi hermano se obsesionó con él, igual que tú. Te he visto entrar con esas copias por dos semanas a este establecimiento y aún tienes la cara de la primera vez: de enfermo terminal recién diagnosticado”, dijo. “¿Qué pasó con tu hermano?”, cuestionó el chico. “Pues no pasó la certificación, tuvo que buscar un trabajo terriblemente aburrido para sus estándares y luego le diagnosticaron ansiedad y depresión. Nunca entendió que la base de la certificación está equivocada: la culpabilidad es la premisa, el modelo está entrenado para pensar que el texto está muy probablemente hecho con IA, y está adiestrado para evitar exonerar al culpable, aunque eso signifique castigar inocentes. A menos, claro, que reconozca ciertos patrones (esos truquitos que vienen en el manual), o que detecte una prosa francamente pobre”. 

Franco solo asintió, pero en realidad no podía más que mirarla, magnetizado, amarrado por las palabras, excitado por el desafío técnico. Continuó la chica: “Pero eso causa un problema, porque existe el principio de la causalidad proporcional”. “¿El principio de qué?”, preguntó Franco, abriendo los ojos bien grandes. “Básicamente dice que las limitaciones de una causa son las limitaciones de su efecto, nadie puede dar lo que no tiene; por tanto, la inteligencia artificial generativa no podría ser más compleja que la creatividad humana, mucho menos que la creatividad de un genio o un superdotado, ¿me explico?”, contestó ella.

Tras beber un sorbo de capuchino, Franco replicó que un alumno puede superar a su maestro. “Sí, claro, pero lo que no puede hacer es superarlo si entrena con el mismo maestro o con uno menos preparado. Con la IA pasa lo mismo, si comenzamos a entrenarla con textos hechos para engañarla o complacerla, en lugar de alimentarla con la creatividad humana, jamás se volverá más inteligente ni superará las capacidades humanas de decisión, solo creerá que, a mayor complejidad o profundidad de un texto, menor la probabilidad de tener un origen humano. La enseñamos a subestimarnos”. 

“¿Y por qué los robots ya son capaces de hacer papilla al campeón mundial de ajedrez?”, preguntó el muchacho con tono retador. “Porque el ajedrez, con todo y que hay más partidas posibles que átomos en el universo, es un sistema cerrado, de reglas inmutables, jugadas calculables y un objetivo único; la máquina siempre será más rápida y efectiva en encontrar soluciones bajo esas circunstancias: ningún estadístico le gana al Excel calculando cifras, por ejemplo. Pero el lenguaje no es un tablero de 64 casillas, es infinitamente más complejo y libre. ¿De verdad crees que Claude da sugerencias de escritura que un usuario como García Márquez no hubiese pensado jamás?”.  

Tras quedar mudo por unos segundos y tratar de procesar semejante ensayo hablado, el joven Franco bebió otro sorbo de café y le preguntó a su interlocutora por la fuente de su evidente sabiduría. “Soy doctorante en Ciencias Computacionales. Trabajo aquí medio turno para pagar mi renta”. Franco le agradeció por compartir su punto de vista y volarle la cabeza de paso, pero le dijo que precisamente no quería el mismo final que su hermano, en trabajos aburridos que ya no le permitirían seguir escribiendo para vivir, ni vivir para escribir, por lo que seguiría con el manual. Le pidió la cuenta. 

“Eres un poco desesperante, amigo. Te voy a ayudar”. La doctorante se retiró a la barra, donde había una terminal de cobro. Escribió algo en una hoja de papel con un bolígrafo azul, tardó demasiados minutos; luego regresó con la comanda y con el folio misterioso. “Te voy a ayudar a terminar con esto de una vez: cuando hagas la prueba, teclea exactamente lo que dice ahí, ¡sin cambiar nada! Ni una coma ni una palabra y créeme que se acabará el problema para ti. Te lo suplico, confía en mí: mi hermano ya no escribe, ni tú lo harás si te certificas. Son 105 pesos de tu café y tu dona”. 

El día de la prueba, frente al monitor y el teclado, Franco comenzó a redactar un texto no mayor a 200 palabras, como le pidió la agencia certificadora. Había memorizado cada trazo escrito con tinta azul que le entregó la empleada del merendero, pero seguía cuidando los guiones largos, los lugares comunes, escribía siempre en positivo. Cada tecla presionada se sentía como un paso más hacia el barranco. Luego, a punto del desbarrancamiento artístico, moral y emocional, pegó un grito, ofreció disculpas a los supervisores, rechazó una botella de agua, colocó el cursor sobre el primer tipo en la pantalla, presionó con fuerza de gorila sobre CTRL, E y la flecha hacia la izquierda,  y comenzó a escribir algo diferente.   

Ahora regreso yo, el narrador, a la charla entre Franco y Tomasito Segovia, con la que inició este relato. “¿Y qué era lo que decía el papel?, ¿te fue útil en la prueba?”, preguntó Segovia. “Para nada, amigo; de hecho no pasé la certificación, pero entendí qué me quiso decir ella cuando casi me gritó que era desesperante: me sentí liberado, amigo. Volví a sentir ganas de escribir, de teclear y arrastrar el lápiz sin sentir unos ojos vigilándome o una mano fantasma diciéndome no con su dedo”. Tomasito Segovia no podía ocultar la confusión en su rostro. “Mira, Tomás, ve a ver las opalinas enmarcadas y lo comprenderás: una es el texto que me dio la muy lista para la prueba, la otra es una nota de periódico que se publicó cuando llevé al diario mis resultados”. 

Como narré, Tomasito Segovia se aproximó a las opalinas para mirarlas con mayor cuidado. La primera decía: Si has intentado encajar en algún molde y no lo has conseguido, probablemente has tenido suerte. Es posible que seas una exiliada, pero has protegido tu alma. Cuando alguien intenta repetidamente encajar y no lo consigue, se produce un extraño fenómeno. Cuando la proscrita es rechazada, cae directamente en los brazos de su verdadero pariente psíquico, que puede ser una materia de estudio, una forma artística o un grupo de personas. Es peor permanecer en el lugar que no corresponde en absoluto, que andar perdidas durante algún tiempo, buscando el parentesco psíquico y espiritual que necesitamos. 

Así, bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados. Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia. Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

La segunda opalina era la impresión de un enorme titular de tabloide: Certificadora confunde a Pinkola Estés, Jesucristo y al Gabo con IA, la junta ejecutiva revisará el problema con proveedores. “Es mi anticertificado. Así le llamó Ana María cuando le mostré la opalina del titular en el merendero”, apuntó Franco Garza Benítez con una sonrisa grande y muy serena, como la que muestra su abuelo, en blanco y negro, sobre su mesa de trabajo.

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Imagen tomada de Pinterest.

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Escrito por:paginasalmon

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