“El mundo se enfrenta a un shock de petróleo”. Berta desliza el recibo de luz, desde su posición en el desayunador, hasta el lado que ocupa Jaime. Berta sonríe. No es un gesto total pero casi, diríase que no importa si la sonrisa está incompleta; Berta sonríe. El celular de Jaime permite leer en su pantalla la siguiente línea: “ahora el crudo se ha convertido en un bien escaso”. Trescientos veinte pesos menos doscientos treinta pesos da un total de noventa pesos de ahorro. Noventa pesos pueden intercambiarse por un determinado gramaje de carne molida mixta. Berta experimenta una felicidad estúpida con el aceite imaginario friendo los cuerpos de animales difuntos sobre su sartén. Jaime no lo sospecha, no lo intuye. A Jaime se le comunica de un “vuelco absoluto” y sería difícil nombrar algo que le interesara menos. “TOTAL A PAGAR”: Doscientos treinta pesos, Jaime lee esta información y regresa el foco de la lectura a la pantalla de su celular, sus ojos sostienen un movimiento consistente de izquierda a derecha (Berta diría que el desplazamiento va más bien de derecha a izquierda). “El mundo desarrollado ha dado la espalda al petróleo ruso casi por completo”, Berta grita Se te va a hacer tarde y su grito, como casi todo lo que la integra, no es tal cosa sino una aproximación a la cosa. Apareciendo desde la sala/comedor, entra a la cocina una niña de aproximadamente diez años de vida. Se sienta en un punto de la circunferencia del desayunador que la ubica en medio de su madre y su padre. Delante y abajo de su barbilla aparece un plato con huevos revueltos, piensa No me gustan los huevos revueltos y Berta dice Apúrate o no te van dejan entrar a clases. La niña dice No me gustan los huevos revueltos, y como respuesta a su enunciado aparece, a cinco centímetros de su mano izquierda, licuado de fresa contenido en un vaso de plástico. Los primeros ocho vasos de licuado que se producen a inicios de cada mes se reparten indistintamente, según a cada miembro de la familia le apetezca ingerirlos. Los últimos dos son privilegio casi exclusivo de esa niña de aproximadamente diez años de edad. Un domo de fresas costó, esta primera quincena de abril, sesenta y cinco pesos. Noventa pesos podrían intercambiarse por un domo de fresas, dejando veinticinco pesos libres para el litro de producto lácteo que es imprescindible en la elaboración del licuado. Berta deja de sonreír y en su cara, ese ánimo sencillísimo de felicidad lo reemplaza una mortificación que no, naturalmente, no termina de ser mortificación. Jaime bloquea su dispositivo móvil y el último dato que leyó en él fue la hora: Siete de la mañana con dieciséis minutos. El recorrido a pie desde su edificio, ubicado al lado del periférico y dando la espalda a la calle 3 sur, hasta la escuela primaria Fundadores de Puebla (105 poniente) puede realizarse en unos veinte minutos a paso de mujer de treinta y ocho años con niña de (aproximadamente) diez años. Jaime, por su parte, aborda el transporte público (la ruta 20) para dirigirse a una secundaria privada, el Instituto Madero (plantel centro), donde imparte la materia de música, haciendo un viaje de treinta o cuarenta minutos, dependiendo esto enteramente de cuestiones que se escapan de su control, tales como el tráfico, el estado anímico del chofer, las condiciones materiales del vehículo que lo transporta, etcétera. Hoy ha dejado que sus tiempos se extiendan más de lo debido, comprometiendo así su hora de llegada. En una escala de preocupación, medida del cero al diez, un retraso en su trabajo podría alcanzar un bien constituido seis punto cinco; una crisis de petróleo en Europa, sin embargo, a duras penas podría ubicarse entre un dos y un tres punto cinco. Mientras lleva su plato al fregadero, despidiéndose de la mujer con la que se casó hace quince años y de la niña que concibió hace (aproximadamente) once años, Jaime se cuestiona qué tan lejos están Europa y el Mundo el uno del otro. Jaime no lo sospecha, no lo intuye. No es estúpido ni necio (no al menos en lo que a geografía se refiere): sabe muy bien que el continente europeo se encuentra en el planeta Tierra, pero de cualquier forma la pregunta, lejana y violentamente, adquiere sentido para él. No sabe si esa distancia es mensurable en kilómetros o en litros de producto lácteo o en alguna otra medida que supera su comprensión, pero igual se pregunta por la distancia. Berta no mira la hora en su celular (el cual dejó en el buró que le corresponde, a la izquierda de la cama que comparte con Jaime) porque aún sin mirarla sabe que todavía no son las ocho am, y que las nueve am (hora de entrada en su trabajo: un restaurante de la colonia El Mirador, donde opera como chef) están todavía más allá en el futuro. La niña sentada en el desayunador ha comido apenas un treinta por ciento de sus huevos y tragado un noventa y seis por ciento de su licuado de fresas. Son las siete de la mañana con veintitrés minutos. Jaime transita de Europa a “Variaciones sobre un tema imaginario”, obra para ensamble de cámara que compuso hace dos años, todavía sin estrenarse. Pieza construída a partir de un motivo decafónico (omitió dos notas, la y do naturales, por una razón que él creía y sigue creyendo irreductiblemente poderosa, pero que podría aparecer más bien como fortuita), a partir del cuál se desarrollan series que beben del serialismo más convencional, pero permitiéndose licencias que Jaime, ahora y en su momento, sintió como “desviaciones espirituales”. Jorge Arturo Reynoso (quien fuera su maestro de contrapunto, orquestación y armonía contemporánea en la facultad), después de un análisis solicitado por el autor de la partitura, definió la obra como un “trabajo profundamente sensible, que sin ser rupturista, innova a partir de técnicas que conocemos”. El archivo original en formato PDF se encuentra en la carpeta “Composiciones”, pesando un total de ciento cuarenta y seis kilobytes. Sólo ha escuchado “Variaciones sobre un tema imaginario” en un audio midi, teniendo que reproducir en su mente el golpe de los arcos, la tensión de las cuerdas puestas en movimiento, la respiración de los ejecutantes que transpiran sobre sus formales negras indumentarias. Reynoso no pocas veces animó a Jaime a montar la obra, pero el trabajo, la casa, la niña. No hay tiempo. Circunstancias similares rodearon a “Hommage a Montalbetti”, “Estudios cromáticos para guitarra y cello”, “Siete haikus para piano”. El estreno de su segunda sonata para violín y órgano tuvo lugar en el teatro de la universidad. Aplausos, irritaciones en las vías aéreas superiores del público, tulipanes blancos, “el inicio de una muy interesante carrera”. Pero nada de eso, Jaime casi que puede asegurarlo, tiene que ver en absoluto con una crisis petrolera en Europa, o con un plato cuyos restos de huevo revuelto se tiran a la basura porque una niña que no gusta de los huevos revueltos no quiso terminar su desayuno. Puebla es una ciudad que no ha dado la espalda al petróleo ruso. Jaime, sin antes haberse planteado sospechas, imagina que el petróleo ruso no trasciende de forma alguna en la energía industrial que deviene en, por ejemplo, la fabricación de una ruta 20. Un violoncello (necesario para la ejecución de las “Variaciones”) nada requiere del petróleo ruso. Un cello es madera de arce, de ébano, barniz, articulaciones humanas debidamente evolucionadas para ejecutarlo. La niña cuyo peinado Berta termina de arreglar, ni tampoco Berta, pueden ingerir licuado de petróleo. Las manos de un hombre que a una distancia de cuarenta kilómetros de su edificio conduce un automóvil modelo Aveo, no son manos rusas, en todo caso, no es un cuerpo nacido en ninguna región de Europa. El celular de ese hombre no fue hecho en Rusia, ni es ruso el idioma en el que se escribió la nota leída, casi tres semanas antes, el veintiséis de abril, en ese mismo celular, por el hombre. Jaime no lo sospecha, no lo intuye. Pero el hombre del Aveo color azul ultramar es un hombre más bien nervioso, que lee notas periodísticas cada mañana de la misma forma que Berta, cada mañana, saliva con la secuencia imaginaria de reses sacrificadas cocinándose sobre el fuego de su estufa. Jaime mide un metro con sesenta y cuatro centímetros, pesa unos cincuenta y ocho kilogramos. El peso promedio de un automóvil es de mil ochocientos cincuenta y  siete kilogramos. Jaime no sospecha del hombre, no intuye siquiera su existencia. Pero él está ahí, a cuarenta kilómetros del periférico, conduciendo sus monstruosos kilogramos de automóvil. Y si piensa en, por ejemplo, el año dos mil veintiocho, no calcula las distancias recorridas por un Aveo azul ultramar, o los litros totales de licuado tragados en las mañanas acumuladas hasta la fecha, o en los recibos de luz, en esas subidas y caídas de consumo. No. Piensa, si acaso, en por qué carajos omitió el uso del la y el do naturales durante la creación de “Variaciones sobre un tema imaginario”. Piensa que tal vez, para entonces, tendrá una respuesta a esa pregunta y, de ser necesario, un cambio de condiciones compositivas. Pero no. Jaime no lo sospecha, no lo intuye. No sospecha de un hombre nervioso que conduce distancias nerviosas a velocidades todavía más nerviosas. Un hombre que lee notas periodísticas, notas sobre tragedias mundiales (o europeas, que es casi lo mismo) en lugar de tomar un desayuno balanceado. Un hombre que se despierta una mañana de octubre, octubre del año dos mil veintiocho para ser más precisos, diciendo que la crisis petrolera es insostenible. Que Rusia, China, que Estados Unidos. Que carajo, carajo, carajo. Que el fin de los tiempos, que la crisis, dice. Que el neocolonialismo cibernético y helicópteros camuflados sorteando las imágenes térmicas de los radares. Que generadores de flujo magnético disparando proyectiles, sus trayectos eficientes penetrando cualquier tipo de blindaje, dice. Jaime no sospecha de mil ochocientos cincuenta y siete kilogramos de acero, vidrio, plástico, de hule, casi dos mil kilogramos de vehículo impulsado por motor cruzando el bulevar 5 de mayo. No sospecha de una parrilla encontrando de golpe el lado izquierdo de su cadera, de cuatro llantas movilizando un capó azul ultramar sobre el cual su cuerpo gira, un giro absurdo que no comprende ni mucho menos intuye. No piensa en sus cincuenta y ocho kilogramos incidiendo en un parabrisas, en vidrio colapsando justo delante de la nerviosa cara de un hombre que lee notas sobre crisis petroleras. Jaime no lo sospecha, no lo intuye. Jaime, más bien, abre la puerta de su departamento y escucha la voz de Berta, su esposa, quien espera a una niña que fue al baño, decirle ¿Viste que el recibo de este mes vino noventa pesos más barato? Sí, dice Jaime. 

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Imagen tomada de Pinterest.

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Escrito por:paginasalmon

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