Debo tener cinco años, mi hermana menor tres y la mayor nueve. Todavía dormimos juntas porque mis padres aún no terminan de poner ventanas y pintura a los cuartos en los que después nos distribuiremos.

Las tres juntas, acostadas en una cama matrimonial que solía ser de mis padres, le pedimos a mamá que nos lea otro cuento. Ella abre de nuevo su engargolado de copias con tapas verdes y comienza a leer nuestro relato favorito: el de un zorro y un jaguar que se engañan el uno al otro para obtener comida durante el invierno. Así pasamos las noches, escuchando una y otra vez la voz de mi madre repetir frases de ese conjunto de leyendas mexicanas que sabemos casi de memoria. No hay otro libro infantil en casa, pero no importa, la voz de mamá es como el fuego que ilumina la habitación. Y nosotras creemos en esos animales, en los zorros astutos, en los tlacuaches ladrones, en los cacomixtles ilusionistas, en los jaguares inocentes. Escucho la voz de mamá y siento que sus palabras crean mundos. Que hacen brotar el pasto en la tierra, cavan las madrigueras de los animales y hacen frutecer a los árboles de las historias.  

La voz que lee para otros es mágica, lo pienso en ese entonces, aunque no tenga el lenguaje para formularlo. En mi mente, las historias cobran vida cuando se comparten en forma de sonido.

Las sociedades occidentales dejaron de leer en voz alta como un acto comunitario y de socialización hacia finales del siglo XIX. La lectura se volvió cada vez más silenciosa: un ejercicio de concentración que exigía mutismo y reposo para ser exitoso. Pienso que esta transformación tiene que ver no sólo con las formas de sociabilidad, sino con una idea del manejo del tiempo frente al capitalismo. Leer en voz alta es mucho más tardado que hacerlo en silencio, implica dar espacio a la comprensión de tus oyentes, repetir el fraseo o hacer pausas para comentar o cuestionar el texto. Es abrir un espacio en el que aparecen o se evaporan las certezas.

Durante muchos años la lectura en voz alta era un evento que congregaba a las personas que compartían un conocimiento que solo estaba reservado a unos cuantos. Quien leía tenía frente a sí a una audiencia que podía ser su familia, vecinos, compañeros de trabajo o hasta un gran público en una plaza entera, personas que esperaban atentas informarse sobre noticias o para saber novedades de alguien querido que se encontraba lejos. A inicios del siglo XX, leer de este modo fue fundamental para los trabajadores organizados en sindicatos en muchas partes de América: desde las fábricas de tabaco en Cuba, hasta los panaderos en Argentina. En sus turnos laborales se organizaban para que alguien leyera en voz alta mientras los demás escuchaban textos de Kropotkin, Marx o Bakunin. Este ejercicio implicaba no sólo compartir la sonoridad de un texto, sino aprender a escuchar: entrenar el oído para concentrarse en el significado de las palabras, en el sentido que portan más allá de su eco.

Actualmente son pocos los espacios compartidos de lectura en voz alta. Este acto parece estar reservado a las infancias: familiares, tutores, maestros o cuentacuentos son los encargados de declamar para el público infantil que espera con atención sus historias. ¿Por qué cuando uno crece deja de compartir la lectura? ¿Será acaso que preferimos concentrarnos en la cantidad de ejemplares terminados que en la posibilidad de convertirlos en vínculos para acercarnos a otros?

No me refiero a que el hecho de tomar un libro y recorrer sus páginas con los ojos no sea en sí mismo un acto valioso para quien lo realiza, sino a que a veces, y hablo desde mi experiencia, nos concentramos más en la carrera acumulativa de demostrar que hemos leído, que en lo que la rodea. Como si leer fuera un deber ser, una actividad que te diferencia del resto y de la que hay que estar orgullosa. Pero ¿no acaso el poder dedicar una hora o dos a un libro es también un privilegio en este país?

Entre mayo y junio leí veintidós libros. Como si el desempleo y el tema de vivienda no fueran mis mayores preocupaciones, el trastorno de ansiedad generalizada con el que estaba lidiando me hacía sentir que solo en los libros podía construir un refugio temporal para no pensar en el futuro. En medio de la crisis, un viejo amigo me invitó a su hogar. Allí recordé que una de las mejores cosas de la lectura es su continuación: hablar de lo que nos ha provocado, compartir lo que hemos entendido. Leí para Iván, en voz alta, algunos poemas, hablamos de nuestras antiguas lecturas compartidas. Él cerraba los ojos y me escuchaba, al igual que lo hacía diez años atrás.

Las últimas semanas he reflexionado sobre mi forma de leer. ¿Es o no una carrera? Siempre he pensado que llegué tarde al mundo de las letras y por ello debo hacer mi mejor esfuerzo para “ponerme al día”. Pero dentro del capitalismo todos vamos retrasados, nadie es lo suficientemente productivo en su rubro. ¿Qué pasaría si pudiéramos reactivar esa costumbre de leer para otros, si la gente tuviera el tiempo que esto implica? ¿Dejaría de ser una contienda? ¿Los libros escaparían al capitalismo? Seguramente no, pero al menos podríamos compartir el asombro, crear puentes y redes más extensas entre todos. Porque ese tiempo de lectura compartida para los obreros de finales del siglo XIX e inicios del XX, no solo implicaba conocer un texto, conllevaba organizarse políticamente y también amistarse los unos con los otros.

Los días en los que la lectura se convierte en una competencia, vuelvo al sonido. Leo en voz alta un párrafo o dos, hasta que se calma mi ansia por avanzar más rápido, hasta comprendo mejor lo que las grafías me dicen. Hay magia en ese aliento de vida, vuelvo a pensar, como muchos años atrás cuando mi madre creaba piedras parlantes, ajolotes milenarios y conejos en la luna con el fuego de su voz.

«The Cotter’s Saturday Night» de William Kidd

Diana Thalia Jiménez Martínez (Toluca, México, 1994).  Estudiante de posgrado y profesora. Licenciada en Estudios Latinoamericanos y saxofonista. Fue ganadora del premio de literatura epistolar Cartas a Rosario en la categoría «posgrado» (UNAM, 2024). Le gustan los gatos, andar en bicicleta y hornear pan para sus amigos.  Coordina el club de lectura de ciencia ficción Gatos Galácticos en la CDMX. Sus intereses son el ecosistema editorial en América Latina y la ciencia ficción. Ha publicado en la Antología: Una bolsa de semillas. Ciencia ficción feminista en Abya Yala (Coding Rights, 2025), así como en las revistas Jornada SemanalPenumbriaCasapaísLuvinaLIJ IBERO. Forma parte del Gran Colisionador de Textos Especulativos.
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