Tiempo-que-resta Ediciones ha querido vendernos a Dante Tercero como una suerte de continuación de Juan Gabriel: un personaje que aporta al mismo tiempo a la lírica y a la lucha contra el esquema binario cisgénero. Lo segundo es mera sinopsis (cada quién hace de sus gónadas un pandero para que se lo repanderetee quien quiera), pero no puedo permitir que, cobijado por el título de defensor de las sexualidades no tradicionales, se le valore en el primer terreno como algo más de lo que es: un poeta mediocre.

Mucho se ha hablado de la innovación como valor fundamental de la calidad estética; aceptar esa idea es —simultáneamente— negar el peso específico de poetas tradicionales, sólo por no confrontar el canon, y corroborar a ciegas el valor de poetas cuya propuesta es una franca declaración de ignorancia de su tiempo y lugar en el devenir artístico, por autoproclamarse la dinamita del viejo régimen. La obra de Dante Tercero es indefendible fuera de su propia —y muy somera— cualidad novedosa. Pero llamar novedosa a la resma entregada por Tiempo-que-resta es conceder demasiado: novedoso es aquello que cuestiona desde el conocimiento, cada página de los Poemojis es un grito adolescente de solipsismo. No se me malinterprete: solipsista no como quien se sabe solo en el mundo, sino como quien voluntariamente se ha convertido en sordomudo (nadie lo escucha, pero tampoco a él le interesa escuchar a nadie). No hay mejor analogía que la de un púber encerrado en su habitación después de gritarse con sus padres.

Sin embargo, la responsabilidad no es toda suya: él sólo se ha dignado a seguir la fórmula de quienes asisten a esta fiesta de disfraces que han querido erigir como la poesía de nuestra generación. Ser poeta hoy es someterse al recetario: crear un personaje angustiado por el presente, sacado de la peor interpretación de la bohemia, que no entienda sobre la edición y sus menesteres, que publique en Twitter y asista a la pulquería Los Insurgentes a la menor provocación, que ocupe referencias hipermodernas para legitimar un trabajo de cortos alcances intelectuales y estéticos, que descalifique a ultranza las críticas en su contra, imposibilitando el diálogo, cobijado bajo el discurso de la posmodernidad. O eso tienen entendido estas personas; aunque, la verdad, lo que Dios no da, Miley Cyrus no lo presta.

Baste como ejemplo un cartel aleatorio del Colectivo BVLV FRÍV, o los miles de eventos asociados: Martín Rangel, Ashauri López, Ricardo Suasnavar, Augusto Sonrics, Genkidama Ñu… enlistar sus nombres es en realidad ocioso. La preocupación verdadera llega al darnos cuenta, tras examinarles las obras arduamente, que la poesía de todos ellos es una sola cara oculta bajo máscaras diferentes, una concatenación irreflexiva de referentes actuales, puestos en versos que, más que libres, convendría llamar erráticos. Su prosodia es siempre la misma, la enunciación de las motivaciones nunca original y si acaso ingenua. Son, como grupo, el actor que a pesar de interpretar muchos papeles, nos da esa sensación de estar asistiendo al mismo teatro, la misma obra, el mismo rol. Cuesta trabajo leer a uno de ellos sin sospechar un plagio o una colaboración que raya en la endogamia. Reto, no sólo a los lectores de esta nota, sino a los autores mismos de los fragmentos siguientes, a señalar las peculiaridades estilísticas o discursivas de cada uno de ellos:

“Hay un link que nunca abre en mi corazón y se llama amor: tanta gente loca lo ha picado y siempre te marca error”

“Estoy desarrollando una aplicación para saber si una situación es incómoda o no”

“Nuestro amor fue un mensaje de Whatsapp con dos palomitas sin respuesta”

“Yo quería hacerle una foto, ponerle un filtro bonito y subirla a Tumblr, pero ella no me dejó”

“El sexo es como una partida de buscaminas: nunca sabes cuándo te puede explotar el bebé”

No sólo porque son idénticos, sino porque carecen de la capacidad para la crítica: me explico ahora su preferencia por la declamación pública y ruidosa de sus textos. ¿Quién es capaz de hilar un comentario serio y justo sobre un poema que ha medio escuchado por primera vez, impedida su concentración por la música, el pulque y la niebla de tanta pretensión reunida? Es lamentable que, siendo vástagos de una tradición performática, hayan reducido su actuación sobre el escenario a simples manotazos, golpeteos o patadillas sin sentido, eligiendo una entonación apegada a la del rap, pero renunciando a una rítmica constructiva. En resumen, convirtiéndose en ebrios bufones que escupen sus versos, hechos ovillo, sobre el aserrín de su propio ego. Y cuando no, un mero escupitajo de monotonía.

En los terrenos literarios se promocionan como el segundo advenimiento, el segundo gran brote en nuestro país, de las vanguardias. Aunque lo dudo seriamente, creo que debo concederles que han caído en las mismas zanjas que la mayor parte de los movimientos de vanguardia: estéticas programáticas, discursos fugaces y una más bien idolatría al autor que búsqueda estética. Por esto mismo Dante Tercero ha confundido, en el video difundido esta misma semana por Tiempo-que-resta, una gran cantidad de descalificaciones a su obra con una agresión personal: parece ser que sólo puede entender un comentario como alabanza o vituperio, nunca como crítica. Pongamos las cosas en claro: el acoso es siempre reprobable y, como tal, los comentarios que se entrometen con la personalidad u orientación del poeta son prescindibles, dañinos y condenables; no lo son, en cambio, aquellos que cuestionan la validez de los poemojis como expresión artística. En el video, que tendenciosamente victimiza a Dante Tercero, la mitad de los comentarios mostrados pertenecen a la segunda de estas categorías, juicios de la obra (su profundidad o redondez es una cuestión muy diferente que no me ocupa por ahora).

La piedra fundacional de toda vanguardia es la crítica: no hay uno solo de estos movimientos que no haya nacido como reacción ante un campo literario insatisfactorio. Por eso no puedo dejar de formularme esta pregunta: ¿contra qué se rebelan, qué estatuas quieren derrumbar y qué bibliotecas reducir a cenizas? La última gran monarquía literaria de nuestro país fue, quizá, la de Octavio Paz, si no la de Monsiváis o Carlos Fuentes; lo que de insurrecto le encuentro a su poética, respecto a la de cualquiera de estos ejemplos, es la de desconocer los medios con los que se expresan e intentan hacer arte, la de una incultura patente en cada verso. Un grupo de niñatos jugando con fuego. Pero mostrémonos amables y concedámosles el puesto de nuevos vanguardistas, al fin y al cabo han cometido los mismos errores que Breton y Marinetti. La pregunta de contra qué se sublevan sigue en pie. Si su única indisciplina es la ignorancia, ¿cómo los llamaremos?

Mejor sería, en cambio, debatir el término mismo de vanguardia. Su procedencia bélica da más problemas que soluciones. Si bien puede ser esa fracción de hombres que explora el terreno por el cual marcharán sus sucesores, es también un grupo de exclusión que promueve la diferencia de clases dentro de la tropa. La caballería era normalmente la vanguardia, un grupo cuyo rango y entrenamiento eran especiales, diferentes, privilegiados. Tenían un estatus distinto al del resto: el pedigrí marcial. Eran ellos también los que, alejados de la lucha cuerpo a cuerpo, perdían de vista al resto del batallón. Apegados a esta definición simple pero lógica, dar cuenta del daño es cuestión de unir puntos. El artista hijo de su vanguardia ha perdido de vista la realidad, enfrascándose en una especie de autovanagloria, desde la cual parecen creer que sus obras deben distar de lo aprehensible y abundar en el terreno de lo interpretable. Lo hermético “porque sí, porque nadie me entiende”. Ha olvidado que el artista pertenece a su tiempo y condición. No proponen un arte universal que entre su presentación y su representación prescinda de una justificación. Su producción está atada a una roca discursiva que intenta explicar la intencionalidad. Esto ahoga el arte porque es particularizarlo en una sola de sus dimensiones, la intelectual.

Hace más de veinte siglos, los retóricos griegos ya habían propuesto que, dentro de todo discurso, conviven tres esferas que nunca desaparecen del todo: una ética, una emocional y otra lógica. No existe una sola manifestación que pueda prescindir de cualquiera de ellas: un poema no sólo es un ofrecimiento emotivo, es también un ejercicio de la racionalidad y una postura ética ante el mundo: el discurso de un político puede apelar lo mismo a las razones que al convencimiento a través de la turbación o la risa. El arte contemporáneo, no sólo ya la literatura, es a menudo terreno estéril porque deja a un lado las dimensiones ética y patética de su propuesta para concentrarse en la lógica; esto no los exime, empero, de tenerla, sólo de modelarla de acuerdo con un plan estético coherente. Ello deviene en obras negligentes, con justificaciones magníficas pero yermas si nadie se ocupa de explicar el entramado teórico que existe detrás de ellas. Una vez más caemos en la exclusión y el sectarismo: “no importa que mi arte tenga sentido, importa que nadie sea capaz de descubrirlo sin mí”.

Hoy mismo es imprescindible un arte que, desde la reflexión y la crítica, recupere su tridimensionalidad. Un arte de la mirada, atento y vigilante. En el glosario bélico hay una palabra que se antoja adecuada: retaguardia (aunque, en otro sentido, también a la poesía que hoy nos ocupa, podría vinculársele con la retaguardia). Desde la retaguardia el rumbo es más claro y, a la vez, se tiene a la vista a toda la tropa que está delante de nosotros. No necesitamos un manojo de ególatras que se dediquen a la autocomplacencia de su grupo. Necesitamos una retaguardia sólida y tangible. Los poetas antes mencionados son personajes planos, apenas brotes del mismo tallo, tanto que, si cortáramos a uno de ellos por su nudo, tendría días de vida o poco menos.

Dante Tercero tuvo una idea brillante: apelar a un lenguaje de símbolos universales. No sé si alguna vez fue consciente de ello, pero estuvo a nada de lograr una poesía insurrecta, de grandes alcances estilísticos, de abundante significado: la única poesía que no necesitaría traducción. Sin embargo, ahogado en su propia ignorancia y en la de aquellos que lo rodean, logró tomar esa idea y convertirla en una piltrafa ideática. Su libro no encuentra una poética digna de reconocimiento, ni siquiera reconocible, porque no entiende cómo acceder a ella. Utiliza el simple recurso de la sustitución de emojis por palabras, una mera traslación, en lugar de intentar representar ideas o imágenes. Quizás su único acierto haya sido el primer poemoji del libro, en el capítulo “Autorretratos”. Ahí se nos muestra la superposición del emoji de una mujer y el de un hombre. Sin embargo, como se puede apreciar, resulta completamente anecdótico y sinóptico: de no saber que Dante Tercero es un poeta transgénero, ¿tendría el mismo peso la imagen que describo?

Luego, una desbandada de emojis en los cuales pulula la indeterminación conceptual y una distribución visual caprichosa, carente de sentido, constituye el capítulo uno. Para el capítulo dos (titulado “Marry Me”) estamos frente a un escritor adolecente (sic) de lugares comunes, cursi, cuyo pasado amoroso lo mantiene frustrado y cuyas obsesiones con el abandono emocional no le permiten salir de aquellas frases hechas y trilladas, esas que podemos encontrar en todos los perfiles motivacionales de Facebook. El burdo intercambio de palabras por emojis seguirá apareciendo durante todo el libro. Lo más lamentable es que esos, los poemojis en que recurre a la infantil sustitución, son los mejor logrados. El capítulo tres (llamado “Perro”, a secas) va de dos porciones visuales: el espacio se convierte en un tablero organizado casi compulsivamente, donde aparece el juego simple de la otredad y, en contraparte, un amasijo de emojis que quisieran cumplir con un campo semántico y no llegan mas que a imposibilitarse unos con otros.

La cuarta parte es la peor ejecutada. Toda es un conjunto de palabras donde los emojis se convierten en breves interrupciones lingüísticas. En ella viene el verso [vendrá la muerte/ y tendrá tus ojos], con el cual es simple explicar lo que hemos mencionado ampliamente: del verso original queda [vendrá la (emoji de calavera) / y tendrá tus (emoji de mirada)]. La simpleza de esta sustitución es apabullante. Poemojis se imposibilita a sí mismo, dado que ignora en su poética el amplio margen que la poesía visual contiene en sí, al igual que, al negarse una forma y un fondo en lo escrito, esta obra que aspira a revolucionar tanto la poesía visual como la poesía escrita, termina siendo un vergonzoso aparejo de medios conceptos, asediados por una pobre argumentación y una terrible ejecución.

No es de sorprender que ningún tutor de ninguna institución en México haya podido retroalimentar satisfactoriamente esta propuesta, guiarla hacia un terreno que escapara del absurdo; la mayor parte de ellos son, al igual que el autor, gente desentendida de las nuevas tecnologías y los nuevos modos de hacer arte en el mundo. Si los emojis son parte de la idea de fugacidad que permea las redes sociales (un concepto tan defendido por el grupo de estos poetas), ¿ponerla en algo tan perpetuo como un tiraje de mil libros no es mancillarla? ¿Por qué no quedarse con la edición electrónica en Tumblr y Twitter, fiel al menos a este punto? O mejor aún: ¿por qué no enriquecerla con elementos visuales, auditivos, animación, interacción? Simple: porque no tienen ni idea de que eso ya existe, o de que se puede hacer: es fácil y gratis. Este es el tipo de desconocimiento al que están sometidos. El grupo de Dante no es ni tradicionalista ni rupturista. Para poder cumplir con la tradición de romper, primero se debe conocer la tradición. Muchos han dicho que ni Dante Tercero ni su grupo pasarán a la historia; yo estoy segura que lo harán: convertidos en un manual de lugares comunes.

Olivia Cruz Vera

Posted by:paginasalmon

8 replies on “Érase un verso a un emoji pegado | Por Olivia Cruz Vera

  1. Hola Olivia, me gustaría poder contactarte para una entrevista. Estoy realizando una tesis de maestría sobre procesos de validación estética. Espero te pueda interesar, tienes argumentos muy interesantes que pueden enriquecer el trabajo. Saludos,

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  2. Me sorprende la saña demostrada en este artículo. Al parecer hay algo de rencor o hasta envidia. Es fácil imaginar que fue escrito por un joven de la misma generación que estos poetas ("niñatos", como los llama), o muy cercana, al menos. No me referiré al libro y el grupo del que trata pero, con todo respeto, creo que la autora (Olivia Cruz Vera, si no es un pseudónimo, porque no nos ofrecen mayor información) peca en buena parte de lo mismo que acusa: ignorancia. Me explicaré con más detalle. La autora hace algunas reducciones de fenómenos complejos a conceptos o binarismos caducos. Primero, menciona la "sagrada" "calidad estética" como una idea abstracta que, parece creer, rige o guía al "arte" (¿Quién dijo que estos jóvenes "intentan hacer arte"?). Habría que saber qué es lo que entiende por eso, porque al menos hace cien años que ambas cosas están en seria discusión. A continuación, incluye el binarismo que en verdad lastra nuestras reflexiones sobre eso que llamamos "artes": tradición e innovación. Creo yo que los hilos son más finos. Por otra parte, reducir igualmente la poesía de una generación a una simple "fiesta de disfraces" o a un "recetario", que más bien subraya características extrínsecas al quehacer poético, (nótese el furor de los términos y su ansia de embestir con francos ataques, que es lo que pretendería hacer una "vanguardia", no una "retaguardia") deja mucho que desear respecto al análisis literario, hasta el punto de "retarnos" o dejarnos a nosotros esa tarea (¿De ahí su "capacidad para la crítica"?). El otro gran error que comete el texto, creo, es el de traer a cuento a la "vanguardia" (que siempre fue más de una y todas distintas) para comparar sus "zanjas" con las del grupo que, valga ya decirlo aunque sea hasta este comentario, es el de la Alt Lit. ¿Acaso la autora piensa que las vanguardias pueden reducirse a Breton o Marinetti o a los movimientos europeos de las primeras décadas del siglo XX? Aquí sólo encuentro la idea fácil y más desgastada de vanguardia y el recurso del origen del término como la justificación de siempre. La autora, por ejemplo, pasa por alto la recuperación de muchas características de aquellos movimientos de vanguardia durante la década de los sesenta y siguientes, lo que me lleva a dudar de la idea que pretende manifestar con los términos de "tradición performática" o "poesía visual". ¿Cómo es que son utilizados para hablar de tradición y ruptura cuando se omite todo su desarrollo? Pero claro, el hilo negro: la vanguardia fue hace cien años y ahora alguien intenta hacer algo por segunda vez; en el medio, la nada. Y lo mejor de todo: la relación de todo esto con la siempre sugerente poética griega para justificar una postura "exclusiva" y "sectarista" (lo que le achacan a la Alt Lit) de la creación poética y con ella llegar a concluir que no sólo la poesía, sino el arte en conjunto es "estéril" y que estos nuevos creadores son "gente desentendida de las nuevas tecnologías y los nuevos modos de hacer en el mundo". ¿Quienes creen poder criticar esto son lo contrario? La frase más útil que encuentro ahora es: el que se enoja pierde.

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  3. A los interesados:

    Agradecemos mucho sus comentarios, se los haremos llegar a la autora y le preguntaremos si podemos hacer públicos sus datos de contacto para que puedan comunicarse con ella directamente. En nuestra convocatoria especificamos que era opcional la inclusión de los datos del autor en la publicación; los que aquí aparecen son todos los que ella nos proporcionó. Por otro lado, estamos próximos a inaugurar la sección "Correspondencia", dedicada a la discusión de la audiencia con las opiniones expresadas en los artículos de la revista. Si tienen interés podemos publicar en esta sección los comentarios que ya han hecho o, si desean articularlos de otra manera, un texto más extenso.

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  4. TRÍPTICO PARA NO QUEDAR EN RÍDICULO CUANDO NOS CRITIQUES

    1. Cuando quieras criticarnos no hables de
    tradición (porque no la desconocemos ni la rechazamos, simplemente no queremos encasillarnos al escribir, queremos ir más allá, leerlo todo, decirlo todo),
    vanguardias (porque no estamos en guerra contra nadie),
    ignorancia (porque la ignorancia es desconocer & a nosotros todo nos sorprende),
    generación (porque siempre hemos existido),
    o canon (porque escribir es suficiente).

    2. No confundas negro con blanco, deja a un lado los pre-juicios y el rencor:
    -Nunca hemos dicho cómo se debe escribir, al contrario, creemos en la escritura como un impulso vital incontenible; rechazamos cualquier principio estético o campo semántico que se pretenda imponer como ultimátum o panacea.
    -Creemos en la fraternidad, no en la burocracia ni en las estructuras; en el porvenir, no en el progreso; en la vorágine, no en el capitalismo; en el misterio y la magia, y siempre en la niñez.

    3. No bases tu crítica en la crítica obsoleta y desgastada que otros han hecho de otros, desarráigate de una vez y ponte a escribir, que sea tu obra la que nos abra los ojos.

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  5. Concuerdo: el potencial que puede tener volver a la escritura rupestre es basto. Desde luego no es una innovación, tampoco una vanguardia. La forma es recuperada de los dibujos en las cavernas; el contenido lo desconozco y no tengo el interés de comprar el libro de alguien que parece idiota (al menos así luce en cierta《red social》).

    He leído a Genkidama Ñu, Suasnavar, y Ashauri López. Considero que el primero está haciendo algo, entrecomillo: nuevo. Es errático: demasiado. Pero mucho de lo sublime lo es. ¿Por qué usar esa palabra con una noción despectiva? Aclaro que yo no le llamaría poesía a lo que hace. Sus textos son ocurrentes, y llenos de imágenes. Una clase de surrealismo adolescente del siglo veintiuno. Ésa es mi opinión y espero no haga otro berrinche a forma de tres oxímoros cursis y rebuscados como respuesta.

    El segundo tiene, Ricardo Suasnavar, que yo conozca, tres o cuatro textos aceptables. No veo claramente por qué lo incluyen aquí. Su propuesta va más sobre una poesía convencional. De pisada poco sólida, pero convencional, sobre lo medio.

    De Ashauri y sus letras, sólo puedo decir que son la ilustración de lo que un chico de secundaria bajo nociones etílicas podría escribir. Son melosas, quejumbrosas, y llenas de superficialidad. Hay que ver a sus lectoras, pues la mayoría lo son, referirse a él y sus escritos, de ese modo confuso y sin bases.

    Tristemente, son ellos la apoteosis de su núcleo. Re-usos (sic) de lo beat, lo alt lit, y la antipoesía.

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