Una mujer camina por las salas del Museo de Orsay. Lleva un vestido dorado. Unas lágrimas también doradas maquillan su rostro. Una voz femenina, la de la propia mujer, comienza a recitar unas palabras que no dejarán de repetirse: “Je suis l’origine / Je suis toutes les femmes / Tu ne m’as pas vue / Je veux que tu me reconnaisses / Vierge comme l’eau / Créatrice du sperme” [Yo soy el origen / Soy todas la mujeres / No me has visto / Quiero que me reconozcas / Virgen como el agua / Creadora de esperma]; otra, la de María Callas, interpreta el Ave María de Schubert. En la sala 20, dedicada a Courbet, la mujer se sienta sobre el piso, debajo de la pieza más representativa del conjunto: El origen del mundo; abre las piernas hacia los demás visitantes y aparta sus labios vaginales con los dedos. La referencia al cuadro que está sobre ella es evidente. Alrededor, desconcierto. Es el Día de la Ascensión.

Tú observas esto desde muy lejos, a través de un video de poco más de 6 minutos. Sabes que ocurrió, que la mezcla sonora fue posterior al suceso, que alguien lo grabó, que la mujer y el museo pudieron tener un conflicto posterior, ya poco sobresaliente para el efecto que busca producir en los espectadores. Sabes también, a pesar de ello, que no eres un público secundario. El video fue realizado para llegar hasta ti, apelar a tus facultades, cuestionarte. Es posible comentarlo o compartirlo. También es posible reflexionar acerca de qué es lo que ocurrió mientras lo mirabas; poner en un paréntesis la propia experiencia ante esto que solemos llamar un fenómeno estético.

El cuadro cuelga en un muro, como ahora la mujer abre su sexo, para ser observado. Nosotros, espectadores, reconocemos y buscamos satisfacer de un modo particular la necesidad de mirar —¿no es por ello, quizá, que asistimos a un museo?—. ¿Qué esperamos de esa experiencia? Sobra decir que el performance que nos ocupa causó una polémica que aún hoy no se extingue. En el momento mismo en que ocurrió, por ejemplo, los asistentes que se encontraban en el lugar dudaron sobre su posible comportamiento: después de un momento comenzaron a aplaudir, mientras que dos encargadas de la sala intentaban ocultar de la vista de todos la vagina expuesta de la mujer. ¿Qué es entonces aquello que estamos dispuestos a ver y de qué depende? Acaso para comprenderlo sea necesario atender, antes que a la obra, a nuestra propia mirada.

No podemos olvidar que la pintura misma de Courbet, que la mujer utiliza y reinterpreta con su cuerpo, lleva sobre sí una historia de lo aceptable y no aceptable para nuestros ojos, al menos en un espacio dedicado a aquello que hemos decidido llamar “arte”. El cuadro, fechado en 1866, había permanecido casi todo el tiempo almacenado u oculto en colecciones privadas hasta hace poco más de dos décadas. Montado y desmontado innumerables veces, El origen del mundo es así una de las piezas que han puesto en crisis nuestra idea de lo visible. La vagina abierta frente a ella renueva esta característica y la lleva un paso más allá. Mientras la pintura conserva un sentido representacional del cuerpo femenino en el medio plástico, el performance materializa el impacto de lo carnal: el referente se hace presencia, el medio —aunque sea el video, que funciona entre otras cosas como registro, como huella— se diluye. Con esto, el espacio museístico es también comprometido: lo antes representado aparece de golpe fuera de plano, se apropia un espacio casi religiosamente reservado.

El nombre de la mujer de quien hablo es Deborah de Robertis, artista luxemburguesa. El video de este performance, que ella misma tituló “Espejo de origen”, circula por el mundo desde aquel día 29 de mayo de 2014. El doble sentido del espejo puede entenderse desde varias perspectivas: una de ellas, pienso, es la de observar en la obra esa estrategia que nos problematiza, pues se nos ofrece para mirarla y, al mismo tiempo, nos exige mirarnos, reconocer que la apreciamos desde cierto lugar y cierto tiempo. En ese sentido, nos obliga a hacernos conscientes de que en la expectativa que tenemos de ella está el origen del sentido que podemos atribuirle.

Más allá de todos los posibles ángulos de lectura de lo que nos propone Deborah de Robertis —la del cuerpo, el tabú, la mujer, las instituciones del arte, etc.—, he procurado subrayar la dificultad en que nos coloca como espectadores, ya que manifestarla es poner sobre la mesa, por extensión, la manera en la que vivimos la experiencia estética. Hacer de la mirada objeto de reflexión es imprescindible cuando el arte y sus recintos, sus mercados, sus medios, y todo lo que gira alrededor de él, parecen encontrarse en perpetua transformación. Con nuestra voluntad o sin ella, todos somos partícipes de esto y nos involucramos siempre que abrimos los ojos ante una obra. Comprenderla es desmontarla para buscar comprendernos.

Imagen tomada de Musée d’Orsay

Posted by:paginasalmon

2 replies on “Desmontar un cuadro | Por Saúl Ripa

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