Me parece una fortuna que David Pablos se desentendiera del guión que alguna vez Volpi propuso que se representara. No me es posible, me culpo, advertir si ese guión es lo que posteriormente conformó la novela cuyo título encabeza ambas obras. No me interesa en lo absoluto. Tampoco me interesa que los productores se hayan interesado en el proyecto por su historia, ni tampoco porque haya sido uno de los escritores consagrados, en nuestras letras de institución, quien la realizó. La película tiene sus propias virtudes –sin enmendar sus bostezos– fuera de esta relación que existió en el momento de su gestación. Una de ellas es haber seguido un camino diferente al de la adaptación de una obra que, en palabras de Pablo Cruz, era “casi una ópera escrita en prosa, una cosa muy rara”. Al revisar la novela en verso, prosa en verso, prosa con cortes, imágenes en oraciones con corte, encuentro las diferencias con Las Elegidas (México, 2015) de Pablos: el esclarecimiento de una trama, espacios más concretos, otros personajes; en fin, otra cosa.

Un artículo de El País  hace mención de lo anterior. Y más que mostrar un episodio anecdótico, nos permite visualizar por el pequeño orificio del proceso creativo una cuestión interesante: Volpi publicó el año pasado una novela con el título del film ya mencionado: la portada es ilustrada por un fotograma tomado de la película de Pablos, con los derechos cedidos por CANANA. Y si uno observa ambas obras creería –como ocurre regularmente– que la película fue posterior al libro y una adaptación de éste. No es así. Con el nombre que las encabeza y la imagen que las representa se crea una relación receptiva que poco tiene una de otra, el espectador-consumidor genera conexiones superficiales creyendo que en el fondo realmente existen: ve el film y va por la obra o lee la novela y no ve el film; en realidad, me parece una estrategia comercial de la editorial para darle un empujón a la novela. La película se carga de un significado que no le corresponde en este caso.

Las Elegidas plantea una nueva forma de representar una temática social, un problema que envuelve día con día no sólo a una parte, sino a todo el país, de diferentes maneras. No es, sin embargo, el tema por sí mismo un potenciador de obras. Por la manera intimista en que Pablos trata al film, adquiere una sensación que invita al espectador a lo contemplativo, y a su vez se vuelve monótona: las constantes tomas en donde un personaje en turno aparece de perfil, sentado y en silencio, sumado a que hay una configuración del aislamiento en los espacios y ambientes  —un cuarto sin muebles, una casa de citas con sólo lo imprescindible y los predominantes espacios interiores que paulatinamente se desvanecen— recluyen también nuestro ojo.

El argumento trata de un muchacho de entre 14 y 16 años que sale con una muchacha de 14 para después obligarla a trabajar en un negocio familiar que se dedica a la trata de personas. Hemos llegado a la línea sensible, la que toda la prensa se encarga de exaltar con megáfono en mano, como lo hace con muchas de las películas de contenido social: ellos focalizan mientras se ofuscan. Sabemos la edad de ella pero la de él no: joven sin identidad definida, su función se centra sólo en conseguir mujeres aún adolescentes para prostituirlas dentro de una casa de citas. Están recluidas. Ella, Sofía, es quien lo experimenta y sufre, no lo vive, porque por dentro ya no hay esperanzas.

La parte más destacada de la obra es cuando Sofía se encuentra frente a los hombres con quienes tiene relaciones sexuales. En el acto, ambos están de frente y en un cuarto blanco, en cada plano medio hay un personaje. Ella está vestida, ellos no llevan playera. Sólo se miran. Ella con desagrado y resignación, ellos con convicción pero sobrios y serenos. Mientras en off se escucha a ambos (1+1x) teniendo relaciones sexuales. Primero un individuo, luego otro y otro. Todo transcurre como si el tiempo no importara o si fuese un mismo instante repulsivo. La escena no es realista, pero es contundente y simbólica. Esta característica es un elemento constante, pues a los personajes se les intenta dotar de cierta carga simbólica por medio del trabajo contemplativo en que interviene la buena fotografía con la armonía de los colores y la composición de espacios vacíos. En donde, además, sólo está un individuo. Sin embargo, los personajes se pierden a lo largo de la película: se vuelven planos y predecibles, e incluso falsos en las actuaciones. La película tiene la virtud del tratamiento, en este caso se convierte en su arma de doble filo, pues, después de una hora de reproducción, obliga al espectador a ir por un café con la esperanza de encontrar algo que le impida regresar a terminar el film.

La repercusión que alcanzó Las Elegidas de Pablos fue enorme y aún más después del periodo de proyección en cines, sin olvidar su presencia en el catálogo de Netflix —no debe sorprendernos la poca afluencia a las salas cuando se trata de una película mexicana: en la mente de los fuereños dentro de sus propias tierras hay una gran carga de prejuicios que entorpecen su acercamiento, contacto y diálogo. Paul Leduc,  con mayor precisión, habla de un fenómeno más extenso que lleva sofocando al cine mexicano desde hace mucho—. Después del triunfo en el Ariel 2016 por mejor película, guión original, fotografía, director, revelación, y su paso por el festival de Cannes dentro de la selección de Un Certain Regard en 2015, en la cual obras de todo el mundo, originales y propositivas (las palabras son del festival), componen la selección. Si bien los festivales no siempre satisfacen expectativas ni optan por las obras afortunadas, sí nos muestran un camino potencialmente acertado. Este es el caso.

Imagen tomada de Dans le noir du temps

Posted by:paginasalmon

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