Cuando dos historias opuestas se juntan la fuerza que resulta entre el choque de éstas genera un golpe catártico, además, es posible notar la dimensión de cada uno de los acontecimientos. Eso ocurre en este film: el espectador vive días cotidianos junto a los habitantes de la isla y, por otro lado, observa cómo los rescatistas levantan cuerpos muertos de migrantes africanos en el mar. La serenidad contrapuesta al sufrimiento y la enfermedad mueven al espectador. Y también lo hacen consciente de su propio estado inerte, contrario al estado agente del individuo, pero se queda inmóvil ante los acontecimientos. Más allá de sentir empatía ¿de qué manera una persona se puede involucrar en estos hechos trágicos y, además de todo, lejanos?

 Fuocoammare (Gianfranco Rosi, 2016) no se dirige únicamente a los habitantes de Lampedusa, ni siquiera al resto de los italianos. Toma vuelo hasta donde se le permite, alrededor del mundo, en festivales de cine prestigiosos o hasta en pequeñas salas de la Ciudad de México. Si existe un discurso de concientización, no es para los grupos de poder, pues pasa por sus espaldas sin levantar polvo. La recepción está focalizada en el resto de la sociedad que haya visto el film. De ese pequeño grupo de personas que sufrieron un golpe catártico sólo algunas reflexionarán acerca de ello; otras se quedarán con la apreciación del objeto estético. Dialogar con él conlleva un paso incómodo: nosotros somos ciegos voluntariamente, no por ignorar lo que ocurre en los mares de Lampedusa –porque el mundo está repleto de fatalidades que desconocemos–, sino porque dentro de nuestro contexto nos hemos acostumbrado a ver con nuestro “mejor” ojo hasta que alguna cosa nos advierta lo contrario: estamos ciegos por voluntad, igual que Samuel, el niño de la isla que mata pájaros con su resortera por las tardes y usa un parche para obligar a su ojo deshabituado a ver de nuevo: la comodidad lo acostumbró y lo dejó ciego.

Me pregunto si la efectividad del documental es equivalente a la de un parche. Nos hace ver con nuestro ojo flojo: el crítico. Pero ¿acaso cuando hayamos recuperado la vista (que posiblemente nunca se tuvo) seremos capaces de perdonar la vida de un pájaro como Samuel? Pienso no sólo en esta obra y, para no ir tan lejos, en obras con temática de migración en México como La bestia, Hotel de paso o La jaula: estamos cerca de los acontecimientos –aunque diferentes, igual de trágicos– pero nos apartamos de las situaciones porque nos asumimos sólo como espectadores y volvemos a nuestras casas. Sin embargo, dentro de las respectivas dimensiones el sujeto es capaz de terminar con la inercia, lo que ya es un gran alcance de la obra.

La contrariedad del film está en ser un discurso, si no elitista, sí selectivo, pues no sólo debe satisfacer por el significado de la obra y su alcance en público, sino por su valor estético. Una obra que sea aceptada por una institución sugiere otro círculo al que se dirige, tal vez de manera inconsciente o no. La Berlinale la valida como una obra prestigiosa –que lo es por sí misma– y nos muestra lo que debemos apreciar. La obra, por lo tanto, se aleja de la sociedad y se acerca al círculo de la institución cinematográfica. Nuestra contrariedad está en ser sólo espectadores del objeto estético y de la tragedia humana. Nos quedamos impresionados mirando al vacío, reflexionamos y sufrimos, pero decidimos no romper los votos de silencio.

Imagen tomada de Fuocoammare

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Escrito por:paginasalmon

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