El contexto de creación de este escrito consistió en sacar a la psicología de los límites de la ciencia y volverla parte de lo cotidiano. El propósito era acercarse a otra manera de comprender procesos psicológicos, sin intención metódica pero igualmente significativa. Nos gusta creer que podemos encontrar alguna verdad bajo la luz de la ciencia, siendo rigurosos en nuestras medidas, pero esa es simplemente una manera de proceder. Las cosas pueden ser estudiadas desde la oscuridad; ese sentimiento está dentro de la cultura.

El ejercicio consiste en elegir una cosa, cualquier cosa, y decir por qué es lo mejor del mundo y argumentarlo sin ponerse en el centro de la percepción de la cosa, es decir, sin utilizar estructuras como “yo creo que es lo mejor…, cuando lo veo siento…, etc.” De manera que sea lo mejor del mundo independientemente de nuestra percepción (si es que eso se puede). Lo que a continuación intento hacer es un recorrido por la pintura El beso (1908) de G. Klimt que pase por los sentidos de quien lo lea (o tal vez un recorrido por mis propios sentidos).

Parece ser que nuestra existencia está envuelta por la oscilación de dos tiempos diferentes, uno que asemeja a lo lineal y otro que es similar lo circular:

El tiempo lineal está formado por momentos cuya cosa en común es la continuidad del movimiento. Al parecer, en este tiempo, nosotros decidimos hacer cosas para llenarlo en un primer momento, pero llega un punto en el que esa intencionalidad se pierde en el ajetreo del movimiento continuo y provoca la automatización de los actos. Éstos se encuentran hilados, como si la realización de un segundo acto dependiera de la realización de un primero y más que nosotros llevarlos, parece que nos llevan. Ciertas acciones del vivir cotidiano se han vuelto parte del tiempo lineal como despertar, comer, trabajar, estudiar. Por su parte, el tiempo circular tiene la particularidad de contener no-movimientos. Éstos se caracterizan por la pasividad de quien los percibe. Estos detenimientos (no-movimientos) pueden ser repetidos una y otra vez, pero a diferencia del tiempo lineal que pareciera nos atrae, el tiempo circular lo llevamos nosotros una vez que se ha vivido. He ahí su circularidad, se vive un detenimiento en un primer momento y puede repetirse el mismo en un tiempo diferente.

Podemos manipular nuestro tiempo lineal a través del tiempo circular y más allá de esa posibilidad, los detenimientos aparecen como necesarios para la apreciación de ambos momentos. El movimiento continuo parece que impidiera la reflexión, el pensamiento, el sentimiento; mientras que los detenimientos elevan de lo cotidiano, permiten la introspección, la trascendencia y la permanencia: se alejan de lo rutinario y permiten olvidar nuestra temporalidad. Podríamos vivir los detenimientos si lográramos controlar sus apariciones. La belleza, en su sentido estético, lo logra. Nos eleva de un tiempo lineal, nos obliga a detenernos en un momento determinado y permitir que el ruido, que el movimiento de fuera, continúe mientras nosotros nos mantenemos quietos. Ante la apreciación de la belleza, la quietud se nos viene encima y provoca un sentimiento de querer mantenernos así, en el no-movimiento.

El mejor detenimiento es la obra de Klimt. Es una invitación para ser espectador de la intimidad de dos individuos e incluso un permiso para volvernos parte del acto. La pintura habla de sentimiento sin decir palabras, lo que parece ser visual se torna táctil. El ocre, el amarillo de la pintura, se viene encima de tal manera que toca no sólo la retina, sino también la piel, se siente la seguridad del envolvimiento de la figura femenina por la figura masculina: trae recuerdos a los sentidos. Al mirar la obra no sólo se aprecia el color, la forma, el fondo; lo que hay es un todo grande y completo, hay un sentimiento transmisible. Llama a observar detenidamente. Todo lo que ocurre alrededor deja de importar y la fragilidad que se sentía en este mundo deja de sentirse porque se puede observar la obra, porque se puede sentir, porque se puede vivir.

El uso de los colores ocres y de los dorados convierte el erotismo en una especie de religiosidad, más allá del acto físico. Ambas figuras, la femenina y la masculina, parecen estar disipadas en el cosmos, perdidas en la intensidad y eternidad del beso. Se encuentran alejadas del mundo cotidiano, de las dificultades, de la ansiedad, de lo absurdo de la propia existencia. Y no es que esas fuerzas hayan dejado de existir, simplemente han dejado de importar porque parece como si sus cuerpos, al estar compenetrados, perdieran toda la fragilidad que los caracterizaba estando separados. Justamente la fuerza de esa compenetración es lo que lleva al detenimiento del tiempo. Es en este sentido que el beso se convierte en una experiencia religiosa, es en este sentido que El Beso se convierte en nuestra devoción más grande que crece sólo si dejamos de lado la totalidad de la obra y somos capaces de perdernos en las particularidades. El acto trasciende, el acto permanece más allá del tiempo y posiblemente del espacio porque se han convertido en eso: un no-movimiento, un detenimiento.

El rostro de la figura femenina es lo que llama a la vista, es lo que se encuentra en un primer plano. ¿Qué es lo que siente? Hay belleza en su pasividad, ella recibe el abrazo. Pero también da muestra de un sentimiento interno al mantener los ojos cerrados; es como si el beso le permitiera verse hacia adentro y comprender cosas que con los ojos abiertos no puede ver con claridad. Además de esa pasividad hay fuerza, hay deseo; esa religiosidad de la que dan cuenta los colores choca con la tensión de sus manos que tocan a la figura masculina deseando más. Parece que la delicadeza que proyecta en su rostro no es más que una forma de reconocer esos sentimientos internos. Por su parte, él representa el sentido de la fuerza física y muestra a través de su abrazo que el deseo es recíproco. Su rostro se esconde en el cuello de la mujer, pero se esconde en el placer para ella. Pareciera que, por lo poco que vemos de su figura, él ha decidido verterse completamente en su mundo.

La fuerza de la obra no está dada por la individualidad de ambas figuras. Lo que vemos no son dos personas separadas. Las líneas que delimitan sus cuerpos han dejado de existir ante la intimidad. Lo único bien definido son las partes de sus cuerpos que no están cubiertas por el universo de lo que han creado en conjunto. Las figuras rectas que abundan sobre la figura masculina comienzan a verse también sobre la figura femenina, y las figuras ovaladas y circulares que están sobre ella se han vuelto parte de él. Pareciera como si los dos tiempos, el linear y el circular, se tocaran para darle fuerza a un no-movimiento: para darle fuerza a ella.

La vida en sí misma está formada por movimientos y detenimientos, es un ir y venir de ambos, son el motor que permiten el movimiento. En El beso, la figura femenina y masculina muestran ser eso: la potencialidad de convertirse en algo más. Se han encontrado, han comenzado a convertirse en un mismo ser, están dentro del tiempo circular y han abierto la posibilidad de trascender a ambos tiempos. Se han convertido en un detenimiento, pueden repetir su acto una y otra y otra vez. No importa lo que ocurre fuera de ellos porque forman un mundo, han encontrado una verdad a partir de la unión de sus cuerpos.

El beso es la intimidad convertida en algo visual.

Imagen tomada de wikimedia

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Escrito por:paginasalmon

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