[La siguiente columna ha sido modificada de su original para su proyección en esta pantalla]

No voy a mentir [1], ese día fui al cine porque tenía mucho tiempo cuestionando lo que hago: qué pasó y cómo terminé sentado frente a un ordenador para escribir algo que seguramente se puede decir en menos palabras. Acababa de ver Neruda (del chileno Larraín). De entre muchas adicciones la más voluble es la del cine, uno se encuentra a veces con películas que no valen la pena. No así las drogas, que en general logran el efecto deseado. Larraín hizo un bodrio poéticopolicíacometaficcional, del cual el único desperdicio es el chileno de Tacubaya: Gael García Bernal. Al final de la proyección, el público aplaudió con un agradecimiento cálido. Entendí el aplauso, pero no lo compartí. Larraín logró meternos a una ficción intimista, nos hizo conocer a su Neruda, insoportablemente ególatra, ebrio de grandeza y harto del poema de escuela rural, pero agradecido; a la vez me hizo sentir amor por Oscar Peluchoneau (¿sí era así?), el pobre chilango perdido al sur (o Charolastra Weón, otherhalf del ahora Space Charolastra). Esa misma semana vi Logan, de James Mangold, mencionada superficialmente en la pasada columna Blanco en voz en off. Trataré, entonces, de hablar sobre ella en un punto distinto. Logan es una película teatral, recuerda a veces en sus diálogos a un Carver cansado, casi despidiéndose [aparte sir Patrick Stewart, que puede hacer llorar al Royal Albert Hall (sí, al edificio)]. Ambas son, solamente por coincidencia, tema de esta edición. Puede parecer un tiro en la oscuridad, pero de qué estaríamos hechos si no arriesgáramos. El viernes de esa semana entré al cine a ver la tercera película involucrada: T2. ¿Es cierto que las segundas partes nunca fueron buenas?

Para cuando tenía edad de un criterio propio, Trainspotting ya era el canon al que debía enfrentarme, estaba monolítica en las alturas. Todos los niñosricos que aspiraban a ser un yonqui pero iban a la escuela en Coyoacán le tenían, si no un respeto ciego, sí una admiración basada en el desconocimiento. Sentían el glamour de una película que no era sobre glamour. Sin embargo, después de leer en varias ocasiones la edición de Trainspotting en Anagrama [en ese dialecto horrible de cholo español cruzado con chaka y caleño descafeinado (sin alma)] estuve muchas veces sentado en las fiestas, reflexionando. Esta película era sobre las obsesiones, las adicciones, la soledad, la elección. Choose life. Era sobre cómo se escucha la música cuando estás drogado, cómo todo se convierte en todo y a la vez nada lo es todo. Sobre la deshumanización y la pérdida del asco y la humanización de nuevo. Creo que el mismo Welsh clama que sólo los adictos entenderán estas cosas.

Hace un tiempo me sometí a una prueba psicológica, para una amiga, en la cual ponían sobre la mesa tres recuadros con acciones. Luego te pedían ordenarlas del modo en que te pareciera lógico. Nunca supe mis resultados, sin embargo, bajo esa idea comencé a ver las fotografías de muchas personas. Al congelar una imagen estás, también, contando una historia, pero cuál es. Entré a la sala a ver Trainspotting 2 (porque de eso hablaba ¿no?) preparado para lo peor. Todo inició cuando apareció una fotografía de un niño dominando un balón. Se movió y la secuencia que le seguía, sobre los mismos niños jugando en la misma sesión de fotos, me demostró que estuve equivocado, de menos. Veinte años después Mark Renton vuelve a Edimburgo: su madre ha muerto, su cuarto sigue igual, no soporta Iggy Pop, Spud tiene un hijo y… ¿debí decir que estos son todos spoilers menores? Volvamos. Desde el inicio, Danny Boyle congela las imágenes a placer (e inesperadamente para nosotros), dejando por un momento una instantánea. Me atrevo a decir que hay, por ejemplo, un código oculto sobre los acontecimientos de ambas películas cuando se congela la imagen. El grito de un ahora envejecido Francis Begbie, la pelea ahora a golpes entre Simon y Mark, la persecución ahora endogámica (ustedes sabrán a lo que me refiero). La acción consiguiente de todas estas instantáneas, al retardarse un poco, resulta como ese momento en que scroleando el móvil, un gif, un boomerang, un video, está cargando en nuestra pantalla. Un recurso sutil de las redes sociales, para contar una historia que es melancólica, nostálgica, pero muy actual. Sin embargo, el juego no queda ahí. La película está diseñada para la retroretrospectiva: una especie de prolepsis y analepsis que trae a los personajes del pasado hacia el presente de la narración y viceversa. Así nos encontramos a los protagonistas en la famosa escena de la estación en donde [¡al fin!] se materializa el sentido del título (Trainspotting); es entonces cuando, en la culminación de este postulado, los niños [las versiones infantiles de los personajes] acuden a este último enfrentamiento en el cuarto de espejos. Las fotografías del inicio evolucionan para convertirse, ahora sí, en personajes principales. Del mismo modo, Larraín teje con su montaje y sus encuadres un misterio frío y estrecho. La luz en su película lo es todo. Nos oculta a los anónimos, lo misterioso, y nos revela aspectos que podrían olvidarse fácilmente. Sergio Armstrong, su fotógrafo, saca la estética visual de una novela policíaca y la ambienta en un Chile cincuentero. La pura fotografía valdría la película simbólicamente. Los encuadres congelados, metáforas visuales, están perfectamente utilizados. Logan, por su parte, con una fotografía en sepia (porque todo Nuevo México es en sepia. Saludos, Vince Gilligan) goza de una salud y solidez visual envidiable. Pocos momentos en la película causan algo contrario a lo que, asumo, esperan. Los diálogos entre Logan y Caliban bien podrían representar un acto del Helénico. También aquí, por la paleta de colores y el estilo de la fotografía, el espectador se acerca a una narración. Ya el año pasado Zack Snyder sorprendió a los pocos avezados en la historia del arte con sus incontables referencias en Dawn of Justice. El cine de superhéroes (no concuerdo con esta etiqueta, ni con muchas otras) también se nutre de la alta cultura (hey, una más).

¿Es este el nuevo modo de contar historias? No, no es lo que digo [Fact: es un modo muy viejo de hacerlo], solamente creo que es práctico e inmediato. Contar mini historias que formen una macrohistoria. Una novela de minificciones. Ya en El Libro de la Imaginación Edmundo Valadés explora la idea de sustraer minificciones de una ficción mayor: tal vez las nuevas plataformas sean El Libro de la Imaginación de nuestro siglo. Estas fotografías, estos videos cortos [te extraño, Vine], estas capturas instantáneas son una pequeña muestra de cómo una narración necesita solamente una imagen. Siempre se puede contar una historia tirando fotos. No digo que sea buena. Tampoco interesante. Hay que saber hacerlo, posmos.

La unidad mínima de una narración es un verbo. Por ausencia o por presencia, siempre será necesario. Así mismo, en narrativa visual la unidad mínima es una imagen estática. Podemos decir entonces que una fotografía (o un fotograma) es la unidad mínima de narración visual, pero tampoco es necesario contar con mucho más para asumir la narración. Dado que el tiempo se presenta en el cambio de situación (es decir, ésta era-es-será), las imágenes estáticas tienen la misma cualidad de partida y llegada (en una foto existe el instante, pero ese instante no es por sí mismo. En la concepción humana el instante tiene un inmediato anterior y un inmediato posterior). Así es como para una historia no es necesaria más de una fotografía, como para ilustrar pasajes enteros de la biblia no era necesario más de un vitral o una pintura. Todo puede estar ahí y todo estará ahí. Dije ASUMIR porque no es lo mismo asumir [que sumerced] que conocer… de todos modos qué es conocer en la ficción. Si asumimos una historia y resulta no ser La Historia, aún es una historia.

FIN

Una columna de Cesar Lopez
Cesar Lopez como “Cesar Lopez”
Con la aparición especial de Alfredo Lopez como “él mismo”
Guion de Cesar Lopez
Teleplay de Cesar Lopez y Alfredo Lopez
Vestuario Cesar Lopez
Producción Alfredo Lopez
Diseño de Producción Cesar Lopez
Edición (de sonido) Jonathan Rosas

[1] Miente. N. del E.

El 90% de la población tiene un teléfono con cámara, una cámara automática, una tableta con cámara, una consola con cámara o una computadora con cámara; la proliferación de cámaras semi profesionales y la proliferación (aún más virulenta) de fotógrafos pseudoamateur, semi pros, cuasi preparados resulta evidente. La estadística anterior es inventada, mas no por eso se aleja de la realidad. Cada dispositivo, cada tableta, cada nueva adaptación de una tecnología antigua, olvidada o pasada de moda está completamente atada a tener en sí misma un congelador de momentos, es decir, una cámara. Asumo que alguna vez han tomado una fotografía por accidente, una foto incidental en la que se captura lo que estaba sucediendo. Bueno, ese es el punto. Elijan Twitter, Facebook, Flicker, Whisper, Kick, Tinder, Grinder, Tumblr, Snapchat, Intagram. Elijan subir momentos maquillados para luego regresar a una vida miserable, a estar solos, atados 24/7 a un dispositivo con internet, sin conocer a tus vecinos. Elijan contar historias vacías de logros desechables, con frases motivacionales en las que no creen, con un filtro que haga llevadera la reclusión emocional. Elijan saludar a sus followers, mandarles besos, intercambiar nudes, escribir autoficcionalmente una nota en la que maquillas tu sed por ser importante para alguien. Elijan volverse virales, o intentar volverse virales, con una publicación de contenido dudoso, poco reflexiva, hasta insulsa. Elije ser adicto a tu teléfono, a dormir con él bajo la almohada, a tomarle fotos a cada comida por miserable que sea, a documentar cada día de tu vida con una sonrisa falsa en la cara y sin saber qué harás el día siguiente. Elije ser adicto. Sé adicto.

Imagen tomada de Trainspotting 2

Posted by:paginasalmon

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