Quien haya cursado la primaria seguramente recuerda que, en algún punto del siglo XVII, Galileo Galilei estuvo peligrosamente cerca de morir a manos de la Inquisición por tener la osadía de afirmar que la Tierra no es el centro del universo. Parece increíble pensar que, poco más de 300 años después de que lo obligaran a retractarse, el mundo vería la primera foto de la Tierra tomada desde la Luna, resultado de una hazaña orquestada por un ejército de gente de ciencia que, con toda seguridad, también aprendió sobre Galileo en la primaria. Muy pocos sucesos científicos han tenido o podrán algún día tener el impacto de ese alunizaje, de ver por primera vez esa fotografía y sabernos tan pequeños. Todo lo que somos y conocemos quedó contenido en una imagen de una esferita azul flotando en el vacío, y entonces nos dimos cuenta de que, en efecto, no somos el centro del universo.

Casi 50 años más tarde, nos encontramos ya en un tiempo completamente diferente, inmersos en una nueva revolución científica y tecnológica, probablemente de la talla de la que fue partícipe nuestro héroe Galileo: una nueva era en que cualquiera puede sacar el smartphone del pantalón y buscar en internet la dichosa fotografía de la Tierra… pero no lo hacemos porque preferimos ver memes. No digo que esté mal, e incluso me confieso muy culpable, pero no hay duda de que estamos frente a un fenómeno interesante. Como especie debemos nuestro éxito a nuestra curiosidad y poder creativo, y nunca en la historia el individuo había gozado de tanto poder para aprender, innovar y conectar con otros como ahora lo permite el internet. Estamos tan hambrientos de conocer y de crecer como siempre pero, lejos de cultivar nuestra paciencia, hemos dedicado monumentales esfuerzos a hacer todo más fácil, más rápido, más eficiente ¿Cómo? Con ciencia, y por ello le estamos incondicionalmente agradecidos. Lo de incondicional no lo digo para nada a la ligera, pareciera que a ojos de algunos, La Ciencia ha tomado forma de una nueva deidad omnisciente a la que le debemos todo nuestro progreso, pero resulta ser trágicamente incomprensible.

Los medios de comunicación, particularmente el internet, tienen ahora un poder sin precedentes para poner enormes cantidades de información en las manos de la gente. Su dinamismo y el hambre insaciable de las audiencias por más contenido, contrasta con el lento y arduo proceso que significa “hacer ciencia”. Ahí en medio, deseando lo mejor de ambos, está el usuario promedio de redes sociales que quiere saber si lo que compra en el súper va a causarle cáncer, qué puede hacer para ayudar al planeta o tal vez sólo tener algo interesante que platicar a la hora de la comida. Estas son necesidades y gustos perfectamente comprensibles y constructivos per se. Repito: somos curiosos. Además una sociedad que está interesada en la ciencia estará mejor equipada para tomar buenas decisiones en el día a día y tendrá mayor capacidad de generar innovación (que no puede salir sobrando). El problema inicia cuando la divulgación científica no está a la altura de las necesidades y entran al campo jugadores a los que nadie llamó: publicaciones dedicadas al entretenimiento a las que el rigor científico les importa poco o lo desconocen. La prioridad entonces se convierte en hacer el contenido atractivo, fácil y corto de leer (si es un video, todavía mejor), mientras que la veracidad y la precisión con la que se reporta la información pasan a un segundo plano.

Este fenómeno no sólo sucede en el eslabón que conecta a la audiencia con el contenido, sino que es un teléfono descompuesto que inicia mucho antes. Los líderes de laboratorios de investigación están bajo constante presión para obtener fondos y poder seguir con su trabajo, por lo que ellos mismos tienen que buscar formas de hacer que sus resultados suenen interesantes y disruptivos, aunque en ocasiones no lo sean. La forma más obvia de hacerlo es con un buen título y algo de redacción, pero hay otros métodos más dudosos para producir material de publicación. Es posible y relativamente fácil alterar el diseño de un experimento o el tamaño de las muestras para producir cierto resultado, o está por ejemplo el p-hacking, que consiste en obtener datos de muchas variables y jugar con estadística hasta que algo se vea significativo, para argumentar que las variables sí están relacionadas aunque no sea necesariamente cierto. El comic “Significant” de xkcd es un excelente ejemplo para entender el p-hacking y reírse un poco, pero este tipo de manipulación puede tener consecuencias graves. Uno de los casos más sonados de los últimos años es el artículo de Guilles-Éric Séralini que, de forma muy general, sostenía que ratas alimentadas con un tipo de maíz transgénico y el herbicida con el que se cultiva desarrollaban cáncer y tenían mayor mortalidad que las que comían maíz normal. El artículo fue revocado al poco tiempo por su diseño experimental deficiente y el mal uso de la estadística, pero la forma en que Séralini manejó su contacto con la prensa, le valió una ventana en la que no hubo opiniones críticas contra su investigación. Para cuando la voz de la razón intervino, ya todos habíamos visto las fotos de sus ratitas con tumores y temíamos por nuestra vida. No todo fue malo en esta situación, fue un gran detonante para que la comunidad científica exigiera mejores lineamientos para publicar artículos y mayor apoyo a los experimentos de replicación que logren verificar las conclusiones a las que llegan otros equipos. Pero el daño ya estaba hecho: el alcance que tuvo la noticia inicial superó con creces al número de personas que se enteraron de la retractación ─las que entienden por qué el estudio no era válido o por qué permitieron que se volviera a publicar─. Y pues ahora los transgénicos son el demonio. Algo similar sucedió con el asunto de las vacunas que supuestamente causan autismo, que no es un tema tan polémico en México, pero en Estados Unidos ya está causando estragos. Basados en evidencia “científica”, muchos padres han dejado de vacunar a sus hijos por miedo a ponerlos en riesgo, sin ver que están causando un problema peor: el resurgimiento de enfermedades potencialmente mortales que ya se habían controlado mediante la vacunación. El artículo que originalmente hizo estas afirmaciones también fue retractado, se publicaron numerosos estudios con credibilidad suficiente que desmentían la relación. Aún así, hay quien defiende a capa y espada su derecho de decidir si vacuna o no a sus hijos para “protegerlos”. En estos dos ejemplos hay que resaltar que el denominador común es la cobertura que los medios le dieron a ambas investigaciones, les dieron un grado de credibilidad y difusión que en realidad no merecían, y que muy difícilmente podría ser replicadas por la noticia de que sus afirmaciones no tenían evidencia que las sustentaran. Al fin de cuentas, nadie quiere publicar ni leer una nota titulada “Científicos creyeron que tu comida iba a matarte pero se equivocaron” o “Todo sigue en orden con las vacunas”, y con esto presentamos a nuestro siguiente participante del teléfono descompuesto: los medios de comunicación.

Me han dicho (porque mis planes profesionales de momento no involucran experimentarlo de primera mano) que lo primero que le ponen a hacer a uno cuando entra a un posgrado de investigación es redactar un review. Estos resúmenes llegan a tener más de doscientos artículos científicos citados en una extensión de menos de diez páginas, y básicamente tienen el propósito de que el recién interesado en el tema se empape de lo mínimo necesario para saber de qué le están hablando de ahí en adelante. Leer doscientos artículos científicos sólo para poder empezar a trabajar es suficiente para querer arrancarse los cabellos, con la letra microscópica a doble columna, las figuras en blanco y negro y el estilo dolorosamente plano y denso. Para quien está haciendo ciencia es un mal necesario, pero entiendo perfectamente por qué alguien que no tiene la necesidad de pasar por eso prefiere obtener su conocimiento científico de cualquier otro lado. Eso sin mencionar que un artículo científico anda por ahí de los 30 dólares. Idealmente, la prensa dedicada a la divulgación científica debería fungir como un puente entre este estándar de publicación tan poco accesible y el público general. Tendría que ser capaz de captar la atención de la audiencia y eliminar los detalles demasiado técnicos, pero rescatar las conclusiones importantes, facilitar el entendimiento del método y poner en perspectiva lo representativo de los hallazgos. Las plataformas controladas por instituciones que se dedican a la ciencia y se dan el tiempo de poner su información en términos comprensibles (la página de Facebook de Science o la mayoría de las TED Talks, por ejemplo) tienden a tener un buen balance entre el factor wow y la seriedad con la que presentan la información, pero por lo general no son los medios más populares ni prolíficos y por cada video o artículo de ellos hay 50 de Play Ground o Buzzfeed o alguno de sus hijos ilegítimos, que nos llaman más la atención y casi nunca mencionan al artículo original.

Es una excelente iniciativa el buscar que la ciencia llegue a manos del público a través de un formato basado en el entretenimiento, pero tener a gente que no está familiarizada con el proceso de hacer investigación científica reportando hallazgos científicos no es una buena idea por varias razones. Difícilmente van a manejar tecnicismos en todo el rango de especialidades sobre las que publican, por lo que la idea de que se sienten a leer el artículo en cuestión de pies a cabeza sinceramente no es realista. Esto quiere decir que de toda la información seguramente se quedarán con la conferencia de prensa (si la hubo), el título del artículo, la institución de la que salió y los pocos enunciados que suenen atractivos que, a su vez, probablemente son parte de las estrategias del autor para que su investigación suene relevante aunque no necesariamente lo sea. En este proceso perdimos casi por completo la perspectiva. ¿El experimento fue en humanos, en ratas o en células? ¿En un humano o en mil? ¿El diseño estuvo bien hecho? Y lo más importante: ¿Lo que reportaron los medios es de verdad lo que el autor concluyó? En Last Week Tonight with John Oliver hubo un monólogo respecto a este tema que, además de ser lo que le sigue de hilarante, enlista una sarta de barbaridades que la prensa ha publicado como hechos científicos y que francamente no me explico cómo alguien podría tomarse en serio.

Uno muy ilustrativo es un artículo de Times que ya fue más o menos corregido, pero que en ese momento se titulaba, según mi traducción: “Científicos afirman que oler flatulencias puede prevenir el cáncer”. Sobra decir que esto no es verdad (por favor no vayamos por el mundo oliendo gustosamente desgracias ajenas), pero lo peor es que un artículo con contenido muy valioso para su campo quedó reducido a una oración que sí llama muchísimo la atención, pero que pierde por completo el sentido original de una investigación formal, la ridiculiza y le dice mentiras a la gente. Este tipo de crímenes a la ciencia son cosa de todos los días y, lejos de difundirla, hacen que sus fronteras con la pseudociencia sean cada vez más borrosas y que un estudio riguroso que tal vez sí tenga el potencial de salvar vidas en el futuro tenga la misma credibilidad que una nota sensacionalista con cero evidencia.

Toda esta situación suena muy deplorable, pero por simple ley de oferta y demanda, los medios no pueden cargar con toda la culpa. El tercer y último participante del teléfono descompuesto somos nosotros. Quien esté familiarizado con el proceso de hacer ciencia de cualquier tipo idealmente comprende que un estudio rara vez se sostiene por sí sólo. En cambio, adquiere relevancia cuando se examina en el contexto de todo el trabajo que otros grupos han hecho antes, cuando se verifica la certeza de los resultados mediante la replicación y queda clara la aportación que se está generando para quienes sigan con la línea de investigación. Sin embargo, pareciera que damos por hecho que cuando la prensa cubre un hallazgo, se trata de una conclusión final que emerge de años de trabajo, resumidos en una simple indicación que va a hacernos la vida más fácil y esa suposición simplemente está mal. Es muy satisfactorio el ir de video en video sintiéndonos mejor con nuestros malos hábitos al toparnos con el que dice que una copa de vino es igual que una hora en el gimnasio (que sí existe), pero fallamos en ver que seguramente quien publicó ese estudio, o estaba financiado por alguien que hace vino y su estudio estuvo terriblemente sesgado, o estaba trabajando en algo completamente diferente que, tras capas y capas de tasajear, quedó reformulado así para atraer clicks (lo que fue el caso para esta publicación). No es lo mismo decir que una molécula, presente en las uvas y otros alimentos, podría potenciar el rendimiento físico, que es lo que el estudio sí afirmaba, a jurar que podríamos estar tomando vino tinto en vez de pasar horas en el gimnasio. Pero en fin, la mala divulgación ya sucedió y nosotros ya fuimos morbosos. Ya le dimos click al video y lo vimos hasta el final, pero si fuéramos más críticos y pacientes, la curiosidad nos guiaría a la declaración del responsable del estudio donde lamenta lo distorsionado que quedó su trabajo y comenta que para tener el efecto del que hablaba habría que tomar entre cien y mil botellas (no copas, botellas) de vino diarias. El estudio era interesante en sus propios términos, pero lo cierto es que rara vez queremos tomarnos el tiempo de entender de ciencia más de lo que queremos entretenimiento y temas ingeniosos de conversación. Nosotros con nuestro morbo creamos demanda para la divulgación estilo tabloide y le tendemos alfombra roja a los sensacionalistas que se cuelgan de ella para sus fines y los de sus patrocinadores. Séralini, te sigo viendo a ti.

No es novedad que la educación básica que recibimos la mayoría, al menos en México, tiene muchas carencias. Además, los que hicimos la secundaria a partir del 2006, sólo cursamos un año de biología, uno de física y uno de química, e incluso después, y generalizando un poco, las clases de ciencia tienden a consistir en memorizar información arcaica, resolver problemas y hacerse tontos una vez a la semana en el laboratorio, lo que difícilmente califica como “hacer ciencia”. Estamos mejor familiarizados con cómo funcionaba la investigación y la divulgación en la Grecia antigua o en los tiempos de Galileo que hoy en día. En mi opinión, la forma de enseñar en la escuela tiene gran peso tanto en la mitificación de “La Ciencia” como todopoderosa, etérea e incomprensible, como en la tendencia de no tomarla en serio y tratarla como chisme. Perderle el miedo a lo que suena “científico” y conocer de primera mano cómo se crea el conocimiento significaría tener más confianza de dudar y más ganas de investigar y así tal vez la divulgación científica formal se acercaría con más confianza a plataformas masivas como las redes sociales.

Lejos han quedado los tiempos en los que Galileo tuvo que arriesgar el pellejo defendiendo sus teorías, pero me pregunto qué pensaría de la facilidad con la que ahora aceptamos todas estas afirmaciones descabelladas, al grado en que somos capaces de cambiar radicalmente nuestro estilo de vida si un micro resumen de un solo estudio nos dice que hemos estado haciendo las cosas mal. La ciencia es un colectivo de observaciones humanas que nos ha llevado muy lejos muy rápido y por ello merece respeto. Hoy vivimos mucho más que nuestros antepasados, aprendimos a volar, llegamos a la Luna, y todo esto sin el medio de comunicación masiva que ahora cargamos en nuestros bolsillos. Hay que recordar que para conocer debemos dudar y ser curiosos. Tenemos que aprovechar el momento de cambio en el que estamos para exigir más de la ciencia en lugar de sentarnos a que nos hagan la tarea y confiar en que el otro sabía lo que estaba haciendo. La ciencia no nació millennial. Avanza despacito y, aunque es aventurada, siempre le gusta ver a los dos lados antes de cruzar la calle. Evitemos ser su lastre y aprovechemos todos, científicos, prensa o público, la oportunidad histórica de participar de manera constructiva y sensata.

Fotografía de Carlos Molina

Posted by:paginasalmon

One thought on “La ciencia en la era de Buzzfeed | Por Montserrat Estrada

  1. Me ha encantado tu artículo, es super claro y amable. Ahora que lo pienso, yo misma he cambiado hábitos o conductas después de consultar artículos poco confiables jajaja, ¿cómo podemos hacer para no caer en este tipo de “trampitas”? creo que a veces es taaanta la información disponible que me agarra pánico cuando comprendo que no seré capaz de acceder a toda ella y me conformo con leer artículos y posts basura.. no lo sé. Supongo que habríamos de ser capaces de tener un poco de más paciencia y bajar el ritmo; entender que siempre habrá algo más por conocer, y que más vale ir lento y con paso firme, que con prisas y nada más en la superficie..

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