A pesar de que en mi infancia no solía tener pasatiempos, ya entonces las ciencias exactas se me impusieron en los ratos libres como un gusto culposo. Y lo llamo culposo porque el primer tema que acaparó mis pensamientos fue el desarrollo de la bomba atómica; no se trataba de un tema moral (o no exclusivamente), como podría esperarse, sino sobre todo de la propia incapacidad por comprender el tema, del que, desde luego, no sabía más de lo que en los documentales televisivos llegué a mirar. Nunca podré olvidar los calosfríos que sentí al imaginarme en la posición de Oppenheimer y sus colegas, enfrentado las implicaciones de una creación como ésta: los admiraba porque su obra representaba la materialización del poder humano sobre la vida en la Tierra. Espeluznante a la vez que excitante, veía cómo el intelecto humano tomaba el papel de un “dios” que quita la vida a voluntad. Después, a mis ojos de adolescente les parecía posible que la evolución de ese “dios” pudiese expandir irremediablemente su poder hasta los límites de la imaginación humana y, quién sabe, tal vez con ese poder intelectual desarrollado la imaginación se fuese acrecentando en un dúo interminable y magnífico.

Después, gracias a estas consideraciones, me decidí a comenzar los estudios profesionales en física. A medida que adquiría un entendimiento mayor del mundo natural se alimentaba mi primera postura. Curso a curso me convencía más del carácter cognoscible de la naturaleza y mi capacidad de entenderla: bastaban el uso riguroso de la lógica, la experimentación y la consciencia de desconocer un fenómeno para estudiarlo; sin embargo, mi optimismo al cabo se vio vulnerado: primeramente, el tiempo no me sería suficiente para entenderlo todo, aunque aún brillara la esperanza de que el intelecto humano, desarrollado por partes a través de sus millones de seres, alcanzara el conocimiento absoluto. Notorio es que muchas cosas cambian en la vida después de recibir un curso formal de mecánica cuántica: en la de algunos resulta en una repulsión irrenunciable por las disciplinas científicas en general; en mí, a causa de la hipótesis de De Broglie, fue la inquietante confirmación de mis temores sobre las incapacidades del conocimiento total.

De Broglie supuso que una partícula con masa, en movimiento, podía comportarse como una onda (siempre he sostenido que aquel que en un primer momento diga que esto no es raro miente o tiene una arrogancia más profunda que el sentido común). En años anteriores a la hipótesis de De Broglie ya se había previsto el comportamiento dual de la luz, y, con la teoría ondulatoria, se habían desarrollado las ecuaciones de Maxwell para describir los fenómenos electromagnéticos. Era natural, entonces, pensar en la existencia de una ecuación (o conjunto de ellas) que permitiese describir los fenómenos de las ondas de materia. Esta ecuación fue responsabilidad de Erwin Schrödinger, quien la postuló alrededor de 1925. Dicha relación matemática predice el comportamiento de un sistema dinámico y usa como término principal a la función de onda del sistema estudiado.

El problema es que la función de onda está relacionada con la probabilidad de encontrar la partícula en un espacio determinado, en un lapso de tiempo dado y no con su posición en un tiempo preciso. Heisenberg enunció en su Principio de la Incertidumbre la imposibilidad de determinar simultáneamente y con precisión arbitraria la posición y el momento lineal en los territorios de la física cuántica. Y ahí se derrumbaron todas mis certezas, literal y metafóricamente, al ver la demostración de lo que parece un intervalo de desconocimiento asegurado. No obstante, aunque sin olvidarme de la carga que pesaba sobre mí, de la incapacidad de entenderlo todo, me dispuse a observar el cielo, admirarlo y entenderlo con todo mi ahínco.

De esta búsqueda he conseguido apenas unas pocas victorias parciales. En primer lugar, dado que el hidrógeno es el único elemento que se puede resolver analíticamente y de manera exacta, y en vista de que el universo observable está compuesto en su mayoría por este elemento y que además los otros sistemas atómicos más complejos se pueden resolver con aproximaciones numéricas, esta simple certeza nos otorga una ventana, aunque pequeña, para que podamos conocer aunque sea un resquicio del universo que nos empapa de luz como buscando ser descubierto.

 Observar el universo es detectar radiación, como es bien conocido. En consecuencia, un vistazo a través del telescopio es un proceso de detección de radiación donde nuestros detectores, los ojos, reciben radiación de un rango de 400 a 750 nanómetros, aproximadamente; sin embargo, estudiar el universo exige la apertura de nuestro rango de detección. Ante esto hemos desarrollado unos “mejores ojos” para poder observar desde el radio hasta los rayos gamma: cada emisión o absorción de energía de un átomo es como una huella dactilar que permite detectar al elemento, una vez que se conoce la diferencia de energía entre los niveles de la transición. Haciendo con esto tantas cosas como la imaginación lo permita, por ejemplo, determinar la composición química de regiones del universo, intuir, a partir de lo que “vemos”, la materia de la que está hecho. Puede parecer imposible, y acaso lo sea, pero estos puntos de apoyo, estas palancas, son suficientes para no cejar en el esfuerzo.

El universo parece raro y potencializa el deseo de escudriñarlo. La física parece ser el único consuelo para el frustrante sentimiento de ignorancia que se monta sobre los hombros. Pero este consuelo desaparece al cuestionar las bases de la existencia del sistema físico que conocemos, el motivo del ser de sus leyes y constantes fundamentales, así como los límites de lo cognoscible. Más misterioso aún es el hecho de que la materia, limitada en sus capacidades, busque conocerse a sí misma y conocer aquello que no es materia. Ojalá la evolución pudiera apresurarse a voluntad.

Imagen tomada de Gizmodo

Escrito por:paginasalmon

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