Yo, Sebastián Zavala, cansado de artículos y manuscritos rechazados, decidí ser al fin un autor ejemplar. Ha sido cuestión de vencer la soberbia y apuntarme al diplomado creado por el maestro Beto Macías, autor de importantes antologías de cuento breve y una novela ganadora del premio Matías Molinari para obra publicada, entre cuyos méritos el jurado destacó su preciso uso de la ironía para desenmascarar las contradicciones y clichés de la sociedad actual.

Quizá, pensándolo bien, todo fue siempre un problema de enfoque. A los veinte años yo era un reaccionario que oía mucho prog rock, pensaba que el músico Steven Wilson era un filósofo de la decadencia urbana, leía demasiado a Mishima e incluso llegué a tomarme en serio a Evola. Lo peor de todo: me dedicaba a escribir endecasílabos blancos en los que, detrás de versos opacos, intentaba criticar mi angustia por la modernidad; con el poema, claro, como única forma de resistir al mundo. Considérese la siguiente ridiculez de mi adolescencia tardía, aparecida en una plaqueta que me autopubliqué en el 2008 bajo el título de Las conjeturas del silencio:

Se ha abierto la crisálida del tiempo
en una vieja patria de transgénicos
edificios y humanos. Queda solo
el rumor del olvido y un brevísimo
eco: el poema al que marchamos todos.

De todos los comentarios que recibí en aquella época, el más halagador fue el de otro joven poeta de mi ciudad, que entonces no había publicado ningún poema. Me dijo con entusiasmo: «Eres el descubrimiento del año, cabrón». Eso fue hace ya un lustro y en aquel lapso, a la par de la poesía, intenté escribir varias novelas protagonizadas en su mayoría por valkirias mexicanas en busca de su identidad, así como cuentos sobre tragedias y romances urbanos. Está de más decir que con nada de esto gané ningún concurso ni tampoco aseguré un contrato editorial. Yo estaba furioso, pensaba que eran ellos los que no podían ver el genio de quien en su día fue considerado el descubrimiento del año, pero con el tiempo logré aceptar que el error estaba en mí. Aquel joven poeta, por el contrario, sí se convirtió en un autor ejemplar. Debido al enojo le perdí la pista. Lo último que supe de él fue que su nombre apareció en un desplegado en el que varios colegas protestaban contra una serie de recortes presupuestales.

Eventualmente dejé de contar sílabas y, una vez abandonada la poesía, decidí tomar la pluma y dirigirme a la Academia Beto Macáis. «No es un camino sencillo», advierte uno de los profesores en una entrevista realizada para una revista trimestral de la Universidad Nacional. Más adelante añade que, finalizado el curso, el alumno tendrá todas las herramientas para ser un autor ejemplar. La reportera pregunta si eso garantiza el éxito de los egresados, a lo que el profesor responde: «Esto es más que un taller o una tienda de falsas promesas: un autor ejemplar no tiene por qué ser un best seller y, de hecho, es mejor que no lo sea. Lo que buscamos es formar artistas valiosos; aspirar a la posteridad implica no ceder a las tentaciones de la lógica economicista».

No obstante lo dicho por el profesor, una vez dentro del curso supe de la gran labor que hace la academia por nuestro futuro. Nos contaron que, en vista de que en nuestros días no se valoran los libros como debiera, lo menos que podían hacer ellos era no dejarnos desamparados en un campo de batalla en el que partimos desnudos y en desventaja. Sabemos bien que, si uno hipoteca su futuro a los caprichos arbitrarios de aquel concepto que, no sin cierto alarde de lirismo, describió Adam Smith en su obra capital —esa magnífica extremidad etérea que guía los destinos monetarios y productivos de la sociedad—, las posibilidades de sobrevivir en este mundo salvaje son pocas. Bien lo ha declarado nuestro director: «Debe quedar en claro que la nuestra no es una academia de autores malditos. No subsumirse a las pretensiones de la civilización del consumo no significa regodearse del fracaso. Esto también implica la fraternidad, cualidad rara en esta era de individualismo exacerbado». Una cátedra giró en torno al tema de la solidaridad. Acciones sencillas pueden significar grandes cambios: el autor ejemplar tiene la obligación ética de velar por el aspirante, defender y ensalzar su propuesta en el contexto de un panorama que es inmisericorde con las nuevas voces.

Parte integral del curso es aprender cómo hacerse de apoyos para ir amainando las penas. Por ejemplo, un par de egresados de la generación pasada llegaron a dar una plática acerca de las vicisitudes del autor ejemplar. No fue una charla sombría aunque la idea así lo sugiriese. Cada uno de los expositores ya tenía un proyecto en marcha y una beca para apoyar el desarrollo de la obra. Me llamó la atención que, matices aparte, todos tenían un tema en común: la violencia en el país, historias cuyo soundtrack debía estar compuesto por balas y música regional. De acuerdo con nuestros profesores aún faltaba mucho que decir acerca del mismo tema, usando el mismo enfoque. Eso era algo que yo, por no ser un autor ejemplar, no terminaba de entender. Por aquel entonces yo seguía escribiendo historias que, aunque estuvieran protagonizadas por personajes nacionales, se ubicaban lejos de mi tierra, en Suecia, Perú o Japón, por citar algunos ejemplos. A mí me gustaban pero, con justicia, un compañero las calificaría de cosmopolitismo esnob.

No puedo decir que mi experiencia en la academia estuviera libre de tropiezos. Incidentes que, siendo franco con el lector de este testimonio, estuvieron siempre asociados al viejo Sebastián Zavala de los endecasílabos. Lo cierto es que no hay persona reformada que no lleve consigo el fardo de sus días oscuros. A mitad del primer semestre debemos definir un proyecto que desarrollaremos a lo largo del diplomado junto con nuestro asesor. Mis planes eran enfrascarme en lo que sería mi primera novela, una historia a dos voces que indagaría en la memoria personal y en un momento vital de la historia de nuestro país. El protagonista era un joven acosado por problemas de ansiedad y que, como aspirante a escritor, decide llevar a cabo una investigación acerca de un personaje que adquiere cualidades casi míticas: un activista que buscaba imitar a su propio padre, caído en la guerra sucia de finales de los años 70 y principios de los 80. Por otro lado, la novia del protagonista decide hacer lo mismo, ya que ella en el pasado tuvo una relación con el activista. El enfoque de él sería histórico, el de ella íntimo. Todo en un contexto que sirve de crítica a la banalización de la guerra sucia, término que después fue adoptado por un candidato perenne a la presidencia para describir los ataques propagandísticos en su contra por parte de su rival.

«Zavala, dijo mi tutor, así contado suena bien, pero es fácil detectar problemas que no son de forma sino de fondo; por ejemplo, el claro sesgo sexista en la estrategia narrativa. ¿Por qué la mujer protagonista no aspira más que a reconstruir la memoria íntima del exnovio?»

Yo respondí que así me lo exigía la historia, porque eran importantes los testimonios directos e indirectos para que, de esa forma, viendo sus dos facetas, fuera posible la construcción integral del personaje mítico. El tutor no parecía del todo convencido. Prosiguió de la siguiente forma:

«Suponiendo que tienes razón, Zavala, hay algo que realmente me preocupa, y eso es el tufo fascistoide de lo que tú llamas crítica y lo que yo percibo como una forma de ridiculizar una lucha social reciente».

«Lo siento, me excusé, pero ésa no es mi intención. De hecho quiero que el lector piense en la verdadera guerra sucia que ya nadie recuerda, cuando esas palabras implicaban algo más que, usted sabe, mala propaganda. Cosas como desapariciones forzadas y actos de terror».

«Mira, Zavala, replicó ya sin paciencia, ése es precisamente el problema. Lo que haces no es más que una concesión y, a mi entender, eso es una burla. Dices: miren, veamos esto —la guerra sucia original—, pero al mismo tiempo despreciemos y ridiculicemos esto otro —la guerra sucia reciente que culminó en un fraude electoral— aunque sea relevante. Buscas desviar la atención de una situación que explica la violencia que hoy vivimos, y yo como tu asesor no puedo avalar este proyecto porque lo tuyo, Zavala, es un falso humanismo, propio de una actitud reaccionaria y complaciente».

Decidí abandonar el proyecto, decepcionado pero también con alivio. En épocas pasadas habría tratado de imponer esa visión, lo que me habría acarreado el exilio de la academia. Sin embargo, gracias a los maestros, pude darme cuenta de que la soberbia no cabe en los autores ejemplares y que mi pensamiento, que yo creía progresista, estaba en realidad moldeado según el relato oficial. Tan pronto como me deshice de mis viejas letras, tomé la determinación de seguir adelante con un nuevo proyecto, tratando de virar hacia un discurso comprometido con nuestros dramas sociales, lejos ya de hipocresías y al fin sin el velo del pensamiento único.

Muchos de mis proyectos subsecuentes fueron rechazados. Recuerdo, sobre todo, una propuesta que yo creía infalible: la novela de un profesor clasemediero de la capital que, a mitad de la historia, huye de la ciudad para cultivar la tierra de una sierra infestada por la violencia. Más tarde, el ejército aterrorizaría la región, so pretexto de quemar campos de amapola. Hacia el final, sin embargo, la gente se unía bajo el liderazgo del profesor para reconstruir la comunidad. Después descubrí que el texto era condescendiente porque el enfoque seguía siendo el del privilegiado que, al asumir un papel mesiánico, busca santificarse, en detrimento de la figura del desposeído que resiste por sí mismo.

***

Quisiera que este testimonio, dedicado a los nuevos alumnos, sirva como muestra del arduo camino que seguimos en la academia. Pero yo no estaría articulando estas palabras de haberme rendido a mitad del sendero. Debo decir que, casi a punto de perder las esperanzas, recibí una buena nueva por parte de mis asesores. Éstas fueron sus palabras:

«¡Felicidades, Zavala! Después de mucho tiempo refinando tu prosa y sobre todo tus temas, que eran en realidad tu gran problema, hemos decidido que ha llegado la hora de que pruebes suerte con tu manuscrito El lamento de los desiertos. De hecho, ya nuestros lectores han determinado que puede pasar sin problemas a la ronda final. ¿Ya te dije que el presidente del jurado es nuestro director Beto Macías? En fin, Zavala, mucha suerte».

Un aspirante a escritor ejemplar se toma las cosas con prudencia. Quien de antemano se gloría de sus palabras no aspira a fines nobles sino a replicar la actitud de los encumbrados. Es posible que el manuscrito no pase de la etapa final, que se decidan por un mejor texto que el mío, pero nada de eso supondrá una derrota. Porque como afirma nuestro director: «un premio, una beca, todo eso es vano si no se retribuye a la sociedad de la única forma en que las palabras de un autor ejemplar pueden hacerlo».

Poco después de recibir las buenas nuevas y, a modo de introducción en el mundo de la literatura ejemplar, se me comunicó que publicarían un cuento mío en la revista trimestral de la Universidad Nacional. A la par de eso, también debía enviar un texto adicional para la sección «El machete y la pluma», donde los autores publicados pueden expresar libremente, en no más de cuatrocientas palabras, sus reflexiones acerca del tema de su preferencia. Ése era el momento definitivo, el de la retribución.

«Yo, Sebastián Zavala, hombre que en días amargos vio esta ciudad desgarrada a través de los ojos de la comodidad, ahora declaro mi repudio absoluto a las prácticas de nuestra administración. Vueltos hombres-mercancía en la cruel lógica de los predadores y los depredados, quisiera que las palabras de mi cuento “El tiempo sepultado” se lean no sólo en clave de ficción, sino de lamento, del grito que, silencioso, es arrancado de nuestras entrañas secas, pues nadie, a la luz de la presente crisis civilizatoria, ha de aspirar a la literatura del vacío y de la irrelevancia sino a aquella que se entienda como la voz moral de una generación subyugada. Si nuestras voces no están en sintonía, si no reiteramos las mismas palabras hasta que éstas se vuelvan un clamor idéntico, habremos fallado como creadores.

»Que éste sea, pues, el manifiesto de la literatura ejemplar».

Imagen tomada de El Universal

Posted by:paginasalmon

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