Lo primero que hizo tras bajarse del camión fue dirigirse a la cantina. Estaba lloviendo y el agua se encharcaba en las calles que bajaban al parque. A pesar de que el sol se estaba poniendo y aún no prendían los postes, distinguió el negocio apenas llegó. Entró para guarecerse de la lluvia. Todavía era temprano y no había gente. Afuera, el agua había arrastrado los caminos amarillos del cempasúchil. Don Gaspar estaba detrás de la barra, limpiando vasos.

―Buenas, pásele. Puede colgar su chamarra ahí.

Le señala un perchero en la pared. El hombre la cuelga y regresa a la barra. Cuando se sienta se le ve la pistola en la cintura. Don Gaspar la nota, negra y fría incluso a la vista.

 ―¿Qué va a tomar?

Lo mira a los ojos, midiéndole las intenciones. El hombre le sostiene la mirada, tranquilo, serenándolo. Afuera, los niños de la calle carroñean lo que queda de las ofrendas, aunque a estas alturas de la lluvia sólo hay fruta y uno que otro pan que se salvó del agua.

―Aguardiente ―le responde.

Don Gaspar va por la garrafa y vierte el líquido ámbar en un vaso de veladora. Cuando el hombre se lleva el trago a la boca, apunta con sus ojos a la pistola y le pregunta:

―¿Usted es amigo de la muerte? ―El hombre termina de dar un trago―. Ni yo la busco ni ella me persigue. Aunque en estos días parece que todos somos amigos de la muerte, que todos la esperamos con ansia.

Voltea a ver la pequeña ofrenda que está junto a los baños: fotografías antiguas, una vela, botellas y comida. Don Gaspar también dirige ahí su mirada.

―Mi esposa me obligó a ponerla, pero yo no creo en esas cosas. Para mí cuando uno se muere, se acabó. No se puede volver y, si se pudiera, ¿para qué volver a este pinche mundo?

Su interlocutor asiente mientras da otro trago.

―¿O usted qué opina? ―le pregunta don Gaspar.

El hombre mira a la ventana. Afuera, la lluvia comienza a parar y la gente sale de nuevo a la calle. Se dejan ver las catrinas camino a fiestas y gente llevando flores a los panteones: más celebración de la muerte.

―De donde vengo, dicen que uno no sabe nada de la muerte hasta que mata a alguien. Hay gente que se dedica a eso y no le va mal.

―Bonito lugar ese, ―ríe don Gaspar― ¿cómo se llama?

―Costillar ―responde el hombre y mira con atención al cantinero cuando salen de sus labios aquellas sílabas golpeadas y arrastradas. Don Gaspar se queda rígido, viendo los vasos que acababa de limpiar, sin querer levantar la mirada.

―Ah, sí, yo trabajé ahí unos años ―dice titubeante.

―Eso ya lo sé ―le responde el hombre―. Vengo de parte de don Cayetano, haga lo que tenga que hacer.

Don Gaspar asiente y la seriedad se graba en su cara. Termina de acomodar los vasos. Cuenta el dinero de la caja y la cierra con llave. Va a la rockola y la prende. La voz de Antonio Aguilar inunda la cantina: “El día que yo me muera no voy a llevarme nada…”. Cierra las ventanas y la puerta, echa una última mirada a la calle. Afuera dejó de llover y el agua refleja las luces de los postes. El olor a mojado que se cuela en sus pulmones le da una sensación de tranquilidad. De pronto piensa que, si pudiera, probablemente regresaría a este mundo una vez al año. Vuelve al interior de la cantina y se para a espaldas del hombre.

―En la cara no, por favor… mi esposa.

El hombre empina el vaso, se levanta sin prisa del banco y desenfunda la pistola.

Imagen tomada de MXCity

Escrito por:paginasalmon

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