Una de las dificultades del avance tecnológico voraz que experimentamos es el pobre avance teórico que hemos conseguido por parte de la crítica. No solamente se trata de la obra estática que se puede diseccionar; se trata del aparato crítico del arte narrativo que nos disponemos a estudiar. Podemos ver algunos intentos someros de una teoría o crítica a los nuevos medios en Hollywood, pero luego, dentro de uno de los festivales de cine más importantes del mundo occidental, el presidente del jurado (un joven tan aburrido y rígido que se llama Almohadovar) le declara la guerra a Netflix y a su película Okja (2017) que [ok, ya, va] nadie más quiso producir. Como si no recordara (o supiera) lo mucho que ayudaron los servicios de streaming al entrar en esta era dorada de las producciones audiovisuales. El ibérico dijo en su comunicado que todas las nuevas plataformas deben adaptarse a las reglas ya existentes. Me parece sensato, qué haríamos si, por ejemplo, una persona tuviera que enviar con urgencia un mensaje al otro lado del Atlántico. Es necesario que esta urgencia se adapte a la correspondencia marítima que ya tenemos. Esto es, incluso, natural.

Perro viejo y traumado no aprende nuevos trucos. Sin embargo, en el mismo festival hay algo orgullosa, qué digo orgullosa, orgullosísimamente mexicano que debió ser noticia y perdió con ese videíllo del #MexaDreamTeam en plena peda con mariachis. Así es, se han sentado dos precedentes que recordaremos con ideas opuestas. El primero ya lo mencionamos, sin embargo, el segundo es el que atañe a esta edición de 1602. Bueno, ése y algunas muchas otras cosas como la brecha de pensamiento. Alejandro González Iñárritu y Emmanuel Lubezki (¡vivan los héroes que nos dieron patria!) asistieron a Cannes este año para presentar Carne y Arena. Esta experiencia completamente inmersiva de realidad virtual es una recreación fiel (según palabras de Iñárritu) de las historias de migrantes recolectadas por él mismo. Me interesa el argumento de esto, que los ancianos sabios de Cannes han llamado cortometraje, pero me interesan más las declaraciones de Iñárritu (a falta de las de Lubezki, la mente detrás de la cámara). Dice el Negro que la gramática visual es diferente en RV (apréndanse que RV es realidad virtual, RA es realidad aumentada y RM es Rafa Márquez… perdón, realidad mixta) de la que se maneja en el cine: argumenta la falta de encuadre y edición; habla sobre pensar en 360°, no poder editar y no poder cortar como las grandes diferencias. Es cierto, pero también es un tanto falso. Realmente él se ha dedicado a compararlo con el cine y ponerlo en extremos opuestos, pero también pertenece a una generación en la que se polarizan las ideas. Por nuestra parte, nosotros hagamos algo más.

Cuando se crea una narración inmersiva en RV es claro que, como dice el mexicano del Óscar de Leo, se debe pensar en 360°, sí, y que se pierde el encuadre del cine, también, pero no está pensando desde ambos lados de la narración. Al escribirlo es cierto lo anterior, pero al experimentarlo la cosa cambia. El espectador (que ya no es tan espectador, aunque siga siendo pasivo) debe elegir en dónde fijar su atención. Pensar en 360° es una precaución para no dejar hoyos en el argumento [digo, también responde a la decencia de no entregar una obra mediocre, pero ok, vayamos al mínimo] o en la experiencia en general, pero siempre se puede focalizar la narración; es un acto de magia: donde el mago apunte es donde verá el público, así podemos elegir a dónde apuntar. No, tampoco es tan fácil, sin embargo, es posible. Por otro lado, la experiencia de Carne y Arena (2017) es totalmente inmersiva ya que antes, durante y después del tiempo de proyección todo se contextualiza y se ambienta; es tanto una exposición como un documento de memoria y, a su vez, es una ficcionalización muy apegada a la realidad. Todo se vuelve exponencial cuando lo que sucede dentro de la narración es experimentado fuera de ella, es decir, ciertos sucesos de la proyección que solamente podrían estar representados visualmente están puestos físicamente (el desierto, por ejemplo: es necesario entrar descalzo a una especie de hangar con piso de arena, también la llegada de los helicópteros es replicada dentro de la instalación con ventiladores de gran tamaño). ¿Vieron lo que acaba de pasar? Sí, ahí arriba está la palabra adecuada. Esto no es un cortometraje, ni es una película en realidad virtual. Dice Iñárritu que estamos ante el nacimiento del octavo arte:

[…] one is observe, the other one is to lead… to be… it’s not cinema, it’s being cinema […] we are in the beginning of the eight art, let’s call it like that. I think it can be extremely poetic and you can explore the human condition and the human conscious of conscious and expressions are limitless […] obviously, as everything, you can do a symphony with a piano or you can do a shitty jingle, but the medium, I think, is a revelation, I think is the borning of a new art, of course it is.

No sé si darle la razón o no, pero sé que una palabra más adecuada para describir esta obra es instalación [no correcta, sólo más cercana]. Yo diría, incluso, que la podemos llamar experiencia performática semipresencial.

Quiero ofrecerles una opción barata y práctica. Por si no podemos ver Carne y Arena [bueno, no todavía, pero me llegó el chisme de que viene a México y ahora sí, como el precio del voto anda como nalga de piloto, en una de esas hasta nos sale de a gratis. Como diría mi primo: gratis hasta las puñaladas, bendito proselitismo y #HashtagTomaTuVoto] siempre es mejor experimentar algo de RV, aunque no sea tan inmersivo. Como habitante del futuro, les aviso que esta semana no va a salir el nuevo capítulo de Rick & Morty y… ah, no, ése es otro calendario. Bueno, les quedan tres días [viernes (9), sábado (10) y domingo (11)] para ir a La Casa del Cine a experimentar Ávido (2017), de Marco Ortiz (director) y Luis Fuentes Pimentel (guión), un thriller a la antigua, pero con recursos nuevos [¡es interactivo!]. Muy bien aplicada la tecnología, un poco acartonado lo narrativo, pero de verdad vale la pena para entender un poco más sobre esta poética de las nuevas narrativas. A quien vaya, los siguientes consejos: noten cómo la forma más fácil de focalizar al espectador es pretender dialogar con él, envolverlo como tamal mal amarrado. Sus decisiones están limitadas, sí, pero no por el sentido común sino por el perfil de cada persona y de un modo bastante subconsciente, por el mismo guionista. Noten en el diseño de audio el doblaje, no es fácil de producir. Pongan atención a los detalles. No confíen en nadie… bueno, solamente en el señor que les da los lentes, él es chido. Por otro lado, y regresando al inicio (as usual), es necesario que tanto la crítica como la teoría enfrenten de una vez estas nuevas tecnologías. Su miedo es infundado, la narración siempre tendrá las mismas armas y los mismos elementos, lo que cambia es el modo de contar. Ahora a ellos les ofrezco algo para que estén un poco más cómodos: intenten tratar esta realidad inmersiva con algunas de las armas que nos heredaron hace miles de años los teóricos del teatro, también se vale. Si el instrumento es diferente pero el proceso es el mismo, no puede ser así de diferente. No imagino cómo sería posible acatar las reglas de piedra del todavía más empiedrado Pietro Almodóvar, cuando tenemos enfrente toda la nueva tecnología para experimentar. Esta es nuestra casa [o generación], son nuestras reglas. Estamos ante una revolución que es comparable con la del primer cine cuando a alguien se le ocurrió mover las cámaras. El futuro es hoy, anciano y… bueno, como diría mi comadre Miley Cyrus: WE CAN’T STOP.

Imagen tomada de Fandango

Escrito por:paginasalmon

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