El cantar de los sapos tiene un ritmo muy particular. Amy dice que sólo cantan cuando se acerca la época de lluvia, así como los grillos. Qué noche tan espesa la de hoy. Por más que muevo este abaniquito de mano no logro mitigar el calor. La oscuridad da cierta sensación de sofoco, de quemazón, como si tuviera la firme intención de cocinarnos vivos. Cuando se mueve la cortina de la ventana, y entra uno que otro resplandor de las luces del barrio de al lado, creería uno que con la brisa se refresca el ambiente. Pero no. Todo sigue igual.

Estoy seguro de que afuera hace más calor que aquí dentro.  La oscuridad también es más espesa: expele cierto aroma a mortandad, a rata frita, a pobre frito. Por eso estamos mejor adentro, en nuestras madrigueras calurosas. En la oscuridad de la noche atrae las miradas de todas las aves nocturnas: bandadas de cuervos famélicos, con ojos rojos y afilados, siguen tus movimientos desde las ramas desnudas de los árboles.

Si llegara a salir en estos momentos, me cuidaría muy bien de no perderlos de vista. Si viera que sus alas se abren amenazadoramente, o que sus picos apuntan a mi garganta, empezaría a sentir seguro terribles dolores de estómago. El vientre empezaría a palpitar con fuerza, y yo movería las piernas rápidamente por una calle y por otra hasta sentir finalmente que lo peor ya ha pasado. En medio de la noche, en medio de la oscuridad sin orillas, aparecerían nuevamente los pájaros frente a mí y sabría entonces que todo está perdido. Por eso estoy mejor adentro.

Huele a chamusquina. Soy un enorme trozo de carne rostizándose en la parrilla de mi cama. Nada hace pensar que la cosa va a cambiar. Otra noche sin dormir. Cortaron la luz. Cortaron la luz a todo el barrio. Cierro los ojos con las manos cruzadas detrás de la cabeza. Un sudor agrio describe surcos por toda mi piel.  No veo la hora en que por fin amanezca.

***

Ya es de día y la cosa no mejora. La empresa envió un comunicado donde se nos informa las razones del apagón. Prometen resolver el problema con prontitud y piden disculpas por las fallas. Cuántas mentiras se esconden detrás de estas palabras. Todos en el barrio, desde el más chico hasta el más viejo, sabemos que hay otras razones.

Amy me ha llamado hasta la cocina.

–Necesito que vayas a comprar el desayuno –dice.

–¿Qué quieres que traiga?

–Cuatro guineos verdes y dos huevos.

–Amy…

–¿Qué?

–Se te ha olvidado la plata para la papeleta de café.

Amy me mira con ojos acuosos

–Hoy no hay para el café –dice.

–¿Cuando crees que venga la luz? –le pregunto.

–Nunca.

–¿Qué dices? No es posible.

–El señor Honorio, que vende tintos a la entrada de la empresa de electricidad, se lo dijo a la señora Margarita.

–No sé por qué tiene que pasarnos eso a nosotros.

–Es simple: porque somos pobres.

Las calles se ven desoladas. De vez en cuando se ve cruzar por el caliche del carreteable a una que otra persona que intenta huir del fogonazo, esquivando el sol bajo la sombra de los árboles. Yo trato de disfrutar el paisaje, por difícil que sea. Una hermosa playa se avista por encima de los tejados al bajar la loma. Al fondo, en medio del rumor creciente del viento, el sonido del río que vierte sus aguas sobre el mar. Mi Magdalena amado, cuánto candor cruzando por tus aguas.

El mejor regalo que me ha dado la pobreza es el poder de la imaginación. Sueño mundos imposibles para mitigar el cansancio de la verdad. La verdad pesa; el peso, por acción de la gravedad, cansa; el cansancio, por factores físicos, agota, y el agotamiento, por efectos de la naturaleza, mata. Me miento para poder vivir. Le saco el mejor provecho a todas las cosas, como imaginar que esta calle larga y calurosa es un paraíso tropical.

Cuando estaba más chico, solía salir a caminar, solo, por los callejones enmohecidos de este barrio. Cuando Amy me dejaba, trataba de explorar cada rincón de este lugar. Por alguna extraña razón, caminaba errante. Nunca supe qué buscaba. Jamás he entendido qué era exactamente lo que me sucedía. Debo confesar que tantos años después, sigo sin entenderlo.

Acaban de atracar a una señora calle abajo. Un tipo en una moto la amenazó con una pistola y se llevó el bolso. Pasa junto a mí. Sé quién es él. Le dicen Cochice y vive en la cola del patio de la casa de mi abuela Rosa. Pobres que roban pobres.  Si te dan limones, debes hacer limonada, dicen por allí. Pero a muchos de nosotros lo que nos han dado es un arma. No me quejo por mí. Me quejo por aquellos que no tienen el poder de imaginar. Cuando no tienes ese poder en este barrio, terminas como él. Ahora que veo a la moto marcharse por la ruta de la torre diez, me percato de que todas las casas tienen un color tierra en este sitio, qué calor tan insoportable hace.

***

La tienda es pequeña. El mostrador es de madera y en el fondo cuelgan los productos en estanterías de lata. El señor Memo es una persona bastante limpia. Las esteras están entrecerradas para evitar que el sol entre de frente a esta hora de la mañana.

–¡Estoy harta de esta situación! –dice la señora Julia, una mujer obesa de cabello chamuscado.

–Dígamelo a mí, que me estoy yendo a la quiebra –comenta el señor Memo–. Si las cosas siguen así, tendré que cerrar la tienda.

–No puede hacer eso. Ésta es una de las pocas tiendas del barrio.

–No me están dejando de otra.

–No veo venir nada bueno… –dice la señora Julia.

–¿Qué quieres decir con eso?

–Que si el señor Memo cierra El carrusel, tendremos que comprar en otros barrios. Puede que al principio podamos arreglárnosla, pero después vendría el problema. Seríamos tantos los compradores, que no tendría nada de raro que nos impidieran después la entrada a los otros barrios.

–Quizá está siendo usted un poco exagerada –dice la señora Josefa.

–No lo es –comenta Ernesto–. Las cosas no pintan muy bien que digamos.

–De todos modos –vuelve a decir la señora Josefa– yo guardo la esperanza de que nos pongan la luz y las cosas por fin mejoren.

–¿Y si no nos la ponen? –pregunté.

–Entonces solo nos quedará rezar.

Le hago mi pedido al Señor Memo. Cojo los huevos y los guineos y regreso a la casa. Que calor hace acá dentro. Cada vez es más denso, más oscuro, más llameante. Si por lo menos pudiera encender un abanico, si….

–¡Qué es ese alboroto que se ha armado allá afuera! –grita Amy.

Cuando nos asomamos a la puerta, vemos que un par de tipos están tratando de cortarle el agua al señor Marcos.

–Esto ya es el colmo –dice Amy–. Primero fue la luz y ahora es el agua.

A lo lejos se ve venir una multitud de personas bajando por la calle. Ahí va la turba feroz marchando con palos y machetes a defender su condición, su humanidad, sus ganas y deseos de vivir, procurando hacerle mofa a la tragedia. El calor tiene efectos muy interesantes en los elementos que conforman el mundo: a los seres vivos los vuelve lentos, pesados, torpes. En cambio, a los objetos inanimados los vuelve más veloces.  Así es que cuando hace calor y se te cae algo de las manos, viaja muy rápido y recorre una distancia más larga. Cuando quieres levantarte te das cuenta de que está demasiado lejos y de que no tienes las fuerzas para alcanzarlo.

Para cuando quiere llegar la gente a la casa del señor Marcos, ya el carrito que corta el agua se ha ido. Cabizbajos y sin esperanza, se veía a la multitud volver sobre sus pasos, pero entonces otro hecho llama su atención. La señora Maritza, que vive a dos casas de la nuestra, sale corriendo a pedir ayuda. Todos corren hacia allá, e incluso Amy y yo nos acercamos a ver qué ocurre. Su papá, un anciano de 80 años que solía sentarse todas las tardes a la puerta de su casa a echarse fresco con un periódico viejo, yace inmóvil en una mecedora con la camisa abierta sobre el pecho. María, la enfermera de la cola del patio, entra pidiendo permiso. Le ausculta el pecho al hombre y luego se vuelve hacia nosotros con cara de malas noticias:

–No hay nada qué hacer –dice–. Está muerto.

¿Por qué morir hoy? Hoy no parece un buen día para morir. Hace mucho calor, el calor no es bueno para los muertos, sofoca de olores desagradables la ceremonia. No, no es un buen día para morir. Por lo menos no hasta que venga la luz, porque luego en el velorio los asistentes se incomodan con el calor. Veo la cara de descontento de los señores que han comenzado a sentarse sobre el bordillo. Juan, el hijo mayor de María, ha traído una botella de ron. Los hombres ya comenzaron a tomar y a recordar anécdotas del muerto. El ron no sabe tan bien cuando se toma caliente, pero igual cumple su cometido: anima la charla y ayuda a que los hombres olviden por un momento la miseria en la que viven. Se empiezan a escuchar sollozos en la casa, no hay sillas suficientes para la gente que viene a dar el pésame y los vecinos empiezan a traer su propio mobiliario para completar el de la señora Maritza. Amy y yo también vamos por el nuestro. Cuando volvemos, los hijos mayores del difunto han comenzado a construir el cajón con las tablas de la cama del muerto. Que mal día para morir.

***

Amy y yo trabajamos en el mercado de la ciudad. Los olores nauseabundos del caño no me dejan concentrar. Y el caño: su sola presencia me causa náuseas. Perros muertos, frutas podridas, buitres al acecho, en fin.

–¡A mil la pila de tomates! Amigo, lleve tomates para la casa. Doña, acérquese. Venga y mire los tomates.

Amy le riega agua encima a los tomates. La gente sigue pasando, pero nadie compra. Parece que cayeran del cielo chorros de lava ardiente. Son las cinco de la tarde y apenas si nos hemos hecho la plata suficiente para comprar la comida de la noche.

–Esto no es más de aquí –dice Amy–. Ayúdame a recoger y vámonos para la casa.

El bus que abordamos está lleno. Amy y yo viajamos de pie, al final del pasillo. No puedo dar un paso adelante o atrás sin tropezar con otro pasajero. El trancón es terrible. Hay algarabía de bocinas ante los semáforos en rojo y la cabeza me quiere estallar. Detesto viajar en estos buses, pero es la vida que nos ha tocado. Cuando llegamos al barrio ha empezado a oscurecer. Nada que llega la luz. Amy entra a la cocina y acerca una olla a la llave del agua para hervir unos huevos en el fogón de gasolina: nada. Salimos a ver qué ocurre y advertimos entonces que también a nosotros nos han cortado el agua. Jamás había visto a Amy tan desconsolada.

–No todo está perdido, Amy. No todo está perdido. Vamos a reinstalarla. Yo vi la otra vez cómo la cortaban. Tráeme una pinza y un destornillador.

Amy saca una bolsa de chécheres que está debajo de su cama.

–Aquí están, mijo.

–Necesito un alambre para amarrar el conector del agua.

–Aquí no hay alambres: los vendimos para comprar el desayuno de ayer.

–Entonces usaremos los del contador. De todos modos la luz no va a venir.

Comienzo a destapar el contador. Una enorme capa de mugre cae al piso, dibujando figuritas en la arena. Voy quitando uno a uno todos los tornillos, hasta que lo destapo.  Está allí la bobina de cobre. El marcador detenido da una extraña sensación de soledad. Qué extraño es todo esto, pienso. La línea que entra del poste se desprende como un gran hilo de metal, retorciéndose por cada orificio del contador. Inserto el destornillador en el tornillo que aprieta el alambre sobre una de las conexiones de la línea directa y entonces pasa: un fuerte corrientazo sacude mi brazo. Amy grita. Intento desprenderme, pero no puedo. Algo más fuerte que yo me jala, me mantiene allí, como si intentara hacerme ingresar al contador y mandarme en un haz de luz por la alambrada. Las luces del barrio se encienden de inmediato, escucho los gritos de felicidad de la gente, mientras mi cuerpo empieza a oler a carne frita. Amy corre a recoger mi cuerpo del piso, pero un vecino se lo impide.  Sonrío. Por lo menos la luz, por lo menos la luz servirá para velar mi cadáver.

Imagen tomada de Foster Web Marketing

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Escrito por:paginasalmon

One response to “A contraluz | Por Yesid Arturo Torres Rodríguez

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