Pero hay algo en relación con el análisis y la interpretación de un film que traspasa el umbral de la obra: el medio de reproducción. Si bien el cine le debe su nombre y su origen al cinematógrafo, en la última década lo vemos en cualquier dispositivo. Parte fundamental de la experiencia estética de las proyecciones consistía en sentir que el espectador formaba parte de un mundo enorme: que las dimensiones de la imagen influyeran en su percepción hasta el punto de sentir real el acercamiento de un tren a toda marcha que terminara por aplastar al público. Llevar esa experiencia al tamaño de Netflix parece neutralizarla.

Este acto de neutralización –incluso de minimización– aturdió a Cannes. Aconteció una polémica que los medios de comunicación escribieron y reescribieron: por primera vez en toda la historia del festival, dos largometrajes que competían por la Palme d’Or no serían exhibidos en ninguna sala de cine francés, ni de cualquier otro lado. Las únicas proyecciones de Okja (Bong Joon-ho) y The Meyerowitz Stories (Noah Baumbach) serían en el espacio destinado a Cannes 2017. Ambas están producidas por Netflix, cuya política dicta que la reproducción es exclusiva de la plataforma digital. Entre diversas declaraciones, la cólera de Almodóvar, ahora presidente de jurado, representó las ideas que envuelven la perspectiva del festival: “me parece una enorme paradoja premiar un filme que no pueda verse en una sala”.

La defensa de las formas tradicionales y fundacionales de ver el cine se interpone en la apreciación del objeto fílmico. Su papel de jurado se fractura. ¿Se premia a la película con mayores aciertos o aquella que respeta el camino de sus antecesoras? Verlo desde esta perspectiva, en que la empresa es el ser vulnerable y excluido, conlleva también un problema. Privar la exhibición de las obras en otros espacios es lo mismo que prohibir a los espectadores sin membresía su acercamiento a las películas que fueron hechas para eso: para verse. La exclusividad –en tanto prohibir proyecciones– no sólo debe presentar “comodidades” para el espectador, como ver un film o una serie a la hora que desee y en el lugar que mejor le acomode. Más novedoso o propositivo sería que tal plataforma ofrezca algo que las salas no, que el medio te permita una extensión de la obra a partir de las herramientas digitales: interactividad, por ejemplo.

Pensar, sin embargo, en una de las labores más significativas de Netflix voltea el panorama: ser la alternativa del contenido que sólo pude ser transmitido por televisión, donde la censura antes efectuada en este medio desaparece: Ricky and Morty, del canal Adult Swim y cuyas transmisiones eran emitidas pasada la media noche en Cartoon Network, se muestra sin cortes –extracciones– de escenas y sin moderación del lenguaje violento. La incorporación de la serie a la plataforma evita las restricciones que existen en la televisión. Lo mismo pasa con producciones como Orange is the new black al salir de la plataforma: dentro se muestra la obra íntegra; fuera –Paramount Channel– se censura.

Lo que parece una utopía del espacio cinematográfico se desvanece en el fondo. Netflix elige qué mostrar y cómo mostrarlo: la versión corta de un largometraje de Von Trier o la deformación de las dimensiones de una película de Dolan. No obstante, la decisión de presentar exclusivamente en la plataforma las obras de su producción muestra, más que una estrategia de negocio, una ruptura con la manera tradicional de contemplar la obra cinematográfica. En realidad, nos presenta otra forma de ser espectadores. Los asistentes seguiríamos contemplando obras plásticas dentro de templos y cortes en lugar de museos si atendiéramos la sugerencia de Almodóvar: “[la] nueva forma de consumo no puede tratar de sustituir las ya existentes, como ir al cine, no puede alterar el hábito de los espectadores, y creo que ese el debate ahora mismo. Para mí, la solución es simple: las nuevas plataformas deben de respetar las reglas actuales […].”

La verdadera paradoja consiste en presentar dos películas en la competencia de un festival que tiene el objetivo de dar a conocer obras de calidad a nivel internacional, y ofrecer una única posibilidad de expectación: la suscripción. Consagrar obras propias con el respaldo de Cannes mientras prohíbe proyecciones destinadas al resto de los espectadores.

Imagen tomada de Nice

Escrito por:paginasalmon

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