Viernes por la tarde, mucho antes de las seis. Tres estudiantes de último año se disponen a salir a jugar fútbol. Pero algo los detiene. De lejos se escuchan los gritos de una mujer. Vienen de la parte trasera del colegio. Ellos no saben si correr hacia ahí o sólo quedarse en su lugar y esperar. Nunca antes habían escuchado algo así. Parece desgarrador, desconsolador. Uno de ellos, Javier, corre, y los otros dos, Mauricio y Gabriel, van detrás de él. No tanto porque quieran hacer algo, sino porque no desean quedarse a solas, no se llevan tan bien como parece. Además, Gabriel piensa que si corre así al menos calentará un poco antes del partido.

Javier llega primero y lo ve todo. Pero se detiene.

Cuando Gabriel y Mauricio lo alcanzan y ven aquello que tiene frente a ellos, no lo pueden creer. Es una mujer. No la habían visto antes. No es mucho mayor que la profesora que les enseña química. Es decir, tendrá, en el mejor de los casos, 33 años. Es delgada, con el cabello negro y corto. Pero lleva un vestido de flores que ahora está recogido hasta el pecho. Su ropa interior no está a la vista.

La ven desnuda y la ven llorar.

No saben si acercarse o cerrar los ojos.

Mauricio grita un nombre. Corre hacia el patio gritando ese mismo nombre.

‒Mario… Mario… ¡Mario!

Mario es el nombre del hombre que hace la seguridad en el colegio. No es un tipo muy inteligente. Apenas sabe leer y escribir. Su madre lo abandonó cuando tenía nueve años y desde ese momento se crió con su tío. Hasta hace un año vivía en Guayabamba. Pero ahora vive en el Sur de Quito.

Para llegar al colegio toma la Ecovía y luego el Trolebús. Tarda una hora en llegar. Por las tardes, a las cuatro, ya debe empezar a guardar sus cosas para ir al colegio nocturno donde estudia y al que siente que no regresará más, pero siempre vuelve. No ha podido encontrar otro trabajo.

Detesta estar con chicos. Los odia. Odia sus burlas y sus travesuras y la ropa que llevan puesta. Los odia porque ellos tienen lo que él no.

Pero Mauricio no encuentra a Mario ni siquiera en los baños. No sabe dónde pudo haberse metido. Él nunca está muy lejos. Siempre aparece cuando lo llaman. Aparece de mal genio, pero aparece.

Entonces Mauricio escucha cómo lo llaman sus amigos.

Cuando regresa ve la forma en que Gabriel trata de levantar a esa mujer, pero ella no puede. Intenta cubrirse el cuerpo de nuevo, pero el vestido está tan roto que es imposible. En un acto repentino Javier saca una camiseta de su mochila y le dice que se la ponga. Ella toma con fuerza esa prenda y se la pone encima.

Por unos instantes, ellos alcanzan a ver que sus ojos están rojos y que uno de ellos parece haber sido golpeado.

Gabriel dice que irá a buscar a alguien.

Corre hacia donde está la Dirección pero la puerta de ingreso está cerrada. Va hacia la Sala de Reuniones de los profesores y encuentra la puerta abierta, pero dentro no hay nadie.

Grita y pregunta, repite nombres, pero nadie responde.

Así que sale del colegio. Hay personas caminando y no sabe si decirles que lo ayuden. Al final no les dice nada. Cruza la calle y entra a la tienda. Lo conocen y sin pensarlo mucho les cuenta lo que pasó. Les cuenta de la chica y de sus golpes. El hombre que la atiende empalidece y le dice que irá con él. Deja a su hijo que ha escuchado todo en la tienda y le dice que cuando llegue su mamá le diga que vaya inmediatamente al colegio. Es urgente.

El hombre corre por el camino que le indica Gabriel. Es la primera vez que ese hombre entra a ese colegio y mientras corre se fija en los edificios, en el suelo, en las ventanas de los cursos y piensa, por un segundo, “ojalá mi hijo algún día pueda estudiar aquí. Debe ser chévere”.

Pero cuando mira a la mujer que ahora está sentada y apoyada contra la pared, todos sus deseos desaparecen. Se esfuman.

No, mejor no. Mejor que su hijo se mantenga alejado de todo eso.

Cuando esa mujer logra decir su nombre, ellos ya la llevan cargada hasta la Sala de Profesores. Gabriel les dijo que ahí no había nadie. Javier llama por su celular al 911 pero nadie contesta y luego en la segunda llamada una mujer le contesta y le pide más datos de los que él es incapaz de dar. El hombre le arrebata el celular y habla a gritos con la operadora y le explica con lujo de detalle lo que ha sucedido y dice, por primera vez: “la violaron, señorita”. Ambas mujeres, al mismo tiempo, sienten que algo se quiebra dentro de ellas. Ambas dicen “Sí”. La operadora le da indicaciones y le dice que ya enviará una ambulancia. La mujer rompe de nuevo a llorar, mientras repite: “yo no quería, yo no quería”.

Cuando la ambulancia llega al colegio, los profesores han llegado hace mucho a la sala. Han alejado a Gabriel y a Javier del lugar; Mauricio salió sin que nadie le dijera nada. Él no quiere tener problemas. Si su madre se entera nunca más lo dejarán ir a jugar fútbol después del colegio.

Se mantiene alejado y cuando ve a sus amigos acercarse hacia él, hace como si estuviera mandando mensajes de texto a su novia.

Ellos no le dicen nada.

Dos días después Mario aún no da señales de vida por el colegio, pero saben que él no fue. La mujer contó todo cuando se recuperó de las inyecciones que le pusieron. Les dijo que ella no conocía a Mario. Que ella sólo fue al colegio porque le habían dicho que necesitaban una profesora de lenguaje.

Se quedó a esperar y apareció un hombre. Dijo que también iba por el trabajo. La invitó a fumar un cigarrillo y ella aceptó.

Pero como nadie venía a verlos fueron caminando hasta los baños. Él le dijo que lo esperara y ella aceptó. Pero cuando ella estaba distraída viendo su bolso, sintió un golpe en la cabeza. El hombre la metió al baño tapándole la boca. Ella dice que nadie la escuchó porque se asustó y no pudo gritar. Tuvo miedo. Dice que el hombre le dijo al oído que no hiciera nada. Eso fue lo peor. Porque cuando escuchó su voz tan cerca, su cuerpo le falló y se orinó encima.

El hombre la pateó, la insultó y la desvistió, rasgando su vestido. Ella dijo que la violó. No la penetró, pero le metió los dedos. La besó a la fuerza y le estrujó los senos con violencia. Ahora los tiene amoratados.

La volvió a patear y quiso desnudarse para ponerse sobre ella, pero ésta le mordió el cuello. El hombre, según ella, gritó, se la quitó de encima y volvió a tocarla. La movió y ella sintió que se orinaba de nuevo. Fue entonces cuando sintió que el hombre se había detenido. Estuvo así, con los ojos cerrados mucho tiempo, cuando los abrió estaba sola. Y casi desnuda.

Se sintió mareada y quiso vomitar, pero no pudo.

Recordó que no había comido nada desde el desayuno.

Intentó ponerse de pie. Salió dando pequeños pasos afuera del baño y al final sus piernas le fallaron y su cuerpo la venció.

Se cayó.

Arrastrándose poco a poco llegó hasta el lugar donde los chicos la habían encontrado.

Eso es todo lo que había pasado. Es todo lo que recuerda.

Ojalá pudiera decir cómo era aquel hombre, pero la verdad sólo sabía que era rubio y no tan delgado, y que sus dientes estaban amarillos.

Mario tenía el cabello negro. Eso era lo único que les interesaba a los directores del colegio. Con sólo ese dato ellos quedaron libres de toda culpa.

Los profesores pusieron una cuota y pagaron el hospital.

La mujer dijo que vivía sola en el centro de la ciudad. Y que sus padres eran de Bolivia. Ella había llegado ahí para realizar una maestría y se quedó porque le gustaba la ciudad, además quería intentar tener una nueva vida.

Les dijo que estaría bien.

‒Sólo necesito descansar. Olvidar.

Unos pocos días después, cuando Gabriel se armó de valor para ir a visitarla, se encontró con que ella ya no estaba ahí. Una de las enfermeras le dijo que se había marchado una mañana y no había dejado ninguna dirección donde poder encontrarla.

Pero antes de que Gabriel se fuera la enfermera le dijo:

‒No te preocupes, cuando se fue se veía tranquila. La ropa que le trajeron las profesoras le quedaba bien. Dijo que quizás regresaría a su casa. Pero no dijo nada más, lo siento.

Imagen tomada de Swagger

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Escrito por:paginasalmon

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