Introducción

Si Xavier Villaurrutia fuera nuestro contemporáneo, así sin mayúsculas, probablemente hoy no publicaríamos este texto suyo sobre López Velarde. Ahora que lo releo, tras meses de haberme tropezado con él, lo encuentro compendioso, pero apenas propositivo: la crítica ha ignorado, nos dice, las referencias velardianas al olfato y luego ‘comprueba’ la pertinencia del estudio con una lista de extractos de la obra de Ramón. Leo, releo y transcribo; después pregunto: ¿y qué, Xavier, a quién le importa que a López Velarde le haya gustado andar metiendo la nariz por ahí?

Tal vez una pregunta así moleste a quienes crean que el tiempo es una categoría jerárquica, y no simplemente cronológica, o a quienes, con un poco más de razón, defiendan el derecho de Villaurrutia a ocuparse de lo que más le apeteciera; a ellos les respondo con nuestro presente. Este mundo no necesita, tampoco necesitaba el de 1949, el juego aristocrático de apuntar peculiaridades temáticas de un texto u otro; necesita a quienes ocupen esos textos para leer críticamente la realidad. Alguna vez escuché a Manuel del Callejo burlarse de quienes se dedican la vida entera a dilucidar, sólo porque sí, el asunto de si don Quijote está o no loco ‒la fórmula ‘discusión bizantina’ asomó en algún momento‒: antes, cuando no me urgía la realidad, estuve en desacuerdo; hoy no.

En una charla televisiva con Borges, Juan José Arreola declaró que él no leía una página que no le aportara algo. Después de pensármelo unos meses entendí la razón de estas palabras: escribimos y leemos para vivir, no al revés. No es suficiente tomar un asunto cualquiera y tratarlo literariamente (en el peor sentido de la palabra literatura, la que le dio Valéry en su “Art poétique”: embriagante palabrería) para justificar las páginas y el tiempo invertidos en ese afán. Aún si escribimos un comentario sobre una obra ajena, algo debe latir en el fondo de las palabras: un reclamo, una pregunta, acaso una idea. No llamo al compromiso político de los textos; me interesa el rigor sincerista de no escribir si no tenemos nada importante que decir.

Cuando consentimos, de Villaurrutia o cualquier otro, una página que no rebase el dato curioso, el señalamiento insustancial, consentimos el envilecimiento de nuestro único instrumento realmente revolucionario: la palabra. A López Velarde le gustaba oler la vida, Xavier, de acuerdo, pero ¿qué significa eso? ¿Es un esfuerzo por reivindicar el cuerpo en un país preocupado por todo menos por la integridad material, o una forma de combatir el enajenamiento sensorial? Pero más importante, Xavier, ¿qué nos dice eso a ti y a nosotros?, ¿qué justifica hablar de un asunto como éste o cualquier otro, incluso de algunos que parecieran no necesitar justificación, como la libertad o la justicia? No niego la importancia de hablar sobre la locura de don Quijote o la nariz de López Velarde; exijo a quienes lo hagan que no lo hagan sólo porque sí. Ahora, que se acercan peligrosamente los centenarios de publicación de Zozobra y la muerte de Ramón López Velarde, debemos, como nunca, tener esto en la cabeza.

Si Xavier Villaurrutia fuera nuestro contemporáneo, así sin mayúsculas, probablemente hoy no publicaríamos este texto suyo sobre López Velarde. ¿Por qué, entonces, lo hacemos? Por tres razones. Una, la menos importante, porque hoy cumple 96 años de muerto Ramón López Velarde. Dos, un asunto textual de relieve menor, porque hemos advertido que este artículo no está coleccionado en las Obras de Villaurrutia, publicadas por el Fondo, y tal vez a algún apasionado de cualquiera de estos dos poetas le interese revisar estas páginas, un tanto inaccesibles. Tres, la única que debería importar, porque queremos reclamar, desde ahora, la atención de los críticos que se alistan para llevar sus ofrendas al altar de López Velarde en 1919 y 1921, porque queremos reclamar la atención de todos los que toman la palabra sólo porque sí, en este o en cualquier asunto: señoras, señores, no dilatemos el número de páginas inútiles, aunque así lo ordene el Conacyt.

Pedro Derrant

“Un sentido de Ramón López Velarde”

Después de la publicación de un estudio, “La poesía de Ramón López Velarde” en mi libro Textos y pretextos, y al frente de tres ediciones de Poesías escogidas, me había propuesto no escribir más sobre la poesía de Ramón López Velarde. Quería dejar a los lectores el placer de nuevos, sorprendentes descubrimientos, y a los críticos el orgullo de compartirlo con el público. Pero ciertas incomprensiones recientes y una mezquina tendencia a volver a considerar al autor de Zozobra como un simple poeta provinciano, cuando no como un provinciano simple, y a reducirlo a una dimensión que, a mi parecer, debió haber quedado para siempre fuera de toda crítica seria, me invitan a volver a detenerme, un instante siquiera, a escoger un aspecto, un solo aspecto más de su obra, a fin de destacar otra de las numerosas aristas de su espíritu.

En el segundo poema de La sangre devota, en cuatro versos encerrados en la cárcel de los paréntesis, y en un a modo de sincero e ingenuo “aparte”, Ramón López Velarde hace una declaración, una confesión, distinguiendo dos épocas de su vida:

(En abono de mi sinceridad
séame permitido un alegato:
entonces era yo seminarista
sin Baudelaire, sin rima y sin olfato.)

En el último verso y, más concretamente, al detenerse en la palabra “olfato”, un comentarista de López Velarde ha creído pertinente no reconocer a esta palabra su pleno significado: “Olfato, uno de los sentidos”, sino, caprichosamente, y quitándole, porque sí, el sentido, reducirla a un sinónimo de “malicia”. Me parece que la falta de malicia, de olfato, de “sagacidad para descubrir o entender lo que está disimulado o encubierto”, está, en este caso, en quien no parece haber aspirado, respirado, olido los perfumes, fragancias, olores y hálitos –como el propio poeta se complace en llamarlos- que con una gran frecuencia se desprenden –emanan, me atrevería a decir- de los poemas de López Velarde.

En el poema ya mencionado, en la estrofa anterior a la que he citado, aparece la primera expresión de una sensación olfativa en la poesía del autor de La sangre devota:

Del rebozo en la seda me anegaba
con fe, como en un golfo intenso y puro,
a oler abiertas rosas del presente
y herméticos botones del futuro.

Y en el mismo poema e inmediatamente después, confirmando el ejercicio del refinado sentido del olfato, Ramón López Velarde interroga:

¿Guardas, flor del terruño, aquel rebozo
de maleza y de nieve,
en cuya seda me adormí, aspirando
la quintaesencia de tu espalda leve?

De aquí en adelante, y una vez que López Velarde ha expresado que se anega y adormece en los olores –como Baudelaire lo hacía muy personalmente en los sonidos- como en un golfo intenso, las expresiones en que el sentido del olfato se muestra alerta y despierto, así sea para embriagar, son numerosas y significativas.

Las sensaciones olfativas del autor de Zozobra se refieren sobre todo a la mujer y a la tierra. El poeta confiesa su bienestar en la cercanía de los hombros y al aspirar la fragancia de los brazos de una mujer:

Yo, sintiéndome bien en la aromática
vecindad de tus hombros y en la limpia
fragancia de tus brazos…

En “A la gracia primitiva de las aldeanas” la mujer y la tierra se funden cuando compara a las muchachas de provincia:

… jarras cuyas paredes olorosas
dan al agua frescura campesina…

Y el poeta mismo, en el poema “Tierra mojada”, que es toda una emanación fragante, reconoce estar hecho de barro, justamente por el olor que se desprende de la tierra:

Tierra mojada de las tardes líquidas…
(…)
Tierra mojada de las tardes olfativas…
(…)
Tierra mojada, de hálitos labriegos,
en la cual reconozco estar hecho de barro…

Otras veces, las sensaciones olfativas se mezclan naturalmente con las sensaciones del gusto, del sabor:

… el denso
vapor estimulante de la sopa…

… absorto en el perfume de hogareños panqués…

… porque oléis al opíparo destino
y al exaltado fuero
de los calabazates…

Las arcas se conservan olorosas
a las frutas guardadas…

Gemirán las cocinas en que antes
las Mireyas criollas fueron una
bandeja de pozuelos humeantes.
(…)
Morir al fuego, si olían tan bien…

Expresiones a las que hay que añadir la que ha quedado grabada en la memoria de los devotos de Ramón López Velarde:

… en calles como espejos, se vacía
el santo olor de la panadería.

La mujer emana en los poemas de López Velarde

… un perfume amistoso en el umbral del alma…

o bien, en poética correspondencia con otros sentidos, el oído o el gusto:

… la cadencia balsámica
que eres tú misma, incienso y voz de armónium…

… y te respiro como a un ambiente
frutal; como en la fiesta
del Corpus respiraba hasta embriagarme
la fruta del mercado de mi tierra.

Las pobres desterradas
de Morelia y Toluca, de Durango y San Luis,
aroman la Metrópoli como granos de anís.

Y en el poema “En las tinieblas húmedas”, al sentir frente a una mujer la simultánea ambivalente reacción de una pena y un goce:

… trasciendes a candor como un lino
recién lavado, y hueles, como él, a cosa casta…

La dualidad espiritual del autor de Zozobra, la oscilación de su espíritu en un compás binario, se expresa también con relación a sus sensaciones olfativas:

… y mi balanza
vuelva rauda con el beleño
de las esencias del rosal…

… cual un aroma dúplice, tu ternura naciente
y tu catolicismo milenario…

Y su pasión amorosa, relacionada con la pasión de Cristo lo hace decir:

La corona de espinas,
llevándola por ti, en suave rosa
que perfuma la frente del Amado.

Y aún pide a Fuensanta que, para perfumarlo, pise su corazón:

Y así te imploro, Fuensanta, que mi corazón camines
para que tus pies aromen la pecaminosa entraña…

El aliento de una mujer es, para Ramón López Velarde, una respiración azul:

… y si tirito dejas que me arrope
en tu respiración azul de incienso…

mientras que un hábito verde es para él una “respiración de dragón”. La tierra es “olorosa” o “aromosa”; y los lirios y los significativos azahares, junto con las rosas y las violetas “misántropas” o “pudibundas” exhalan sus particulares fragancias en sus poemas, en los que del mismo Valle de México se desprende un olor:

… y el altar que huele a lirios…

Esparcirán sus olores
las pudibundas violetas…

… la alternada queja
de las palomas, y el olor del valle.

Me deleita de lejos la fragancia
que de noche se exhala de tus tiestos…

Esta manera de esparcir su aroma
de azahar silencioso en mi tiniebla…
(…)
cuyas rosas adultas embalsaman
la cabecera de un convaleciente…

… aspirar los naranjos
de elección, que florecen
en tu atrio, con una
nieve nupcial…

… como el olor que da tu mejor flor.

… que mandaba su canto hasta las calles
envueltas en perfume vegetal.

… al azahar que embriaga…

Expresiones de sensaciones olfativas que culminan en un dístico que hace pensar –una vez más- en ciertas expresiones de Baudelaire:

En su cráneo vacío y aromático
trae la esencia de un eterno viático.

“Acólito del alcanfor”, Ramón López Velarde, cuya niñez está, según confesión propia, “toda olorosa a sacristía”, en uno de sus más bellos poemas, “Humildemente”, al paso del Santísimo, siente que todos los sentidos pierden su eficacia para dejar que el del olfato goce la perfumada presencia:

Te conozco, Señor,
aunque viajas de incógnito,
y a tu paso de aromas
me quedo sordomudo,
paralítico y ciego,
por gozar tu balsámica presencia.

No pretendo haber recogido todas las expresiones poéticas de sensaciones relativas al olfato en la poesía de López Velarde. Aún he guardado algunas de mis anotaciones y no me he referido a las que es fácil encontrar en su prosa. Tampoco afirmo que las sensaciones olfativas sean las únicas, ni siquiera las dominantes en su obra poética, pero sí me parecen significativas.

Con los sentidos abiertos, el poeta logra asir, aprehender lo que, para el que no tiene el don de la poesía, es inasible, y descubrir lo encubierto y sacar a la luz lo oculto. Con el ejercicio refinado del refinado sentido del olfato, Ramón López Velarde nos hace, a través de sus expresiones poéticas, aspirar, respirar, oler perfumes y fragancias que de otro modo pasarían inadvertidos.

Publicaciones anteriores:

Villaurrutia, Xavier. “Un sentido de Ramón López Velarde”, en México en el arte, número 7, primavera de 1949.
—-. “Un sentido de Ramón López Velarde”, en Calendario de Ramón López Velarde, número 8, agosto de 1971.
—-. “Un sentido de Ramón López Velarde”, en López Velarde, Ramón. Obra poética. Edición de José Luis Martínez. México:ALLCA XX (Colección Archivos, 36), 1998.
—-. “Un sentido de Ramón López Velarde” [fragmento], en El Universal, martes 19 de junio de 2001.
—-. “Un sentido de Ramón López Velarde”, en Ramón López Velarde visto por los Contemporáneos. Compilación de Marco Antonio Campos. México: Gobierno del Estado de Zacatecas, 2008.

Imagen tomada de Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Posted by:paginasalmon

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