El celebrado columnista se inquietaba. En su escritorio, junto al Premio Nacional de Periodismo (el suyo, no el de cualquiera), se mezclaban las páginas de los cuatro o cinco periódicos que hacían de sus diarios de confianza (no se veían La Jornada ni la revistucha esa, Proceso, porque “pinche periodismo militante”, le decía a quien quisiera oírlo). Las veía y no podía con ellas.

Era semana de encuestas y los números no pintaban bien (“el populismo se adelanta y amenaza con destruir el progreso de México, al México que se moderniza y se mueve gracias al esfuerzo del Presidente”, apunte para la columna del próximo domingo). Aun en las encuestas de los cuates, ésas que suman o restan según quien las pague (y siempre pagan mejor sus cuates), la maestrita se les iba de las manos donde menos convenía. Y todo eso lo confirmaban los números que, sin falta, cada semana, le enviaban desde la oficina del Secretario (cuatísimo) en un discreto sobre amarillo y con un discreto repartidor.

Él y otros columnistas (celebrados, por supuesto, pero nunca como él) llevaban semanas dedicados a ensayar una estrategia tras otra, y ninguna había funcionado (todavía).

Mientras algunos preferían el golpeteo mesurado o las comparaciones con el nuevo villano favorito (“_____, el Trump mexicano” o “_____, el nuevo Kim Yong-Un [sic]”, por ejemplo), él, que de vez en cuando optaba por las anteriores, siempre volvía a su probada fórmula: la del contraste y la madriza (a pluma) sanguinaria. Y su técnica más efectiva era la siguiente: si el candidato (casualmente, nunca en la lista de sus cuates) “investigado” por su línea editorial prometía bajar el crimen, él, el celebrado columnista, mandaba a hacer notas y pedía datos que mostraran lo contrario: para este caso, cómo cuando la maestrita había sido alcaldesa de _______ la delincuencia se había disparado en el municipio; y si no había tales datos (el celebrado columnista siempre buscaba la verdad en los números oficiales y en los boletines de gobierno de los cuates) o nadie daba con ellos o no le daban la razón, allá iba uno de sus reporteros industriosos a buscar un caso de la vida real digno de contarse.

“¡A Juanita la violaron y a la maestra le valió madre!” era una de las cabezas que ya tenía preparadas para alguna o algunas de sus columnas (había posibilidad de que la investigación aguantase para varias) previas a la elección; sólo le faltaba encontrar una juanita, una juanita violada y una juanita violada en el municipio de _______. Cosa de tiempo y maña para uno de sus reporteros estrella. Y es que el caso, pensaba el celebrado columnista, lo tenía todo para pegar “fuerte y con todo”: una mujer violada (tan de moda el tema), pero no muerta (es decir, que podía hablar y culpar y señalar), y, por si fuera poco, pobre y a quien podrían “sugerírsele” palabras o parafraseársele sin el peligro de que pudiera reclamar algo. En una de esas, pensaba también el celebrado columnista, hasta los progres y los chairos (tan iguales los unos y los otros), que tanto defienden a la maestrita, podrían abandonarla al ver a la pobre y lacrimosa y violada Juanita. Pobre mujer, se lamentaba el celebrado columnista, y quizá hasta compartía su dolor y quizá hasta podría compartirlo al aire en alguno de sus programas de radio o televisión. Ya se veía tomando a cuadro la mano oscura de Juanita hecha un mar de lágrimas y un pantano de mocos.

Y, sin embargo, aun con esa “bomba” casi lista para lanzarse, el celebrado columnista se angustiaba. Se preocupaba por él y su familia, y se preocupaba por su empresa, su pequeño imperio, le gustaba decirse; pero, sobre todo, se preocupaba por el futuro del país. ¿Qué iba a ser de México si caía en manos del populismo?, ¿cómo iba a ser esta segunda Venezuela?, ¿quién iba a exponer la mentira del Mesías?, ¿quién lo iba a desenmascarar sino él y el periodismo serio que practicaban él y otros columnistas cuates de sus cuates?

Imagen tomada de Pinterest

Posted by:paginasalmon

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