No le des la mano a un vendedor

“Creo que vas bien, tienes que soltarte más al hablar, no ser tan tímido y vender lo más que puedas. Ayúdanos con esta tira de cupones que falta.” Ésa fue la respuesta que me dio aquel judío que guiaba las ventas de puerta en puerta, respecto a mi desempeño de la primera semana de trabajo. No recuerdo el nombre de quien fue mi primer jefe directo, pues ha sido una de las personas más nefastas con las que he tenido que trabajar. “Recuerda que si no quieren comprar hazlos sentir mal: o sea, que no te nieguen la venta, sino al revés; tú niégales la venta a ellos”.

Si algo aprendí de él es la siguiente regla: no le des la mano a un vendedor.

Cuando la racha del día era mala, mi jefe entraba en desesperación y, antes de tocar la siguiente puerta, hacía su ritual de la suerte: se metía discretamente la mano en su sexo, la restregaba y, acto seguido, tocaba la siguiente puerta y saludaba de mano al nuevo prospecto. Era una práctica común y admito que, con el fin de encajar, nos veíamos “obligados” a hacerlo. Ya saben: esa presión de formar parte de la manada.

Era joven y nuevo en la ciudad; tenía apenas 18 años y los panfletos pegados en las casetas de teléfono que decían “gana dos mil pesos semanales” eran demasiados llamativos e idílicos. Éramos una bola de fracasados: un güero que sólo tenía la tez de su piel a su favor, pues era un bueno para nada; una joven madre soltera, amante del jefe, que por un litro de leche en polvo entregaba su carne; había un transgénero que, para mi sorpresa, siempre rompía corazones entre los viejos borrachos de la calle; también contábamos con un regordete de tez morena que a toda hora estaba en busca de flores o tallos que pudiera fumar durante el trabajo; y por último estaba yo, el provinciano y más joven del equipo.

Algo que recuerdo con mucha nostalgia de aquellos días era la hora de la comida. Al llegar a la zona donde nos tocaba trabajar identificábamos el mercado de la colonia y ése era el punto de encuentro a las tres de la tarde. Todos cooperábamos alrededor de diez o quince pesos para comprar un kilo de tortilla, chicharrón, un par de aguacates, salsa y un refresco de tres litros más vasos, nos sentábamos en la banqueta o en un parque cercano y comíamos mientras platicábamos nuestras experiencias diarias. En verdad era el momento más esperado del día, pues nos recuperaba de los pies hinchados, las nucas quemadas y los abundantes ‘no’ que recibíamos.

La colonia Agrícola Oriental es una zona sucia, de barrio y pocos lujos. La gente siempre nos decía que anduviéramos con cuidado porque la delincuencia era el pan de cada día. Una tarde se fue la luz y nos faltaba poco más de una hora para acabar la jornada: caminamos entre calles con baches, cables de luz holgados y miradas de amenaza territorial. Con el tiempo he confirmado que si la banda te ve trabajar no jode tu camino, pues pocos son los que se adentran a visitar a aquellas almas sucias y olvidadas.

Por fin llegó el día de pago. El dueño de aquella empresa irregular nos pasaba de uno en uno: tenía una tabla de control y anotaba las ventas hechas en la semana, volvía a explicar las reglas del juego, veinte pesos por cuponera vendida, los cortes se hacen los lunes y le damos a cuello a quien no supere la meta pasada. Increíblemente sí había gente que compraba cupones de descuento para el cine, independientemente de que tuvieran la leyenda de ‘cortesía’ o ‘o no apto para la venta’.

Más temprano que tarde me retiré del negocio: era humillante no ganar ni un cuarto de lo prometido en los panfletos, además de estar controlado y no poder crear una ruta de venta propia. Detestaba la odiosa práctica diaria de simular la venta entre nosotros para foguearnos, pues era un ejercicio tonto, ficticio y una perdida de tiempo. Iniciábamos con un ‘luces, cámara, acción’ y procedíamos a dar todo el discurso lava cerebros: ‘buen día, ¿le gusta el cine?’, ‘buen día, estamos ofreciendo una super promoción’, ‘con esta cuponera se está ahorrando más de quinientos pesos en idas al cine’; simulábamos la fortuna de encontrarnos a los padres junto a sus hijos y nos dirigíamos al más pequeño, ‘¿ya viste la nueva película de superhéroes?’. Al final de la ridícula práctica siempre ‘comprábamos’ el producto, guardábamos nuestro material y partíamos a campo.

Claro está, en el campo todo resultaba diferente.

Relaciones comerciales

Sería una mentira decir que no gasto en cosas, pero siempre he preferido consumir experiencias. Esto me recuerda a la Srta. L., quien, atenta a mis intenciones y pasos curiosos, me ofreció peyote, hongos y otras hierbas desconocidas, por ahí en el mercado de Sonora. También podría mencionar a mi tocayo, que ofrecía el servicio de guía, humildemente no espiritual, para consumir la amarga mezcalina natural en lo más profundo del páramo. O a la viejita que atendía una tiendita a tres cuadras de mi viejo hogar, cuyo único seguro era un barandal de madera, un negocio de cigarros mini de dos pesos, ideales para el frío de la ‘ciudad’, y algunas piezas de pan.

Amigos comerciantes, ¿nunca les sucedió terminar comprando en lugar de vender?

Me encontraba en la carretera, era la hora del alba y no sabía qué camino tomar. A lo lejos se veía una gasolinera y una intersección de caminos. Decidí ir para allá. Al llegar, me percaté de que ni siquiera el despachador de gasolina estaba, tal vez porque se hallaba en el baño, eso no lo sabía. Así que caminé un poco más, optando por la carretera perpendicular a la de mi camino. Ahí fue donde conocí a Don R., le di los buenos días y le pregunté por la localidad que buscaba, la famosa capital del mezcal. Él, gustoso de saber mi destino, adivinó mi motivo y me guio. Paramos una camioneta que por veinte pesos nos llevó y, en el transcurso del camino, Don R. ofreció su servicio de auténtico barón del aguardiente.

Mi viaje era de negocios y fanfarroneando le dije que buscaba mezcal del bueno, del que sí se pudiera tomar. Aprovechando los pocos conocimientos que tenía de la zona intenté convencerlo de que no me diera de esa asquerosidad que le ofrecen al turista y lo animaba a darme del bueno, de ese que hace sudar el alma, la razón y la intuición. Al llegar a la capital de aquella bebida me guio a su casa con paso lento.

Llegamos a su humilde casa, él se metió a lo lejos a hacer no sé qué mientras su esposa me atendía jovialmente con un pan de yema y un chocolate caliente. Por esos momentos son por los cuales no me arrepiento de haberme dedicado a las relaciones comerciales: la práctica, aquella práctica, resultaba incomparable, no susceptible a la venta y jamás teorizada. Uno tenía que ir; ellos no te tenían que buscar.

Después de un desayuno y una plática, regresaba con dos garrafas de diez litros de mezcal y otra pequeña de cinco litros de uno joven, con sal de gusano y gusanos de maguey, los cuales costaban un peso la unidad.

El culto a la basura

Siempre he odiado los basureros, pero paradójicamente me resultan hipnotizantes: lugares de profunda reflexión. Vivía a pocas cuadras del Tíboli, el basurero de mi lugar de nacimiento, e ir a tirar la basura todos los domingos era la tarea obligada que tenía que realizar. Ese olor peculiar que penetra las fosas nasales, que hace chillar los ojos, y el polvo de la basura picada, que abruma al cuerpo, aún me causan total repugnancia; sin embargo, agradezco ser yo quien pueda dar voz a la siguiente meditación, pues era necesario vivir tal escenario para comprender.

Es ahí donde veo a los señores con uniforme naranja que ávidamente te ‘ayudan’ a tirar tu basura, cuando después ves a lo lejos que, antes de tirarla, primero pasan por un proceso de minuciosa inspección para saber qué puede ser rescatado. Abren la bolsa, rescatan un suéter con agujeros, una muñeca sucia y despeinada, un par de chanclas y alguna botella de perfume, lo demás se tira con el mayor desprecio al camión que poco a poco se va llenando de todo aquello que alguna vez fue susceptible a la venta. Dos cuadras a lado de aquel basurero están los negocios de venta de ropa usada, tecnología casi obsoleta y demás desperdicios superados por el tiempo y la moda.

Nos encanta comprar basura: basura nueva, basura sucia, basura nostálgica, basura cultural, basura intelectual, basura atemporal, basura internacional. No basta con la sobreproducción de cada día sino también hay que lidiar con el valor agregado del pasado: ‘esta lámpara es antiquísima’, ‘este libro ya no lo encuentras’, ‘esta botella de perfume es original’, ‘estos juguetes son de nuestra infancia’, etcétera. El comercio de la basura, la amada basura.

Sentado frente al televisor, veo los programas de la cultura de la basura: la reventa, casas de empeño, visita a bodegas de acumuladores, la compra de contenedores olvidados (perverso adoctrinamiento). Salgo a caminar, paso por un tianguis y se repite el escenario del ‘basurero comercial’ y ahora con mayor oferta/demanda por la moda, no aprendida sino imitada de la cultura de la basura. Intento despejarme, camino por la calle de Donceles y soy víctima de la curiosidad, entro a una tienda de libros viejos, preguntó por algún clásico y resulta que nuevo está a mejor precio, con mayor contenido y empaquetado.

Es hora de hacer el mandado, entro al supermercado, camino por los pasillos y sólo veo cajas rojas, envolturas amarillas, diez tipos de detergente con sus respectivas presentaciones: de bolsillo, chica, mediana y grande. La carne empaquetada en unicel y plástico. Los juguetes con triple empaque: una caja, un recubrimiento y una envoltura, algunos hasta traen pequeñas bolitas de unicel con el fin de proteger al producto. En resumen, veo un supermercado de basura, y enfatizo mi desagrado.

Vivimos en la era del comercio con la basura, del culto a la basura.

 

Los productos innecesarios

Los productos innecesarios para la vida y sociedad, la creación de ‘necesidades’, la adopción de modas, en fin, los gastos inútiles. Molesto les digo a todos aquellos que viven bajo preocupaciones ficticias, en especial a los de mi especie, los comerciantes que tontos e ilusos son víctimas de lo que supuestamente han estudiado, ‘no pasa nada si no compramos lo innecesario, al contrario, perfeccionaríamos al mercado’.

Gel, shampoo, maquillaje, ‘comida’ chatarra, deliciosa y efervescente agua negra, zapatos por color y ocasión, ropa para demostrar intelecto y poder, plumas con una misma finalidad, pero diferente precio, bolso para los bolsos, libros de superación personal escritos por mequetrefes, religión, estatuillas, estampitas y demás cosas que seguro al escribir estas palabras vendrán a mi mente. Nada de eso es necesario para vivir, para ser, para aprender.

¿En qué momento se ha olvidado que el comercio, al igual que todas las disciplinas tiene como fin la perfección social y no lo contrario, su inutilización? Todo está orientado al confort, a la excitación máxima, el placer continuo y la automentira. Somos víctimas de la fantasía proyectada, de lo que el mercado espera que seamos para ellos: alguien a la moda, por ridículo que se vea o sienta, por enfermo que tenga que estar y a pesar de las deudas que deba adquirir.

No quiero cumplir mi deseo sino comprar más y más. No hace falta más basura, al contrario, hace falta mayor precaución, un mercado orientado a la evolución y no al terrible sentimiento de satisfacción material. ¿Dónde quedaron nuestras ganas de ser más? ¿En qué momento aspiramos sólo a ser idénticos a aquel? ¿Por qué se confunde tener con ser?

Fabricando comerciantes, dignificando comerciantes

Nosotros los comerciantes, bajo el falso título de creativos, somos los culpables. La raíz de este preocupante problema es la forma de enseñar el comercio. Todos, absolutamente todos, tienen la misma base, los mismos libros que por más de 50 años no se han cambiado sino actualizado. Apellidos como Kotler, Ford, Kleppner o Fischer son citados y recitados, y una nueva teoría o crítica al funcionamiento mercadológico es casi nula.

Dichos autores sólo se preocupan por la enseñanza técnica del engranaje comercial, fórmulas, técnicas de venta y de convencimiento, manuales de relaciones y comunicación. Lo único novedoso es el uso de las nuevas tecnologías que permiten entrometerse en la vida privada de todo usuario o prospecto en cualquier lugar y hora, que ya han sido acaparadas no por autores sino por corporaciones que enseñan a usarla.

En pocas palabras, la teoría sigue siendo la misma, teoría que ha generado el culto a la basura, los productos innecesarios, la intromisión de las marcas en tu privacidad y en su conjunto, la segregación de aquel que no forma parte de.

¿Dónde quedó la enseñanza de la historia del comerciante? ¿Existe la filosofía comercial? ¿Qué papel juega la economía y sociología? La literatura que rodea al comerciante es inútil, basura, remitiéndose a discursos similares a los de superación personal. Los únicos consejos que se dan son ser culto y saber qué le gusta a tu prospecto para saber cómo abordarlo, pero son pocos los docentes que recomiendan un camino para conseguirlos.

Propondría lecturas como Comercio en las llanuras de Josiah Gregg, Gog y El libro negro de Giovanni Papini, Una plaga de orugas de Nigel Barley, Viajes con Heródoto de Ryszard Kapuściński, De la tierra a la luna de Julio Verne o Empresarios oprimidos de Gabriel Zaid. Cualquier libro que forme un carácter, que enseñe sobre la vida y evidencie curiosidades comerciales que dignifiquen la profesión para quien la ejerza.

Propondría un viaje obligado en soledad para ver y vivir la realidad económica de un determinado lugar, estudiar las diferencias de las costumbres comerciales, la diversidad de productos que abundan en nuestra nación o mundo, el carisma y genialidad de los vendedores perdidos en las calles y las estafas, vicios o grandes estrategias de distintas corporaciones públicas o privadas.

Sí, efectivamente un comerciante debe de ser culto, conocer la historia de su profesión, el mecanismo de la economía, el poder de la política, las dimensiones de su nación y su relación con el mundo. Un comerciante jamás debería dejar de estudiar.

Imagen tomada de ShutterStock

Posted by:paginasalmon

One thought on “Crónica y reflexión de un comerciante | Por Pedro Tsamaxan Reyes

  1. Sin duda una visión que se debe de compartir y seguir debatiendo, la venta se ha vuelto una práctica un tanto sucia. ¡A seguirse cultivando! Gracias por la reflexión Pedro.

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