No sabía qué logros, qué burlas, ni siquiera qué
torturas me esperaban aún. Nada sabía, y me mantuve en la fe
de que el tiempo de los milagros crueles no había acabado.

-Stanislaw Lem.

i 

No describiría esto como penumbra o ausencia de brillo. La ceguera es más bien un artefacto repleto de puertas y trampas, creado para dominarse. Nunca habría tocado las aristas sin mi ceguera. Puede ser que hoy me vaya.

—No sé quién es quién en la cárcel —apenas me escucho hablar, como si escondiera las palabras entre mis manos, que a su vez escondo en el delantal—. Sólo conozco los cronómetros. Las caras son un problema.

A los inspectores les ofende eso de “la cárcel”. Éste, que es nuevo, lo oye y resopla más alto que los demás, pero bajo la Política de Clemencia sería ilícito zarandearme o reducir las raciones en mi plato.

—¿Y puede dar el nombre de algún evasor?

—No imaginaba que hubiera evasores. Como mi línea nunca tiene retrasos…

El tipo me pregunta si mis compañeros suelen intercambiar estaciones sin permiso: sí, a veces los oigo hacer planes para quebrar sus horarios de trabajo. Luego, quiere saber si soy ciega desde siempre, cuál es la causa de muerte asentada en mi archivo y en qué fecha se documentó mi reanimación. La toma de testimonio se vuelve un mapeo médico, un juego de socializar. Tener que rumiar las anécdotas propias es el mayor problema de la rotación de personal.

—Váyase, se va a perder el calentamiento —dice, cuando termina de hurgar en mi autobiografía—. No se le olvide pasar a las oficinas, si hay novedades.

De las bocinas empotradas en el techo de la fábrica, brota la grabación que guía los ejercicios matutinos; la música escrupulosa que me hace pensar en un pianista a quien su amo pica con un bastón, para que no pierda el compás. Me uno a la fila de cuerpos que aprietan el paso para llegar a sus home stations. El de atrás me empuja varias veces, intentando hacer el calentamiento mientras camina.

Marco mi entrada a las seis con seis. Unas empleadas se quejan de nuestra peste a pesar del aseo diario. El supervisor cruza el pasillo y, como en cada inicio de turno, nos llama a recitar el método de ensamble: “Terminal. Conector. Empuje. Sienta movimiento. Jale, jale”. Enseguida debemos enunciar el lema corporativo.

“En vida y muerte, produzco”. La consigna, acuñada por un magnate japonés, no es una alabanza al trabajo duro. No representa el canto de un obrero que ama su jornada sobre todas las cosas. Es una verdad simple.

Cuando las líneas entregan una autoparte defectuosa, los jefes envían el producto a reciclaje. No nos sucede gran cosa por ser obreros ineptos, pero de los necios que tratan de saltar la barda externa o se infligen daño físico nadie vuelve a oír. A los japoneses que nos mantienen no les interesa la producción automotriz, sino la corporal.

ii

El fenómeno de la reanimación espontánea se divulgó hace diez años. Parecía que tele, periódicos e internet iban a reventar. Yo tenía dieciséis o diecisiete entonces. Dos de mis tíos habían tenido la idea de pagar mis estudios en un internado de Dublín, y fue por allá que me alcanzaron las noticias. Siete billones de humanos y yo asumimos que el mundo civilizado estaba por acabarse, pero a mí me consolaba sentirme encerrada en un colegio costoso.

El mundo no terminó, según constatamos todos, aunque los muertos siguieron despertando. Presidentes, ministros y autoridades internacionales aparecieron en público con tres sensatos anuncios:

  1. La reanimación no era una epidemia, ni un suceso que afectara a los cadáveres en general, como la cultura popular sugería.
  2. Los gobiernos patrocinarían trabajos exhaustivos de investigación médica, para ofrecer respuestas a la sociedad sobre la reanimación espontánea.
  3. La población no debía sucumbir al pánico, ya que los cuerpos internacionales de seguridad tomarían las medidas necesarias para aislar a los sujetos reanimados, en tanto se cuantificaban los riesgos.

En menos de dos años el escándalo se entibió. Cursaba mi último semestre en la escuela dublinesa y, cierto viernes, mientras cenábamos, una amiga española con quien tomaba cálculo integral me contó una historia que no quise creer. Dijo que sus hermanos habían hecho contacto con un laboratorio japonés que ofrecía medicamentos desarrollados con células y tejidos de cadáveres reanimados. Al parecer estas sustancias, por las que los clientes pagaban cientos de miles de dólares, podían borrar cicatrices, deshacer cualquier tumor y regenerar la piel.

Fue un relato que desdeñé por fantasioso. ¿Dónde iban a meter una cantidad suficiente de muertos para mantener un negocio tan grande? De todas maneras, preferí no discutir. Regresé de Dublín y me inscribí a una licenciatura en periodismo. Dejé de hablar con mis compañeras del internado. Los gobiernos no publicaron los datos prometidos. En los hospitales se registraban resucitaciones constantes, pero pronto algo se hacía cargo del asunto. La gente pudo olvidar el terror. Yo olvidé.

Morí en mi cumpleaños veinticuatro. Estaba de malas, porque ningún amigo pudo acompañarme a beber. De noche, cuando volvía a mi departamento con un cartón de cervezas, alguien me fracturó la cabeza con un ladrillo.

Despertar de la muerte es una gelatina negra donde no entran luces ni ruidos. La conciencia y el aliento son amorfos. Las capas podridas de la carne no sienten. La masa encefálica es semilíquida. Se está y nada más. Luego empieza la transición.

Aunque es lento, todos dejamos de ser cadáveres. Cuando tenemos la condición física para trabajar nos dan cama, potajes y una rutina en la fábrica. Los sábados debemos donar muestras de sangre: le llaman control médico.

Según nuestros doctores, un cuerpo adulto logra la recomposición absoluta entre seis y siete meses después de haberse reanimado, pero es capaz de realizar tareas productivas casi desde el inicio. Cada fin de mes, la administración monta una ceremonia para despedir a quienes consuman tal proceso biológico. Allí se lee —relee— la Carta de Ascensos, que concede a los recompuestos el paso a una planta de mayor nivel, con la promesa de un salario y prestaciones similares a las del exterior.

Debo de ser la residente más antigua y estacionaria del lugar, gracias a mis tres años de existencia post mortem. No me califican como un humano completo y no pueden transferirme a una de esas plantas de ensueño: no veo. Recobré todo, menos el nervio óptico, que se conserva en la atrofia de la descomposición. Tomando como cierto lo que oí de aquella española, mi discapacidad evita que me desmiembren y vendan los pedazos a millonarios desahuciados.

Un ciudadano vivo no sabe que los monstruos vuelven a ser alguien. Lo natural es presumir que son incinerados en una instalación militar, o exiliados en islas. Quizá sucede, en un plano remoto. Donde yo estoy, el usufructo de los muertos vivientes pertenece a una empresa trasnacional que, además, hace automóviles.

iii

No la describiría como penumbra o ausencia de brillo. La ceguera es un artefacto repleto de puertas y trampas, creado para dominarse. Sin mi ceguera, nunca habría tocado las aristas. La luz, por naturaleza exuberante, baña las retinas con información vasta, casi siempre frívola, que anestesia los demás sentidos; el tacto, en particular. Tragar el universo por los ojos se parece a estar borracho: la visión da placer, al tiempo que convence al espectador de que la realidad es una cara.

La realidad es un poliedro.

La primera vez que atravesé una arista fue desde el dormitorio que comparto con siete personas. Un dolor de espalda me mantenía despierta en mi camastro: me puse a oír la respiración de los otros. La ventisca de catorce pulmones ajenos y las punzadas en mis propias vértebras, dos lenguajes disímiles en principio, se tradujeron entre sí para formar una sola señal: un plasma móvil de sonido y dolor, corriendo a lo largo de líneas infinitas.

Estiré un brazo y toqué el canal que transportaba aquel plasma. Al hundir mis dedos en la sustancia, el dolor de espalda creció y las exhalaciones de mis compañeros subieron al nivel de gritos hasta que un nuevo ruido los sofocó. Aviones.

Dos armatostes de aluminio acababan de despegar a pocos pies de mí. Hallé mis manos, que cogían el volante de un vehículo montacargas detenido en medio de una pista enorme. El crayón rosado del sol se propagaba por el cielo, como hemorragia en una alfombra. Mientras los motores impelían las máquinas hacia arriba, chorros de aire me agitaron el pelo y la ropa.

Sentí frío y calor. Tarareé una canción extranjera. Olvidando que era ciega, miré los focos de las naves titilar, languidecer y perderse.

What you dallyin’ out here for? —dijo un hombre barbado que asomó el torso por la ventana del carrito.

Entendí que ya llevaba un rato viendo el firmamento con gesto de imbécil. Debía conducir y recoger una carga de maletas al otro lado del aeropuerto. Supe el nombre del tipo. Sin duda eso era Dublín, donde había vivido desde la preparatoria. No lo cuestioné: todo era mío, pero cuando traté de encender el coche, mis yemas volvieron a sentir el plasma viscoso y los filos de la arista.

El cuarto negro de la fábrica me rodeó; los obreros dormían en sus camas.

El comedor comunitario tiene una mitad al aire libre. Ahí suelo buscar asiento para devorar el amasijo lleno de huesos que nos sirven. Termino con mi porción, devuelvo el plato en una ventanilla y me acerco al área de sanitarios externos. Entre el segundo y el tercer baño hay un error arquitectónico: un pasillo de medio metro de ancho, por diez o quince de largo, que el personal de bodegas utiliza para poner basura. Tras las cajas de desperdicio, con el aire estancado, puedo viajar.

Una arista divide las caras en el poliedro, pero también es una ranura donde cabe la conciencia en estado espeso. Mi método es encontrar la arista con el tacto y dejar que la conciencia se vaya. Lo he hecho treintaitrés veces.

Memorizar la distribución de líneas y vértices me ha dejado repetir varias caras. Conozco veintisiete superficies distintas, conozco mi conciencia, en cada una. En cuatro de ellas, jamás regresé de Irlanda. Hay seis en las que estoy casada —no con la misma persona— y soy periodista. En otra, sobreviví lo del ladrillo, doy clases de literatura y tengo un perro. También he caído en planos que sólo son hoyos, cavernas vacantes que indican mi extinción.

Un hecho importante prevalece en todas las realidades, hasta ahora: los cadáveres no se levantan. Tiene que haber trillones de caras, a distancias inalcanzables, donde ocurre cada cosa que alguna vez pudo ocurrir. De toda esta geometría, hoy pertenezco a la única faz que permite lo que no podría ser. Vivo en un accidente.

iv

Revivir y recomponerse duele. La muerte es descanso; la vida es una lucha incesante de la materia por morir y reposar de nuevo en los trazos inertes, perfectos, del universo. Todo átomo ha de retornar al agua, al desierto, a los ángulos de las piedras. Así tarde veinte años u ochenta, lo orgánico perece por insostenible.

Esta cara cruel que habitamos es un elogio al absurdo; acá se prohíbe a los difuntos descansar. Hace no tanto tiempo me dije que sería sencillo fijarme a un plano lúcido, fundir mi conciencia con la de una contraparte más afortunada, usar mis ojos, mover maletas en Dublín, vivir con un perro. Eso no sucederá.

 En mis viajes recientes, igual que las sanguijuelas, quise pegarme a cada cuerpo anfitrión, a cada persona que yo habría sido si la geometría fuese otra. Sin importar las horas que lograra quedarme, terminaba expulsada de las mentes de los alter egos, como si una banda elástica me obligara a regresar a mi purgatorio.

Reconocí el defecto en mi plan, gracias a la extraña compasión que yo misma me tuve:  era la tercera vez que usaba la memoria para colarme en ese plano donde una fractura de cráneo no pudo matarme. Entré al cerebro que ya me era familiar: bebí sus contenidos, asimilé sus intenciones. Había algo nuevo, una cosa que comprendí sin indagar. Aun así, tenía que leerlo. Caminé como las piernas decretaron. Su nota estaba en el monitor de una computadora vieja.

“En un mundo racional, la muerte permanece”.

Un cadáver que respira sólo existe aquí, fuera de la razón. Todas esas aristas por donde he corrido saben que soy un plasma contaminado de muerte. La vida siempre me escupirá, como si fuera una toxina.

No creo que el destino de los recompuestos sea trabajar en una fábrica perfecta. Creo en el relato escandaloso de que les arrancan todo para que los acaudalados tengan mejor salud. Les conceden una muerte irreversible. Esa clase de paz me es negada porque no veo; los compradores no querrían pagar por un producto incompleto. Bajo las reglas de mi plano, me restan muchos años de ensamblar autopartes.

O puede ser que hoy me vaya.

El supervisor acerca el lector de códigos al tarjetón que me cuelga sobre el pecho. El fin de esta jornada es registrado a las cuatro treintaiséis. Desato mi delantal mientras arrastro los pies detrás de mil cuerpos sudados que ansían llenarse las bocas con potaje amarillo. Abandono la fila a la altura del comedor, escuchando nuestros estómagos rugir. Cien pasos después, arribo al pasillo mal diseñado.

La fetidez de la basura en el corredor colma mi cabeza. Cuando el pensamiento se me derrite, mi brazo derecho gravita hacia el entramado. Palpo las aristas. Numero las esquinas hasta encontrar el cauce correcto. Apenas sumerjo los dedos, la corriente me traga.

No hay cuerpo en el agujero. El polvo frío de la desintegración me incita a quedarme. Suelto la arista y me libro de la ilusión de poseer brazos. Allá, lejos, se oye el tintineo de las cucharas en la fábrica. Después ya no se oye nada.

Imagen tomada de Packardplantproyect

Posted by:paginasalmon

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