Pocas personas se sorprendieron la mañana del pasado martes, al enterarse de que le habían entregado el Premio Nobel de Física a Rainer Weiss, Barry Barish y Kip Thorne, por sus “decisivas contribuciones al detector LIGO, y la observación de ondas gravitacionales”. El anterior fue un descubrimiento que no sólo confirma una de las más grandes predicciones de la relatividad general de Einstein de 1916, sino que nos abre las puertas a una forma completamente nueva de explorar y estudiar el universo. Pero, algo que a mí sí me sorprendió este martes (yo ni siquiera recordaba que ese día se entregaba el premio), fue la manera en la que algunos de mis amigos hablaban al respecto, como si se tratara de una premiación de los Oscars.

Ya sea que hablemos de física, medicina o química (o las ignoradas: biología, ciencias de la tierra, de la computación, etc.) algo que constantemente se le ha criticado a la Real Academia Sueca de las Ciencias es, entre otros asuntos, que las más grandes innovaciones teóricas y tecnológicas son, casi siempre, resultado de trabajos conjuntos entre muchos científicos de diversas ramas, y que premiar a uno solo (o tres, a lo más) omite por completo a muchas personas que podrían ser tan relevantes para una investigación como el ganador del premio. Sin embargo, otra cosa que también debemos criticar y que, en mi opinión, es tan importante como cualquier otra, es la forma en la que “premiar las más grandes contribuciones a la ciencia” puede llegar a fomentar una actitud que sería, de hecho, anticientífica.

Aquí el punto no es recurrir a ese concepto idealizado de la ciencia desinteresada, ni pintar a los científicos color de rosa. Sin duda, podríamos recordar a personajes como Newton o Lord Kelvin y su pasión pura y noble por el conocimiento; pero muchas de las mejores cosas que la ciencia nos ha regalado tuvieron su origen en algo que era todo menos noble. Aquí, conviene mencionar a aquellos apostadores que buscaban la mejor forma de hacer dinero fácil y terminaron inventando la probabilidad. No, la idea es encontrar un punto medio entre ser un investigador completamente desinteresado y uno que haga su trabajo pensando sólo en las ganancias económicas o de prestigio.

No tendría por qué haber algo “intrínsecamente malo” en que un científico, orgulloso de su trabajo, fantasee con estar en las “quinielas del Nobel” de los estudiantes de la Facultad de Ciencias, pero esa es una mentalidad que debería tener a consecuencia del orgullo de una labor sostenida y de calidad, y no la razón misma por la que realizó esa labor en primer lugar.

Esto no significa que contribuir al mundo de la ciencia sea malo sólo por hacerse con motivos cuestionables. Uno podría pensar en tiempos de guerra y cómo en ellos se realizan gigantescos avances científicos y tecnológicos; hablar de las guerras y cómo fomentan el desarrollo, no obstante, es poner la discusión en términos de una competencia donde se tiene mucho que perder, y no en términos de una excusa para alimentar el propio ego. Claro que con esto no pretendo dejar de reconocer su mérito a aquellos que lo merezcan: seguro que la gran mayoría acabó ahí sin habérselo propuesto. Tampoco es raro que los ganadores donen su compensación económica (1,108,431 dólares en 2017) a “buenas causas” (fondos para investigación, normalmente); sin embargo, en un afán por criticar a la academia más que a los ganadores, cabe mencionar que los descubrimientos científicos deben ser reconocidos y celebrados por el papel que desempeñan en la continuidad de la empresa humana y no como productos cuestionables de una u otra causa.

La página web del Premio Nobel está llena de detalles históricos y personales de los autores que no se encuentran en los artículos publicados, y las ceremonias de premiación deberían hacerse más con el propósito de invitar a la gente a informarse y divulgar el conocimiento, y menos con la intensión de imitar una entrega de los Emmy.

El mundo de la ciencia puede llegar a ser muy agresivo: está lleno de preguntas mordaces y gente despiadada, preparada para destrozar un trabajo mal argumentado a la primera oportunidad. El principio fundamental bajo el cual opera es que en él no hay “autoridades”. El concepto de la “revisión por sus pares” es lo que garantiza que la ciencia continúe mejorando, y ningún investigador tendría por qué estar exento de críticas, sólo por ser más popular que otros. Es evidente que distinguir a uno en específico como el “más reconocido” en tal o cuál tema, dificulta que se mantenga la estructura de revisión. Puesto que, al final del día, si no hay pares no puede haber revisión por pares.

El comité del Nobel no tiene la última palabra respecto a qué fue lo mejor de cada año, los ganadores del premio no son necesariamente los mejores científicos, y ese protagonismo innecesario que se le da a muchos laureados es una forma en la que, en lugar de enaltecer a la ciencia, se distorsiona su naturaleza, se reescribe su historia y se ignoran muchas de sus consecuencias. Más aún, la falta de claridad con sobre el proceso de selección, con respecto a quienes seleccionan a los nominados, que nunca se publiquen los nominados a cada premio hasta 50 años después de su entrega, que no se entreguen premios póstumos y las repetidas acusaciones de corrupción que ha recibido el comité (sin mencionar las de impulsar agendas políticas, machismo, racismo, etc.) hacen que confiar en su legitimidad sea una tarea muy difícil.

Pero lo anterior tampoco es del todo malo. En un mundo donde sigue habiendo tanto que arreglar, y dado que la ciencia es una excelente herramienta para solucionar problemas, cualquier contribución debería recibirse de buena gana. De forma similar a la ayuda que ofrecieron los “brigadistas de la selfie” en los días siguientes al sismo del 19 de septiembre. Para mí, mientras sirvan de algo, me tiene sin cuidado que después se tomen una foto.

Con los “nobelistas” debería ser igual, y no debemos perder de vista que criticar su trabajo no es lo mismo que criticar sus motivos. Después de todo, ya sea que hablemos de alguien que contribuyó personalmente al ámbito científico o de alguien que fomentó la divulgación de la ciencia como consecuencia: el objetivo final siempre será el progreso y el impacto que pueda tener, más allá de lo noble de sus intenciones.

Personalmente, creo que lo más importante es mantener un enfoque objetivo respecto a lo que estos premios son y representan. Debemos bajar a los nobelistas de sus altos pedestales y verlos como gente normal, gente que realizó trabajos importantes, sí, pero gente normal. No olvidemos que cualquier actitud condescendiente con la que se nos presente la ciencia es, inherentemente, anticientífica, pues va en contra de su propósito más importante: desarrollar, adquirir y difundir conocimiento que pueda usarse en nuestro beneficio. Recordemos también que estos premios nacieron del testamento de una persona que quería premiar a “aquellos que llevasen a cabo el mayor servicio a la humanidad”, y puede ser que ahora, por la forma en la que hemos deformado su naturaleza y su percepción, debilitan el espíritu de la ciencia y la asimilan a un sistema de mérito económico y de prestigio como fundamento de la investigación, y no como su consecuencia.

Ya sea que uno haga ciencia personalmente, o sólo observe mientras se van dando las cosas, es fácil ver cómo se polarizan las actitudes de los investigadores cuando se mide el éxito de una carrera científica con el número y la popularidad de sus publicaciones. Valdría la pena preguntarse si ser un investigador demasiado ambicioso, y que haga su trabajo pensando sólo en el reconocimiento, es igual de malo que un científico mediocre que publique sólo lo necesario para conservar la beca del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), y no intente llegar un poco más lejos. Por ahora, propongo que, en algún lugar medio entre esos dos extremos, podamos encontrar una actitud más sana al hablar de desarrollo científico y con la que se fomenten tanto la buena competencia como la colaboración entre investigadores.

Imagen tomada de National Geographic

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Escrito por:paginasalmon

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