Menos de 101 segundos antes, cuando el negro Ochoa rechaza pa’ el orto y luego de picar la pelota en una piedrita, jugábamos en la canchita de atrás del Policlino, me viene la pelota, el reloj marca la hora en que tenía que volver pa’ las casas (acá en Córdoba se dice así) porque tenía que llevar a la patrona al centro (eran los tiempos sin chopin). En la escena central están Juan (el que trabaja de albañil, no lo conocen), la Coneja y el Beto. El árbitro somos todos, tenemos resaca del sábado en la noche y corremos poco, se cobra ful cuando es muy alevoso.

***

Ahora la pelota me rebota en la pierna menos hábil (puede ser la izquierda o la derecha), hace un calorononón (acá en Córdoba se dice así) y en la canchita no hay nadie y menos sombra. Los únicos que me pueden parar son Juan y el Beto, la Coneja se mueve en cámara lenta y no hace falta ser mago para adivinar su inmovilidad (no durmió y se tomó todo). Juan (el que trabaja de albañil y no conocen) se sospecha que es medio pata de lana y padre de Juancito, que vive en la esquina, cerca de la cancha. El Beto trabaja en la muni, tiene dos hijos: uno la rompe en las inferiores de Belgrano, el otro no hace ni bosta pero es buen pibe. Ellos no lo saben pero saldrán de Joda por años juntos, a los bailes de la mona Jiménez, que con sesenta y pico seguirán dándole rosca en las pistas. Todavía hacen caso, pero dentro de poco no le van a dar ni bola a los viejos. El Beto y el Juan no entienden como los pasé.

***

Con un solo toque de pelota dejé a dos, avancé cinco metros en no sé cuántos pasos y vi el hueco. Arranqué para el otro lado, esquivándolo (la canchita estaba muy poceada). Me quiere agarrar el Chucho y el Gringo. Chucho es el carnicero del barrio dueño de la “Molleja Feliz”, vende buen asado y barato (todo el mundo le compra). Me tira un buen patadón pero me erra (el Beto, el Juan y la Coneja, testigos cercanos de la acción, se matan de risa). En cambio, el Gringo se distrajo viendo un minón que pasaba por la vereda y me dio vía libre. En el futuro, Chucho y el Gringo se lo pasaran ferneceando, ambos se separarán de sus mujeres y se juntarán, en un eterno ciclo, para irse de las casas de Joda.

***

No corre ni una gota de viento en la siesta cordobesa, el sol raja la tierra. Habíamos quedado en que el que hiciera el gol ganaba y el que perdiera pagaría los porrones. Sabíamos que el kiosco estaba por abrir, a eso de las cuatro, y a esas alturas todos tendríamos puesta la mente en la cerveza fría. Carucha se comió el amague porque pateé (o patié) al aire. El hijo de Carucha iba a ser mi yerno (que los parió, no me di cuenta).

A los sesenta y ocho segundos había dejado cinco en el camino. Enfrento a la Chancha (que siempre iba al arco) y siento que Chucho me viene soplando la nuca para atenderme de nuevo, quería revancha. Estoy rodeado: al Sur tengo al Chucho, que me tiene a tiro; al Norte me sale la Chancha (un ser misterioso al cual le gustaba ir al arco, esto se da raramente en las barriadas de Córdoba, un incomprendido); al Este el gordo Pascual (era el único comunista con peso que conocía por ese entonces); y al Oeste mi futuro consuegro (el hijo de Carucha, que lo parió de nuevo, como no me di cuenta antes). En eso veo que por el medio entraba el Pelusa como un rayo, todavía no sé cómo lo vi o si lo vi. Extraño caso el del Pelusa, que iba a terminar como vendedor ambulante en la peatonal, vendiendo anteojos para sol, todos bien acomodados sobre un gigante tergopol (quizás rememorando aquella soleada tarde).

***

La Chancha se juega mucho a la derecha para cubrirme porque el palo izquierdo (o primer palo) era un bodoque de construcción, daba miedo caérsele encima y otro poco porque estaba medio distraído viendo el partido de al lado: recién empezaban a jugar y estaba lindo el partido. Corren los 90 segundos y 50 centésimas. Pensándolo un poco mejor, casi seguro que no vi al Pelusa, pero supuse que entraba a media velocidad fantasmalmente. Tenía doble apodo “Pelusa” o “Fantasma”, a veces se comportaba inocuamente como una pelusa y otra como fantasma, sólo los que lo conocían bien sabían qué día era qué cosa.

95.6 segundos a un paso de rematar al arco, la Chancha me regala el primer bodoque, no lo pienso dos veces (Recuerdo aquella tarde –hace unos años atrás, en la misma cancha, casi la misma jugada– a mi hermano regañándome por no haber pasado al arquero, diciéndome, “pelotudazo, amaga y pasa al arquero”. No hice ninguna de las dos cosas). A los 100.4 el Chucho me alcanza a dar un guadañazo desde atrás, empujando pierna y pelota al mismo tiempo. A los 100.6 segundos, a no sé cuántos pasos hechos y metros recorridos, la pelota se eleva hacia el punto dudoso de si es gol o travesaño imaginario, pero todo mi equipo grita Gooooolllll y corren a abrazarme para despejar las dudas. El negro Ochoa me grita clavado al fondo, “viste el pase que te di, págame la cerveza”.

Lleve a mi mujer al centro como a las ocho, y nadie cree que hice un gol como el Diego.

jijij

Inspirado en el cuento “10.6 segundos” de Hernan Casciari.

Imagen tomada de Mugs Noticias

Posted by:paginasalmon

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