Había una vez, en una sala de conferencias de Google, un grupo de analistas que se preguntó si debían hacer que los celulares vibraran cuando llegaba un correo. En ese momento, lo que había empezado como un dispositivo que no hacía más que llamadas de voz, progresivamente empezaba su transformación en un portal y una ruta de escape. Hoy, el 44% de la población tiene un dispositivo como éste en su bolsillo y hace mucho que, a la vibración de la bandeja de entrada, se sumaron los silbidos de las notificaciones por otras mil aplicaciones. Parece, entonces, inaplazable reflexionar sobre las implicaciones de este tipo de decisiones, que unos cuantos analistas toman, encerrados en un cuarto del Silicon Valley.

Así como la telefonía celular, las estrategias de mercadeo han evolucionado. Aproximadamente 1,200,000,000 (mil doscientos millones) de personas ocupan Gmail cotidianamente, y el 75% de esos usuarios revisan sus correos desde sus teléfonos. Esto significa que Google a diario interrumpe la atención de 900,000,000 (novecientos millones) de usuarios, que podrían estar o en una cita con su pareja, o hablando con sus familiares, o haciendo un esfuerzo sobrehumano por prestar atención en una clase. Un correo podría interrumpir tu lectura de este texto, ahora mismo.

Por supuesto que éste podría parecer un precio muy bajo a pagar a cambio de estar conectados, o de recibir noticias importantes en tiempo real. También podríamos pensar que sólo es una consecuencia accidental que nunca se propusieron en el hipotético cuarto de Google: pero, ¿y si, lejos de ser un accidente, eso fuera exactamente lo que se proponían los analistas de Gmail?

Desde hace algunos años la “economía de la atención” se ha vuelto el principal objeto de estudio de los psicólogos y computólogos empleados por las empresas más grandes del mercado. Se trata de una rama de la mercadotecnia que estudia las formas de hacer que la gente pase tiempo pensando ciertas cosas, o tratando de dirigir su comportamiento y pensamientos, para pasar más tiempo en ciertos sitios de internet.

Todos podemos adivinar cuáles son las empresas que han acaparado el mercado de la atención: Facebook, YouTube, Twitter, Instagram, y es fácil ver cuál es su motivación, ya que, cada instante que pasamos en alguno de estos sitios, es un instante que no pasamos en el otro (o en actividades de nuestra vida diaria), y cualquier empresa que dependa de los anuncios se toma esto muy en serio. Se estima que, actualmente, 2,460,000,000 (dos mil cuatrocientos sesenta millones) de personas cuentan con alguna red social: el usuario promedio pasa ≈ 2hrs y 51min al día viendo alguna de ellas; la gente entre 18 y 24 años (los usuarios más pesados) pasan en promedio más de 4hrs al día en ellas. No resulta sorprendente que alguien esté dispuesto a pagar cantidades exorbitantes de dinero porque alguna de estas redes anuncie su producto.

Los diferentes medios de los que se valen estas redes sociales para incrementar tu tiempo en sus sitios son muy complejos y, en muchos casos, incluso muy maliciosos. Más aún: en primera instancia, la mayoría de ellos parecen ser sólo una pésima idea. Pero, en la realidad, cada cosa que ves en el newsfeed de tus redes favoritas fue catalogada y organizada cuidadosamente por gente que busca obtener una reacción tuya frente a esos estímulos. Esto sin mencionar que, como hablamos de una competencia por tu atención, cada estrategia que le funciona a alguna de las redes sociales no tarda mucho en ser implementada por las demás. Dicho de otra forma: por cada red social hay, en todo momento, un puñado de analistas (50 por cada una, aunque depende mucho del tamaño) manipulando la atención de los millones de usuarios.

Es importante señalar que, aunque las emociones positivas sean eficientes acaparando tu atención, de la misma forma que tus redes sociales se aprovechan de tus buenos humores, también buscan sacarles provecho a las emociones negativas. Es evidente: un buen día YouTube decidió implementar su función de “reproducir automáticamente el siguiente video”, la gente (aunque molesta) continuó usándolo y, sólo un par de meses después, Netflix decidió hacer lo mismo. Facebook y Twitter no tardaron en implementar la misma función, y ahora tienes que ir a los ajustes de la app para apagarla en toda red social.

También: desde que Facebook decidió implementar su función de “actualizar automáticamente”. Cada que estamos viendo noticias del newsfeed y abrimos una que interesó, Facebook nos regresa al inicio después de cerrarla (y no hay forma de apagar esa función). Eso sí, para cada una de estas estrategias, por molestas que puedan ser, si te quitan un solo minuto más de tu tiempo, el resto de las redes lo implementarán a la brevedad. Además, puedes apostar que detrás de esa decisión, hubo un equipo de científicos de la información recopilando cientos de datos de miles de usuarios, un equipo de computólogos buscando formas de maximizar el efecto de sus algoritmos en ellos y un equipo de psicólogos asegurándose de que, aunque te molestara, no te molestara lo suficiente como para dejar de usar sus redes; o lo que es peor: te muestran una noticia personalizada (con base en tus búsquedas, inclinación política, etc.) que garantice que te enfurezcas y pases la siguiente hora discutiendo con gente a través de los comentarios.

Reed Hastings, CEO de Netflix, declaró que “este tipo de estrategias han ido mejorando con el paso del tiempo y son, en gran medida, la causa de que desperdiciamos tanto tiempo en línea” (Nuestros mayores competidores son Facebook, YouTube y el sueño). Comentarios como éste, con el que muchos nos podemos identificar, nos dejan ver cómo la economía de la atención se ha vuelto tan importante, que puede rivalizar con las funciones biológicas básicas: para obligarnos a dejar de dormir, a aguantar las ganas de ir al baño o de olvidarnos que tenemos hambre. No es un misterio por qué, sólo habría que interrogar a la dopamina.

Pero detengámonos por un segundo para hablar de las consecuencias que esto conlleva, ¿en verdad es del todo malo que podamos manipular la atención ajena?

Afortunadamente para nosotros, no todas las personas en esas salas de conferencias buscan las mejores formas de enajenarnos con nuestras redes sociales. También hay personas como Tristan Harris, fundador de Time Well Spent, o, como se le ha llamado recientemente, “lo más cercano que Silicon Valley tiene a una conciencia”. Su propósito, dice, es encontrar nuevas formas de hacer que, si ya vamos a pasar nuestro tiempo pegados a un celular, por lo menos lo hagamos con algo de provecho.

La asociación se propone usar las mismas estrategias que las redes sociales para difundir información acerca de cómo operan los algoritmos que acaparan nuestra atención, y sobre cómo se manipulan nuestras emociones para pasar más tiempo en línea. También buscan crear conciencia del impacto que ese tiempo tiene en nuestras vidas, individual y colectivamente, con especial atención en informarnos respecto a cómo afectan: la salud física (tiempo y calidad de sueño, dieta, ejercicio); la salud mental (problemas emocionales y de comportamiento); las relaciones sociales; el desarrollo de la juventud (que empieza a usar redes sociales cada vez más temprano); y la política mundial (crecientemente afectada por las comunicaciones en redes sociales).

Esta proposición supone una nueva pregunta: teniendo la capacidad de manipular la atención de la gente, ¿sería “suficientemente bueno” no desperdiciarla en cosas irrelevantes? ¿bastaría con dejarnos hacer lo que queramos? ¿acaso no sería ético forzarnos a prestarle atención a problemas relevantes?

Se nos ha acostumbrado a pensar que nosotros somos responsables por cómo usamos la tecnología, que cualquier decisión que tomemos en nuestras redes sociales no es culpa de nadie más que nuestra (y en gran medida sigue siendo cierto), no obstante, en un mundo donde un número cada vez más reducido de analistas es capaz de manipular los pensamientos de un número cada vez más grande de usuarios, es crucial divulgar información acerca de la forma en que estas empresas influyen en nuestro comportamiento y decisiones para que, entonces, el concepto de responsabilidad adquiera un sentido más claro para los usuarios, y esas decisiones sean tomadas con una mayor capacidad de discernir lo que es verdaderamente importante. Discriminando la basura informática que llega y se inserta en sus mentes, intereses y pensamientos de manera cotidiana.

Había una vez, en una sala de conferencias de Google, un grupo de analistas que se preguntó si debían hacer que los celulares vibraran cuando llegaba un correo. Tal vez no sabían lo que hacían, pero habían decidido sobre la vida de todos nosotros.

Imagen tomada de Thierry Verbeeck

Posted by:paginasalmon

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