Uno de mis tíos encontró a su novia besándose en una fiesta con otro hombre. Esto debió ocurrir hace una semana, y desde entonces se la ha pasado en mi casa, llorándole a un Bacardí Blanco, y con el coro de las Furias (mi madre y mis tías) a un lado, diciéndole cornudo. Por más que el hecho sea ilustrativo, casi podría decirse paradigmático, de los efectos que Televisa ha tenido sobre nuestra educación sentimental, un tema diferente me lleva a revelar estos penosos eventos familiares (aún a riesgo de que mi madre sí me lea, por una vez, y me parta la homónima). Aunque a decir suyo nunca había sufrido así, mi tío terminó por perdonar a su novia. La indignación absoluta que mostraron sus hermanas al escuchar su discurso de ingreso en la Academia del Cuerno me recordó a la que, hace medio año o más, la opinión pública tuvo contra López Obrador por decir que no habría persecución política en su presidencia y que perdonaría a los funcionarios corruptos de llegar a los Pinos. “¿Quién se cree López Obrador para ofrecer amnistía en este país de injusticia permanente?”; “¿qué se siente tu tío regresando con la mujer que trituró nuestro honor?” Vivimos en el siglo XIX.

Más o menos al mismo tiempo que AMLO se ganaba el apodo de “purificador” por conceder esa amnistía, cayó en mis manos el libro de Javier Cercas sobre el intento de golpe de estado del 23F: Anatomía de un instante. En él, Cercas recuerda que el Secretario General del Partido Comunista de España durante el gobierno de Suárez, Santiago Carrillo, fue para los militantes de su partido un tonto útil que participó con el gobierno y se olvidó de hacerle justicia a los muertos de la Guerra Civil; Cercas, al contrario, lo defiende como el político que sacrificó la persecución contra el franquismo, con tal de alcanzar paz. Carrillo tenía la opción de, una vez dentro del gobierno, respetar su agenda vindicativa y tirar las cabezas del franquismo, aunque con esto se echara encima al ejército y se privara de colaborar con él. El otro camino, el que en verdad siguió, era el de trabajar junto con los viejos enemigos en la construcción de consensos que aseguraran, si no la restitución, si la paz.

En las últimas cinco o seis novelas policiacas que he leído, encuentro una coincidencia con este hecho: los detectives no buscan hacer justicia; quieren, si acaso, conocer la verdad, hacer su trabajo, o ganar dinero. A veces ni siquiera importa tanto el caso, que puede quedar sin resolverse. El motor de Santiago Carrillo y los detectives de esos policiales contemporáneos tienen algo de común: el descreimiento de que se pueda conseguir, de que exista incluso, una justicia que rehabilite. Para estos personajes, la justicia como restauradora es una ficción. Recordemos una de las primeras formas que nos inventamos: la Ley del Talión (ya atestiguada en el Código de Hammurabi, en el siglo XVIII a.C.). En ella, según la enunciación más famosa “ojo por ojo, diente por diente”, se pretendía hacer pagar al agresor con la pérdida de algo idéntico a lo que perdió la víctima. ¿Por qué no se conforman Santiago Carrillo y los detectives con esta solución? Tal vez porque, para ellos, es imposible encontrar algo semejante con que pagar. Tal vez porque ofrecer la vida de los responsables (aún si son todos) es una bagatela que no restituye el sufrimiento de las familias que han perdido un miembro. Ese tipo de miembros, no los físicos, son los irreparables, los que no contempla la Ley del Talión.

Acaso Santiago Carrillo pensara en esto, cuando “perdonó” a los franquistas: “no voy a obtener justicia con perseguir a los responsables de la Guerra Civil; sólo prolongar sus efectos, condenar la democracia y derramar más sangre”. En uno de sus primeros poemas, Borges formula una idea análoga, recordando al general Rosas, un ominoso antepasado suyo: “Ya Dios lo habrá olvidado/y es menos una injuria que una piedad/demorar su infinita disolución/con limosnas de odio”. Para ellos, la justicia puede realizarse alternativamente con el olvido.

Traigamos eso ahora a nuestro país: ¿estamos dispuestos a olvidar la represión, el autoritarismo, Ayotzinapa, Atenco, el 68, con tal de no derramar más sangre (como propone López Obrador)? Esta misma semana han ocurrido dos hechos que nos obligan a buscar una respuesta: primero, un hecho todavía inofensivo, pero no menor, el PRI anunció que José Antonio Meade será su candidato a la presidencia; segundo, la peor noticia que este país ha recibido en años, se aprobó la Ley de Seguridad Interior, con la que el ejército puede intervenir en cualquier manifestación que el Estado considere contra la seguridad pública. ¿Vale la pena ofrecer amnistía, colaborar con los viejos enemigos, para alcanzar la paz?

En su ensayo de 1848, “Resistance to Civil Government”, Henry David Thoreau recuerda que el ejército no responde a los intereses de la sociedad, y que las más de las veces los contraviene, como en la Intervención Americana a México, que casi ningún ciudadano estadounidense adoptó como propia. La disyuntiva, pues, se plantea entre dos términos irreconciliables: aceptar el camino de la caza vengativa, a través de la militarización (el que tenemos desde 2006 y que, si el PAN inició, el PRI ahondó [Meade no puede desentenderse por ningún frente]), o bien buscar la justicia del olvido que a Carrillo y a España funcionó. No el olvido de los crímenes; el olvido de un programa de sangre que no hace sino agravar nuestra guerra contra un enemigo invisible que no termina de pagar.

Quisiera tener un tercer camino, pero no lo veo: tal vez sea cierto que en los tiempos de crisis la ética es binaria. Yo prefiero el olvido sobre la restitución violenta, y siempre lo haré. También lo prefirió mi tío, el cornudo, que, dicho sea de paso, es un priísta de esos que votan por el Revolucionario Institucional porque así les enseñaron sus papás, de esos que creen que López Obrador es un “peligro para México” y que se parece, ay la paradoja, a un tiempo a Donald Trump y a Hugo Chávez. Igual y le digo que sin querer estuvo de acuerdo con López Obrador, nomás para molestarlo. O igual no; ya tuvo suficiente esta semana con una infidelidad.

Imeagen tomada de Wikimedia

Posted by:paginasalmon

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