En la última etapa de su actividad intelectual, W. Milton, escritor del Humanitas imaginans, narra de una manera casi instruccional los fundamentos sobre un tema que lo ocupó durante esos años finales. Para él, el sentido del hombre radica en la posibilidad de transformar su existencia a placer o, dicho de otro modo, que el hombre sólo puede vivir gracias a la evocación mental que ha hecho del mundo que le corresponde.

Un siglo más tarde, Rodolfo Quiñones, descendiente de antiguos miembros de la orden de los repraesentativis, renunció a una vida de oprobios cuando descubrió el legado ensayístico de Milton. Leyó a contemporáneos como Schumann y Groello, enarbolados por esos textos y sumados por una dura crítica hasta que aquellos libros fueron enterrados bajo la frase lapidaria de que nada es más real que la realidad. Quiñones emuló a Milton y se enfrentó al grupo de los declarativos, del linaje directo de los positivistas que obnubilaron el trabajo de Milton con el argumento de que nada que proviniera del subjetivismo puro podía ser tomado nunca como cierto, menos aun cuando la ciencia había logrado ampararse a través de los fenómenos fácticos.

Rodolfo había vivido años de opulencia y excesos que una sucesión de rancio abolengo podía permitirle. Desperdició la primera edad adulta inmerso en especies extrañas, cuya ingesta le provocaba una fractura en la percepción y lo acondicionaba para vivir contra la totalidad de lo real. Malgastó no sólo el oro sino las pocas palabras sabias que le quedaban en herencia. Vendió gran parte de las pertenencias familiares y libros místicos equivalentes a pequeñas fortunas que le permitían mantener el ocio burgués al que se había habituado, mientras llenaba su organismo con opioides que le ayudaban a equilibrar su desazón con el exterior donde, sobra decir, se hallaba ausente de sí mismo la mayor parte del tiempo.

De Milton, Quiñones repasaba los mismos capítulos durante varias semanas. Se lanzaba al diván intentando recomponer lo que sus ojos iban encontrando irrefrenablemente. Se dedicó a leer de manera obsesiva. Varias noches, atormentado por las ideas, Rodolfo acudió a las tertulias del Hotel Salvamento, con los opositores del realismo imaginativo, impulsado por la necesidad de contagiarlos del encuentro con Milton. Nadie lo tomaba en serio. Ninguno de los condiscípulos se atrevía siquiera a mirarlo, mucho menos a aceptar un debate abierto. No había quién lograra ayudar a Quiñones a recomponer los pensamientos para develar aquellas páginas que arruinarían la vitalidad de los conversos de la objetividad, para transfigurarse en un principio del imaginatio et vita, y seducirlos por la libertad que plantea la disolución de los problemas mundanos, del enfrentamiento inevitable con lo tangible.

Durante los siguientes meses, Rodolfo Quiñones se refugió en su biblioteca. Recordaba paso a paso sus primeros años, encargado de reconstruir su vida ulterior. Definía su ser en virtud de una realidad inventada, pero no menos cierta, que lo determinaría a partir de ese momento. Rodeado de la fecundidad material, se le dificultaba deshacerse de la vanidad y la posesión, ambos obstáculos para romper el vínculo con el objeto. Poco le importó perder el resto de la biblioteca junto a sus muebles, lo que dejó a la casa no sólo en penumbras, sino en un vacío total.

Incluso cuando Quiñones se desprendió de la mayor parte de las pertenencias familiares, la levedad del hambre y de la sed, el desinterés por cuidar de sí, por cubrir el pago a acreedores, lo llevaron a abandonar el patrimonio que le restaba. Con la venta de sus bienes, y motivado por los abogados, logró asegurar su retiro en un hospital donde nadie lo molestaría, donde por fin, libre, podría dedicarse a deshilvanar el pensamiento de Milton.

Quiñones se instaló en el Hospital Santa Gracia. Solamente llevó con él los libros de Milton y nada más. Pensaba que incluso en el hospital le darían la ropa necesaria. Su único interés fue la peregrinación, a través de Milton, sobre la construcción de un mundo paralelo al que intentaba acceder desde su arquitectura y que lograra sustituir al actual.

Quiñones, al igual que Milton, se percató de que la creación humana no pudo haber surgido de otra manera que en la imaginación de un ser acaso prodigioso. Pensó en aquellos autores que rechazaban a Milton, sólo para descubrir la ambición de opacarlos, de satisfacer un deseo que le desbordaba el espíritu. Con cada crítica, Rodolfo se desquebrajaba, dejaba que lo recorriera la ambigüedad temporal que la condición humana le otorgaba: un cascarón que, para abrirse, tuvo que llegar a la sala de un psiquiátrico.

Quiñones pasaba horas en la misma posición. Sólo se movía para revisar párrafos de Milton. Comía limitadamente, incluso los enfermeros tenían que forzarlo de tanto en tanto a probar alimento. Nadie quería una responsabilidad extra, y eso lo entendían perfectamente ambas partes.

En el hospital, Quiñones se tropezó con dos resistentes del imaginario. Los visitaba durante los pocos paseos por el jardín que lo hacían tomar los doctores. Su semblante mejoraba conforme avanzaban sus debates, aunque seguía comiendo sólo lo justo para que su organismo soportara las constantes caminatas donde se encontraba con citas no siempre lógicas, cuyo cuestionamiento se dirigía a la comprensión de un sistema filosófico. Una o dos veces la discusión llegó hasta la fricción, incluso se requirió que intervinieran los enfermeros.

No pasó demasiado tiempo antes de que a Quiñones se le limitaran sus paseos. Podía continuar con las caminatas, pero bajo supervisión. Incluso se le vetó la proximidad a los demás residentes. Se argumentó contaminación espiritual y sobreexcitación en una ya de por sí degradada ánima. Quiñones notaba, sin sorpresa, que había afuera más detractores de las ideas de Milton. La situación lo hizo recordar al círculo del Hotel Salvamento. Volvió sin esfuerzo a su rutina en solitario. Comprendió que para que la imaginación lograra la transformación de la humanidad se requería un repositorio, la creación de un ser grandilocuente que pudiera soportarlo.

Más por recomendación que por hábito, Quiñones no salió de su cuarto por tres semanas. Luego de resistirse nuevamente a comer, el forcejeo con los enfermeros lo llevó a sufrir un esguince en el tobillo izquierdo. Rodolfo aprovechó este tiempo para reformular algunas propuestas de Milton. Rumiaba la necesidad de una cabeza como espacio para que albergara al mundo mejorado. Una posibilidad de tabula rasa que abrió Milton, pero que había que poner en marcha. Amputado de su libertad física como consecuencia del percance y de las cintas precautorias en sus muñecas, Quiñones resolvió que, dadas las circunstancias, no habría otra mente para ese notable fin que la propia.

Cuando recuperó la movilidad, Quiñones fue cambiado de habitación. La nueva le calzaba mejor. Un espacio sobrio con únicamente un sitio para recostarse. Si bien el tratamiento le curó el tobillo, decidió sólo desplazarse lo imperativo. No era necesario regresar a las páginas de Milton. Logró alcanzar, con algunas deficiencias aún, la anhelada manipulación del exterior. Aunque los doctores atentaban contra su cerebro, sabía que la idealización era todo lo que importaba. Ya podía reorganizar la realidad. En ese estado pleno, Rodolfo Quiñones pensó que Dios también debió fingir su locura para poder crearlos a todos a su imagen.

Imagen tomada de Amazon

Posted by:paginasalmon

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