En los últimos años, a mi padre le han operado cinco veces la rodilla. Y seguimos contando: estas líneas las empiezo a escribir en la sala de espera del Hospital de Ortopedia, mientras aguardamos a que le asignen cama por sexta ocasión; ahora por una acumulación de sangre que le ocasionó la última (la quinta) operación, que no tiene ni diez días de haber ocurrido. No soy, pues, un novato de las salas de espera: entiendo que son una prueba difícil y que nos confrontan con algunos de los momentos más arduos de la experiencia humana. Veo las piernas de mi padre: hoy se puso pantalones cortos. Veo las heridas que le han dejado el bisturí, las edades y la aspereza, y pienso cuánto de sí mismo ha perdido desde que tuvo el accidente original, en 1984, el accidente que ha desencadenado treintaintantos años de desequilibrios y dolor. No hablo de pérdidas idealizadas, de los desgajamientos casi románticos de nuestra personalidad: hablo de la carne y del hueso, de los meniscos triturados que le quitaron en la primera intervención, de los implantes musculares que excavaron de otras partes de su cuerpo, de la reconstrucción precaria de su intrincado sistema de nervios e impulsos eléctricos. A esas pérdidas que se dibujan en su piel, como un mapa topográfico, no podría ponerles una cifra ni un calificativo, pero podría proponer, para entenderlo, un símbolo.

Recuerdo que en algún lugar de su obra, Plutarco habla del barco que regresó a Teseo de su viaje por Creta. Según él, el barco era tan antiguo, y a la vez tan confiable, que, en lugar de condenarlo al fondo del mar o al retiro de un astillero, los marineros reemplazaban por tablas nuevas las que se le iban pudriendo en el casco y la cubierta. Este procedimiento, repetido a lo largo de los años, terminó por sustituir las tablas originales casi en su totalidad. Plutarco, entonces, levanta una pregunta: ¿es éste, que vemos, el mismo barco que fue al principio, el de la madera original? Más aún: ¿qué ocurriría si guardáramos todas las tablas podridas y, a un lado del barco de maderos reemplazados, construyéramos un barco nuevo, diferente, con los maderos viejos y podridos, con una quilla, un mástil y una vela; un barco completo y funcional? ¿Cuál sería el barco original, cuál el otro; cuál el barco viejo y cuál el nuevo?

(¿Es éste, que veo, el mismo hombre que fue cuando la primera operación, el mismo de la rodilla intacta en 1984?)

Como todas las preguntas que en verdad importan, éstas la han intentado responder muchas personas, sin que llegue la respuesta. Rubén Bonifaz Nuño escribió, en su ensayo de 1972, “La fundación de la ciudad”, que no es ridículo imaginar dos niveles temporales: la eternidad y el tiempo: “todo existe dentro de la primera, inmóvil, fijo, sin que dependa de un antes o de un después. Todo es para siempre. Por el contrario, dentro del tiempo las cosas transcurren, huyen irreparablemente; nacen, son y dejan de ser sin remedio, determinadas por el puro accidente”. Igual que Bonifaz, Platón pensaba que había un mundo más allá de lo sensible, en el que las ideas existían monolíticamente. Nuestro mundo, para ellos, no era sino el reflejo o la ejecución material de algo permanente. El barco y mi padre, nos dicen, están sujetos a cambios porque viven en el tiempo, pero nunca han sido realmente ellos; ellos están más allá de nosotros, en la eternidad, y viven sólo como Idea. Pero no me convencen: ¿cómo menospreciar, tan de tajo, tan fácilmente, la geografía del cuerpo que vemos todos los días, tacharla de apariencia y seguir mirando al cielo, como si no supiéramos que aún las estrellas son el producto de una combustión de la materia?

El budismo tiene otra respuesta, más satisfactoria. Yo no es yo, nos dicen; yo es una categoría, una división arbitraria que nos separa del mundo exterior y nos encierra en un egoísmo ficticio, nos enajena. Yo, Pedro, yo, ahora, no estoy en esta sala de espera: soy en la sala de espera, soy la sala de espera, sus habitantes, y ellos son yo. No existe una frontera más allá de la carne que, de cualquier modo (¿y qué mejor lugar que éste para comprobarlo?), se descompone, se rompe y se reintegra. La física moderna ha dicho que los átomos que configuran las células de nuestro cuerpo viven en la contingencia continua de no pertencer a ningún lado: cada vez que tocamos algo, cada vez que el aire pasa por encima de nuestra dermis, hay una parte minúscula de nosotros que se va en la corriente y se incorpora al mundo de la no-identidad, en el polvo. También lo dijo la Biblia (y es interesante, entonces, que en este ejemplo concurran tres objetos de fe: el budismo, el judaísmo y la física de partículas). Esta idea, en cierto sentido el extremo opuesto de la platónica y bonifázica, niega el problema y se toca con su contrario: el barco y mi padre nunca han sido –ni en carne ni en Idea. Existe lo Uno material, continuo, sin divisiones naturales ni tiempo; eso que vemos y nombramos son artificios de nuestra propia incapacidad de comprender. Pero tampoco esto me convence: ¿cómo negar que existo si pienso que pienso, y con ello me configuro, me doy límites, aún si alguien me dice que son imaginarios?

Dijo Gadamer que casi todo lo que estaba correcto ya lo había pensado Aristóteles. Y quizá sea este caso una prueba más para tal afirmación: ejercitemos, como proponía Aristóteles, la dorada medianía para encontrar otra respuesta, una tercera, que resuma los extremos anteriores. ¿Qué existe entre la ficción de ser únicamente materia sin límites y ser una metafísica sin cuerpo? Existe el sentido común: ser un cuerpo sujeto a cambios, pero Uno; tejido a una Idea de mí mismo, arbitraria y cambiante, pero continua. No nos sorprenda que uno de los símbolos más habituales de la vida humana sean los ríos: a un río no lo define la gota de agua que se ha salido del cauce, ni la hoja que ha entrado en su corriente; el río no es una serie de condiciones físicas o sólo una Idea; es la abstracción de lo cambiante. El río es símbolo del río. ¿Y qué cosas son los hombres y los barcos, sino ríos?

El barco de Teseo no se agota en las tablas podridas de madera que ha dejado atrás, ni las infinitas tablas que puedan venir después, porque cumple su ser en siempre cambiar: el día que ha dejado de cambiar ha dejado de ser río, de ser barco, de ser, y ha comenzado a transformarse en pieza de museo. No tengo que citar a Heráclito para saber que hacia él nos dirigimos: mi padre y el barco no han dejado de ser ellos mismos, pero no son los mismos: son su historia, completa. Sí son lo que eran antes, pero no se agotan en eso; hay muchas otras condiciones que deben cargar consigo, condiciones que nunca concluyen.

Contar la vida entera, desentrañar el ser de un objeto, se vuelve entonces imposible. Pero parece que ésa ha sido por mucho tiempo la tarea de los artistas: buscar ese algo que define y concluye la existencia de un objeto, que la cierra en un significado estético. Sólo hay que recordar la cursilería del poeta francés: “el arte no debe dirigirse a otro propósito que no sea al de buscar la Verdad”. ¿Cuál verdad? La única verdad es el cambio. Otro francés, ambicioso igual que el otro, ingenuo igual que el otro (pero genial igual que el otro), intentó esa tarea en una novela de ambiciones incontrastadas: en En busca del tiempo perdido quiso cifrarse a sí mismo, lo cambiante, en un símbolo permanente. ¿Lo logró? No, pero nadie podría lograrlo: después de él han fallado Jeremías Gamboa, que quiso Contarlo todo, pero que, como David Grossman, no pudo relatar La vida entera.  Para las obras de arte aplican las mismas reglas que para los hombres y para los barcos: no existe la quietud. La condición es el cambio.

Todas las obras totales se tienen que encontrar necesariamente con la decepción. Incluso las que quieren totalizar lo mínimo, como Elizondo y Farabeuf : siempre hay un gesto que se escapa, una arista descuidada por el ojo o que quizá no existe aún. Un paradigma diferente lo han planteado algunos pocos, en verdad poquísimos, artistas que han entendido la movilidad y la han convertido en poética. Me vienen hoy a la cabeza dos ejemplos: James Joyce y Carmen Avendaño, una joven poeta de Chile. Empiezo por Joyce porque es el más sencillo de entender: la totalidad del Ulysses relata sólo un día de la vida de Leopold Bloom. Como Elizondo, Joyce persigue una unidad mínima, un día entre los mil de la vida de un hombre; pero a diferencia de Elizondo, cada capítulo de Joyce es un testimonio de lo dúctil de la existencia humana. Este capítulo está escrito con el inglés de la Edad Media, mientras que el siguiente es un texto teatral y el de más allá es un monólogo interior. El Ulysses entiende y aplica la poética de la movilidad. Qué decir de la siguiente novela, la última, de Joyce, el Finnegans Wake (que, por cierto, Elizondo intentó traducir): una novela indescifrable que parece estar escrita en veinte lenguas al mismo tiempo y en ninguna también. Ahí el movimiento es total, el cambio es todo lo que encontramos. Sólo hay que ver la primera palabra del Finnegans, en la que recurre el símbolo de símbolos, el símbolo de sí mismo, el río: “riverrrun, past Eve and Adam’s”.

Como Joyce, Carmen Avendaño hace del cambio de identidad su poética. Leí su más reciente libro de poemas, nada significa nada (editado el 2017 por Libros del Perro Negro), con esa sensación de irregularidad que a veces nos viene de brincar de un libro a otro, sin intermedios. Algunos de sus poemas me recordaban directamente a uno de mis poetas chilenos preferidos, Nicanor Parra. Pero la siguiente página me encontraba con un lirismo que parecía antagónico a las páginas anteriores, uno como de Neruda trasnochado. Busqué por un rato una forma de conciliar estas poéticas, pero conforme leía más, menos encontraba un hilo que comunicara todas las páginas del libro: ahora encontraba un tercer poeta, un cuarto, más y más modalidades de escribir. Mi primera intuición fue la de calificar al libro de irregular o torpe. Pero entonces encontré un viejo cuaderno en uno de mis cajones: en él tengo los apuntes de un año de mi vida. Me di cuenta de que nada significa nada era eso mismo: un cuaderno de apuntes, una escritura provisional de la interioridad de Carmen. Este libro, pues, es radicalmente distinto a lo que la preceptiva artística nos dicta: el arte, recordemos a ese poeta francés, quiere la Verdad; Carmen le responde que la Verdad es un significado y que nada significa nada, ni siquiera nosotros mismos. Somos historia, páginas inconexas que a veces ríen y a veces duelen. Somos, lo entiendo ahora, como la rodilla dolorida de mi padre: materia provisional y cambiante, sujeta al dolor y la reconstrucción.

La enfermera se acerca a nosotros: tal vez la cama ya esté lista.

Imagen tomada de Wikipedia

 

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Escrito por:paginasalmon

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