Una mañana, Andrés Contreras se dio cuenta de que no podía más con la humanidad y decidió convertirse en chimpancé.

Esto ocurrió entre las 6:30 y las 6:45 del día de su cumpleaños. Se había despertado en la madrugada tras unas pocas horas de sueño agitado. Al verse incapaz de volver a dormir se había sentado con resignación y cansancio en la silla junto a su ventana y empezado a divagar. Por alguna razón, se sintió obligado a analizar su vida, una cosa llevó a la otra y tras un par de horas de pesimista reflexión se dio cuenta de que no había más vueltas que darle: había llegado el momento de cambiar de especie.

La idea no era totalmente nueva: había surgido un par de años atrás, en una reunión navideña. Su amigo Rolando le había contado la historia de un hombre que se había “convertido” en oso, se había ido a vivir con los osos, había adoptado las costumbres de los osos y finalmente había sido aceptado por los osos.

–¿Y qué pasó? –había preguntado Andrés.

–Llegó la época de apareamiento, en la que los machos se pelean por las hembras, y otro oso le arrancó la cabeza de un zarpazo–.

–Bueno, tal vez debió haberse convertido en algo más inofensivo, o más parecido… como un chimpancé, por ejemplo–. Desde aquel momento la idea se había quedado archivada hasta el día fatídico en que decidió aplicarla.

Aquél día Andrés organizó una modesta comida de cumpleaños a la que invitó a sus pocos amigos. Durante buena parte de la reunión actuó con normalidad, pero cuando ésta llegaba a su fin, en un momento que juzgó apropiado, pidió silencio, se levantó de la silla y procedió a comunicar, con el mayor tacto posible, su resolución de descender un peldaño en la escala evolutiva. Al principio sus invitados creyeron que era una broma. Se carcajearon, siguiéndole la corriente. Sólo Rolando, que al punto recordó esa conversación navideña, se sintió alarmado ante la idea de que Andrés pudiera estar diciendo la verdad.

Ante la incredulidad de los demás, Andrés no insistió en esa ocasión, pero en los días subsecuentes lo vieron prepararse para su transformación y concluyeron que efectivamente pensaba volverse chimpancé. La primera reacción fue de escándalo y preocupación: pensaron que se había vuelto loco y se reunieron a su alrededor en reiteradas ocasiones e intentaron en todos los tonos hacerlo “entrar en razón”, cosa que Andrés sobrellevó con paciencia y firmeza. Rolando, que se sentía un poco culpable por la situación, fue más práctico y quiso convencerlo de ver a un psiquiatra. Andrés acabó cediendo a esto último, más que nada porque lo vio como una oportunidad para zanjar la cuestión, y asistió a algunas sesiones con un médico recomendado.

Al cabo de unas semanas, Rolando pidió hablar con el psiquiatra para averiguar qué había concluido. Éste le dijo que, según había podido observar, Andrés estaba cambiando de identidad como respuesta a una decepción con el mundo moderno y a sus pocos deseos de seguir haciéndole frente a las complicaciones de su vida; sin embargo, añadió, no presentaba rasgos que pudieran llamarse psicóticos y no entraba exactamente en un esquema depresivo, por lo que no había obligación legal de tratarlo clínicamente en contra de su voluntad.

Rolando comprendió que los problemas de su amigo no eran de índole medicinal. Invitó a Andrés a un café y lo interrogó con seriedad respecto a sus razones.

–Yo volteo a ver lo que me rodea –dijo Andrés– y nada tiene sentido. Nada. Vivimos en el vaivén de una locura autodestructiva. Guerra, injusticia, destrucción… el mundo humano es la demencia. No me quiero suicidar, quiero seguir vivo, pero no así.

De alguna manera, las palabras de Andrés, aunque simples, fueron bastante convincentes. Tras mucho meditarlo, Rolando acabó persuadido de que la decisión que había tomado Andrés era la correcta y que un cambio de especie sería lo mejor para él. Los otros amigos lo odiaron por eso al principio, pero con el tiempo, y al observar la actitud pragmática de Andrés, ellos también empezaron a verlo desde ese punto de vista.

Entre tanto, Andrés llevaba a cabo un intenso proceso de preparación. Empezó por deshacerse de sus posesiones: vendió casi todo lo que tenía excepto (por razones prácticas) su cama, un overol, el refrigerador y los aparatos de televisión; en cambio, adquirió todos los libros y documentales que pudo encontrar sobre los chimpancés y dedicó sus días a estudiar exhaustivamente a las criaturas. También compró un intrincado juego de pasamanos que armó en la sala de su casa y en el que pasó varias horas al día trepando, saltando y balanceándose. Además, empezó a comprar comida especial para acostumbrarse a la dieta de los simios. Así vivió por varios meses.

Finalmente, anunció que había llegado el momento de la transformación. Con una pequeña escolta, viajó hacia la reserva de vida silvestre más importante del país, y una vez allí pidió inmediatamente entrevistarse con el director. El planteamiento de la situación no fue bien recibido inicialmente. Los encargados presentes primero pensaron que se trataba de una broma de mal gusto y, cuando por fin los convencieron de la seriedad del asunto, reaccionaron furiosamente y con escándalo, haciendo caer sobre Andrés las peores acusaciones. Tras varias horas de airada discusión, prolongadas sólo por la inamovible insistencia de Andrés, el director llegó a una solución conciliadora: si Andrés podía comportarse realmente y ser aceptado por los chimpancés, podía quedarse como uno de ellos, bajo constante vigilancia, por supuesto. Andrés, satisfecho, no quiso esperar más y pidió ser sometido a la prueba en ese mismo momento.

Todos: el director, los encargados, los amigos de Andrés y Andrés se dirigieron al área de chimpancés y, mientras los demás observaban desde la pared de vidrio, Andrés tomó una bocanada de aire y cruzó la puerta al exterior, cerrándola tras de sí. Caminó algunos pasos en el área verde que se extendía ante él y se detuvo de pronto, adquiriendo un aire de gran solemnidad. Procedió a quitarse la ropa y una vez desnudo volvió a quedarse inmóvil un momento. Lo que sucedió a continuación fue algo que los testigos nunca supieron explicar con palabras. En cuestión de segundos, Andrés, o el que hasta entonces había sido Andrés, sufrió una auténtica transformación, no física sino esencial: mientras se encogía y se encorvaba sobre sí mismo, todo en él perdió el aire humano que tenía y fue reemplazado por un aura animal; sus movimientos y su postura eran puramente simiescas y la mirada que de inmediato dirigió a sus ansiosos espectadores había perdido todo matiz humano y se había vuelto la mirada impávida y muda de un animal. No eran las características de un humano imitando a un simio: eran las de un simio auténtico. Al ver esto, al mirar a la criatura a los ojos, los que lo habían acompañado supieron que la metamorfosis había tenido lugar.

Acto seguido, Andrés empezó a avanzar, con su adquirida agilidad de primate, hacia donde estaban los especímenes. Al principio, los chimpancés se apartaron de él y no le hicieron caso, pero después de unos minutos empezaron a reconocer sus gestos y lo observaron con curiosidad. Finalmente, se presentó el líder de la manada y Andrés, que seguramente lo había reconocido como tal, se aproximó y se presentó ante él a la manera propia de la especie, poniendo en práctica todos sus conocimientos. El jefe reaccionó brevemente de una manera que debió ser positiva, porque de inmediato los demás miembros de la manada se acercaron a Andrés y empezaron a interactuar con él. En este punto el director de la reserva dijo que ya había visto lo suficiente: Andrés había pasado la prueba.

Andrés vivió plácidamente entre los chimpancés. Nunca dejó, por supuesto, de ser una excepción entre ellos, por más que lo hubieran aceptado. Periódicamente tenía que dejar que los trabajadores de la reserva lo rasuraran y raparan. La forma humana de su pie nunca dejó de representar ciertas dificultades, a las que ya se había habituado desde su entrenamiento previo. También se tenía que esconder de las hembras.

De vez en cuando, alguno de sus amigos iba a visitarlo. Cuando lo veían, se sorprendían de lo humano que se veía, porque en sus cabezas ya tenía la nariz chata y el cuerpo cubierto de pelo. Pasaban el día con él y se sentían inclinados a contarle sus problemas, pese a que todo el tiempo lo único que hacía era escarbarles el pelo a sus interlocutores. Como humano, Andrés nunca había sido un gran conversador; ahora que era un animal por lo menos resultaba interesante tenerlo como compañía.

Una vez Rolando, después de haber ido a ver una representación de Hamlet, soñó con un chimpancé que estudiaba con detenimiento un cráneo humano. La siguiente vez que fue a visitar a Andrés se lo contó.

–Me parece, Andrés, que ese chimpancé eras tú. Acaso haciéndote tu propia versión de la pregunta–. Después de decir esto estuvo en silencio por un momento y dijo: –Andrés, yo he pensado mucho en tu cambio de vida, y entiendo por qué lo hiciste. Pero, honestamente, no podría seguir tu camino: extrañaría demasiadas cosas, hay muchas creaciones a las que estoy apegado. No podría dejar de ir al teatro, por ejemplo, o de escuchar música–. Después volteó a ver atentamente a su amigo y, sin esperar respuesta, dijo: –Honestamente, Andrés, ¿tú no extrañas nada?

En ese momento, por primera y única vez, para sorpresa de Rolando, Andrés se destransformó. Irguió la cabeza, lo volteó a ver con una mirada renovadamente humana y contestó: –Sí, las camas.

Después volvió a ser chimpancé.

Imagen tomada de Crate&Barrel

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Escrito por:paginasalmon

3 respuestas a “Hominidad | Por Rodrigo Ruiz Spitalier

  1. Llegué a esta página de casualidad y me encontré con este texto ¡me gustó muchísimo!
    Y al final, leo con sorpresa el nombre del autor, gusto en conocerte a partir de hoy y de este cuento.
    Nadia Maurer Spitalier

    Le gusta a 1 persona

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