Sin lugar a duda, la búsqueda por lograr comprender de un modo sintético a lo que denominamos modernidad –y con ella los modernismos– ha habilitado a innumerables interpretaciones y formas de abordar esta temática, instituyéndose así, como uno de los campos de discusión más ricos en las ciencias sociales. Sin embargo, y extrañamente, la obra La Viena de Fin de Siglo. Política y cultura de Carl. E Schorske ha demorado más de treinta años, desde su publicación original, hasta su traducción y publicación –esta vez desde la editorial Siglo XXI y bajo la colección política y cultura dirigida por Luis Alberto Romero– en español. Esta obra nos propone, mediado por una serie de interesantísimas operaciones analíticas, un análisis que tiene como fin último comprender la génesis, el significado y las limitaciones de las ideas que un grupo de intelectuales contemporáneos formularon durante la irrupción y el resquebrajamiento del sistema cultural liberal-burgués tras las revoluciones de 1848-1860 y la subsiguiente crisis en el plano de las ideas en el fin de siglo. Es decir, será la sucesiva aparición de nuevos actores (como las masas) en la esfera de la política y de nuevos interrogantes en cuanto a ¿qué es lo moderno?, ¿cómo se lo debía representar?, pero principalmente: ¿cómo actuar ante las nuevas problemáticas generadas al calor de las transformaciones del periodo? Serán estos los elementos dinamizadores de este libro.

El trabajo se estructura en siete ensayos individuales, aunque integrados por la temática general, que intentan recomponer –mediante diferentes experiencias– aquellos puntos de fuga que en el campo de las ideas se producen en la Viena de fines del siglo XIX y principios del XX ante las transformaciones que el mundo moderno le impone a la subjetividad de los sujetos de aquel período. Asimismo, es importante resaltar dos herramientas que a lo largo de los ensayos Schorske utiliza para dinamizar su análisis. Por un lado, podemos observar una narrativizacion de la historia dinamizada por avatares de la política del periodo, aunque mediatizada por las experiencias biográficas de los diferentes actores del campo intelectual de la ciudad que analiza.  Por otro lado, descubre en el psicoanálisis un léxico –el duelo, la melancolía, el trauma, el retorno de lo reprimido etc.– capaz de otorgarle tangibilidad a las respuestas que aquellos sujetos exponen (o reprimen) ante el devenir de los acontecimientos que marcan la historia, su historia, en el período. En definitiva, la funcionalidad y el significado de las nuevas ideas, de los movimientos políticos y culturales conjuntamente con las formas en que estos intentaron hacer tangible su realidad se hacen presente mediante la interpretación de los sueños de Sigmund Freud, la literatura de Arthur Schnitzler, Hugo Hoffmannsthal y Hendrich Drendorf (entre otros), los proyectos urbanísticos de Camilo Sitte y Otto Wagner, la pintura y la música disruptiva de Oskar Kokoschka y Schoenberg, la experiencia del movimiento artístico de La Secesión liderada por Gustav Klimt y los proyectos políticos y sociales de Georg von Schönerer, Karl Lueger y Teodor Herzl. Son estas las propuestas ensayísticas que el autor nos invita a analizar para dar cuenta de la crisis de los valores liberales y “las formas que el hombre moderno formuló para recrear su propio universo”. (26)

El primer ensayo, “La política y la Psiquis”, funciona, en una primera instancia, a modo introductorio en tanto intenta exponer las características de la tradición cultural vienesa sobre la cual se desarrollarán la serie de subsiguientes ensayos. Partiendo de una breve descripción histórica en cuanto a las formas en que el sector liberal llega al poder dentro del imperio Austrohúngaro, Schorske nos invita a configurar las particularidades del sector burgués en tanto, aunque se asume (como cualquier sector burgués de la época) profundamente legalista, racionalista y con una fuerte convicción en cuanto al progreso social, éste se caracteriza por su imposibilidad de generar un monopolio del poder. Es decir, su reproducción como grupo y clase social estuvo íntimamente ligado a sus posibilidades de negociación con el sector aristocrático, el cual, a su vez, ante las transformaciones propias del periodo, se encontraba en un franco retraimiento. De este modo, es aquí donde Schorske arriesga una interesante caracterización de la tradición cultural liberal vienesa en tanto la combinación de las propias cosmovisiones de estos dos sectores que tienen su reproducción y síntesis en el espacio moral, estético y científico. Del mismo modo, estos preceptos configuran, para el autor, el marco político-cultural sobre el que se desarrollarán las diferentes expresiones en lo que el autor analiza como el surgimiento del “hombre psicológico” y “la crisis del yo liberal” ante las transformaciones del mundo moderno, pero principalmente ante la embestida de “las masas hostiles a la cultura” que intentaban hacer valer su derecho a participar en la vida política. Por otra parte, mediante las obras de Artur Schnitzler y Hugo von Hofmannsthal, Schorske aproxima unas primeras experiencias en cuanto a las formas en que esta cultura liberal se ocupó de su propia desintegracion. Así, el autor al analizar La cacatúa verde (1898) de Schnitzel descubre que aquellos relatos que tenían como protagonista a Georg von Wergenthin –un artista, aristocrático– no sólo exponen las aventuras de un hombre adinerado y de cierto rango social sino también expresa la deriva, el aislamiento, en definitiva, el vacío de valores que caracterizan al hombre moderno que se debate entre la racionalidad burguesa y los preceptos aristocráticos.

Por otra parte, el segundo ensayo, “La Ringstrasse, sus críticos y el nacimiento del modernismo urbano”, el más largo y tal vez donde mejor se exponen los lineamientos del autor en la sistematización de una historia de la ciudad –y no en la ciudad–, se expone una historización de la ciudad donde a partir de un relato acontecimental, como el triunfo del sector liberal en la política imperial mediante los avances hacia un constitucionalismo monárquico parlamentario entre 1848-1860, se van narrando de un modo atrapante (mediante una serie de fuentes burocráticas y testimoniales) la transformaciones arquitectónicas y urbanísticas que la ciudad va adquiriendo mediante la materialización de los nuevos patrones culturales y de pensamiento liberal-burgués. Sin embargo, lo más interesante de este capítulo se expone a partir de la puesta en práctica de una de las principales hipótesis del libro: la particularidad de la burguesía Vienesa en tanto no autodefinirse en contraposición a la aristocracia sino mediante un nuevo vocabulario estético, aglutinarse junto a ella como el sector dominante de la sociedad. Asimismo, Schorske nos propone analizar los diferentes proyectos urbanísticos que se implementaron y debatieron en la época mediante la contraposición de dos modelos íntimamente contrapuestos y cuyos fundamentos se ubican en dos respuestas a una misma cuestión: ¿qué identidad debía adquirir la ciudad ante las problemáticas propias de una sociedad moderna?, ¿el desarrollado por Camilo Sitte, quien creía en la revalorización de un modelo urbanístico medieval dando respuesta a las necesidades de una comunidad fraccionada e individualista, o el modelo desarrollado por Otto Wagner, quien, ligado al proyecto de La Secesión, advertía la necesidad de otorgarle a la ciudad la identidad propia del mundo moderno mediante la primacía de la funcionalidad en una arquitectura ahistórica, desprendida del pasado, y cuyo fundamento era exponer la verdadera identidad del hombre moderno mediante un trazado racionalista y utilitario? Sin embargo, el autor no expone simplemente comentarios propios de estos urbanistas o sus propios bocetos y panfletos sino, por el contrario, intenta redescubrir en las experiencias personales de éstos aquellos elementos que en su psiquis han permitido la configuración de planteamientos tan contrapuestos.

En el tercer ensayo, “Política en un nuevo tono: un trio austriaco”, Schorske nos propone recuperar aquellos movimientos políticos reaccionarios: una doctrina liberal que, aunque había avanzado de un modo institucionalizado mediante la práctica parlamentaria y electoral, aun se encontraba lejos de ser un elemento cohesionador de todo el entramado social del imperio. Y, por supuesto, la crisis económica (1878-1895) que no sólo socavo ciertos ideales culturales propios de la Belle epoque, tan bien analizada por Eric Hobsbawm en La era del imperio, sino que también hizo mella en aquellos elementos de la sociedad que aun cimentaban su reproducción bajo una lógica propia del Ancien Regime.

De este modo, mediante las experiencias políticas de Georg von Schönerer, Karl Lueger y Teodor Herzl, recuperadas nuevamente mediante un contundente trabajo respecto a testimonios y panfletos de la época, Schorske nos invita a recuperar la invención de un nuevo tono de la política, donde las contradicciones propias del Laisze affaire adquieren un protagonismo impensado para los términos de la política del periodo, en el que impera “el don de responder a las necesidades sociales y espirituales de los seguidores componiendo collages ideológicos hechos con fragmentos de modernidad, vislumbrados de futuro y restos resucitados de un pasado semiolvidado”. (133) Será ésta la principal herramienta formativa y cohesitiva para este nuevo actor en la política imperial: los primeros partidos de masas. Sin embargo, se debe destacar aquel ejercicio mental que Schorske nos instiga a realizar mediante una pregunta que recorre este ensayo: ¿cuál debía ser entonces la confianza hacia una doctrina que se postulaba hija de la racionalidad y se fundamentada en la búsqueda por materializar la voluntad general ante su propia imposibilidad de “controlar” los propios efectos de su revolución a nivel social?

En el cuarto ensayo titulado “Sigmund Freud: Política y Parricidio”, nos encontramos con un trabajo sumamente interesante en lo que se refiere a fuentes en tanto y en cuanto mediante la superposición de cartas personales del propio Freud, su famosa obra La interpretación de los sueños y acontecimientos históricos de la época. Schorske logra concebir al psicoanálisis como una teoría social que permite otorgarle tangibilidad a las acciones de las personas –y por ende de los hechos históricos– superando la esfera de lo político-económico y redefiniéndolas como productos o manifestaciones epifenoménicas de fuerzas psíquicas. Por ende, fue una forma de comprender la realidad que tan sólo pudo generase en un marco de crisis y resquebrajamiento de los principales preceptos que sostenían a la sociedad y a sus propias formas de analizar y comprender su pasado, presente y futuro. Es decir, era la desintegración del orden liberal ante el prejuicio racial y el odio nacionalista lo que había dinamizado este nuevo punto de fuga para la comprensión de la realidad social de fines de siglo. Vale destacar que nuestro autor logra, en este breve ensayo, una narrativización de la vida de Freud en tanto que no sólo nos permite comprender lo anteriormente mencionado sino también observar cómo los sectores de la élite vienesa de religión judía se vieron fuertemente perjudicados en la esfera pública ante el surgimiento de los sectores reaccionarios de derecha como el partido de Karl Lueger, del mismo modo nos incita a comprender esta realidad mediante una relectura de La interpretación de los sueños.

Por último, en los ensayos cinco, seis y siete, Schorske intenta dar cuenta del devenir del arte moderno mediante un análisis que, partiendo de la propia tradición estética liberal, propone desentrañar la desvinculación de ésta con la realidad moderna, la cual, en última instancia, implosionará con el surgimiento del expresionismo como la forma más acabada de un arte subversivo ante los avatares estéticos de la cultura artística liberal, pero principalmente, dando cuenta de la sensación de irresolución y de constante transformación propias del hombre moderno. Desde esta premisa fundacional, Schorske, en “Gustav Klimt: pintura…”, inicia un estudio pormenorizado de las obras de una de las figuras más emblemáticas del movimiento de La Secesión vienesa. Mediante lo que describe como el análisis de un voyage intérieur en la psiquis de un hombre, nuestro autor se plantea redescubrir las pugnas ideológicas y culturales sobre las que el art nouveau austriaco comenzó a hacerse lugar en el campo de la estética burguesa. De este modo, La Secesión, bajo el lema A cada época su arte, al arte su libertad y con un objetivo más que claro –“la búsqueda de una nueva orientación vital para las formas visuales que permita hacer tangible en el plano estético el verdadero rostro del hombre moderno”– es recuperado por Schorske quien nos propone ser partícipes de un combate entre la tradición ortodoxa liberal y academicista del arte dieciochesco y aquellas nuevas corrientes que, en su búsqueda por generar un proceso introspectivo sobre la subjetividad del hombre moderno, redescubrieron en la desnudez, el sexo, los sueños y los sentimientos los elementos últimos –y primigenios– que permitirían generar un “kunstvolk total”. Al mismo tiempo que mediante el análisis de un gran número de obras de Klimt en relación con la folletería de la época, los discursos pronunciados por los protagonistas de pugna estético-cultural (entre la defensa de Franz Wickhoff ¿qué es lo feo? y las acusaciones de “no comprender nada sobre arte” y de “Fealdad estética” por parte de Friedrich Jodl) y el propio devenir de la vida del artista vienes (¿Cómo comprender la distancia estética que se advierte entre Jurisdicción, Medicina y Filosofía 1898-1901?, y los últimos retratos donde Klimt reproducía lo que tanto había criticado: un arte desalmado), se plantea lo que se podría denominar como el triunfo pírrico de la kunst-schau frente al moralismo cristiano y conservador del arte burgués. Aunque pudo poner en duda los cimientos de aquella estética tradicionalista, la primera avanzada secesionista no logró triunfar en el campo académico y cultural.

De este modo, en La transformación del jardín el autor expone de forma brillante la manera en que la literatura austríaca, viéndose exenta del realismo social tan característico de la literatura inglesa o francesa del siglo XIX, genera una vía propia capaz de exponer las particularidades de la cultura burguesa entre 1848-1900. Así, mediante la obra Der Nachsommer (1857) de Adalbert Stifter, Schorske expone las encrucijadas entre las diferentes generaciones de la burguesía austríaca, en una primera instancia mediante el personaje Drendorf da cuenta de la formación de una racionalidad que busca incansablemente el beneficio económico y la propia ética burguesa que tan bien ha sido analizada por Catherine Hall en Sweet Home, luego, y a través de Heinrich –hijo de Drendorf–, se exponen aquellas operaciones identitarias que la segunda y tercera generación de las familias burguesas –muy lejos ahora de los talleres y fabricas– generan para conformar su propia identidad. Asimismo, y mediante la literatura de Ferdinand Von Saar y Hofmannsthal, Schorske analiza de qué forma estas nuevas generaciones de sujetos deciden desligarse de la realidad refugiándose de las complejidades del período y “haciendo de la belleza una pantalla contra la verdad y del arte un sustituto de la ética” (281), generando así sus propias utopías en cuanto a la sociedad que integraban donde el arte adquiría el rol y la capacidad de generar una estética autocomplaciente en un mundo complejo. Por último, y a modo de preludio del último ensayo, el autor establece inteligentemente que en las propias obras del período 1880-1900 se vislumbraba una crítica al valor del arte exigiéndole esta vez la reformulación de su valor social como elemento integrador de una sociedad al borde de la desintegración. Sin embargo, en el caso de Hofmannsthal, la crisis de estos mismos preceptos lo estimulan a proyectar una solución a los mismos, si la realidad se caracterizaba por Das gleitende –estar en constante desplazamiento– generando en los individuos sentimientos múltiples y únicos, el arte debía adquirir la función de forjar aquellas relaciones para generar la sensación de una realidad única, aunque dinámica. En la esfera de lo político debían redefinirse los criterios de forma tal que los sujetos, sintiéndose parte de ese todo heterogéneo, vieran en el sistema político una válvula de escape en la cual expresarse y no un espacio a partir del cual se ejerce el poder.

En el último ensayo de su obra, Schorske apela nuevamente a la teoría (el dilema de la superación del padre/maestro por el hijo/alumno) y a los conceptos (como el retorno de lo reprimido) del psicoanálisis en tanto que intenta resolver con ella las condiciones que generaron la explosión del arte liberal mediante el surgimiento del Expresionismo y la teoría musical de Arnold Schoenberg. De este modo, mediante un análisis simple aunque bien fundamentado de las obras de Oskar Kokoschka, el autor expone cómo el joven artista vienes, quien había iniciado su carrera en la Kunstschau –dirigida por el propio Gustav Klimt– a la edad de doce años, supera aquella estética característica por “una pulsión sublimada y desindividualizada en la que se había degenerado el movimiento secesionista vienes”. (233) A través de una revolución estética es que se configuran claramente los elementos de este nuevo género artístico. Asimismo, mediante el análisis de la obra de Schoenberg, el autor nos propone observar la inoperatividad alcanzada por la tonalidad tradicional renacentista en representar los avatares de la vida moderna, es decir, un orden tonal infinitamente jerarquizado –mediante la escala diatónica– se postulaba incongruente con una realidad que exigía, como expresan las obras El árbol de los jardines colgantes (1909) y Tratado de Armonía (1911), la expresión del aislamiento y la desilusión que caracteriza al hombre moderno. De este modo, la creación de la dodecafonía expone para nuestro autor “la lucha contra la “comodidad burguesa (…) y la expresión de posibilidad de un orden tonal que estuviera en consonancia con la capacidad creativa del hombre y la inescrutable y múltiple naturaleza del mundo”. (345)

A modo de cierre, cabe notar que la obra de Schorske cumple de modo más que aceptable su objetivo: desentrañar las principales problemáticas y ejercicios intelectuales generados en la Viena de fin de siglo ante lo que se percibía como una nueva época. Del mismo modo, logra realizar de forma estupenda un ejercicio historiográfico donde no sólo combina un análisis pormenorizado de un volumen considerable de fuentes sino también, se arriesga al uso de la teoría psicoanalítica como herramienta de análisis.

Imagen tomada de NYARC

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Escrito por:paginasalmon

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