Fotografía por Yess Molko

Si le preguntáramos al ciudadano promedio de México cómo son los colombianos, los peruanos, los argentinos, o cualquier otro nacional de centro y Sudamérica es probable que no sepa más de uno o dos estereotipos (como la arrogancia argentina o el acento cubano) y a lo más dos que tres datos o lugares históricos de importancia. Pero si preguntáramos a esa misma persona qué sabe de países como Francia, España, Alemania o Inglaterra probablemente nos diría no sólo que en Francia se hace excelente pan, sino que aparte de la Torre Eiffel hay buen vino y la más alta cultura. De España sabría que hay asturianos, catalanes, madrileños y los favoritos de los chascarrillos, gallegos, así como dos o tres ciudades. De Alemania hablaría de la exactitud y eficiencia, de Berlín, de Hitler, de la cerveza o de su buen futbol. Así podríamos irle preguntando a esta persona hasta llegar a una interrogante: ¿por qué un latinoamericano sabe más de otro continente que del suyo?, ¿por qué un niño sabe más de Disney y no de su historia?

El nombre de nuestro continente no es nuestro nombre, sino el nombre que otros le dieron a un continente que les era desconocido, inhóspito pero maravillosamente rico, donde sus más altivas fantasías, utopías y ambiciones son realizables (“hacer la América”, o el “sueño” americano). El concepto de América Latina como una unidad es también ajeno a nosotros porque lo ideó un francés a mediados del siglo XIX bajo la insignia del panlatinismo. Esa ideología rezaba que todas las naciones católicas y con una lengua romance eran una sola familia que estaba amenazada por las familias eslavas, encabezada por Rusia y la anglo-germana, representada por Prusia (Alemania), Inglaterra y el ascendente Estados Unidos. El panlatinismo explicaba que las naciones latinas, tanto las europeas como las americanas, tenían que unirse para defender su permanencia y dignidad en el concierto de las naciones.

Este panlatinismo fue acogido con gran entusiasmo por Napoleón III quien lo elevó a política exterior del segundo imperio francés con intervenciones en Rumania y México. Esta idea al final fracasó, pero no deja de ser interesante que lo que hoy los anti imperialistas usan como bandera, la Amérique Latine, sea precisamente el estandarte del imperialismo francés en nuestras tierras, ya que legitimaba a Francia a “liderar” (dominar) la familia de las naciones latinas para asegurar el suministro de recursos y materias primas al poderío industrial francés.

Hablando sobre este tema, ¿qué pasó con Simón Bolívar? El Libertador del Sur veía la unión de los países hispanoamericanos como una necesidad y no como una continuación de la homogeneidad aparente que existía con el régimen virreinal de los Austria y semi-colonial de los Borbón. Esta necesidad estaba bajo los cálculos de supervivencia como nación independiente del antiguo virreinato de Nueva Granada (después Gran Colombia). La “hermandad” bolivariana duró poco, ya que las élites políticas de cada uno de los antiguos territorios de la corona española en América no compartían los intereses de Bolívar y tampoco querían substituir el poder central de la Madrid monárquica por una Santa Fé (Bogotá) presidencialista.

Históricamente, las relaciones más amistosas entre los países de nuestra órbita cultural compartida (lo hispanoamericano) son aquellas que nacen de intereses entrelazados como el Mercosur o la Alianza del Pacífico. México votó en contra de la expulsión cubana de la OEA no porque lo sobrecogiera un fervor solidario con sus hermanos cubanos, sino porque marcaba una independencia de la política exterior estadounidense que legitimaba al régimen revolucionario mexicano frente a otros poderes extranjeros como un interlocutor válido que actúa por cuenta e interés propios sin ser un apéndice más de la potencia hegemónica de nuestro continente. Sumar puntos en el frente interno, actuando independientemente de los “gringos”, representaba una plusvalía para el gobierno mexicano tanto como mantener un papel relevante como el histórico intermediario entre Cuba y el continente. En contrasentido, México fue abandonado por la mayoría de nuestros “hermanos latinoamericanos” en la epidemia del H1N1 de 2009-10.

El problema de la esencia de nuestros países hispanoamericanos es que no poseen una identidad bien cimentada. Apenas logramos la independencia, la mayoría de los países rompimos con las tradiciones políticas y constitucionales que mantenían cohesionadas tanto a las élites como a la sociedad cuando, en un afán por obtener la redención, se importaron modelos de países con tradiciones distintas a las nuestras con sus propios vicios y virtudes, sin deshierbar los vicios y mecanismos más perversos de los sistemas políticos virreinales (tales como el despotismo, el racismo institucionalizado y los privilegios) o mantener las cosas que valían la pena conservar de esos regímenes (balance de poder, estado de Derecho, cohesión social). Este rompimiento fue algo parecido al que hicieron los ilustrados con la edad media europea, que buscando “liberarse” de las “monstruosidades” del pasado terminaron por negar partes de sí mismos (algo a lo que el romanticismo reaccionó). A diferencia de la mayoría de los ilustrados que pretendieron crear una nueva identidad creyéndose superiores a todo aquél no europeo, nosotros no tuvimos un escaparate generalizado en la población para crear algo que nos permitiera autoafirmarnos y así autodefinirnos con base en nuestra propia esencia y no aquella percibida por otros.

Los rostros de las jóvenes naciones hispanoamericanas estaban entonces vacíos al romper tan pronto con sus propios pasados, y al negar su esencia terminaron por negarse a sí mismos y condenarnos a ser testigos de nuestras vidas como los otros, los hermanos incómodos, dudosos y hasta bastardos de Occidente que no tienen seguridad sobre sí mismos o de su lugar en el mundo. Este vacío en nuestros rostros y corazones es tan grande que en México tenemos una palabrita para definir una de nuestras estrategias para escapar de ese abismo: el malinchismo. En México es preferir lo ajeno a lo propio; en Argentina es creerse europeo por sobre la tierra que le da a uno sustento, y en los demás países, en menor o mayor medida, intentar imitar o alcanzar los pasos de los europeos y estadounidenses. ¿Cómo puede esperarse una vida plena cuando quien toma las riendas cercena su potencial con un odio a sí mismo que lo limita a copiar mecánicamente todo lo ajeno?

Podrán algunos decir que en el virreinato existía una identidad novohispana sesgada, una que imitaba todo lo que veía de Occidente porque no era capaz de nada por sí misma. De una cultura “espejo” que no vale la pena, de algo que no es propio o dueño de un valor inherente en la consciencia de sus habitantes. Nada más falso. La cultura propia virreinal, tanto occidental como americana y mestiza, tenía atisbos de vitalidad y originalidad como atestiguan los legados arquitectónicos en cada uno de los pueblos coloniales, o las obras de gentes como el renacentista mestizo Inca Garcilaso de la Vega, del libertador africano Yanga, del desafiante Carlos Sigüenza y Góngora, del fundamental Ruiz de Alarcón o Sor Juana Inés de la Cruz, del indígena Alva Ixtilxóchitl (el “Cicerón mexicano”), del jurista ilustrado Manuel de Lardizábal, o los más de 2,000 escritores renombrados (españoles, indígenas y mestizos) mencionados en la Bibliotheca Mexicana entre tantos otros que la manta del tiempo y el olvido ha cubierto enfrente de nuestros ojos.

La cultura “espejo” de copiar las apariencias de ser de Europa tiene su contraparte con el humo que emana y reacciona contra todo lo occidental incluyendo la propia sangre, cultura y lengua. El humo que sale de este espejo vuelve sospechoso a todo lo extranjero, hace que cualquier interacción con los “de fuera” se vuelva una prueba de lealtad (que si habla o no español en su entrega de Óscar, que si dice o no vivas, que si no se doblega, etcétera), convirtiendo cualquier coqueteo a lo diferente en una traición imperdonable de pensamiento, acto y omisión. Este chovinismo no nace de un sentimiento de superioridad u odio a los demás, ya que tiene su origen en un sentimiento de inferioridad y odio hacia uno mismo que prohíbe de manera tajante la apertura con el mundo malvado que sólo ha traído calamidades a estas tierras. Por eso, conforme nos intoxica ese humo, debemos cerrarnos del mundo y defendernos de los constantes embates y conspiraciones exteriores para robarnos lo poco que nos queda. Este tipo de “nacionalismos” son derrotistas, autodestructivos, falsos y por lo tanto descartables.

A groso modo, el hispanoamericano es el heredero legítimo de dos monumentales troncos de la civilización humana: la anahuacense y la euroasiática. El valor de la anahuacense o americana no es tan visible hoy en día, pero sobra recordar que los únicos cinco lugares donde surgió la civilización fueron Mesoamérica y los Andes junto con la Creciente Fértil, India y China. Otra constancia memorable de este tronco es su aportación a la más grande revolución en la historia de la civilización: el surgimiento de la escritura en nuestras latitudes –y no en Europa– que permitió tener la capacidad de salvar del abismo del olvido o de la distorsión oral el conocimiento acumulado de los ancestros. Sobre el tronco euroasiático, al descender de poblaciones de la Iberia, el hispanoamericano abreva no sólo de las tradiciones godo romanas sino también orientales o árabe-bizantinas (¿o acaso cree que algunas similitudes entre latinos barbados y árabes son mera casualidad?).

Esta herencia está dilapidada porque ha sido repudiada por nosotros y negada en su valor por otros. Esta tendencia a repudiar a estos dos troncos civilizacionales se da bajo cualquier combinación según la preferencia. Unos prefieren tirar la euroasiática, otros la anahuacense, otros reclaman el lugar de la africana, pero todas esas posturas, en mayor o menor medida, adolecen del sesgo causado por la negación o la ausencia de la consciencia de la esencia propia al actuar como espejos de otros. Al no existir una base común que no sea el idioma y la religión, América Latina no deja ser más que un concepto romántico con el cual podemos consolarnos de la soledad con la que nacemos, vivimos y morimos en este continente regado con fantasmas, esos espectros malditos de todas aquellas cosas y causas que no han sido resueltas y nadie desea voltear a ver.

Históricamente, México tiende a ir a contracorriente de los flujos en Centro y Sudamérica. Esto puede ser porque nuestra historia es un tanto diferente, ya sea por la cercanía con Estados Unidos o simplemente porque México engloba en su territorio tanta o más diversidad genética que la que hay entre un europeo y un chino, pero de cualquier modo los hechos superan las razones y los puntos comunes. México eligió a derechistas (Fox y Calderón) en la primera década de este milenio cuando la marea rosa arrasó con los gobiernos tradicionales de los demás países de América Latina, con personajes tan diversos y diferentes como Lula, Chávez, Correa, Bachelet, Kirchner, Múgica, Toledo, Ortega, etcétera. Otros momentos en que México fue a contracorriente de los otros países hispanoamericanos fueron la consumación de la independencia por los otrora realistas que buscaban conservar sus privilegios ante el Trienio Liberal en España, la revolución mexicana en una época relativa de estabilidad en el continente o la “democracia administrada” o “teatral” a la Augusto César del PRI/PNR/PRM en contraste con la crónica inestabilidad de los gobiernos militares y continuos golpes de Estado que asolaban la vida política de Centro y Sudamérica, entre otros puntos menores.

Esta tendencia, de llevar la contraria, puede sugerir ahora que los países que votaron y se desilusionaron con la izquierda y votarán por la derecha (la llamada “ola conservadora”), México entonces elegirá a un candidato de izquierda. Ante esto, cabe advertir que la casualidad no implica causalidad. Que haya algunas similitudes entre los trazos de las vidas de nuestro continente no implica que todos seamos una misma pintura, porque al final cada país, como cada persona, es una entidad diferente que actúa conforme a sus preferencias y su propia maximización de utilidad.

La marea rosa fracasó porque no supo aprovechar el boom de commodities que enriqueció a América Latina en la primera década del milenio. En lugar de aprovechar los ingresos históricos y destinarlos a generadores de riqueza (educación, ciencia, tecnología, infraestructura, etcétera) los fondos fueron usados para palear (no solucionar) la pobreza mediante gasto y no inversión. Ahora que la ola conservadora se ha asentado en casi toda América Latina tenemos una situación económicamente deprimida porque no se realizaron las inversiones necesarias para depender de factores internos de crecimiento en lugar de los factores internacionales que se encuentran a la baja con gran potencial de inestabilidad gracias a la presidencia de Donald Trump. La responsabilidad en el completo fracaso de nuestro continente en aprovechar el boom de commodities no sólo cae en los movimientos de izquierda, sino en los de derecha y centro que permitieron la descomposición sociopolítica que la marea rosa intentó –usualmente con buenos motivos– solucionar.

El arte del buen gobernar implica como consecuencia final el correcto manejo o encauzamiento de los destinos de los súbditos y de la polis o comunidad que el soberano administra o dirige. ¿Sucede esto en América Latina? No; nuestras élites políticas han abandonado la tarea de gobernar por la tarea de “administrar problemas” o actuar a la avestruz esperando que el problema desaparezca solo si dejamos de verlo el tiempo suficiente. Estas élites no sólo han abandonado el deber de gobernar, sino que se apropiaron del espacio común y hecho del Estado un botín personal ante una apática ciudadanía pasiva.

Sumado a estos parásitos, la élite económica está más enfocada en defender sus privilegios y riquezas en un mundo en que el Imperio de la Ley no es más que un archipiélago de derechos difusos y leyes a modo de pequeños grupos bajo control de los políticos. ¿Es inmoral la conducta de las élites económicas? Tal vez. ¿Es racional? Completamente. ¿Tienen derecho? Depende, pero generalmente sí, porque al final un Estado es disfuncional cuando no puede garantizar los derechos desde el más rico hasta el más pobre. Cuando estas élites económicas no tienen asegurada su supervivencia o sus riquezas, éstas recurren a dos estrategias: 1) se vuelcan a defender sus intereses mediante transacciones con la clase política o 2) se enrolan en la sociedad civil organizada para luchar por mejores gobiernos. Esta última estrategia es peligrosa en los países en que el brazo de la justicia no es más que el mazo de los cuates y los estatequietos del compadre.

En una época de depravación moral en las altas esferas del poder, la sociedad tiene que organizarse porque los mesías y redentores son los profetas de la mentira al fingir que son algo más que una persona frágil y falible como todos nosotros. La organización de la sociedad civil es difícil cuando no existen valores trascendentales o de suelo común que cohesionen voluntades, sacrificios y recursos para un fin compartido. El poder del mártir y del activista es potente en la medida de su adhesión a algo superior a sí mismo, ya que es una especie de “apoteosis” o bálsamo con la cual el individuo y un colectivo pueden soportar dificultades para alcanzar sus objetivos. El imperio romano duró poco más de mil años, en tanto que el reino de Cristo se mantiene tan vibrante y en expansión a sus más de dos mil años de existencia institucionalizada como una obra humana voluble y vulnerable.

Esta idea, valor o narrativa trascendente común es palpable en Estados Unidos, Francia, Alemania, Israel, Arabia Saudí, China, Japón, Italia, Rusia, India, Sudáfrica, Singapur, etcétera. ¿Estos países son modelos perfectos a seguir? No. Pero lo cierto es que son países o sociedades que han logrado romper o atenuar sus circunstancias históricas y trabajar por una situación mejor o al menos ya perfectible: Sudáfrica derribó el régimen del Apartheid, China sacó a cientos de millones de personas de la ruina de la pobreza, India logró lo mismo sin tener que sacrificar los derechos y dignidades de la persona, Estados Unidos transformó un territorio insignificante en el s. XVII (comparado con los reinos hispanoamericanos) a la superpotencia hegemónica del siglo XXI, Singapur, desprovisto de recursos humanos y materiales, se erigió en una generación en el epicentro financiero del sudeste asiático en tanto Israel renació de las cenizas mientras se defendía en todos los frentes posibles contra más de siete enemigos distintos.

¿Y qué pasa con los países hispanoamericanos? Pues nada. Es anecdótico que la “madre patria”, Iberia, tiene el mismo problema de una identidad a medio cuajar que nosotros (basta recordar Cataluña) y no ha logrado construirse completamente pese al discurso nacionalista del régimen franquista. Los hispanoamericanos no tenemos una narrativa coherente, integral, orgánica y dominante. No es integral y orgánica cuando pretendemos homogeneizar lo heterogéneo, cuando pretendemos negar parte o el conjunto de nuestras raíces, y tampoco dominante cuando existen otras narrativas de clase que compiten y en muchas ocasiones causan más división que armonía en nuestras sociedades plurinacionales y multiétnicas, porque si la vocación latinoamericana existe, ésta es universal como nuestra sangre y tradiciones en la que no hay rivalidad ni exclusión.

Parece entonces que uno de los problemas de gobernabilidad de nuestro continente se debe a una ausencia de identidad o de rostro propio como habitantes de estas tierras. Sin ideales, valores o metas trascendentes el hombre no tiene a dónde dirigirse, está desprovisto de una finalidad y por lo tanto de un destino. Esto empeora cuando la persona accede a los laberintos del poder y pierde la orientación. El poder sin valores es un poder tiránico. Esto es algo que el antiguo filósofo chino, Xunzi, reconocía cuando explicaba los tipos de poder o liderazgos: el tiránico, hegemónico y humano. El poder tiránico es autodestructivo porque se ejerce únicamente mediante la fuerza militar y genera más enemigos que los que extermina, en tanto que el hegemónico no expolia a las personas bajo su poder o a las otras naciones. La debilidad del poder hegemónico es que actúa ajeno a la moral y los principios, por lo que a largo plazo no es un modelo deseable para las personas. Por ello, refiere Xunzi, el liderazgo humano es el mejor porque lleva a las naciones a tener un éxito sustentable al inspirar los “corazones y mentes” de la gente tanto adentro como afuera mediante el ejemplo del ejercicio sano –fundado en principios, en la medida posible– del poder. Esta es la razón por la cual Estados Unidos, pese a todas sus fallas como sistema democrático, tiene más de 50 aliados formales cuando China no tiene ni un solo aliado formal, ya no decir país amigo, porque su sistema antidemocrático no “inspira los corazones y mentes” de las personas al ser indeseable.

El sistema de poder predominante en nuestros países hispanoamericanos es el liderazgo tiránico, el cual goza de popularidad bajo la ilusión de las arenas movedizas del “hombre fuerte” y “la mano firme” que ponga en orden –mediante violencia si es necesario– el estado de las cosas. Es por ello que las próximas elecciones, en Venezuela y México, no son tan trascendentes a largo plazo. Venezuela apuesta por mejores precios del petróleo y por una fragmentación mayor de la mediocre oposición venezolana que en más de una ocasión se sabotea a sí misma. México, ajeno a los movimientos latinoamericanos que oscilan entre izquierda y derecha, mantendrá su sistema de liderazgo tiránico porque no tiene un Estado de Derecho real (sino islas de derecho) y no existen candidatos presidenciales visibles que estén suficientemente libres de la telaraña de intereses y compromisos que mantienen cautivo al Estado y a nosotros.

América Latina, continente indolente, parece que romperá las maldiciones de su historia, traumas y ausencias hasta que el mundo exterior vuelva con toda furia y tempestad a destruir el cascarón que la barbarie del tiempo se ha dedicado a consagrar (como matanzas, expoliaciones, racismo, opresión, etcétera). Nos estamos arriesgando a un escenario, mutatis mutandi, parecido a 1521, 1767, 1810 o los 70, cuando el paso del mundo terminó por alcanzar nuestra soledad sacudiendo las fibras más íntimas de nuestra identidad y cosmovisión. En nuestros días la disrupción tecnológica ya se está haciendo sentir en algunos gremios y grupos de poder tradicionales, como los taxistas o las telecomunicaciones (televisión, radio y teléfono). Si bien hoy hay avances gracias a la tecnología como el debilitado control social a través de la prensa escrita en la era de Facebook y Twitter, hay también graves retrocesos y peligros con formas más perversas de dominación como las fake news, o el espionaje gubernamental y de grupos de interés a través de programas como Pegasus, que permiten tener acceso y control no autorizados sobre nuestros celulares (ese aparato en el que gustosamente subimos todo sobre nuestras vidas).

Aunque malogrado, el hispanoamericanismo debe ser o América Latina no será. ¿Llegamos tarde para hacernos de una identidad en una época postmoderna en la que las narrativas son criticadas y mandadas a la basura? Puede que sí, pero no importa, no es relevante, porque algunos postulados postmodernos obedecen a un contexto europeo y angloamericano que ya nos es ajeno porque ellos ya tuvieron sus narrativas e identidades con las cuales construyeron su bienestar (aunque a nadie engañan, buena parte de sus riquezas se debieron a la explotación y saqueo de los recursos de los cuatro rincones del mundo en la égida del colonialismo e imperialismo europeo y angloamericano).

Seguir las tendencias filosóficas y políticas de Occidente –o de cualquier otro rincón– no nos beneficiará tanto a como si nosotros hiciéramos nuestra propia filosofía y nuestras propias palabras para describir la realidad que vivimos y explorar quiénes somos. Esto es tan importante como tener la capacidad de generar tecnología y de educar a la gente. Sin ideas propias, sin creatividades propias, no somos más que autómatas y esclavos de la libertad de los demás. Esto no implica cerrarnos, ni rechazar las luces del cielo, sino ser nosotros por nuestro propio derecho para poder interactuar y aprender entre iguales con las otras órbitas culturales y sociales de nuestro mundo. Este camino ha sido exitoso para Japón, a diferencia del camino que tomó China con la Revolución Cultural y el Gran Salto Adelante que terminaron por erradicar innumerables riquezas, tradiciones y valores que han despojado a la China actual de una brújula axiológica que la conduzca sustentablemente a una prosperidad duradera. ¿Suena familiar?

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Escrito por:paginasalmon

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