¿Recuerdan aquellos días de bachillerato? ¿Aquellos días en que uno aprendía de memoria características, autores y obras, sólo por aprobar una clase de Literatura que, luego de aprobada, olvidaba junto con toda esa masa de datos -de la misma manera en que uno memorizaba la información de Historia, de Matemáticas, de Geografía, de Química, de Etimologías y de un largo etc.-, con el solo propósito de satisfacer un sistema educativo más interesado en la repetición que en la apropiación? Aquellos días.

De toda la comunidad escolar, posiblemente sólo un 0.01% decidió ingresar a una carrera de Letras (o Filología) y se enfrentó a unos cursos generales de literatura: Medieval, Española (Moderna y Contemporánea), Mexicana (Siglo XIX), Iberoamericana, y más. Esos cursos a nivel licenciatura, gracias a la libertad de cátedra, pudieron ser muy distintos entre sí, con perspectivas genéricas y estilísticas, y algunos más con visiones históricas; sin embargo, no deja de sorprender que, de esas clases, una buena parte, terminaba siendo una sucesión de características, autores y obras importantes que recordaba a la enseñanza memorística del bachillerato. ¿Abandonamos en verdad alguna vez ese sistema centrado en la repetición?

Para responder a esta pregunta, cabría preguntarnos de dónde surge ese gusto por memorizar datos, fachas, nombres, corrientes, generaciones, obras (reconocidas). No toda la culpa la tienen los docentes –culparlos de todos los males de la Academia sería infantil. Muchas veces, se debe a la desvalorización de las herramientas didácticas y otras tantas por la transmisión inmutable del conocimiento. Toda praxis requiere su teoría respectiva: para las clases y cursos generales de literatura, en distintos momentos históricos, existen las historias de la literatura. Estos libros son productos que se realizan a partir de una concepción de la historiografía literaria.

A finales del siglo XVIII, las historias de las literaturas surgen con un carácter nacional para recordar el capital literario de un país y los enfoques que han empleado desde entonces se han transformado de acuerdo con las exigencias de la ideología dominante. En el Siglo de las Luces, estos libros cumplían la función de ser un repertorio de modelos para los escritores que seguían fielmente las preceptivas poéticas, pero también eran la recuperación de saberes antiguos; en el siglo XIX, todavía influidas por su carácter ilustrado, las historias literarias tuvieron como objetivo señalar lo que particularizaba a una nación en su expresión literaria, a veces con un distintivo romanticismo, que buscaba la esencia nacional, o positivista, que veía el pasado para alcanzar el fututo; en el siglo XX, si bien se conservó el carácter nacional, han pasado por la transformación acelerada de los enfoques teóricos, algunas emplean la estilística, otras el estructuralismo y algunas más enfoques de la sociocrítica.

En el libro Teorías de la historia literaria, Luis Beltrán Almería y José Antonio Escrig señalan que hay dos ramas para abordar la historiografía literaria: la histórico-culturalista que observa al fenómeno literario como un documento y la estructural-estética que lo percibe como un monumento. El gran problema de estas dos concepciones radica en su juicio de lo literario, porque establecen a la obra en categorías cerradas que no dialogan con el presente; ya que, en el primer caso, el texto literario documental sólo es una muestra de una serie de ideas y preocupaciones de un tiempo determinado sin vinculación con el hoy, en el segundo caso, el texto literario como monumento sólo permite su contemplación y su veneración sin poderlo transformar o modificar. Debido a lo anterior, ambas perspectivas de lo literario sólo conducen a una concepción inamovible, digna de un archivero o un museo.

El problema con las historias literarias de esta época (y anteriores) ha sido su carácter meramente expositivo y no argumentativo, dando como producto una serie de descripciones de obras y de autores, pero no problematizando sus contenidos, es decir no generando hipótesis de trabajo que se argumenten. Ahora bien, este conocimiento monográfico presenta utilidad para conformar un estado de la cuestión sobre cómo se ha estudiado la historia literaria, nos permiten establecer paradigmas y enfoques a lo histórico; sin embargo cabría de preguntarse si sólo son posibles historias de la literatura de carácter explicativo y no argumentativo; preguntarse también si eso pondría en duda la eficacia histórica, porque al final de cuentas una explicación se encierra en sí misma, sólo consiste en un acto de fe, mientras que la argumentación plantea un dialogo dialéctico en donde puede criticarse la problematización, la tesis, los argumentos, el método, las referencias, etc.

El conocimiento estancado, monótono, y reiterativo de las historias de las literaturas podría terminar derivando a un estado acrítico de la tradición literaria, porque, recordando que se tratan de la base teórica de los cursos de literatura, sería enseñarles a los críticos, a los profesores y a los alumnos que el conocimiento sólo es objeto de veneración, de cantidad, de conservación en su estado más puro; ya que no se forjaría desde la concepción de la historiografía literaria un pensamiento dialéctico sino una obediencia a la autoridad. Si las historias literarias se vuelven herramientas caducas y acríticas del fenómeno literario, ¿qué futuro (si acaso todavía podemos hablar hoy de futuro) se le depara a la tradición literaria? ¿Será, alejándonos de un fatalismo conservador, que sea necesaria la extinción de la historia literaria para dar cauce a la fusión de los saberes, de la interdisciplina, en dónde todo es uno y uno es todo, el relativismo a favor de la pluralidad? O ¿Será el momento de replantearse nuestro posicionamiento frente el fenómeno literario, alejándonos de esencialismos y autoridades, para confeccionar una metodología que propicie la dialéctica del conocimiento y, de esta manera, se enseñe a dialogar para construir nuevas rutas para abordar lo literario?

Existen acercamientos teóricos, algunos más nuevos y otros viejos, que permiten resolver la caducidad de la historiografía literaria como lo es la teoría de los polisistemas, el nuevo historicismo o el materialismo filosófico. Pero no se trata  de seguir ciegamente a una teoría de relativa modernidad porque se caería en el dogmatismo, que volvería a ser una alabanza a una autoridad sin cuestionarla; debido a lo anterior resulta necesario que los críticos, los filólogos, los mismos estudiantes se decidan a establecer un diálogo con las distintas teorías y percepciones de lo histórico y de lo literario, argumentando y discutiendo los enfoques empleados, las alternativas, lo dicho y lo que falta por decir. Pero cabe preguntarse ¿acaso existen esas personas que deseen ser críticas? Quiero tener la esperanza de que sí, aunque reducidos, hay personas dispuestas a poner en tela de juicio a las vacas sagradas. Lamentablemente, todavía veo muchos, como se dice en recto castellano, lame culos a quienes no les importa cuestionar los conocimientos recibidos, siempre que saquen una buena nota o cuenten con el elogio de alguna autoridad; como dije antes, el problema no se concentra en los docentes, en las autoridades del sistema académico.

No niego el poder de la memoria, ni de la memorización, en muchos casos llega a ser útil para el aprendizaje; pero éste no puede ir sólo con ella, requiere también el conocimiento dialéctico, el que lo haga dudar, poner a prueba la razón, para así acercarse a nuevas posibilidades, que lo lleve al reto de generar o buscar su propio conocimiento. Conocer la tradición literaria de un país, no es sólo un aprenderse las listas de autores, obras, corrientes y generaciones, tampoco es desplegar palabrejas como hipérbaton, sinécdoque, axioma, campo intelectual, diégesis o mimesis; va más allá de esa postura histórica y/o estructural, superando la visión de documento y monumento, es el saber dialogar desde el presente con el pasado, poderlo criticar, admirar e inclusive rechazar. Si la educación recibida en bachillerato no nos satisfizo, ¿por qué sólo quejarse y permitir su continuidad?

Imagen tomada de Google Images

Escrito por:paginasalmon

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