La adolescencia es un tema popular porque nos gusta idealizar el pasado. Una prueba de ello son las miles de series y películas que han sido realizadas para explotar esa nostalgia, como Stranger Things (2016), Everything Sucks! (2018), Ready Player One (2018) y los recientes remakes de Ghostbusters (2016) e It (2017). Pero la adolescencia es un concepto moderno y occidental, como expone Marina Benjamin en su ensayo “The End of Adolescence”. La autora también explica que a partir del siglo xx el modelo de adolescencia que conocemos y que se ha extendido por el mundo es el norteamericano.

En muchas partes del mundo (que no son Estados Unidos o Europa), los niños y adolescentes se ven obligados a trabajar como los adultos. E incluso en el autodenominado primer mundo se trata de una cuestión de clases: los más pobres siempre tienen que trabajar, como en algunas de las películas de las que escribí en la primera parte de este texto (American Honey [2016] y Lady Bird [2017]). Para algunos no existe una adolescencia en donde vas a la preparatoria, descubres tu vocación, te enamoras y te preparas para ir a la universidad. Todo esto queda eliminado si tienes que trabajar para ayudar en casa, o si te obligan a casarte, o si te secuestran, situaciones que son una realidad para muchas mujeres en el mundo.

Películas de todas partes se han dado a la tarea de hablar de estos sucesos que no forman parte de la adolescencia arquetípica que nos vende la televisión y el cine de los EE.UU. Algunos ejemplos son: Joven y alocada (Chile, 2012) de Marialy Rivas, Zonas húmedas (Alemania, 2013) de David Wnendt, Las elegidas (México, 2015) de David Pablos, Mustang (Francia, Turquía y Alemania, 2015) de Deniz Gamze Ergüven, Las lindas (Argentina, 2016) de Melisa Liebenthal y Voraz (Francia, 2016) de Julia Ducournau. Sobre ellas hablaré en este texto.

A diferencia de la primera parte de esta columna, donde uno de los temas principales era describir a las nuevas espectadoras de un cine cuyas protagonistas son mujeres jóvenes, en esta segunda parte me enfocaré en comparar la “adolescencia arquetípica” con la adolescencia que viven este otro grupo de personajes. Por lo tanto, las preguntas que me planteo ahora son: ¿Cómo son caracterizadas las adolescentes en el cine que se hace fuera de Hollywood? ¿Cuáles son las principales diferencias en la construcción de sus personajes? El tema de las “nuevas espectadoras” lo dejaré para las conclusiones.

Adolescentes sucias

Durante uno de los debates previos a las elecciones presidenciales del 2016, Donald Trump llamó a su oponente Hillary Clinton una “Nasty woman” (mujer repugnante/asquerosa/sucia…). De inmediato se hizo viral en Twitter el hashtag “#NastyWoman”, fue noticia mundial y aparecieron todo tipo de memes. Pero también, contrario a otros fenómenos pasajeros del internet, algunos grupos feministas adoptaron el insulto para organizar marchas y exposiciones de arte, escribir poemas, libros y obras de teatro.

¿Por qué tendríamos que sentirnos avergonzadas de ser “mujeres asquerosas”? Una de las dinámicas de género es que las mujeres siempre debemos de ser limpias y agradables, lo que se traduce como lucir hermosas para la mirada masculina y no ocasionar problemas. Ser una “nasty woman” significa destruir esas dinámicas: las protagonistas de Zonas húmedas y Voraz son “nasty women”.

Aunque la adolescencia estadounidense representada en pantalla habla mucho sobre el placer sexual de sus protagonistas, esta sexualidad es demasiado pulcra. Casi no hay fluidos o suciedad de ningún tipo. Y no sólo en relación a las escenas sexuales, también en la representación de sus cuerpos: no hay pelos, no hay saliva, no hay sangre o fluidos vaginales. En cambio, la adolescencia vista desde Europa es mucho más sucia.

La película alemana Zonas húmedas, a pesar de que fue dirigida por un hombre (Can’t you take a joke?), está basada en la novela homónima de la escritora feminista Charlotte Roche. En ella vemos la historia de Helen, una chica de 18 años fascinada por la suciedad, por los fluidos corporales y por el sexo. El relato se compone de una parte central, en la que Helen se encuentra en el hospital después de ocasionarse una fisura anal al rasurarse, así como de flashbacks sobre distintos momentos de la vida de la protagonista, sobre todo de su infancia.

La historia toca temas tabú como la higiene y los genitales femeninos, y la maternidad. Sobre la higiene, hay un episodio al inicio de la película sobre las tazas de baño con el que la mayoría de las mujeres nos podemos sentir identificadas. Como a Helen, desde niñas nos enseñan a temer de la suciedad de los baños públicos, al punto de que la mayoría de nosotras limpiamos la taza antes de sentarnos o hacemos del baño en cuclillas. La protagonista, en vez de hacer todo esto, se enfrenta a la suciedad con gusto y curiosidad. Tampoco le tiene miedo a ninguno de sus fluidos, incluso habla orgullosa de ellos y lo comparte con sus amigas.

Voraz, la opera prima de Julia Ducournau, también toca muchos temas tabú sobre la representación de las mujeres en el cine. Justine, la protagonista, es una joven vegetariana (como toda su familia) que inicia su primer año de universidad en la carrera de veterinaria. Ahí se encuentra con su hermana mayor, quien estudia la misma carrera. Durante las épicas novatadas a los nuevos alumnos, que incluyen bañarlos en sangre, obligarlos a comer órganos crudos de animales y fiestas en la madrugada, Justine es obligada a comer carne por primera vez en su vida. A partir de este incidente, su antojo por carne se vuelve insaciable y violento.

Este relato de una joven caníbal puede ser una alegoría de los trastornos alimenticios, de las relaciones familiares (en especial la rivalidad entre hermanas y las tradiciones familiares de las que no podemos escapar) y del despertar sexual. Toda la película desprende deseos sexuales reprimidos, insaciables y poco comunes, que las protagonistas no logran controlar. El sexo es agresivo y sangriento, al igual que la relación entre las hermanas.

Es fácil trazar comparaciones entre ambas películas, en especial en la descripción de una acción muy cotidiana para las mujeres, pero que casi nunca es mostrada en pantalla: la depilación de los genitales. Ambos episodios acaban en el hospital: Helen se lastima el ano y Julie lastima a su hermana. ¿En la vida real es tan horrenda la depilación femenina como muestran estas dos películas? Sí, en la vida real es igual de horrenda.

Ambas películas destruyen estereotipos sobre el cuerpo femenino al mostrarlos con más deseos y con más suciedad. Cuerpos femeninos mucho más vivos, mucho menos estáticos y artificiales.

Joven y alocada de la chilena Marialy Rivas también tiene una protagonista sucia, pero en términos morales más que de limpieza personal. La joven y toda su familia son cristianos evangélicos, por lo que su libertad sexual está regulada y reprimida, así como sus encuentros y preferencias sexuales. A pesar de lo que dice su iglesia, Daniela experimenta con su sexualidad como casi todos los adolescentes. Bajo estos términos morales, aunque lo que hace la joven es perfectamente normal, siempre será una mujer sucia para su madre y su iglesia.

Sin adolescencia

Aunque no entra en los límites temporales que he impuesto a estos dos textos (del 2010 a la actualidad), Perfume de violetas (México, 2000) de Maryse Sistach es un antecedente en el cine latinoamericano sobre adolescentes. Cuenta la historia de dos jóvenes que estudian en una secundaria pública de la Ciudad de México y de las dificultades que tienen que enfrentar, como la pobreza, el acoso callejero, y la negligencia de los padres y profesores.

Perfume de violetas es bastante similar temáticamente a las películas de las que hablaré en este apartado: mujeres sin adolescencia. Niñas que primero tienen que enfrentarse a los problemas inherentes de los lugares en donde nacieron, y luego a madurar de acuerdo a una adolescencia más arquetípica. Por ejemplo, su principal preocupación es que las violen o que las acosen por la calle; no el no poder entrar a la universidad de sus sueños. Estas películas son mucho más cercanas a American Honey que a The Diary of a Teenage Girl o Lady Bird.

La película de la directora turca-francesa Deniz Gamze Ergüven fluye de forma fresca y ágil, a pesar de tocar temas difíciles. Mustang cuenta la vida de cinco hermanas en un pueblo al interior de Turquía. La mayor parte de las hermanas son obligadas a casarse, algunas con hombres que apenas conocen. Son mujeres reprimidas, encerradas en su propio hogar, pero también personajes rebeldes que luchan, gritan, juegan, saltan y corren.

El tema principal son las vidas interrumpidas de estas niñas y adolescentes, a las que incluso les prohíben ir a la escuela, y la forma en que tienen que luchar para recuperar sus vidas. Las resoluciones varían mucho para cada una de las hermanas, por un intento de la directora de mostrar que “no todo es tan terrible” y de no ser tan tremendista: de monstrar que hay una escapatoria posible. Una de las hermanas se casa con el joven que ama, pero otra con un hombre que no conoce; una de ellas se suicida, pero dos logran escapar a Estambul.

El destino de Sofía, la protagonista de Las elegidas, es similar al de las hermanas de Turquía, o incluso mucho más trágico. La joven vive en Tijuana en un pequeño departamento con una madre ausente y un pequeño hermano, sin un padre a la vista. Se enamora de Ulises, un joven cuya familia se dedica a la trata de mujeres y que lo entrenan para enamorar con engaños a chicas, para después secuestrarlas y obligarlas a prostituirse, destino que le depara a Sofía. Es una película dura porque habla de una amenaza real para las mujeres de este país: el secuestro, la violación y la esclavitud sexual. Todas vivimos con miedo de estar en la calle por la noche, de tomar un taxi solas, de no ir a ciertas partes de la ciudad. La juventud es uno de los sectores de la población más vulnerables, como bien muestra la película (Ulises siempre conquista a chicas jóvenes e inocentes). Pero, contrario a lo que parecería, el director David Pablos logra mostrar el entramado social de forma muy detallada sin complacerse con escenas de violencia gratuita.

Ambas películas tienen como protagonistas a mujeres jóvenes que pasan por adolescencias rotas, interrumpidas, o que simplemente jamás existieron, ya que se ven obligadas a madurar de golpe.

La adolescencia documentada

El año pasado tuve la oportunidad de ver en Ambulante el documental Las lindas de la directora argentina Melisa Liebenthal. Desde entonces pienso bastante en él, porque es una joven documentalista de mi edad (también nació en 1991) y me siento muy identificada con su punto de vista. Su primera película es un documental autobiográfico y un ensayo sobre crecer siendo mujer, sobre los parámetros de belleza y de comportamiento con los que nos educan, y que vemos repetidos a diario en todos los medios masivos.

La forma en que la realizadora logra documentar su propia niñez y adolescencia es utilizando las grabaciones que ella misma hizo con sus amigas cuando eran niñas, y por medio de su archivo fotográfico personal. Además de estas home movies y fotografías, en las que siempre aparecen sus amigas, las entrevista a ellas para construir en conjunto una narración de sus adolescencias y para analizar las dinámicas de género con las que fueron criadas desde que eran bebés.

Esta juventud documentada y autobiográfica es muy distinta a las adolescencias arquetípicas, hay muchas más preocupaciones y ansiedades, muchas más inseguridades e incertidumbre (¿como en la vida real?).

El problema de las espectadoras

Una de las preguntas centrales de la primera parte de este texto, y que omití en esta segunda parte, era la siguiente: ¿están creando estas películas (con protagonistas jóvenes) espectadoras distintas a las del pasado? Creo que en el caso de las películas europeas, Zonas húmedas y Raw, y algunas de las latinoamericanas, en especial Las lindas y Joven y alocada, sí están dirigidas (aunque no de forma exclusiva) a un público femenino. Estas películas pueden crear espectadoras que no se sientan avergonzadas de cuerpos y de comportamientos que no caben dentro de las normas binarias de género.

Pero en el caso de películas como Las elegidas y Mustang, no creo que estén dirigidas a espectadoras jóvenes, o en específico a espectadoras jóvenes que se encuentren en la misma situación que sus protagonistas. Principalmente porque el cine es una actividad elitista: ambas películas fueron estrenadas en los grandes festivales de cine del mundo, y ya en carteleras comerciales supongo que no pasaron de una distribución modesta (como casi todo el llamado “cine de arte”). No creo que hayan llegado a un público fuera del interesado en este tipo de cine. Y aunque estas películas no caen en el voyeurismo o en mostrar personajes que son todo el tiempo pasivos, no creo que su fin último sea crear nuevas espectadoras bajo los términos que ya describí en el texto pasado y, por supuesto, tampoco es un propósito obligatorio para todo el cine.

Imagen tomada de Variety

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Escrito por:paginasalmon

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