Fotografía de N. Obed

Despertar era siempre la mejor parte. El horror se transformaba en oxígeno y los ruidos ensordecedores en tranquilidad. Por más que no estaba conforme con su realidad, la mayoría de las veces era mejor despertar que seguir dormida. Había intentado de todo para no dormir y para eliminar las pesadillas: desde drogas hasta hipnosis. Pero no había caso, estaba condenada a los sueños terroríficos.

Le habían dicho que todo estaba en su mente, que probablemente fuera todo producto de su misma consciencia y que, si intentaba, podía cambiarlo. Pero ella sabía perfectamente que no era así. No tenía control sobre aquel infierno. En alguna de sus terapias de grupo había conocido a personas que habían logrado visualizar sus manos en sus sueños, y le habían dicho que ese era el primer paso para controlarlos, pero nadie parecía comprender que eso para ella no funcionaba. Podía verse sus propias manos, incluso podía leer en sus sueños, lo que supuestamente era imposible, pero nada de eso cambiaba el hecho de que no podía dejar de tener pesadillas.

—¿Qué tipo de pesadillas?

—De todo tipo. Las que te imagines. Y las que no también.

—Pero, ¿cómo son? Describílas.

—Hay muchas, diferentes.

—La que sea, la que más te guste.

Lo fulminó con la mirada.

—Sabía que esto era una estupidez. Sos peor que un psicólogo. Si ellos no me sirven no sé por qué pensé que vos sí.

—No, no, perdón. No quise que sonara así. Quise decir la menos aterradora.

—Es que el problema no es que sean más o menos feas. El problema es que se siente como si fueran verdad. Y no solamente mientras duermo; he pasado días enteros sin mirarme al espejo pensando que en serio tengo un solo ojo porque me lo han arrancado.

Las lágrimas amenazaban con inundar su rostro. Él le tendió la mano.

—Podemos hablar de otra cosa si querés.

—No sé.

—¿Qué no sabés?

—Nada. No sé si quiero hablar de eso; no sé ni para qué te lo conté.

Él suspiró.

—Hiciste bien en contarme. No podés vivir con esto dentro para siempre, te va a terminar quemando.

Por unos minutos, pareció que ella ya no respiraba. Tenía los ojos bien abiertos y daba la impresión de que tampoco pestañeaba. Intentó sacarla de su trance zarandeándola, gritándole, pero hasta que no le dio un beso en los labios, ella no regresó.

—Perdón —se disculpó—. A veces sueño despierta. Es porque recuerdo las pesadillas, normalmente por algo que escucho. Me hiciste acordar al peor sueño que tuve.

—¿Me lo vas a contar?

—Sí.

Él se estiró, esta vez para besarle la frente. Le daba tanta ternura y pena a la vez que quería abrazarla y atraparla para siempre dentro de él. Entrelazó sus dedos con los de ella y se quedó en silencio, queriendo decir todo.

—Siempre es diferente, pero termina igual. A veces estoy en el médico, a veces estoy en el supermercado, a veces estoy en mi cama, despertando de algún sueño. Da igual.

De repente, se sintió como si estuviera dormida, pero podía verlo a él en frente, escuchándola atento, frunciendo el ceño en señal de preocupación.

Hacía tanto que alguien no se preocupaba por ella tan genuina y sinceramente.

Procedió a contarle.

Le relató la forma en la que los rayos de sol parecen traspasarle la ropa y le pican en la piel. Casi podía sentirlo. Entonces se vuelve insoportable, incluso si se detiene a descansar bajo la sombra de un árbol el picazón no desaparece. Comienza a rascarse, y sus uñas se transforman en garras que ahora le arrancan la piel de a poco. Entonces sitúa sus brazos detrás de la espalda mientras corre, y todas las personas a su alrededor, que en su rostro solamente tienen ojos, se le quedan mirando como a un bicho raro. Y la verdad es que sí es un bicho raro, porque sus manos se transforman en garras y de nuevo a manos una y otra vez. Y de repente, lo peor. El sol que le estaba picando de una forma insoportable comienza a quemarla viva; su piel se encuentra en llamas. Entonces corre más rápido, como si el viento pudiera apagar el fuego. Pero es inútil, porque lo que de verdad necesita es una gran cantidad de agua que la consuma. Arde, quema, lastima. Pero se encuentra en un desierto en donde ni siquiera divisa un oasis. Normalmente, despierta cuando ya no queda más nada de ella y queda convertida en cenizas. Pero esta vez es diferente.

Sigue corriendo hasta que finalmente aparece, en el fondo del camino, una pequeña laguna. Corre, y aunque parece alejarse, llega. Se lanza a ella y puede sentir el agua sanando sus heridas. Se sumerge completamente, y al salir a la superficie para tomar aire, para finalmente respirar, ya curada, ya sana, ya ella, el agua se evapora, se condensa y forma una especie de nube. Pero la nube no llueve, sino que se convierte en él, y su sonrisa se siente como hielo. Hasta que se transforma en una mueca de dolor. Porque ella lo está tocando, está tocando la nube, y entre la felicidad de verlo se olvidó de sentir el calor del fuego, el calor de sí misma, porque ahora es llama de nuevo, y no se da cuenta hasta que es demasiado tarde; hasta que ya lo ha quemado a él también y grita de la agonía.

Esta vez quizás el despertar no sea igual. El cuarto, al igual que ella, al igual que él, todavía sujetándole la mano, se incendia y desaparece entre las llamas.

Escrito por:paginasalmon

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