Fotografía de Areli Rema

Rita Felski se pregunta, en su ensayo “Context Stinks”, cómo es que los libros nos llaman, nos mueven y nos transforman, y señala la necesidad de pensar en los textos como actores no-humanos con agencia propia. La agencia de los libros, explica Felski, los hace no estar atados a su contexto, sino que persisten a través del tiempo y afectan a nuevas audiencias de maneras inesperadas. Como nos lo recuerda la ficción desde, por lo menos, Don Quijote, los libros son capaces de apoderarse de los pensamientos de sus lectores, causando conductas extrañas y hasta fatales. La colección de cuentos de Robert Chambers, El rey amarillo, publicada en 1895, gira alrededor de esta idea: la obra de teatro que da título a la colección vuelve locos a sus lectores, trayendo consigo tragedia y cambios sociales a gran escala. La obra ejemplifica la agencia no-humana de los libros descrita por Felski, pues funciona como un virus psicológico que infecta a los lectores con visiones de una mitología fantástica, provocando obsesión y debilitando su conexión con la realidad.

La exposición a la obra maldita es el hilo conductor entre los cuentos, y “El reparador de reputaciones”, historia que abre la colección, es el ejemplo más claro: el joven Hildred Castaigne se obsesiona con dos textos entrelazados: El rey amarillo, y un manuscrito llamado “La dinastía imperial de América”, que le promete ser el nuevo rey de los Estados Unidos. Las relaciones intertextuales son el motor que impulsa la agencia de la ficción sobre los personajes. Los delirios aristocráticos de Hildred tienen consecuencias fatales, pues lo llevan a atentar contra su primo Louis para tomar la corona que desea. Las fantasías de Hildred reviven el fantasma de la jerarquía monárquica y aristocrática que los Estados Unidos supuestamente habían dejado atrás con su proyecto democrático. No se trata únicamente de nostalgia por el viejo mundo, sino que la ambientación distópica del cuento responde al fenómeno contemporáneo del expansionismo imperialista norteamericano.

El cuento ocurre en una proyección especulativa del año 1920, en la que los Estados Unidos han derrotado a Alemania en una gran guerra y ha comenzado a anexar colonias isleñas como Cuba, Samoa y Hawaii, predicción inquietantemente cercana a la realidad de la época. Asimismo, el señor Wilde, el reparador de reputaciones del título, es una caricatura grotesca, un hombre poseído por el fantasma del capital especulativo nacido a partir de la revolución mercantil del siglo XIX y del crecimiento de Wall Street. El mito del Rey Amarillo concentra y distribuye estas fantasmagorías en el entramado de los cuentos de la colección.

¿Cómo es que El rey amarillo se apodera de sus lectores? ¿Y por qué es que la abstracta mitología de la ciudad muerta de Carcosa y el enigmático Rey moviliza estas tensiones históricas tan concretas? Un aura sobrenatural rodea a la obra, que parece tener una voluntad maligna propia. Su lectura altera la realidad porque produce un modelo de interpretación del mundo real que sobreescribe la conciencia ordinaria de los lectores, llevándolos a actuar de acuerdo a la lógica interna del texto, actuando así de forma anónima sobre el mundo. Con su diseminación viral, el texto maldito es una máquina para la producción de situaciones caóticas, un sistema de transmisión masiva de la locura. En “El reparador de reputaciones”, Hildred Castaigne y el señor Wilde reciben esta transmisión y comienzan a actuar de acuerdo a la misteriosa lógica interna de El rey amarillo.

Las dinámicas virales de la obra maldita en El rey amarillo ilustran el proceso mediante el cual las ficciones se vuelven reales al convocar fuerzas espectrales que explotan ansiedades históricas. Para describir mejor estas dinámicas, me remitiré a la teoría de la hiperstición desarrollada por la CCRU y otros autores. Específicamente, aprovecharé la figura del “demonio inorgánico”, utilizada por Reza Negarestani en su texto Ciclonopedia, pues nos permite teorizar la autonomía de ciertas entidades ficcionales. Al hablar de hiperstición, “la ficción no se opone a lo real. En su lugar, la realidad se entiende como compuesta por ficciones, terrenos semióticos consistentes que condicionan las respuestas perceptivas, afectivas y conductuales”. (CCRU 25) Estos terrenos semióticos tienen una naturaleza viral que altera la relación de la realidad con los lectores, y cuyo propósito es reproducirse a sí mismos. Las hipersticiones se transmiten explotando el hype, “una incredulidad positiva, diseñada para desprogramar ideologías y potenciar mutaciones”. (Wilson 40) A medida que los avances en las tecnologías de la comunicación incrementan el hype potencial de un texto, su viralidad se propaga dramáticamente. En “El reparador de reputaciones”, la circulación internacional de la literatura facilitada por la imprenta y las revoluciones del transporte aumentan la viraliad de El rey amarillo. La red intertextual establecida por los dos textos que obsesionan a Hildred actúa en contubernio con las tecnologías de la comunicación para transformar radicalmente la relación entre los personajes y su entorno.

En 2003, el arqueólogo iraní Hamid Parsani encontró una reliquia milenaria, la Cruz de Akht, durante una excavación en el Farsistán. Se trataba de un artefacto metálico articulado con forma de una estrella de diez picos rota, en cuya geometría y movimientos Parsani aprendió a “comprender numéricamente todas las corrientes y los eventos inconsistentes de la Tierra”, así como “esquematizar eventos planetarios de proporciones épicas en forma de varios modos de narración heterogénea o anómala” (13). El artefacto permitió al arqueólogo leer el panorama geopolítico de su tiempo a través de la lente del petróleo y Medio Oriente como entidades vivas. Como la obra maldita de Chambers, la Cruz de Akht altera la percepción de la realidad de quien la estudia.

Al investigar la locura del académico persa en su Ciclonopedia, Reza Negarestani llama a la Cruz un “demonio inorgánico” (13), o “artefacto xenolítico” (223). Estos demonios, explica el autor en las notas al final del texto, son “parasíticos por naturaleza, y generan sus efectos a través de sus anfitriones humanos, sea éste un individuo, una etnia, una sociedad, o una civilización entera (224). Los efectos se producen induciendo “xeno-excitaciones en sus usuarios o anfitriones humanos (‘Sabiduría’)”, las cuales causan efectos secundarios psicosomáticos “en forma de aflicciones incurables o enfermedades progresivas en el anfitrión” hasta que éste queda debilitado y el demonio puede “integrar su conciencia inorgánica” a él (224). Los estímulos externos “alimentan el alma del demonio inorgánico, cuyos pliegues se mueven y fuerzan a la conciencia demoníaca a salir del anfitrión, abriéndole camino hacia la esfera humana”. (225) El demonio inorgánico, entonces, puede definirse como un dispositivo hipersticional no-humano, que despliega fuerzas fantológicas al inyectar ficciones virales en los cerebros de quienes le encuentran. Las voluntades inhumanas de los demonios son, para Negarestani, más poderosas y autónomas que la humanidad: “Mientras que los demonios inorgánicos pertenecen a la clase dominante […] los tesoros, como los humanos, son de la clase esclava”. (225)

El rey Amarillo es, como la Cruz de Akht, un ejemplo de demonio inorgánico. A pesar de que “ningún principio definido había sido violado en esas malignas páginas, ninguna doctrina promulgada, ninguna convicción ultrajada” (Chambers 9), el libro produce sabiduría xeno-excitativa en sus lectores, los protagonistas de los cuentos de la colección, al llenar sus imaginaciones con visiones de la lejana Carcosa y el mítico Rey Amarillo. Esta sabiduría causa fiebres, locura, deformidad y muerte entre los personajes a medida que su conciencia inorgánica se apodera de “las redes neurales, sociales y hasta membranosas del anfitrión humano” (Negarestani 224), como podemos ver en la locura de Hildred Castaigne y la deformidad de su cómplice, el señor Wilde. Mediante este mecanismo infeccioso, la obra produce efectos sobre la realidad, como los cambios distópicos descritos por el narrador y su conspiración para hacerse de la corona. La obra devora lentamente a los personajes en cuerpo y alma.

Sin embargo, la obra ficcional de Chambers no es una reliquia única y antigua como la Cruz de Akht, sino un texto moderno de circulación masiva. Mientras que los elementos sobrenaturales en Negarestani (al igual que en Lovecraft y la mayoría de la weird fiction) son de tipo arqueológico, Chambers elige un producto de la modernidad para su objeto maldito, pues la fuente del horror no pertenece a la escala geológica/astronómica de la Cruz de Akht o el Necronomicon, sino a los espectros no menos crueles de la historia humana. Esta diferencia responde a la herencia literaria de Chambers, pues el romanticismo tardío y el movimiento decadente francés critican frecuentemente la modernidad y sus fuerzas productivas. La fuente de la viralidad de El rey amarillo no es la antigüedad fantasmagórica de la reliquia sino la producción masiva y la circulación internacional de la industria editorial de finales del siglo XIX. “El reparador de reputaciones” resalta entre los cuentos de la colección por el detalle con que dramatiza los mecanismos virales del libro maldito tanto a nivel personal como global. Los eventos del cuento ilustran características clave del proceso hipersticional tal como se desarrollaría más tarde en obra de H.P. Lovecraft y la tradición de la weird fiction.

Como hemos mencionado, al centro de la actividad fantasmagórica en la obra tenemos dos textos: la obra maldita El rey amarillo y el manuscrito “La dinastía imperial de América”. El primero es una obra teatral francesa globalmente popular a pesar de estar censurada en muchos países por causar locura a sus lectores. El otro texto es un manuscrito de edad incierta que traza la genealogía del último rey de la dinastía del título hasta sus orígenes en Carcosa. La obra maldita es un texto extremadamente contagioso, al punto que el mundo “ahora tiembla ante el Rey Amarillo”; al inicio del cuento, el narrador explica que el libro “se difundió como una enfermedad infecciosa de ciudad en ciudad, de continente a continente, prohibido aquí, confiscado allá, denunciado por la prensa y el púlpito, censurado aun por los más avanzados anarquistas literarios”. (Chambers 9) “La dinastía imperial de América” no circula a la misma escala que la obra de teatro. De hecho, solamente existe una copia del texto en la historia. Todas las fuerzas fantológicas movilizadas por el demonio se concentran en una única reliquia para infectar a menos anfitriones con efectos más intensos.

Los dos textos ficcionales del cuento se refuerzan mutuamente al tiempo que ejemplifican las relaciones intertextuales que son clave para el funcionamiento de las ficciones hipersticionales. Mientras que El rey amarillo es una obra narrativa, “La dinastía imperial de América” parece ser un documento de referencia genealógica. A diferencia de la obra, que tiene una trama explícitamente ficcional, el manuscrito afirma contener información verdadera que valida y es validada por la obra, pues la dinastía es rastreada hasta el mundo mítico. Asimismo, algunos nombres mencionados en El rey amarillo, como Hastur y Carcosa, son tomados de cuentos de Ambrose Bierce: “Haïta el pastor” y “Un habitante de Carcosa”; mientras que otros como las Híades y Aldebarán son tomadas de la astronomía. Así, las alusiones intertextuales forman una cadena: la genealogía de “La dinastía imperial de América” está anclada en la mitología de El rey amarillo, que a su vez está anclada en la realidad mediante las referencias a Bierce. Esta forma de conectar niveles de realidad aumenta la verosimilitud del texto y ejemplifica dos estrategias literarias clave que más tarde utilizarían los autores de los Mitos de Cthulhu y la weird fiction en general: la citación estratégica para crear un archivo fantasmal, y la implantación retrocronal de entidades ficcionales para reorganizar el presente (Morales). Así, El rey amarillo puede leerse como un prototipo del proyecto hipersticional.

Aunque estos dos textos difieren en sus mecanismos infecciosos y patrones de contagio, se alimentan mutuamente para reproducir un único complejo hipersticional: la mitología del Rey Amarillo. El rey, que gobierna la ciudad fantástica de Carcosa, viste andrajos amarillos y una Máscara Pálida que no es máscara. En esta figura enigmática se concentran los enjambres espectrales del futuro y el pasado. Su realeza le hace un símbolo del orden aristocrático monárquico que los Estados Unidos supuestamente abandonaron con su proyecto democrático donde “todos los hombres son creados iguales”, pero que siguió vivo en el orden esclavista y en los proyectos coloniales de los siglos XVIII al XX. Su color es, como señala con frecuencia la crítica, el de la enfermedad y la infección, signo de la decadencia de la sociedad de finales del XIX, pero también el color del oro, respaldo del dólar hasta 1979 e ícono del creciente poder económico de los Estados tras la revolución mercantil, la expansión hacia el Oeste y el albor de Wall Street como centro económico global. El oro es, para usar las palabras del señor Wilde, “un rey al que han servido emperadores”. En el Rey Amarillo confluyen los impulsos de dominación y acumulación que atraviesan la historia de los Estados Unidos y conectan el presente de Chambers con nuestra actualidad neoliberal.

El mundo de “El reparador de reputaciones” es un futuro invadido por el Rey Amarillo, pues la narración de Hildred nos dice que “todos sentían que la naturaleza humana no podía soportar la tensión, ni medrar con palabras en las que acechaba la esencia del más puro veneno” (Chambers 9) justo antes de mencionar la inauguración de la primera cámara de suicidio asistido, insinuando así que la obra tiene relación con el pesimismo de la sociedad en general. La cámara letal es presentada como la culminación de un nuevo proyecto de nación, por lo que la influencia de la obra maldita parece ser grande. Sin embargo, el futuro imaginado por Chambers no está muy alejado del verdadero desarrollo histórico de la primera mitad del siglo XX. La cámara letal resuena inquietantemente con los discursos positivistas y eugenésicos de los siglos XIX y XX que culminaron con las cámaras letales de la Alemania Nazi, pero que también impulsaron las múltiples políticas de exterminación contra minorías raciales y pueblos originarios en los Estados Unidos.

En el 1920 de Chambers, los Estados Unidos han alcanzado la supremacía militar tras derrotar a Alemania en una gran guerra, iniciado la colonización de territorios isleños en el Caribe y el Pacífico, y adoptado políticas de segregación y estratificación racial. En el mundo real, Estados Unidos anexó Hawaii en 1898, Samoa en 1989 y mantuvo fuerte influencia sobre Cuba hasta 1959. Asimismo, derrotó a Alemania en la Primera Guerra Mundial, guerra que, como describe Chambers, “no dejó cicatrices visibles sobre la república”. (Chambers 6) El estado independiente africano mencionado por Chambers alude al reconocimiento de la independencia de la colonia afroamericana de Liberia en 1862, así como a los movimientos afro-independentistas que siguieron a la Guerra Civil. La expulsión de los judíos y la integración de los nativos americanos al ejército también tienen referentes reales, como se ve en las políticas antisemitas del XIX y XX, así como en la utilización de nativos americanos en la Primera y Segunda Guerras Mundiales.

Este crecimiento reanima los fantasmas de la autoridad monárquica del viejo orden. La ciudad de Chicago es descrita tras su reconstrucción como “blanca e imperial, y más hermosa que la ciudad blanca que se había construido como juguete para el fuego en 1893”. (Chambers 6) El peculiar adjetivo “imperial” reaparecerá más tarde en el título de “La dinastía imperial de América”. Las ansiedades sobre la pureza racial se manifiestan en la fantasía de una soberanía derivada de lazos de sangre con una ciudad mítica. La profecía del manuscrito que obsesiona a Hildred hace eco del discurso neo-feudal del capitalismo, que promete a todo individuo la posibilidad de volverse rey de su dominio privado.

El manuscrito que fascina a Hildred Castaigne le promete soberanía sobre los Estados Unidos y le garantiza un origen racial. Para cumplir su destino, Hildred recibe ayuda del señor Wilde, quien tiene una vasta red de chantaje. Los espectros de la especulación financiera y el mercado de valores se asoman detrás del negocio de Wilde, con sus inescrutables libros de notas y el visible contraste entre su supuesta red de negocios y la miseria en que vive. Asimismo, la naturaleza social y abstracta de su servicio (la administración de rumores y secretos) anuncia la comodificación de los afectos bajo el capitalismo, cuyos mecanismos son también preocupantemente similares a los de la posesión demoníaca descrita por Negarestani. La riqueza virtual del Wilde no es para su propio provecho, pues el reparador de reputaciones es un anfitrión completamente asimilado de la conciencia demoníaca del Rey Amarillo, como delatan sus deformidades: se trata de un hombre enano, sin orejas ni varios dedos, y con una cabeza “plana y puntiaguda como las […] de muchos de esos desdichados que la gente encierra en asilos para débiles mentales”. (Chambers 15) Adicto a la sabiduría xeno-excitativa de los demonios, Wilde deja de ser una persona y se convierte en un vehículo para la voluntad inhumana del Rey, un nodo en el críptico flujo del capital.

En resumen, el cuento “El reparador de reputaciones” dramatiza procesos hipersticionales de nivel tanto personal como global. Los dos demonios inorgánicos que impulsan la trama, la obra El rey amarillo y el manuscrito “La dinastía imperial de América”, están conectados por un referente hipersticional compartido: el Rey Amarillo, una figura enigmática que concentra las ansiedades pasadas y futuras de una nación en proceso de convertirse en una superpotencia mundial. La figura del Rey y la muerta Carcosa movilizan los espectros del pasado colonial, el expansionismo imperialista y el naciente capitalismo global para infectar el mundo entero. Con su inquietante futuro especulativo, Chambers crea un prototipo de los mecanismos literarios que después utilizarían otros autores para enrarecer el tiempo y conspirar con las fuerzas espectrales detrás de la historia humana.

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Escrito por:paginasalmon

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