Me gustan los feos porque llegan y desarticulan todo orden cultural.

Todo lo unívoco, lo aprobado, lo que imita con exactitud las formas del molde, todo eso lo desordenan. Es como si su sola presencia fuera una declaración contra un sistema social que se retuerce y no puede aceptar, sino acaso tolerar, las singularidades de la apariencia (cuando no intenta “atenuarlas” por todos los medios). Aún así, lo diferente persiste.

Ahí sigue, expresando las otras posibilidades del ser, en el reino de lo visible.

Es este el sentido que le encuentro a la fealdad, y es por ello que me agrada. Porque se trata de un espacio en el que hay lugar para lo que se es, simplemente. Así, tal cual sin idealizaciones. Aunque eso sí, con una gran dosis de desfachatez porque en este mundo aún se paga cara la fealdad. Sobre todo, ya se sabe, en el caso de las mujeres.

Pero todo esto viene a cuento porque el año pasado mi mamá abrió una caja de libros que habían estado guardados durante muchos años. Tantos, que yo ya había dado por perdidos para siempre varios de los ejemplares que redescubrimos esa tarde. Entre ellos estaba el libro Los cinco horribles, de Wolf Erlbruch. Quién iba a imaginar que una polvosa caja de cartón guardaba un tesoro para mí. Recuerdo que cuando era niña releía y releía este libro en silencio cada vez que por azar aparecía entre los demás libros. Me he dado cuenta de que se trata de un texto que se presenta cuando quiere ser leído. Así de caprichosa ha sido mi relación con Los cinco horribles.

Tengo memoria de que mi primer acercamiento al libro fue con curiosidad y extrañeza. Para empezar, en la portada se veía el dibujo de cinco animales vestidos de forma un tanto excéntrica. Luego, ¿por qué alguien le pondría a un libro el título de Los cinco horribles? ¿Se podía hacer eso? Quienquiera que haya escrito el libro, ¿lo hizo con la intención declarada de alejar a los posibles lectores?

Resultó que disfruté mucho la historia. Cada ilustración y cada diálogo. Ya entonces conocía personajes de animales que hablaban y se vestían como humanos. Los clásicos de Disney, por ejemplo. Sin embargo, no sé si es cuestión generacional o personal, pero nunca me acabaron de convencer personajes como el del ratón Mickey Mouse, con sus ojos exageradamente abiertos. Aquella expresión corporal y su voz me recordaban la falsedad de algunos mimos y payasos. Me gustan mucho más los cinco horribles de Erlbruch. Los percibo más cercanos, quizá porque puedo sentir su vulnerabilidad, su verdad, su corazón de personajes auténticos. A pesar de tratarse de dibujos estáticos, y no de animaciones, a mí me parece (incluso ahora, después de tanto tiempo de leerlos por primera vez) poder escuchar sus diferentes voces mientras dialogaban bajo un puente, así como el eco de sus pasos. Casi podía oler los pasteles que preparaba el sapo y moverme al ritmo de la música que tocaban (a mí me sonaba a jazz. Ahora me suena al ritmo machacón de Rain Dogs de Tom Waits). Así de vívido es para mí este libro.

Pero déjenme contarles un poco del contexto en el que se desarrolla. Durante el día las criaturas de apariencia hermosa son favorecidas por el sol. Pero por la noche la luna ilumina otras formas de belleza, como si con la sutileza de su luz revelara lo menos evidente, lo que es más complejo de percibir. Es justo al comenzar el crepúsculo  cuando se encuentran los personajes de Los cinco horribles. ¿El lugar? debajo de un puente: emblema del progreso, de la velocidad, del desarrollo; su plana superficie evoca el movimiento, lo visible. Pero, ¿qué hay debajo de ellos? ¿qué historias transcurren en sus sombras?

Los cinco horribles son criaturas de la noche: un sapo, una araña, un murciélago, una rata y una hiena. Normalmente estos personajes no aparecerían en los cuentos clásicos para niños, o si lo hicieran sería para señalar un estado transitorio ocasionado por algún desafortunado hechizo en el que los sapos regresaban a su estado original de príncipes áureos, si alguna mujer los besaba en su condición de batracios. Ella y él se casaban y eran felices para siempre (y a veces comían perdices).

Pero volvamos a los animales de los que se ocupa esta narración. Se trata de seres que gustan de la oscuridad y de los rincones subterráneos. Algunos de ellos son carroñeros o vistos como una plaga; en pocas palabras son seres marginados. Antiguamente en algunos manuscritos medievales se acostumbraba incluir pequeños dibujos de diversa índole, entre ellos eran comunes imágenes, sumamente detalladas, de seres monstruosos o deformes que aparecían al margen de algunas páginas (por esta razón llamados marginalia). Es así que los personajes principales de Los cinco horribles son marginales tanto por habitar un lugar no central (debajo de uno de los máximos símbolos de la civilización: el puente), como por vivir fuera de las normas sociales comúnmente admitidas, ya sea por apariencia o por comportamiento.

Se trata de renegados de la sociedad, pero, por supuesto, cada quien lo es a su modo: el sapo bien podría pasar por algún tipo de artista ya que su temperamento es melancólico y sensible, gusta de usar atuendos como yukatas, sandalias y abanicos orientales (me gustaría saber si en sus ratos libres lee a Matsuo Basho o si le da por componer haikus cada cambio de estación). También demuestra tener un don para la gastronomía; la rata es una especie de vagabundo que usa un saco larguísimo, lentes oscuros y sombrero de copa medio roto. Conoce del mundo pues ha estado en Nueva Orleans y en África, por ejemplo; el murciélago es quien tiene el oído más fino. Viste un conjunto a cuadros, corbata de moño y lentes, luce anticuado; la araña es la criatura mas pequeña del conjunto, casi invisible, tiene ocho patas, y sabe cantar con voz dulce; por último está la hiena, quien viste un traje color mostaza, lentes oscuros y tiene esa sabiduría práctica, desvergonzada y ambigua, que dan los bajos mundos.

Es indudable que la belleza se muestra bondadosa y da muchos beneficios a sus favoritos, pero quienes tasan la mayor parte de su valor en una apariencia bella, por lo general, padecen una discapacidad llamada falta de sentido del humor. Son incapaces de jugar el delicioso y sutil arte del ridículo. Además de que se requiere de la complicidad de otros a quienes considerar compañeros de marginalidades, pues de otra forma sería cruel, discriminatorio, etcétera. Los personajes que nos ocupan en este libro convierten la amargura que a veces tiene la vida en algo llevadero. Los franceses y los catalanes, por cierto, comprenden muy bien este concepto. Lo demuestran al saber transformar la amarguísima planta del ajenjo en ese maravilloso licor verde llamado absenta. Los cinco horribles juegan al arte del ridículo entre ellos. También en su particular versión de saludarse, de darse las buenas noches:

El sapo posaba sus ojos amarillos en la noche. La luz de la luna lo volvía más pálido. Veía las verrugas de su cara en un espejo, y se sentía horrible.
–¡No, no nos haremos más guapos! –dijo una voz chillona y enseguida apareció la rata gris, vestida con un saco largo.
–Deberías de respetar el débil corazón del sapo, roedora insensible –regañó el murciélago a la rata. Éste acababa de despertar y andaba en su vuelo nocturno.
–¿No has asustado a nadie hoy, paraguas viejo? –preguntó la rata.
–¡A mí! –se quejó la araña.
–Merecido te lo tienes, muchacha de ocho…
–Patas –respondió el murciélago.

Así es como el autor nos presenta a los cuatro primeros personajes. El quinto, una hiena irónica y desvergonzada, es quien más tarde reta a los demás animales a compartir sus destrezas con el mundo (la rata toca el ukelele, la araña canta, el murciélago silba, la hiena toca el saxofón y el sapo sabe hacer pasteles). Se trata de un personaje detonante porque con su presencia surge una idea inusual: deciden inaugurar juntos, no un restaurante más, sino una pastelería con música en vivo y baile. Se entusiasman. Consiguen todo lo necesario. Invitan a todos los demás animales, pero nadie va. Desánimo y reproche. Sin embargo, éste es el punto crucial de la narración:

–Esto no puede ser cierto, nadie lo podría soportar. ¡Sapo, reparte algunos pasteles y empezaremos solos! –retumbó la voz de la hiena en el silencio.
Con lo sabroso y lo caliente de los pasteles en el estómago el mundo se veía diferente. La hiena tomó el saxofón y la rata sacó el ukelele y de nuevo todos se pusieron felices. Unos momentos después, los cinco horribles hacían un feliz alboroto que llegó hasta los últimos rincones de la región.

La consecuencia de ello es que el resto de animales (conejos, pollos, perros, cerdos, gatos, erizos, etc.) se sienten imantados por la algarabía musical que surge por debajo del puente, acuden, se divierten y preguntan, con gran interés, cuándo volverán a abrir la pastelería.

En esta historia son los personajes marginados los que aportan lo mejor, los que dan a la sociedad mediante su saber hacer, su arte, su pasión, su ser verdadero. Es esto lo que imanta al resto de los animales después de todo, y no las invitaciones que repartió el murciélago, quien cree que fue su culpa el fallo inicial por haber sido poco amistoso o por haberlos espantado con su aspecto. No queda del todo claro si esa fue la causa, sin embargo, me gusta la idea de que sea el arte el que nos salve. De nosotros mismos, a nosotros de los demás, y a los demás de nosotros.

Restan ahora unos comentarios respecto a las ilustraciones hechas por el mismo Erlbruch. No hay en este libro lugar para los tonos pasteles, ni el brillo y realeza de los dorados. Este es un libro para los colores mates, las tonalidades del gris, la diversidad de los pardos como amarillo mostaza y demás ocres.

Los trazos de los dibujos son sueltos, con un ligero estilo de boceto, y el papel en el que están hechas las ilustraciones es de un grano muy grueso, lo que le da una textura áspera y expresiva en armonía con los personajes. Se trata de un libro álbum que sin duda se disfruta en múltiples aristas: tanto en el texto escrito como en el gráfico.

Las plantas que adornan las mesas de la inauguración no son las rosas o los girasoles, sino cactus y dientes de león. Vegetación de una belleza no convencional.

Aristóteles ya dijo que los seres solitarios o son dioses o son bestias. Me parece que los cinco horribles tienen el relieve de lo verdadero por tener ambos rasgos. Ejercen la potencia creadora de los dioses y, al mismo tiempo, encarnan la indomable autenticidad de las bestias.

Escrito por:paginasalmon

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