Fotografía de N. Obed

En un mundo tan difícil y cruento como en el que vivimos, en una realidad que quema y hiere, en un día a día de saturarnos de información que se actualiza a cada segundo y que nos pone en contacto con las tragedias propias y las que suceden al otro lado del globo terráqueo, en un día así muchos se apuran a señalar lo soso y banal que puede parecer sentarnos a hablar de deporte, no por el interés que estos produzca, sino por una molestia generalizada frente a lo que consideran ofensivamente vacío e irrelevante. Por otra parte, aquellos quienes disfrutamos del futbol parecemos inmunes a este rechazo por parte de quien no. Es tal la dicha que emana el evento que la crítica se acepta, incluso a veces se llega a entender, aunque la mayoría del tiempo no logra ni siquiera obtener nuestra atención.

Pero la inmensidad de la fiesta que es el Mundial de futbol nadie la puede negar, se respira y se vive con tal entusiasmo que somos capaces de darle cabida en la celebración incluso a los detractores de este deporte. Hablemos por ejemplo de un famoso argentino (no hablo de Messi, no, tampoco Maradona), uno que destacó en otro ámbito y que no deja de ser alguien que seguiremos halagando y ¿por qué no? alabando. Estoy hablando de Jorge Luis Borges, quien se quejó en una entrevista de que en Inglaterra no censuraran su mayor pecado: la difusión de juegos tan estúpidos como el fútbol, valiéndose además del llamado criterio de autoridad intelectual de William Shakespeare y Rudyard Kypling, quienes también lo rechazaban. Calificándole posteriormente en un diario a propósito del Mundial de 1978, de ser un deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial.

Este quizás sea uno de los aspectos más nutritivos e interesantes del futbol, puedes preguntar y todo el mundo tiene una opinión, más o menos tendiente a una u otra cosa, amor y odio se manifiestan, contraponiéndose argumentos que no dan lugar a términos medios, aquí no nos andamos con tibiezas, o te gusta o no te gusta, o lo amas o lo detestas. ¿No es innegablemente bello que algo sea capaz de producir sentimientos de toda naturaleza?

Pero ¿cómo podríamos explicar y entender la euforia y pasión que tanto se han propagado por el futbol a lo largo y ancho del planeta?  En Aurora. Reflexiones sobre los prejuicios morales, Friedrich Nietzsche señala algo muy interesante respecto de la “empatía”. El filósofo alemán escribe:

Las personas para entender al otro, para producir en nosotros su sentimiento, nos remitimos frecuentemente al fondo de éste. Preguntándonos, por ejemplo, ¿por qué esta persona está tan afligida? Para acto seguido afligirnos o tratar de afligirnos por la misma razón. Imitando la expresión de sus ojos, de su voz, de su andar, de su postura en nuestro cuerpo. Surge entonces en nosotros un sentimiento parecido, como consecuencia de una vieja asociación entre movimiento y sensación. En esta habilidad de entender los sentimientos del otro hemos llegado muy lejos y la ejercemos casi automáticamente en presencia de otro ser humano; por otra parte la música nos demuestra con la máxima claridad qué maestros somos en la intuición rápida y exquisita de sentimientos y en la empatía: cuando la música es una imagen de la imagen de sentimientos y, a pesar de esto, a pesar del alejamiento y la vaguedad, nos hace partícipe de ellos, de modo que nos entristecemos sin la menor causa para la tristeza, como verdaderos simples, solo porque escuchamos sonidos y ritmos, que recuerdan de algún modo el acento y el movimiento de seres afligidos o incluso de sus costumbres.

Concuerdo en todo lo que ha dicho Nietszche y estoy segura que más de uno lo ha pensado también de esta forma. El teutón aterriza su reflexión en relación también con el miedo de unos pueblos frente a otros, que tenían que intuir las intenciones de los de enfrente, como defensa, en otras épocas. En la actualidad yo diría que se trata de una reacción interiorizada que se utiliza como medio para comunicarnos y relacionarnos, una facultad necesaria para poder vivir en sociedad. Se preguntarán entonces: ¿qué tiene que ver toda esta verborrea filosófica con el futbol? Muy sencillo, el futbol es emoción. Es sentimiento que se encarna y la expresión corporal termina siempre delatando. Tanto al que lo goza, como al que no. Y como forma de expresión, es también lenguaje.

Presenciar un partido, participar en él, o incluso verlo en el bar más cercano requiere de un ejercicio de colectividad, y no es que descarte que uno se pueda emocionar en soledad y sin mayores espectadores, pero uno de los puntos torales es que como deporte implica una socialización. Pero ¿son todos los que asisten a los mundiales acérrimos amantes de este deporte? No. Sin embargo, como parte de esta socialización igual no entiendes ni pío de reglas, vamos, de lo que está pasando en el campo pero de cualquier forma logras contagiarte y sintonizar la emoción de quien sí. Pensemos en otro tipo de escenarios, pero también relacionados. El niño o la niña que desde sus primeros años acompaña a su abuelo a los partidos locales, el padre que cada fin de semana se convierte en la figura que se dedica a ver el futbol como símbolo de descanso u ocio, la colonia donde se reúnen los vecinos a “cascarear”: el futbol se hace presente: en todos y cada uno de los círculos de influencia que nos rodea, es parte de la cultura y conlleva, por más individualistas e independientes que queramos parecer, un proceso de imitación.

¿Nos sentiríamos igual de cómodos gritando los goles en un lugar público si no lo hiciera alguien más? ¿Tendríamos el mismo interés si no fuera una actividad legitimada por la preferencia de una buena parte de la población? Organizar una competencia del tamaño de un Mundial de futbol, cuya final ha alcanzado más de mil millones de espectadores (Brasil 2014) entraña una profunda psicología. Ver futbol nos hace felices, nos da una hora y media de plenitud a partir de… ¿VER A VEINTE PERSONAS CORRER DETRÁS DE UNA PELOTA? (sin contar obviamente a los porteros). Pues sí. Este es precisamente uno de los argumentos simplones con los que se pretende desacreditar la popularidad del deporte, reducirlo a una descripción superficial que descarta la posibilidad de que sea mucho más que eso, porque para el que no gusta de él, se convierte en una tarea titánica el argumentar por qué no.

Un principio general de derecho es “Al que afirma le corresponde probar”, pero en este caso el contrapeso de una aceptación generalizada acarrea la necesidad de explicar a toda costa por qué el futbol es nefasto, por qué es primitivo, por qué los aficionados son odiosos, por qué es una actividad insípida y sin sentido y, por supuesto, por qué no es sino un medio de dominación y control sobre las clases más ignorantes.

El que ama el futbol no necesita explicarse, sabe bien que aquello sólo se puede sentir en carne propia, o no. Y si no lo sientes, tampoco es que sea malo, nadie te va a condenar si te aburre (dejando de lado por un momento los estereotipos de género), ¿por qué entonces denigrar intelectualmente al que sí le gusta? Lo cierto es que no existe una fórmula secreta para determinar que algo es positivo. Ni que sea bien acogido por muchos, ni que sea reservado a una élite.

 Vi llorar a Messi en la final de la Copa del Mundo en 2014 y dos años después en la final de la Copa América en 2016, vi a un hombre derrotado y abatido, que comprobó por sí mismo que la vida se trata a veces de hacer y dar lo mejor de ti y que aun así no sea suficiente, o como dijera él mismo en alguna entrevista, el talento no es suficiente para tener éxito, es preciso estar en el lugar y momento correcto. Nietzsche, como lo mencioné antes, probablemente argumentaría que al momento en que yo empecé a experimentar esa tristeza, no hacía otra cosa sino reproducir en mí las expresiones y sentimientos del jugador, para entenderle. Yo diría que permitirnos conmovernos y sufrir con el otro, con el que juega y se apasiona, es parte de la humanidad del futbol, no es miedo ni camuflaje: la empatía es respetar el dolor y la dicha del otro, es saber que los colores que representa, la camiseta que se pone, son importantes. Creo firmemente que asimilar vivir en comunidad implica reconocer que la nuestra es sólo una parte de muchas otras realidades, lo cual nos puede conducir a construir un mundo más amable y tolerante, en el que si no somos afines a los símbolos del otro, al menos los respetemos.

Pero tristemente del otro lado, la magnitud de este evento, que atrae a gente de todas las culturas y países, pone de manifiesto que a veces los peores estereotipos se materializan. A tan sólo una semana de haberse inaugurado el Mundial se han evidenciado distintos casos de fanáticos que no han hecho otra cosa sino dar vida al prototipo de persona ignorante, irrespetuosa e intolerante que tiene la gente que detesta el futbol. Ello va desde el acoso a las reporteras deportivas que cubren el evento, las bromas de mal gusto con la intención de ridiculizar a las rusas quienes son las ciudadanas anfitrionas, agredir a los adultos mayores, hasta el degradar las banderas del equipo contrario. ¿Con qué cara defendemos la nobleza del futbol cuando es la causa de que se reúnan tantas escorias en un mismo lugar?

Me atrevo a decir que en muy poco tiempo, y gracias a las redes sociales y los medios de comunicación masiva, se ha dejado en evidencia a estas personas, recalcando que unos cuantos no son todos. Ese no es el verdadero espíritu mundialista y nadie está dispuesto a solapar las agresiones y la vulgaridad. Que el desatino de uno no representa a todo un país. Hago hincapié en que uno no es ninguno, ajá: y la Asociación del Fútbol Argentino que repartió un manual de idioma y cultura rusa en un taller para periodistas, en el cual incluían una sección titulada “Qué hacer para tener una oportunidad con una chica rusa”, tampoco representa el machismo y la cultura de ver a la mujer como objeto de consumo ¿verdad? Ya he dicho que en un deporte tan cálido y abierto como el futbol hay cabida hasta para sus detractores, pero olvidé mencionar que no para las mujeres. No como profesionales del periodismo que deben de ser respetadas, no como jugadoras igual de importantes que los varones, no como personas que también entienden y conocen este deporte, a no ser que busquen quedar bien o “parecer interesantes”. ¿Les suena?

Cuando me sugirieron escribir sobre el Mundial de futbol debo admitir que algo en mi interior empezó a hacer mucho ruido, para mal. Se trataba nada más y nada menos que del frío que recorre tu cuerpo, desde la cabeza, por cada una de tus vértebras y hasta la punta de tus pies, propio de aquello que te produce cierta inseguridad. Que refresca tu mente con una serie de recuerdos desagradables que te empiezan a hacer sentir que no eres capaz, que no eres tú quien deba hablar de eso, que no tienes conocimiento ni autoridad suficiente. Había una vocecita en mi interior, la de todas las mujeres que condenan a las que se atreven a manifestar alguna opinión respecto a lo que es un tema “de hombres”, la de quien nunca tomará en serio tu postura porque seguramente “solo buscas impresionar a los varones y parecer diferente”. La de los hombres a los que no les puedes mencionar que te gusta el futbol porque acto seguido insisten en hacerte una evaluación de conocimientos: “¿y sí sabes cuándo es posición adelantada?”, “de seguro sólo te gusta ese jugador porque está guapo”, “a ver dime el nombre de un jugador de Marruecos”. Es como si simplemente no estuvieras autorizada para opinar si antes no demuestras que eres una fanática informada e innata. Entonces, ¿en qué quedamos? Conforme vamos avanzando parece que algunas sí tenemos que luchar un poco más para hacernos un lugar. Tal vez no sea el momento más pertinente para hacerlo, pero en los casi diez años que tengo siguiendo y aprendiendo sobre futbol puedo admitir sin vergüenza que, efectivamente, mi interés comenzó primero por una persona, por lo que le gustaba y por (retomamos la filosofía nietzscheana) entenderle. Eso no me hace menos apasionada, ¿o ya van a retirarme el carnet de fanática los “verdaderos” futboleros por admitirlo? Espero que no.

Pero llegado el momento de comparar, mis circunstancias personales son muchísimo más suaves que las de muchas otras mujeres, a mí pueden cuestionarme, pero entre esto y el que en tu país tengas prohibido asistir a los partidos de futbol por el simple hecho de ser mujer, hay un abismo. Tal es el caso de Zahra Khoshnavaz, una mujer iraní quien en varias ocasiones ha tenido una osadía que debe de ser aplaudida por todo el mundo: la de disfrazarse de hombre para entrar al estadio del Persépolis FC y apoyar a su equipo favorito, ya que en su país no se le permite la entrada a los partidos de futbol masculino. Ella decidió correr este riesgo después de un mortífero terremoto acaecido en 2017, en Teherán, de donde es originaria. Se preguntó: “¿por qué morir en un terremoto sin haber cumplido tus sueños? ¿Por qué no vas al estadio?” Y lo hizo. “Lo único que me preocupaba era cómo comprar un billete: era muy difícil pedir un billete, pero cuando pasé por el túnel y vi el terreno de juego, rompí a llorar”. No es rebeldía o simple imprudencia, como algunos podrían calificarla, es un verdadero acto de valentía el oponerse a las imposiciones discriminatorias; el buscar ser tratada con justicia será siempre una muestra de la nobleza de alguien, nunca es un acto egoísta el buscar acceder a aquello que te hace feliz, menos cuando no le afecta ni le hace daño a absolutamente a nadie. Zahra no es la única iraní que ha hecho esto, las acciones que han tomado las mujeres al disfrazarse de hombres no dejan de ser una protesta que apenas este veinte de junio empieza a ver sus frutos.

Al convertirse en un día histórico desde el veto en 1979, Irán permitió por primera vez a las mujeres ingresar a un estadio, el Azadi (que en persa significa irónicamente Libertad) en Teherán, para presenciar el partido Irán-España a través de una pantalla, no sin dificultades claro, ya que durante una hora la policía se los impidió, alegando que se había cancelado la retransmisión por una falla en la infraestructura, para finalmente dejarlas pasar. “Estamos entrando”, ha tuiteado la documentalista Mina Keshavarz, una de las miles de aficionadas que se han dado de bruces con la repentina prohibición. Enseguida, Samia colgaba una fotografía del interior del estadio y reconocía que había “llorado de forma ridícula”. No era la única. “Llevo una hora llorando. En este país es difícil estar feliz. Voy a volver al estadio”, había escrito poco antes Negar cuando las redes sociales ardieron con la noticia de que las autoridades habían cancelado la retransmisión.

Insisto, si uno no es capaz de entender la importancia de las circunstancias del otro, nunca podremos hablar de una genuina empatía. El futbol se debe entender precisamente así, como algo que toma sentido conforme se inscribe dentro de un todo, más grande y complejo; es preciso conocer las caras y las situaciones detrás, son las personas las que tienen algo que contar: cómo, cuándo y dónde se moldea una pasión, eso es lo verdaderamente valioso. Es fácil emitir una opinión categórica y negativa cuando sólo nos preocupa la superficie y nos resistimos a conocer las historias. Esta actitud es la que frecuentemente nos lleva a calificar de “estúpido”, a ser despectivos sin ningún miramiento, con algo sólo porque no nos gusta.

Es una atmósfera muy particular la que crea cada cuatro años el Mundial de futbol, ahora mismo podría ser cualquier sábado, pero no lo es, estoy enfrente de mi abuelo quien tiene ochenta y tres años, puesto el partido de Nigeria-Croacia en la televisión. “¿Cómo se llama ese, el que es rápido y juega en el Barcelona?”. “Rakitic, abuelito”. “Ah sí, Rakitic. (Silencio) No voy a ver el partido de mañana porque de seguro van a golear a nuestra selección. El único que tiene la velocidad para competir con los europeos es el Chucky. La mejor selección que yo he visto es la del 62’, el Tigre Sepúlveda, el Gallo Jáuregui, el Güero Cárdenas, esos eran buenos jugadores. Ahhhh y el portero Carbajal, simplemente lo mejor. Pero el Güero se equivocó, no pudo con Gento. ¿Sí sabes quién es Gento verdad?”

Él continúa hablando, yo quiero decirle que nadie cree en la selección pero que de todas formas debemos tener fe y ver el partido, que claro que sé quién es Paco Gento pero sólo porque le voy al Real Madrid… pero prefiero callar porque en el fondo sé que no hay nada más bonito que escucharlo, verlo hacer ese ejercicio de memoria, el retroceder cincuenta y seis años atrás para poder contarme de una experiencia que seguramente nunca olvidará, que es también una forma de hablar consigo mismo, de honrar y añorar el pasado, tal vez después de unos días no recuerde que me lo contó pero será algo que siempre llevaré conmigo, el que una persona comparta contigo lo que atesora en su memoria es algo invaluable.

Estoy segura que no me equivoco ni exagero al repetir que un símbolo como el futbol es también una forma de acercarte a la familia, es un idioma que uno nunca se arrepiente de aprender, pues al menos uno dentro de su mismo núcleo lo habla, afirmo entonces que no sólo nos une afuera, donde las naciones se reúnen a convivir y competir, sino también al interior.

El futbol tiene alma, más allá de las equivocaciones en las que incurrimos al calor de la emoción, quizás algunos no lo comprendan porque se vive con el amor que tan atinadamente describe Vargas Llosa, que es también síntesis de lo que pasa en el futbol: Es lo peor que hay. Uno anda hecho un idiota… Las cosas cambian de significado y uno es capaz de hacer las peores locuras y de fregarse para siempre en un minuto”.

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Escrito por:paginasalmon

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