Fotografía de Daniel González

Dramaturgia y dirección: David Gaitán
Escenografía e iluminación: Alejandro Luna
Diseño de vestuario: Mario Marín del Rio
Diseño sonoro y música original: Rodrigo Espinoza
Diseño de maquillaje: Maricela Estrada

Elenco:
Carolina Politi    Yocasta
Raúl Briones    Edipo
Adrián Ladrón    Creonte
Diana Sedano    Tiresias
Ramón Morales    Mensajero

Edipo: nadie es ateo se presenta en corta temporada del 9 de agosto al 23 de septiembre del 2018, en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón del Centro Cultural Universitario. La obra confronta dos aspectos que podrían considerarse opuestos en nuestros días: la razón y la fe, observados desde el universo mítico que funda buena parte de nuestros constructos sociales y culturales. En Página Salmón tuvimos el privilegio de conversar con el elenco y el director y escritor de una puesta en escena que nos invita a perdernos en los laberintos inconscientes del destino.

Dividimos la entrevista en dos entregas: en ésta, la primera de ellas, David Gaitán, Diana Sedano y Raúl Briones nos comparten sus impresiones acerca de la vigencia de un texto de por lo menos 2,300 años de antigüedad, de la importancia de la flexibilidad en el trabajo, del carácter que ahora denominamos freudiano en las relaciones humanas, del dolor visceral al que se enfrentan los practicantes del oficio histriónico e, incluso, del triunfo reciente de AMLO.

Miguel Ángel Lara Reyes: David, eres uno de los dramaturgos más jóvenes de México, pero ya cuentas con una larga trayectoria que incluye más de 20 obras de teatro montadas y un par de compañías teatrales fundadas, ¿cómo inició tu camino profesional?

David Gaitán: Estudié actuación en la Escuela Nacional de Arte Teatral (ENAT) y terminé la carrera hace nueve años. Desde entonces he buscado trabajar tanto como he podido: como actor, como dramaturgo, como director; ahora soy maestro también, en escuelas de actuación doy distintos cursos, he hecho traducciones… Han sido nueve años de, por un lado, estar cazando oportunidades igual que los cientos de actores que egresamos cada año y por el otro de tratar de articular posibilidades en lo propio: a través de la escritura, de la dirección, de la actuación. Lo increíble es encontrarme con mis pares, compañeros de generación interesados en armar proyectos juntos y poder llevarlos a escena, yo creo que eso es lo que me ha permitido conseguir una inercia laboral y creativa que de pronto desemboca en proyectos tan privilegiados como éste.

MALR: ¿Cuál fue la idea que te llevo a decidirte a montar algo sobre Edipo?

DG: El mito de Edipo es un argumento que prácticamente conocemos antes de haberlo leído; lo traemos en nosotros, quizás desde Freud. En la reescritura pasó por una serie de filtros que van desde quiénes somos, respecto a que somos mexicanos viviendo en esta ciudad, en este momento histórico y sociopolítico. Pero también pasó por filtros personales: qué nos está pasando, cuáles son los temas de los que queremos hablar, etcétera. Esos son mis intereses a la hora de abordar mitos fundacionales, que el tiempo en que re-visitamos ese mito y que tiene una potencia inherente y que convoca a una potencia ritual que está muy en la víscera, al mismo tiempo son temas tan pertinentes que se convierten en un pase perfecto para poder hablar de temas actuales: en este caso problematizamos ideas como la fe, hablamos de la verdad, como tema y como fenómeno, como valor; hablamos de la sexualidad, de la ética. Entonces poder poner esos temas sobre la mesa con el argumento de un mito original resulta en toda una oportunidad, esa es la idea que perseguimos aquí.

MALR: ¿De qué manera evoluciona o viste evolucionar tú idea hasta llegar a convertirse en una puesta en escena, montada frente a un público?

DG: Va mutando salvajemente… afortunadamente. Este proyecto se puso sobre la mesa hace más o menos tres años. Si se hubiera hecho seis meses después, sería radicalmente distinto a lo que es ahora, no sabría decirte exactamente en qué, pero tres años después nosotros mismos somos otros.

El texto lo escribo muy recientemente, lo termino de redactar poco antes de empezar a ensayar, lo cual agradezco mucho pues me permite articular lo que le está pasando en ese momento, lo que nos sucede en la vida y en el trabajo y eso es algo compartido con un sector de la sociedad.

Entonces ha cambiado mucho: desde que se puso sobre la mesa, desde que lo escribí y hasta ahora que lo estoy dirigiendo, te encuentras con que entre cada ensayo hay un golpe de timón que nos manda a un lugar imprevisto. Se trata de un asunto técnico que implica re-imaginarlo a cada paso que das. Siento que el punto es aceptar el cambio, ya sea por obstáculos, por una tormenta, por un accidente o por una buena noticia, y tratar de encontrar en los cambios una oportunidad de plantear una idea nueva, la cual muchas veces termina siendo mejor que la original. Te lleva a encontrarte con un límite que no conocías.

Dado que los cambios son muchos, aparece también la responsabilidad de tratar de comunicarlos con claridad al equipo, tratar de que no resulten una dosis de caos sobre el proceso, sino una dosis de nuevo orden. En esa conciliación es cuando de pronto me encuentro dirigiendo teatro.

MALR: ¿Cuál es su opinión como ejecutantes acerca de la elección de este mito en particular y qué dimensiones permite experimentar, incluyéndolos a ustedes?

Raúl Briones: Se trata de un mito muy accesible para todos, yo creo que la gran mayoría de los seres humanos en esta sociedad occidental conocemos más o menos de qué va el mito y si no, tenemos alguna referencia de cualquiera de todas las reinterpretaciones del mismo. Es destacable cómo es que ha sido tan re-visitado y tan tocado y que a pesar de ello sigue teniendo vigencia pues el lenguaje mítico obedece a trampolines muy subterráneos de lo que somos como seres humanos. Me refiero no necesariamente a la anécdota como tal, sino a las fibras que, a nivel profundo, toca.

En ese sentido, para mí como actor ha resultado una experiencia muy difícil: nunca me había enfrentado a un texto con tanto miedo. Miedo no de cómo va a resultar en escena o si va a gustar al público o no, sino más bien una especie de intranquilidad espiritual respecto a tener que pasar por los estados por los que pasa Edipo en su revelación.

Esto ya lo había escuchado en términos retóricos: que el cuerpo del actor pasa por los estados anímicos de los personajes, etcétera. Reconozco que he interpretado personajes muy fuertes, pero éste, por obedecer al mito precisamente, tocó lugares muy diferentes en mi trabajo como actor y creo que esa fue la sensación en general, aunque no necesariamente de miedo; el miedo lo expreso a nivel personal, lo que sí vemos (o sentimos) es una sensación de cautela al ir a acercándonos y levantar el texto de David.

Ha sido bien complicado cargar en la espalda a Edipo, aunque también es un gran honor hacerlo en el Juan Ruiz de Alarcón: este teatro que tiene tanta energía y que es mi alma mater; entonces, cargar con este pequeño rey, en este recinto, resulta un gran placer. También el hecho de estar rodeado de grandes compañeros: lo hemos construido todos juntos.

En ese sentido, yo no había dimensionado el hecho de que a Edipo, aunque le toca cargar con algo muy fuerte, es alguien que está acompañado todo el tiempo, es decir, el Oráculo, a pesar de la resistencia de Edipo, es alguien que viene a contener un poco lo que le va a pasar. En general, siento que el público, los que conocen el mito, empiezan a decir: Híjole, al ver a Edipo tan soberbio, tan cegado: provoca una empatía en el espectador: mejor dobla las rodillas porque lo que viene va a estar cabrón. Y lo mismo sucede con los que no conocen el mito, es muy obvio que la vida empieza a acorralar a Edipo para que esa constricción suceda.

Diana Sedano: Mientras escuchaba a Raúl estaba pensando en esta relación mítica que tenemos: ¿por qué un mito, después de tantos y tantos años de civilización, o de una civilización que se ha fundado sobre estas ideologías, sigue vigente? Creo que es vigente en tanto uno siga vibrando con ese mito, en tanto uno se sigua reconociendo en él. En cuanto el mito deja de ser vigente uno deja de sentir esa vibración, por ponerlo en términos físicos. Y si sucede, nos sucedió, no me lo estoy inventando. Hay algo… tengo el recuerdo de un ensayo: la primera vez que nos acercábamos hacia el final de la obra yo sentía que todos teníamos los ojos abiertos como platos: era algo que parecía se estaba resistiendo a entrar al lugar, y lo vi en mi rostro cuando salí de ese ensayo. Había algo que se estaba resistiendo a entrar o que quería entrar de una manera diferente a la representación mental que nosotros nos habíamos hecho previamente, de cómo entrar o acceder a esos lugares de tragedia.

No sé si me explico. Es parecido a esa sensación de saber besar antes de besar a nadie, porque lo has visto mil veces en las películas o en las novelas. Lo mismo siento que pasa con estos temas y con la actuación en general; es decir, lo hemos visto tanto en la escuela mientras estudiamos, nos han dicho tantas veces cómo acceder a ese lugar, pero sucede que de repente te acercas y no se parece en nada a lo que te dijeron: luchas por entrar desde lo que “sabes”, desde cómo te lo dijeron y te topas con que hay algo más y el cuerpo te dice: NO.

Siento que es una relación muy particular con los mitos fundacionales. Lo que quiero decir es que sobre este mito está fundada mucha de nuestra civilización occidental: la idea misma del psicoanálisis, por ejemplo, que es algo que se muestra en la obra: los momentos en que al personaje le caen los veintes, donde descubre quién verdaderamente es.

Siento que Edipo es una cátedra de ello, el mito lo contiene: el personaje se da cuenta de que algo fuera de su control está pasando y se debate en qué debe hacer para seguir formando parte de la vida. Porque Edipo no se suicida, Yocasta sí, pero él sigue formando parte de este universo cósmico hasta llegar a su momento de expiación y así poder seguir habitando el mundo.

En fin, esta idea me vino y no porque sea un mito que estemos representando, sino porque lo estuvimos padeciendo por dos meses y en él hay algo que sin duda sigue vibrando, que tiene que ver con la muerte del padre, no sólo en el sentido del linaje genético, sino con la idea de alguien que provee las cosas. Siento que también hay muchos cuestionamientos sobre el universo masculino, de Dios como ese ente que controla todo y que no necesariamente es así; ahora, decir que Dios no necesariamente es así, no quiere decir que no exista o que la divinidad no exista de otra manera, o que no se manifieste a través de las cosas que nos han enseñado.

MALR: ¿La obra, entonces, también confronta los universos masculino y femenino de nuestro tiempo?

DS: El Oráculo, Tiresias, mi personaje, en la primera acotación que se hace de él, establece que se trata de un transexual, alguien que está entre ambas partes. La historia de este personaje que tiene los dos sexos, habitar esas dos energías, probablemente es lo que le da su sabiduría.

Hay muchos niveles en los que la gente se puede identificar. Eso es lo bonito de los mitos fundacionales o de las obras clásicas, que tienen muchas capas: hay una anecdótica, algo que tiene que suceder para que el espectador pueda ir hilando la historia, y eso depende de muchas otras cosas: de las ganas del espectador, de los referentes, del universo emocional, en fin, todas esas otras capas con las que empiezas a conectar. Muchas veces vas a una obra y puedes voltear a ver a cualquier lado; no es como tener una cámara guiando tu mirada. Entonces yo misma como espectadora a veces me sorprendo mirando algo que parece que no está en el foco pero que forma parte de ese mismo universo y que por algo está puesto ahí, justamente en ese momento, sobre el escenario.

MALR: ¿El contexto de la obra se da en una parte específica del mito o se encuentra en una licencia dramática?

RB: La obra está contextualizada después de la visita del tercer oráculo. La anécdota es muy parecida a la original. La reinterpretación radica en ciertos conceptos que David subraya, en ciertas dinámicas anacrónicas que inserta en la obra como el mismo psicoanálisis, suspenderla en un tiempo en que no es necesariamente la antigua Tebas pero tampoco es el contemporáneo: ahí es donde radica la reinterpretación, con algunas soluciones muy osadas en cuanto a cómo es que Edipo encuentra la forma de expiar toda su mentira para sanar la peste.

Volviendo al tema que tocabas con Diana, de lo femenino y lo masculino, ella ya lo explicó en términos de los mitos que fundaron nuestros sistemas de pensamiento en sociedad, pero hay algo que personalmente me ha estado dando vueltas en la cabeza desde que comencé a estudiar a Edipo y es el rechazo primigenio del parto: una amiga que es terapeuta me explicaba que es algo que  nos pasa a todos, hombres y mujeres, en el momento del parto: somos expulsados del cuerpo de nuestra madre y ahí hay un primer rechazo a nivel físico que es interpretado a nivel psicológico por el bebé y, dependiendo de qué relación éste tenga después con el cuerpo de su madre y qué tanto lo arrope ella, lo abrace, es que puede ir sanando esa ruptura violenta. Es decir, después de un cobijo de nueve meses de repente eres expulsado, de repente fuiste arrojado violentamente a la vida.

Me explicaba también que en las mujeres suele ser menos difícil entender esa ruptura porque ellas van a vivir eventualmente ese proceso o tienen esa potencia en su interior; el hombre no la tiene, es algo completamente desconocido para él. Entonces va a estar luchando toda su vida por entender qué significa ese primer rechazo y en Edipo nos encontramos con la caricaturización de ese rechazo: lo que él quiere es volver, literalmente, meterse a ese lugar de donde lo sacaron.

Si lo ponemos en términos de la discusión contemporánea de la equidad de género, de la violencia hacia la mujer que se manifiesta, que se acentúa en lo sexual, significa: “Yo como hombre he sido rechazado, he sido lastimado y no tengo la capacidad de aceptarlo; entonces lo que quiero es vengarme de manera violenta con las mujeres”. Aquí vemos de manera muy clara el desquite hacia la mujer o hacia la madre, sin saberlo, al grado de penetrarla, algo de enorme violencia que supera un montón de nuestras convenciones.

Lo masculino y lo femenino se mueve muchísimo durante la obra, por ejemplo, se presenta primordialmente la ausencia del padre, pero se habla poco en realidad de esa herida, se subraya mucho más la esencia de: “penetré a mi madre”, que la de: “maté a mi padre”, eso queda ahí suspendido pero no creo que pueda haber algo más roto.

MALR: Y que curiosamente Edipo termina expiando esas inconsciencias con algunas buenas decisiones.

DS: Sí, por supuesto, Edipo toma buenas decisiones. Siento que hay dos líneas: una que es verdaderamente inconsciente, o de la ignorancia, de no saber quién es él verdaderamente, y hay otra de la que siento que no es responsable.

Metafóricamente la obra puede llevarte a muchos lugares, sin duda. Si nos ponemos a pensar es lógico que le haya gustado tanto Yocasta, pero se encuentra con una línea en la cual él no tiene mucho margen de maniobra, porque verdaderamente no sabe quién es. Luego la otra, las decisiones que ha tomado y que si le corresponden como, por ejemplo, la muerte de Laio, pues él decide cometer ese acto y da pie a las consecuencias que de ese acto se desprenden. Sucede entonces que cuando ambas líneas se destapan, el personaje se desmorona.

Nos pone a pensar qué tanto somos destino, o consecuencia del destino, y qué tanto vamos decidiendo lo que nos sucede. Quizás la vida es una mezcla de ambas cosas o un conflicto de ambas cosas. Este dilema me hizo pensar mucho en un poema de Walt Whitman (“Canto a mí mismo”), cuya línea temática es precisamente ese dilema: yo soy independiente de lo que me hizo estar aquí… si, pero no tanto. Hay lugares donde uno toma las decisiones de ser quien es pero creo que no podemos negar ser el hijo de alguien y provenir de algún lugar. El asunto es que si no sabes, realmente saber, que eres hijo de alguien, terminas cometiendo muchas pendejadas. Es un poema bellísimo.

En el caso de esta obra pienso que presenta la importancia de saber de dónde vienes, pero también te hace asumir que los actos tienen consecuencias. Lo que me lleva al tema de la corrupción, por ejemplo: somos un país íntimamente corrupto, sinceramente, y de repente uno comete un acto que parece menor. Asumes que eso no habría por qué tener una consecuencia; de cierta manera eso nos ha construido a todos nosotros como sociedad. A la peste, entonces, yo la veo como la natural manifestación física de esos pequeños actos de corrupción.

RB: Solemos colocar la dimensión trágica únicamente en los teatros o en los mitos pero justo estamos viviendo una de las peores guerras en nuestro país: hay una enorme cantidad de muertes, muchas más que las que dejó la revolución, desolación en muchísimos lugares, un nivel de desesperanza que si nosotros quisiéramos ponernos en ese estado psicótico de querer encontrar la peste en nuestra nación, perfectamente nos encontramos sumergidos en ella y lo que queremos es asomar la cabeza fuera de la bruma y decir quién va a venir a darnos la solución… pues nosotros mismos, a través de nuestras acciones, a través de un compromiso con nosotros mismos.

Y precisamente esa es una de las cosas que puedo ver ahora que ganó AMLO, por ejemplo: mucha gente mandaba estos mensajes en los que decía: “ahora si hay que exigirle a AMLO que cumpla lo que prometió”. Yo pienso que más bien hay que exigirnos lo que nos prometimos a nosotros mismos al votar por ésta persona.

Esa unión y esa manifestación casi sobrenatural aquel domingo en que se sentía una energía muy particular, que había un nivel de participación histórica, que la discusión política estaba tan a flor de piel, nos debería obligar a ser consecuentes con ello. No es AMLO, no es nadie en realidad, somos todos nosotros los que hicimos el acuerdo: treinta millones que registraron votos; pero también estoy seguro que muchos que no votaron o anularon tenían esa misma sensación de vamos a empujar juntos este cambio que nos urge a todos, porque resulta que sí estamos sumergidos en una especie de peste pero ya no nos damos el tiempo de colocarle o darle una explicación mítica a esto que nos está sucediendo. Si viviéramos en otro tipo de sociedad y nos encontráramos con este nivel de matanza, por supuesto que estaríamos ya recurriendo a las brujas y a los oráculos para que nos dieran un norte de por dónde atacar este problema.

La obra lanza esta discusión, de que sí, sí viene el destino y se cruza contigo, pero en realidad tú eres responsable de tus actos y también de sus consecuencias. Quiero decir, no trastoques la narrativa de tu discurso para justificar que matar a una persona está bien, porque no lo está, sea quien sea. En este caso fue tu padre, que jodido para ti, pero también mataste a una persona que resulta ser el hijo de alguien, el hermano de alguien. Es ahí donde la puerca tuerce el rabo.

Fin de la primera parte

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Escrito por:paginasalmon

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