Hace algunos días, en el café La Pagoda, observé al clásico señor en traje sastre, corbata, colonia de hombre, cera en el cabello relamido, zapatos boleados y su guitarra, cantando boleros a cambio de unas monedas. Pensé que esas personas, no los intérpretes de boleros, sino esas personas elegantes, que reparan en cualquier detalle en que esté en detrimento de su apariencia, van a desaparecer en unos años. Los boleristas actuales, aceptémoslo, no escatiman en la buena presentación, mucho menos si su oficio es pedir monedas en el metro, en los restaurantes, en las avenidas; se les agradece que de vez en cuando vistan camisa de cuadritos sin fajar y zapatos en vez de tenis. El caso del siglo XXI es muy curioso, estos personajes de la vida cotidiana del mexicano común van a desaparecer, quizá, en esta centuria. Vivimos de la memoria de nuestros padres y nuestros abuelos con música de organillo de fondo, pero incluso éstos se van a ir; así como se demuelen los edificios, tan fácil como eso. Tenemos, sin embargo, la ventaja de que quedarán en la memoria colectiva del transeúnte, en fotografías, en el cine de oro, en los periódicos, en las habladurías del tiempo, en la literatura.

Son estos testimonios, tangibles e intangibles, los que se reflejan en las obras literarias para construir cronotopos, lenguajes y personajes con los que fácilmente nos identificamos como integrantes de una comunidad específica. Mempo Giardinelli menciona que la novela negra “tiene las mejores posibilidades de reseñar los conflictos político-sociales de nuestro tiempo”. Pues se caracteriza por su realismo, crudeza, “determinismo social”, su lenguaje popular, que ya determinan a qué lectores va dirigido. Cuenta lo que le pasa a la gente: al menos en el caso de América Latina parte de una no-ficción de denuncia, de la corrupción normalizada, de los asesinatos y abusos de poder cotidianos, y la traslada al terreno ficcional. Eso sí, “conserva el enigma”, pero no son crímenes gratuitos, como dice Ricardo Piglia; se define por la construcción de escenarios, “las motivaciones de sus personajes y sobre todo de su lenguaje, que es violento, duro, machista y completamente despiadado”. (Giardinelli)

Tenemos un factor más que se refleja en la literatura; dentro de esta posibilidad de temas y motivos de denuncia latinoamericana, variarán las características desde dónde se aborden: pueden existir los mismos temas de violencia e injusticia, pero con diferentes rasgos. Por lo mismo, aunque los protagonistas de la novela negra mexicana representan una figura de detective con las características antes mencionadas, se desenvuelven en contextos temporales distintos. En la Ciudad de México, un mismo personaje, como el bolerista, ya no es el mismo y probablemente siga cambiando (o deje de existir). Sin embargo, pese a estas diferencias actorales, podemos decir que todos se cubren bajo un mismo manto, una serie de motivos a los que rinden culto: al despecho, al desamor y al olvido.

Así son estos detectives de la literatura. Después de leer sobre Filiberto García pude advertir estas características que representan al profesionista del crimen, pero también que están sujetos al cambio y, por esto, indiscutiblemente susceptibles al olvido. El protagonista de El complot mongol es un ex revolucionario que radica en un departamento de la calle de Dolores en el Barrio Chino de la Ciudad de México en los años sesenta. Me interesa resaltar a Filiberto García porque es un testimonio de la literatura y de la vida cotidiana de los cambios políticos y sociales del México del siglo XX. Es un hombre serio, rudo, machista, dubitativo, desconfiado, cuidadoso, atiende los ínfimos detalles, como se puede advertir desde la primera página:

A las seis de la tarde se levantó de la cama y se puso los zapatos y la corbata. En el baño se echó agua en la cara y se peinó el cabello corto y negro. No tenía por qué rasurarse; nunca había tenido mucha barba y una rasurada le duraba tres días. Se puso un poco de agua de colonia Yardley, volvió al cuarto y del buró sacó la cuarenta y cinco. Revisó que tuviera el cargador en su sitio y un cartucho en la recámara. La limpió cuidadosamente con una gamuza y se la acomodó en la funda que le colgaba del hombro. Luego tomó su navaja de resorte, comprobó que funcionara bien y se la guardó en la funda del pantalón. Finalmente se puso el saco de gabardina beige y el sombrero de alas anchas. Ya vestido volvió al baño para verse al espejo. El saco era nuevo y el sastre había hecho un buen trabajo; casi no se notaba el bulto de la pistola bajo el brazo, sobre el corazón.

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El complot mongol es testimonio de tres cuestiones que me gustaría resaltar en este escrito: la vida cotidiana de las clases sociales que viven en el centro de la ciudad de México, los cambios sociales entre revolución mexicana y modernización, y la típica corrupción en la vida política del país.

En el México de la “unidad nacional” comenzaron los conflictos entre dos tipos de élites sociales. La Revolución terminó básicamente con Lázaro Cárdenas, y durante el gobierno de Ávila Camacho y Miguel Alemán, al menos en la Ciudad de México, las clases sociales altas volvieron a tener la postura que tenían antes por tradición y herencia, pero se enfrentaron a las nuevas élites revolucionarias. Tuvieron que compartir el poder económico, las fiestas religiosas, las reinas de la primavera, las nuevas tendencias de moda y lujo, las recientes colonias de Lomas de Chapultepec y el Pedregal, el Country Club y el Jockey Club. El país ya no era el mismo que hace apenas 20 años cuando se gestaba la primer revolución socialista. Hubo otro cambio importante: en el gobierno de Alemán ya no se buscaba a militares para la gobernación. Dice José Agustín que

las reformas y modernización de Miguel Alemán […] en realidad consistían en ahondar la alineación de México con Estados Unidos y acabar de sepultar a la Revolución Mexicana […] se proclamó civilista porque compuso su gabinete sin militares […] él y los suyos tenían títulos universitarios, además de que eran jóvenes y emprendedores. [Por otro lado] […] Para controlar mejor todo tipo de disidencia, creó la Gerencia Federal de Seguridad para el Espionaje y el Control de la Población […] Alemán se deshacía de poderes políticos.

Rafael Bernal realiza una crítica a este nuevo sistema y destaca, en la narración, dos motivos importantes.

1) Este cambio de actores revolucionarios sanguinarios, vulgares, casi depredadores, por aquellos que aparentemente no poseen estas características, pues son personajes que se rigen bajo las leyes, fueron a la universidad, pertenecen a esa élite que no se mancha las manos y son protocolarios; el trabajo sucio lo delegan a estos primeros pistoleros, como Filiberto García, que trabajan a sueldo, no son policías, son espías, detectives de sangre fría que no se inmutan, no se meten en política, no les interesa. Son los profesionales del “no”, el gatillo y los cartuchos modernizados. Sobre este punto, me gustaría resaltar uno de los tantos monólogos del protagonista:

¡Pinche coronel! No quiere muertes, pero bien que me manda llamar a mí. Para eso me mandan llamar siempre, porque quieren muertos, pero también quieren tener las manos muy limpiecitas. Porque eso de los muertos se acabó con la bola y ahora todo se hace con la ley. Pero a veces la ley como que no alcanza y entonces me mandan llamar. Antes era más fácil. Quiébrense a ese desgraciado. Con eso bastaba y estaba clarito, muy clarito. Pero ahora somos muy evolucionados, de a mucha instrucción. Ahora no queremos muertos o, por lo menos, no queremos dar la orden de que los maten. Nomás como que sueltan la cosa, para no cargar con la culpa. Porque ahora andamos de mucha conciencia. ¡Pinche conciencia!

2) Este segundo deriva de la primera, pues la trama de El complot mongol busca desentrañar un casi inventado usufructo del poder por entes extranjeros, que termina siendo un acto de corrupción más, donde podemos advertir “el expediente de la desaparición de poderes”, que caracterizan a la política mexicana hasta la actualidad. En todo caso, esta novela también funge como testimonio de algo que ha sucedido hace años y sigue presente, no como algo que se ha olvidado.

Con el “desarrollo estabilizador” de Adolfo Ruiz Cortines, se rompe esta tradición de traer sombreros, pistolas bajo el brazo, y hay un quiebre entre las generaciones jóvenes que entonces también escuchaban rock and roll y no sólo mambo y cha cha chá. Los hombres como Filiberto García permean la sociedad hasta cierto rango de edad, de cualquier forma resulta sorprendente que esos hombres continúen por los suburbios hasta casi la tercera década del siglo XXI.

Como estudiante de letras entiendo que las razones de hacer una crítica literaria muchas veces responde a un proceso de restauración, buscamos temas, motivos y rasgos que se imprimen en las obras, somos nosotros, como especialistas, quienes dialogamos con la obra, le preguntamos sus razones y, después, les damos un valor y evidenciamos su carga simbólica. El complot mongol posee cuestiones que aplican totalmente al caso de la vida cotidiana y política de México.

Cuando se escribieron novelas negras, en años posteriores, los temas eran generalmente los mismos a los que apela Mempo Giardinelli: corrupción y abusos de poder en cualquier clase y grupo social. Pensemos por ejemplo en Héctor Belascorán Shayne y su enfrentamiento a la ineptitud y poca eficiencia de la policía de la Ciudad de México (y a los recurrentes temas, como no decirlo, de Paco Ignacio Taibo II a favor de los obreros y los abusos de empresarios y patrones); en Edgar “el Zurdo” Mendieta defendiéndose prácticamente solo de los grupos de narcotraficantes en Sinaloa. Sin embargo, hay cosas de las que, de escribirse, se desautomatizarían en unos años, como el trato de Filiberto García a Martita, como objeto de deseo y posesión, o el decir que las mujeres son “agujeros con patas”. Nos gusten o no, todos estos rasgos que componen una obra literaria son parte de nuestra memoria colectiva y podemos traerla a nuestro tiempo fácilmente como asiduos y ociosos lectores.

Imagen tomada de DocPlayer

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Escrito por:paginasalmon

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