Fotografía de N. Obed

Despierta, una luz pálida se cuela por la ventana. Sabe que el mediodía está próximo, estas horas son las únicas en que el sol logra sobreponerse a aquella masa gris de concreto que bloquea la abertura de cristal. La espina ya pesa, cada vertebra está clavada contra el colchón, sin intención alguna de ceder a cualquier intento de levantamiento. Logra girarse a un costado, sus ojos se pierden ante el muro contiguo, mientras respira con agitación y acumula fuerzas para erguirse. Sus pies producen un golpe seco y muerto al chocar contra el piso: ya la mitad del cuerpo ha logrado salir del lecho, pero los músculos de las piernas no encuentran manera de proseguir, tiemblan; la sola idea de mantenerse un día más contra la gravedad le arrebata el aliento.

Llena sus pulmones de oxígeno y se lanza con todas sus fuerzas contra la gravedad. Da un par de zancadas torpes y agitadas en dirección a la puerta, pero antes de alcanzar su destino siente un ardor en piernas y brazos; sus oídos se saturan del ruido que produce el azote de su cuerpo contra el suelo. La derrota lo ha encontrado y lo ha devuelto a la misma posición en la que comenzó el día. La creciente ausencia en sus entrañas va haciéndose consciente de sí y con ello se expande a cada rincón de su carne. Contiene las lágrimas a la par que sus dedos se aferran a la puerta; logra escurrirse a gatas de la habitación.

Siente bajo su piel un hormiguero furioso y hambriento que le va desgarrando con pequeños, pero constantes, profundos mordisqueos. Alcanza la mesa y se impulsa para sentarse sobre una silla contigua. Se siente: miles de células muertas en su piel llenan el mismo aire que respira; cada uno de sus poros expulsa microscópicas gotas de sudor; millones de bacterias nacen y mueren en sus órganos. Cada parpadeo drena a cantaros la poca vitalidad que chisporrotea por sus venas. Sobre la mesa yacen un vaso de agua y una caja de pastillas de fluoxetina, procede a saturar su mano del contenido de esta última. Recuerda que la dosis correcta puede noquearle y devolverle al único lugar donde el dolor se diluye: la inconsciencia.

Dos pastillas se deslizan sin demora por su garganta gracias al trago de agua que ha ingerido. Por fin el sol ha alcanzado su cénit y con él la última aura de voluntad del día atraviesa como electricidad sus tejidos. Ha fallado, hace horas que la cita que tenía consigo ha pasado. Cada noche en vela se promete practicar la libertad al despertar, escapar de la prisión que se ha impuesto, hacer algo de sí. Pero cada que despierta se da cuenta de su traición.

Las horas previas al alba siempre han sido una tortura, saturadas de una creciente molienda de su cuerpo que le mantiene al borde de la consciencia hasta que el sufrimiento continuo le obliga a cerrar los ojos. Durante el tiempo que logra alcanzar este fugaz alivio, la energía acumulada en sus músculos estalla como balas castigando un cadáver en las trincheras: impulso violento e inútil que sólo termina por mutilar vestigios putrefactos. Sin motricidad alguna, se convierte en un blanco inmóvil de esta violencia, lo cual le lleva a un compromiso con el porvenir que no se cumplirá.

Como cada instante se encuentra sin destino, por la puerta luces y voces se cuelan, recordatorio de que el fin del mundo no vendrá. Atraviesa los umbrales en dirección a la calle, el calor le invade y empantana su caminar, las miradas indiferentes se clavan como aguijones ponzoñosos sobre su piel, el sonido de la ciudad se traduce en sus tímpanos como un zumbido atonal que no deja de subir su volumen. La existencia se despliega frente a sus ojos y se entierra como una cuña sobre su pecho. Sólo la briza le rejuvenece y le impulsa a continuar su marcha sin dirección.

Pronto se encuentra de regreso tras los barrotes que con sospecha familiar logra reconocer sin convencimiento como hogar. Se deja caer contra la primera superficie suave que encuentra a la espera de que la ansiedad le sitie. La rutina le hace olvidar todo aquello que se ha incrustado en su carne, pero ésta jamás dura y al despertar de ella se encuentra con el ardor de aquellas diminutas aberturas que le han ido corroyendo poco a poco. Sólo resta la resignación. Respira y ve pasar al sol por el cielo: recordatorio constante del insomnio que confabulado con la creciente culpa le han de torturar al caer la noche.

Suspira y arrastra sus pies hasta la cama, necesita un respiro y recuperar energías. Al acostarse siente cómo las sábanas se clavan como ganchos en su carne; pese al agobio todavía no encuentra la manera de sintetizar esta fragilidad en sueño. La memoria de su constante omisión de vivir lo posee y lo sacude hasta los huesos demandándole la materialización de algún motivo para seguir. Ya resulta imposible contenerlas, por lo cual siente cómo un río de lágrimas se escurre por los surcos de su rostro, refrescando y germinando esperanza en el páramo estéril que es. La mañana se acerca, siente su nutritiva frialdad y se promete entregarse a ella en pos de vivir.

Despierta, una luz pálida se cuela por la ventana. Sabe que el mediodía está próximo, estas horas son las únicas en que el sol logra sobreponerse a aquella masa gris de concreto que bloquea la abertura de cristal…

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Escrito por:paginasalmon

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