Fotografía de Gerardo Alquicira

Con el fin de la Revolución, México enfrentó un nuevo momento de cuestionamientos ontológicos fundamentales, ¿quiénes eran los mexicanos?, ¿cómo eran?, ¿qué los distinguía de otras naciones? Problemática que fue abordada por una de las generaciones de la administración pública con mayor auge intelectual en la historia nacional. 1944 fue el último año de dicha cruzada con el programa “La Campaña Nacional contra el Analfabetismo”, iniciativa del entonces Secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, quien en este ánimo de divulgación y educación de la (¿nueva?) sociedad mexicana, invitó a colaborar en el proyecto al erudito Alfonso Reyes, viejo compañero de andanzas bohemias y literarias.

Para tal encargo, Reyes produjo uno de sus textos más menudos: la Cartilla moral. Opúsculo constituido por 16 “lecciones” de carácter laico, reflexivo e incluso mitológico; guiño de la educación clásica que le había formado. En las primeras dos partes del texto aborda al humano, su medio inmediato y la vida social. Para la última parte redondea el texto con un resumen de cada mitad. A pesar de que poco puede encontrarse sobre la distribución que surcó el México Revolucionario, desde este primer momento el texto fue internándose en el porvenir como parte de innumerables compilaciones del trabajo literario de Reyes, por ejemplo, en el Tomo XX de sus Obras Completas, las varias reediciones en la colección Cenzontle del Fondo de Cultura Económica y la edición que obsequió la Asociación Nacional de Libreros el 12 de noviembre –Día Nacional del Libro– de 1982. Por lo tanto, aun cabe el supuesto de que un porcentaje considerable de la población del país, quizás una cuarta parte, pudo ser receptora de una política cultural formativa de la identidad, así como también de los modos de interacción con sus símiles, la naturaleza y los objetos, pero sobre todo estos últimos dos por ser una mención tangencial de lo que hoy engloba al patrimonio cultural.

No obstante, con el paso del tiempo, ¿qué fue o, más bien, qué ha sido de esta educación moral enfocada a lo cultural? Han pasado 74 años desde la primera edición de la Cartilla… y al (re)leerla con tal distancia es inevitable pensar cuánto se ha transformado la realidad de ese México de Reyes del actual. ¡Cuántas mutaciones no habrán sucedido en la valoración y percepción de los espacios públicos y privados, los museos y sobre todo las escuelas! Ante tal desfase, la inquietud provoca el germen de un retoño en la corteza del viejo tronco: ¿cómo podrían llevarse éstas lecciones al siglo XXI o, incluso, más allá en el México por venir?

Tras meditarlo un poco, creo que una de las formas más claras y prácticas de hacerlo es seguir el ejemplo de la Constitución Poética de los Estados Unidos Mexicanos (2017). A través de la integración, adaptación y reconfiguración de una escritura, que en tal caso fue sobre el articulado de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, se obtuvo una visión concreta y crítica de lo que ha sucedido en relación a los temas de cada artículo intervenido durante los últimos años y cómo ello ha afectado en la configuración de nuestra identidad, pero sobre todo de nuestra moral. En consecuencia, habría que hacer un pinino de dicho procedimiento –a la usanza de Eduardo Casar: una gran maniobra en miniatura– sobre el tema de lo cultural debido a que en próximas fechas de septiembre habrán de entrar en vigor las flamantes Ley General de Cultura y Derechos Culturales y la Constitución de la Ciudad de México. Por ello, del cuerpo de la Cartilla de Reyes, la “Lección III” es el apartado con mayor relación al objeto del presente examen. En la intervención habrán de ir sumándose los distintos y más relevantes acontecimientos sucedidos en la actualidad cultural, teórica e incluso jurídica para llevar a cabo un ejercicio reflexivo, sustancial, tanto al interior como hacia el exterior, evidenciando los fenómenos constantes por sobre los variables y con respecto a la percepción e interacción de la cultura en el ser de la humanidad, especialmente el de los mexicanos. Veamos qué sucede.

Lección III (3.1)

La voluntad moral (debe) trabajar(se) por (individuos e instituciones para) humanizar más y más al hombre (con el fin de elevar más y más su calidad de vida) […] como un escultor que, tallando el bloque de piedra, va poco a poco sacando de él una estatua. (Es importante aceptar que) No todos tenemos fuerzas para corregirnos a nosotros mismos y procurar mejorarnos incesantemente a lo largo de nuestra existencia; pero esto sería lo deseable. Si ello fuera siempre posible (un hecho), el progreso humano no sufriría esos estancamientos y retrocesos (y ridículos) que hallamos en la historia (social, política, económica, cultural y patrimonial, ¿verdad, Caballito?), esos olvidos (esas amnesias, ¡ahí les hablan sismos!) o destrozos de las conquistas ya obtenidas (como las leyes, derechos e instituciones enfocados a la cultura).

[…]

Las palabras “civilización” y “cultura” (poco se) utilizan de muchos modos. Algunos […] (políticos ni siquiera imaginan de qué se tratan). La verdad es que ambas cosas van siempre mezcladas […] En todo caso, civilización y cultura, conocimientos técnicos y acciones prácticas nacen del desarrollo de la ciencia; pero las inspira la voluntad moral o de perfeccionamiento humano (o el negocio mismo, digámoslo como es). Cuando pierden de vista la moral, civilización y cultura degeneran y se destruyen a sí mismas (como los pueblos trágicos) […]

Se puede haber adelantado en muchas cosas y sin embargo, no haber alcanzado la verdadera (una) cultura (apócrifa, que en lugar de propiciar una diversidad está cayendo en la homogenización). Así sucede siempre que se olvida la moral (y el sentido común, así como el desconocimiento de los derechos y responsabilidades). En los individuos y en los pueblos, el no perder de vista la moral (el sentido común y el conocimiento de los derechos y responsabilidades, y en este caso específico los culturales) significa el (deber propiciar y) dar a todas las cosas (todo: las personas, bienes y conjuntos) su verdadero (el) valor (correspondiente en lo objetivo y lo subjetivo, con base en la realidad en la que se ubiquen), dentro del conjunto de los fines humanos (para lograr un equilibrio sostenible que garantice la transmisión y trascendencia del patrimonio cultural y natural a las generaciones futuras para que éstas puedan aprovecharlo en su debido momento, en razón de sus propias circunstancias). Y el fin de los fines es el bien (común), el blanco definitivo a que todas nuestras acciones apuntan (deberían intentar apuntar).

Es evidente cómo a través de este “encuentro y desencuentro interpretativo” (Jiménez, 2017: 23), más que tratar de presentar un fallido intento de violar los derechos del autor original o encabezar una campaña de (des)prestigio de la obra de Reyes, el ejercicio espera volver a encaminar el espíritu “didáctico”, reflexivo y de divulgación sobre el patrimonio cultural y natural a partir de la recapitulación de un pasado inmediato, al ser llevado al presente y dispuesto hacia el porvenir.

Quizá no sería una idea tan descabellada retomar la iniciativa de las cartillas del antaño 1944, obviamente con sus respectivas adecuaciones en relación a los límites y capacidades de cada zona: una posible vía sería por medio de un neurótico análisis FODA, DAFO o como gusten organizarlo, porque tanto en la sierra como en la costa, la diversidad de cosmovisiones implican un criterio al cual debe acatarse esta (re)escritura moral; sin embargo, ante tal vicisitud debe erigirse un principio clave: ante todo, en el texto debe ser evidente el hecho preponderante de los derechos culturales y lo que ellos implican en las distintas escalas de acción. En la suma de todo esto cabría decir que la moral, al ser una norma etérea, se hereda, por lo que se vuelve parte del patrimonio inmaterial y, en consecuencia, teniendo esto anterior como premisa, quedaría hacernos aquí una última pregunta: ¿la moral necesita de las políticas culturales o éstas necesitan de la moral para ser implementadas? Para responder, justamente, habría que valorar de qué lado de la moneda se está observando este caleidoscopio.

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Escrito por:paginasalmon

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