Cuando se planea la construcción de iglesias en la Nueva España, se buscan focos poblacionales, denominadas estancias o cabeceras (en palabras de Charles Gibson) que lideren a las zonas aledañas. Alrededor de éstas se crean cultos cristianos y dinámicas sociales estrechas. Luego, se echan raíces y se crean viviendas con materiales y técnicas tradicionales; comercios familiares, caminos que permiten la comunicación y áreas destinadas para la cosecha. El pueblo de Xoco, cuya iglesia fue erigida en el siglo xviii y dedicada a San Sebastián, estuvo destinado, como muchos otros lugares, a adaptarse al desarrollo y crecimiento de las ciudades, a la construcción de avenidas (Cuauhtémoc, Churubusco, Universidad), edificios familiares, conjuntos habitacionales, la creación de la línea dos del metro, el panteón y el hospital, la Cineteca, el Roberto Cantoral y el edificio del IMER. Pese a todos estos cambios, el pueblo se ha sabido camuflar con la modernidad del siglo xx, por ejemplo, con la extensión que conectó el Centro Histórico y la Villa Olímpica, y ahora también con la del siglo xxi. Cabe preguntar ¿Xoco se ha tenido que adaptar o las políticas de desarrollo urbano debían adaptarse? Si bien hasta hace unos años algunos de estos proyectos eran cuestionables, la verdad es que los habitantes del pueblo supieron coexistir y adaptar su estilo de vida pese a las nuevas construcciones y sonidos citadinos. El pueblo ha mantenido lo propio: imagen, memoria, tradiciones y costumbres. ¿Cómo se relacionan estas poblaciones con los nuevos proyectos urbanísticos? ¿Hay alguna ley que no sólo proteja la iglesia sino también el patrimonio intangible que representa Xoco? ¿Qué ocurre cuando el fondo es una pantalla verde donde se proyecta un centro comercial obsoleto, el Hospital Ángeles Inn (ambientado con los automóviles de Avenida Universidad y Churubusco) y desde este año la temible torre Mítikah de 267 pisos? “La cultura es el entorno que nos rodea, es la acción que hace posible las transformaciones sociales, es en otra palabra el paisaje”. ¿Qué ocurre cuando no sólo la imagen sino la vida cotidiana ya no cabe (nunca cupo) dentro de los nuevos planes de modernización?

Tal vez sucede que la vida cotidiana se recorta, se deforma y se amolda para encajar con los nuevos planes. El drama moderno de la ciudad es esa ambivalencia política que congrega y asfixia la vida siempre en movimiento, por la que “el aire de Londres es demasiado puro para un esclavo” y por la que sólo una segunda naturaleza —como las vidas cotidianas, erigidas por un dios de carne y hueso en retraso— puede darnos otra oportunidad para escapar de esa primera naturaleza ligada al pasado terso, ciego y vulnerable de la piel desnuda. Si la modernización de los planes significa el hallazgo de un nuevo horizonte y de una nueva transparencia que ocupe el lugar de lo que antes fue la región más transparente de Londres o el Anáhuac, y que pueda hacernos creer que es nuestra vida la que se amolda a ellos —a la nueva transparencia y a los nuevos planes—, tal vez suceda que la vida termine por cerrar los ojos y el corazón a la cruzada de las manos y las miradas bestiales del nuevo depredador, y deja de oír el canto de las aves que emigraron en busca de esa promesa dormida que, como Dios, ha dejado de verse y sentirse en nuestra piel cubierta por los muros de la vestimenta.

O tal vez sucede que son los planes los que dejan de amoldarse a la vida, y es la vida la que debería reformar el espacio y reformar los planes para hacerlos encajar en su propio imperio de magnolias. Porque la vida cotidiana se aleja de sí misma con la velocidad de las arterias del cuerpo urbano cuando cambian los planes y la racionalización del espacio; porque los planes no sólo violentan el espacio, sino también la vida cotidiana hasta volver cotidiano el egoísmo, la desterritorialización, la soledad, la gentrificación y la fusión somática, tal vez sucede que los planes deben empezar a cambiar cuando vuelven a encajar en esta no-vida, desnuda y helada.

Hay en esa idea, en esa imperiosa necesidad de transformación, que llega de otro lado que no es el nuestro, una posibilidad de mejora. No en el sentido de progreso, sino de adaptabilidad. ¿Qué puede hacer una ciudad llena en todos lados, con una ciudad antigua de bajo que se asoma día a día, sino reconstruirse? Aquí hablamos ya de nuestra ciudad, de la Ciudad o las Ciudades de México. Un espacio. Pero el espacio quizá sea sólo consciente de sí mismo, de sus necesidades, no de las nuestras. ¿Qué creemos que necesitamos? ¿Qué necesitamos que necesitamos? Espacio, no.

En este noveno número, incluimos todas estas preocupaciones, en nuestro nuevo dossier, bajo el título “Soma urbano y mafias inmobiliarias”, los textos pretenderán acercarse desde la cada vez más relevante disciplina del urbanismo, pero también pretenderán hacerlo desde el conocimiento de la cotidianeidad. Asimismo, en esta superposición de espacios y de voces, la revista presentará su primera edición impresa con motivo de sus dos años. Agradecemos enormemente como siempre la colaboración de lectores y autores.

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Escrito por:paginasalmon

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