Fotografía de Gerardo Alquicira

Soñé que era sirena. Mi cola era azul, larga como mis piernas, y mis senos estaban libres, con los pezones erguidos, tan morenos como ahora. Nadaba entre torres de hombres desnudos de distintas razas y buscaba algo, mi sexo.

“Dígame doctor, ¿cómo hacen el amor las sirenas?”, pregunté a mi psicoanalista.

“¿Cómo crees tú que hacen el amor?”

Recostada en el diván y acariciando los botones de mi blusa comencé una tesis: tal vez su piel es tan sensible que no es necesario más que tocar, y al llegar a las escamas se intensifica todo; es rasposo, pero entre más avanzan las caricias, los vellos del cuerpo se erizan y esa sensación las hace cerrar los ojos, apretar los dientes y respirar profundo. Todo es cuestión de tacto, se besan, se tocan, se rasguñan, se muerden… un quejido sale de la garganta que estiran mientras enroscan los puños.

Sin darme cuenta desabotonaba mi blusa, pensaba en las sirenas, en cómo podían disfrutar sin una vagina cálida y sensible. De pronto olvidé que estaba en el consultorio, la confianza me llevó a bajar una de mis manos, ésta se posó sobre mi vientre y acariciando con los dedos índice y medio, del ombligo hacia abajo, mi falda comenzó a subir por el movimiento y mis piernas, descubiertas, se cruzaban, subía la izquierda sobre la derecha, las frotaba de abajo hacia arriba.

Así reflexionaba: las sirenas hechizan a todos los hombres que llegan a ellas, lo advirtió Circe a Ulises: “quien acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos”.

“Pero ese embeleso no es por su sexo, es por su canto”, pensé.

Entonces, con sorpresa me levanté del diván, giré el rostro y pregunté: “¿Son acaso sus notas, el sexo?”.

“No sé, dímelo tú”.

Sentí ganas de arrancarle la ropa y posarme sobre él, pero volví a mi posición inicial. Seguí pensando en las sirenas. ¿Cómo tienen orgasmos?, ¿cómo son?, ¿qué sienten?, ¿gritan acaso?

“Pero, Doc, ¿las sirenas son malas por su canto?, los marineros dejan un amor en cada puerto y no se les critica su canto”, le reclamaba mientras tocaba mis senos, acariciaba sobre la ropa mis pezones erguidos. Eso es lo interesante de la terapia, puedes hacer lo que quieras, decirlo todo y la única persona que está contigo no tiene derecho a juzgar.

Le contaba mis aventuras con el señor G, un chico hermoso que acariciaba mi cabello después de hacer el amor. “Anoche me hizo venir tres veces y en cada una gritó conmigo. Eso es lo mejor de él, que me deja gritar, es el único que no me tapa la boca o me pide silencio mientras siento placer. Dejó que le rasguñara la espalda y que mordiera sus mejillas”

“Calla. Vienes aquí a seducirme, te acaricias, juegas con los botones de tu ropa, con el cinturón; cruzas las piernas, te muerdes los labios y ¿me preguntas que cómo hacen el amor las sirenas?”

Esa noche mi psicoanalista transgredió sus límites y yo disfruté ese momento.

Escrito por:paginasalmon

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