Fotografía de N. Obed

—¡Aluízio! ¡Aluízio! ¡Por favor! ¡Rápido! —le susurró viendo a la oscuridad, con el rostro iluminado por las luces azules y rojas filtradas por la cortina, que mostraban los amplios bultos bajo sus ojos, las guedejas que caían del gorro de dormir ladeado.

Con una mano asida al alzapaño, volvió a susurrar:

—¡Aluízio! ¡Aluízio!

En la penumbra se oía el ligero zumbido del aire acondicionado. Ella se cruzó de brazos, frunció el entrecejo y lanzó una larga mirada a la penumbra. Después se volvió y corrió la cortina, no sin antes cerrarse bien la bata, dejando entrar todas las luces de la calle, que revelaron momentáneamente un crucifijo plateado por encima de la cabecera de la cama; una pequeña lámpara ambarina en una mesa, libros y pliegos apilados sobre un buró; un armario entornado y el lecho con varias mantas arrebujadas. Hacia el lado derecho del colchón, una acumulación de cubrecamas permanecía estática.

Se oyó un chistido. Y de nuevo la sombra, el interior azul y rojo, y otra vez la oscuridad.

—¡Aluízio! ¡Levántate ya! Mira, ven. ¡Voy a abrir las ventanas!

El bulto de cubrecamas rebulló casi al instante, entre sordos chistidos, y las luces intermitentes mostraron la cara ajada de Aluízio, todavía con los ojos cerrados, pasándose las manos por la camisa gris, ahora encorvado en la orilla de la cama.

—¿Qué pasa, Lidia?

Tras los relucientes cristales ella volvió a cruzarse de brazos, muda.

—Entonces, Lidia, ¿para qué me has despertado?

—¡Aluízio, te estoy llamando! Ven a la ventana. Parece que hay una revuelta en toda la favela. ¡Mira! Acércate —explicó Lidia ahora contemplando la ventana.

Él bostezó, deshaciéndose de los cubrecamas enrollados y se quedó sentado.

—¡Aluízio!

Estiró el brazo y buscó a tientas entre la pila de libros. Acá te tengo, murmuró con el reloj en sus palmas, elevándolo para aprovechar el resplandor que entraba en el cuarto. Dios mío, exclamó asegurando las correas en su muñeca izquierda.—¡Apúrate, Aluízio!

Él se paró junto a Lidia, sin reparar en la ventana, y le mostró el reloj. Ella miró su faz de recién levantado y arqueó las cejas.

—Dentro de dos horas tengo que prepararme para el trabajo —dijo Aluízio sin bajar el reloj.

—¡Ja! ¿Tú crees que vas a ir al trabajo con esta barahúnda? —inquirió apuntando a la ventana, abotonando el cuello de su bata.

Él vio a través de los cristales, más allá de la verja de su hogar, por encima de las copas de los mangos y los caserones, a dos calles de la entrada de la favela, un fuerte cordón de patrullas policiales que le cerraba el paso a un río de gente que iba descendiendo por los empinados caminos del cerro.

Había varias patrullas repartidas por las calles contiguas al cordón policial que a ratos prendían sus sirenas y las luces rojas y azules iluminaban sus caras. Aluízio miró su umbroso jardín; en la verja ladraba su perro moviendo la cola; después miró a la calle y no vio más que las patrullas estacionadas de esquina a esquina en su cuadra.

—Flavio está ladrando.

Lidia lanzó una mirada a las oscuras bromelias.

—¿Quieres que le encienda las luces, Aluízio?

—No, no. Sería una imprudencia.

—Ladra, pero no hay nadie.

—Ese le está ladrando al bullicio que viene de la favela.

—Entonces, ¿no le enciendo la luz, Aluízio?

—Por favor, no. Mira toda la cuadra. ¿Ya te diste cuenta? Lo único que brilla son las patrullas.

—Verdad… ¿Y por qué será?

—A lo mejor es para que no entren —y señaló con un movimiento de su cabeza a la favela— cuando se vayan a enfrentar a la policía.

—Dios mío…

—Bueno, no sé. No estoy seguro. Vamos a acostarnos, Lidia. Hoy nos van a hacer una presentación importante en los talleres…

—Ay, no. A mí ya se me quitó el sueño.

Ambos estaban frente a los cristales relucientes; las patrullas se encendían por un par de minutos y después dejaban la calle en medio de la oscuridad. El río de gentes había llegado al cordón policial; varios haces de luz se proyectaron sobre la multitud, revelando niños vestidos de blanco, asidos de las manos a sus madres, que tenían maletas de ruedas; carretillas con macundales amontonados, un potro con gualdrapa áurea, piafando, al frente del gentío; hombres con mochilas inmensas, como las de los militares, provectos también de blanco y gallinas aleteando dentro de pequeñas jaulas.

—Pero si son los pastores —exclamó Lidia casi cubriéndose la boca—. Como que están implorando.

—Ah, lo dices porque se hincan —dijo Aluízio atisbando bajo el padrão de la favela a varios hombres tomados de manos—. Esos pastores son bien arrostrados…

—Parece una procesión.

—Es una procesión —corrigió Aluízio aún junto a Lidia.

—Ay, Dios mío… Quién sabe… Quién sabe qué irá a pasar…

—Vamos a dormir, amor.

—¿Y si pasa algo?

—Nosotros no podemos hacer nada. Para eso está la policía… precisamente, porque tu Bolsonaro —y al decir esto Lidia refunfuñó— no quiere que pase aquí lo que pasó en Guyana. Después de que los desalojaron, ya no tienen adónde más ir.

—¿Será verdad eso que dijeron en el periódico en estos días, Aluízio?

—Ya ves tú —contestó mostrándole la ventana, cuyos cristales se iluminaron ante el súbito rayo de las patrullas en la cuadra.

—Ah… Dios mío… Quiero escuchar qué dicen, Aluízio. Quién sabe cuántos… rebatos…

—No, Lidia. Eso no. Es peligroso —la interrumpió él observando su reloj a la luz de la calle—. Fíjate en la situación. Además, no es hora para estar pegados en la ventana.

—¿Y si meto a Flavio?

—Que no, Lidia. A Flavio no le va a pasar nada. Deja que ladre.

Una de las casas de enfrente encendió sus luces, iluminando la acera. En el cuarto se oyó un eco apagado.

—¿Viste? Son los Gonçalves. ¡Ni siquiera puedo escuchar! Seguro que aquella patrulla les advirtió algo.

—Ajá. Así es, mi amor. Por eso compré estos cristales. Resisten bastante y no se oye nada de afuera —explicó dando golpes con sus nudillos sobre la ventana.

—¿Será que los llamo?

—No, mi amor. Si nadie te ha llamado, no les marques.

Lidia seguía absorta frente a la ventana.

—Mira —señalando al cielo—, ya no se ven estrellas y la favela está apagada.

—Ay… No me había percatado. ¿Será verdad lo de este día? —preguntó ella sin despegarse de la ventana.

—Espero que no se me haya quitado el sueño —dijo Aluízio bostezando, de regreso a la cama.

—¡Ay! ¿Escuchaste, Aluízio?

Pero Aluízio ya estaba hundido bajo las mantas.

—Yo había oído esos mismos silbidos antes que te levantaras. ¿Serán disparos? —inquirió viendo el lecho.

Un brazo emergió de entre las mantas y arrojó el reloj a la pila de libros. Lidia continuó con los ojos en la cama.

Después de un rato se oyó:

—Seguramente. Cuidado, Lidia. Agáchate. Desde aquí los puedo oír.

—Ay, Aluízio, no me asustes —dijo ella corriendo un poco las cortinas—. Ah… Parece que no son solamente los policías los que disparan al aire.

—Eso es lo que tienen las reformas de tu Bolsonaro —musitó.

—¿Cómo dices? —interrogó Lidia viendo a la obscuridad. Pero no hubo respuesta.

Su sombra se proyectaba clara, en medio de la franja de luz intermitente, sobre el lecho. Ella contemplaba la favela cubriéndose la boca; farfullaba, acomodándose el gorro ladeado, se desabotonaba el cuello y ahora corría lentamente las cortinas hasta quedar apenas una línea de luz delgadísima por la que observaba la falda de la favela.

Ella se percató de que Flavio había dejado de ladrar para perderse bajo las sombras de los pájaros de fuego. Casi estaba en cuclillas, asida a las cortinas, con un ojo en la franja de luz.

—¡Ay, Aluízio! ¡Ay, no puede ser! ¡Ven, Aluízio! ¡Ay, no! Ahora sí creo que vamos a tener que irnos. ¡Aquí nos va a pasar algo! ¡Es que no estamos seguros!

Lidia se volteó, abriendo un poco las cortinas, para ver hacia la cama, que se alumbró mucho más esta vez, y de un tirón volvió a cubrirse con las cortinas, dejando el cuarto en la penumbra.

Solamente se oía el ligero zumbido del aire acondicionado.

—¡Bendito! ¡Tumbaron el padrão! ¡La gente está subiendo! ¡Mira, Aluízio, mira! Ay… Ahora la policía está moviéndose por el mismo… ¿Qué es eso? ¡Mi Dios, son niños! ¡Mira cómo quedan en los escalones y la policía..! Ay, no puede ser, Santísimo Padre. Se están yendo las patrullas de esta calle. ¿Será que..? ¡Sí, mira, Aluízio, van a la favela!

Cuando Lidia no estaba lanzando gritos tras las cortinas, se oía el leve zumbido del aire acondicionado en la oscuridad. Ella se tapaba la boca con ambas manos; bisbiseaba, acomodándose nuevamente el gorro; se abotonaba el cuello y ahora se pasaba las uñas por los labios, suspirando.

—Ay, Dios. Mira cómo… Le dispararon al potro. Ah… ¡Sí, esos son balazos! Es que se oyen más fuerte ahora —dijo Lidia asintiendo con la cabeza, como hablando consigo misma—. Sí, son balazos. Ay, con tal que no se lleguen hasta acá. Ve esto… ¿Gatos? ¡Pero si son micos por el capón! Uy… con tal que no los maten. ¿Cataplanas rodando? ¡Las garrafas..! ¡Ja! ¡El plumero que dejan las gallinas! ¿Será que los noticieros tienen el paso prohibido, que no se ve ni una cámara?

Repentinamente hizo silencio.

El zumbido del aire acondicionado se apoderó del cuarto. Lidia permaneció cubierta por las cortinas, moviéndose de un lado a otro, como si ella misma estuviera en medio de las escalinatas de la favela, tosiendo, pero sin pisar los charcos de sangre, consolando a las criaturas que gemían y llamaban a sus madres, esquivando a los policías que se lanzaban tras los pastores, saltando techos, tumbando puertas y ventanas.

—¡Ven, Aluízio! Se los están llevando. Hasta tiran a los niños en las patrullas… Le abren paso a las ambulancias… ¿Será que no lanzaron gas lacrimógeno por los niños?

En ese momento sonó un tictac y se levantó Aluízio. Lidia se asomó, iluminando la cama, y le dijo:

—¿Ya te despertaste? Hubieras visto… Acaban de llegar los bomberos. La favela parece un arbolito de Navidad.

Aluízio se desperezaba muy lentamente y volvía a tantear entre la pila de libros. Murmuró ajustándose las correas del reloj a su muñeca y dejó la orilla de la cama. Al estar frente a Lidia, la contempló agachada, cubierta por las cortinas, con los alzapaños en sus pantuflas; ella lo miró con ojos brillantes, sin hablar.

—Nosotros somos católicos, Lidia —dijo al fin—. Si esa gente ha decidido seguir a esos pastores benignos —atipló la voz al expresar esa última palabra— y arrastrar a sus familias con ellos, nosotros no podemos hacer nada.

—Tú sabes que…

—Uno debe tomar distancia —prosiguió Aluízio sin inmutarse—, porque en estos casos siempre hay una bala perdida. Y como están las cosas, es mejor evitar. Sí, ya sé. Por lo mismo compré esos vidrios. Pero Dios dice: Cuídate que yo te cuidaré. Y hoy más, que tantas iglesias se levantan y ya tú ves cómo terminan —e hizo un gesto señalando a la ventana—. Me voy a preparar. Tú descansa.

Él salió del cuarto en medio de los insultos en los que Lidia había prorrumpido, dejando la puerta entornada.

—¡Y ni siquiera cierras la puerta!

Con ese último grito ella se recostó sobre el marco de la ventana, la vista perdida y con las palabras que le había espetado Aluízio ahora en sus labios. El ruido distante de las sirenas y ladridos entró en eco apagado a la habitación.

El alba despuntaba más allá del humo de la favela, aclarando los caserones y las copas de los mangos; los benteveos se posaban en el tendido eléctrico, saltando de un lado a otro, picoteándose; en las calles todavía quedaban policías dispersando a los pequeños grupos de personas que se reunían en las esquinas con miras a los desperdicios humeantes que había dejado la conmoción de la madrugada.

Escrito por:paginasalmon

Un comentario en “Nosotros somos católicos | Por Gleiber Alvarez

  1. La narración es fluida y la intriga constante, los personajes están bien delineados, la idea de nombrar al hombre “Aluízio” es genial pues recuerda a un grito de ¡Auxilio!, especialmente al iniciar la narración. Por si fuera poco, nos invita a voltear a una realidad más allá de las palabras. Gracias por compartir, y felicidades al escritor.

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